LA HEREJÍA POPULISTA. EL POPULISMO SE HA CONVERTIDO EN EL NUEVO “FANTASMA QUE RECORRE EUROPA Y NO SOLO EUROPA SINO EL MUNDO ENTERO-TERCERA PARTE Y FINAL

Lasch (foto de arriba) escribía en 1994. En 2016 ganaba las elecciones Donald Trump.

Por José Javier Esparza-© Razón Española  

Una versión izquierdista del populismo

Lasch era un hombre que venía de la izquierda norteamericana. Pese a su propia trayectoria, no imaginó la alternativa en términos de izquierda, sino que se remontó al populismo de un siglo atrás. ¿Por qué? Precisamente porque venía de la izquierda y sabía que ésta, en el tramo final del siglo XX, ya no era capaz de ofrecer una alternativa real. Y es que la izquierda occidental ha dejado de ser una potencia transformadora o, al menos, ha dejado de serlo en términos de “pueblo”. Recapitulemos: las políticas de desarrollo económico y social de la segunda posguerra tuvieron la virtud de crear una situación nueva en la que los desheredados del capitalismo por fin entraban en el sistema; fue un proceso prácticamente simultáneo en toda Europa, lo mismo bajo políticas cristianodemócratas que socialdemócratas o autoritarias (en España, fueron los años del desarrollismo franquista). De aquí nació una extensísima clase media que decretó la extinción de la guerra de clases y neutralizó cualquier posibilidad de revolución porque, sencillamente, nadie la deseaba. El proletariado dejó de existir en Occidente. Y sin proletariado al que redimir, la izquierda quedó literalmente colgando en el vacío.

A partir de este momento, la nueva izquierda de los años 60 y 70 empezó a buscar una nueva oposición dialéctica a la que agarrarse: jóvenes contra viejos, mujeres contra hombres, negros contra blancos, colonias contra metrópolis (los “condenados de la tierra” de Franz Fanon), homosexuales contra heteros, etc. La lucha por la emancipación del proletariado se trasladaba a otros continentes, a otros “colectivos” en busca de emancipación. Buena parte de la “ideología de género” que ahora mismo se está imponiendo en Occidente con la bendición oficial proviene precisamente de aquí. Desde todos los puntos de vista, nadie puede dudar de que esta izquierda posmoderna ha triunfado: su discurso ha sido enteramente aceptado por el sistema hasta el punto de convertirse en credencial ineludible de cualquier “corrección política”. Ahora bien, el coste en términos políticos e ideológicos ha sido brutal. Porque ocurre que estas nuevas posiciones dialécticas no sólo no dañan al sistema de producción, sino que incluso lo fortalecen, en la medida en que rompen cualquier solidaridad de clase y acentúan esa mentalidad de consumidor individualista que alimenta la máquina del capitalismo. Así la izquierda radical ha terminado convirtiéndose en masa de maniobra del sistema.

¿Es posible devolver a la izquierda su carácter de movimiento reivindicativo popular, de agente de transformación social en términos de poder? Ernesto Laclau (foto: arriba)  pensó que sí y sugirió una nueva traslación del esquema de la lucha de clases: ya no hay proletariado, es verdad, pero sigue habiendo “pueblo”. Ese pueblo es el del populismo. Y así hemos asistido al nacimiento de un populismo de izquierdas. En España, se ha sido el planteamiento del que nació Podemos, al menos en sus formulaciones originales. Enseguida hablaremos de ello. Ahora ocupémonos de Laclau.

Lo que Laclau intenta es, básicamente, superar el modelo tradicional del marxismo adaptándolo al mundo nacido de la globalización. La vieja noción de “lucha de clases” era una oposición binaria fundamental: clases explotadas contra clases explotadoras. Laclau propone un paisaje más amplio: una pluralidad de antagonismos, tanto económicos como de otros órdenes. Como los antagonismos son muy diversos (sociales, sexuales, identitarios, religiosos, económicos, etc.), no se puede esperar que todas las demandas “democráticas y populares” vayan a conformar una opción unificada contra la ideología del bloque dominante. ¿Cómo conseguir, pues, construir una mayoría? Otorgando políticamente un identidad única a esa diversidad de antagonismos. Por así decirlo, el discurso político ya no es consecuencia de una realidad social objetiva que con mayor o menor fortuna pretende describir, sino que ahora el discurso es el creador de la realidad. En el caso que nos ocupa, el discurso político crea, construye, inventa un Pueblo en oposición a la minoría de los privilegiados.

El pueblo de Laclau, en efecto, no es un sujeto político que exista objetivamente de manera previa a la acción política, no: es un efecto de la propia voz que lo convoca Así entendido, el Pueblo es un efecto de la apelación discursiva que lo convoca. Esa voz unifica y ordena una variedad de revindicaciones, de antagonismos, frente al bloque dominante. Así se consigue de nuevo –piensa Laclau– la oposición binaria que se había perdido en las fragmentadas sociedades posmodernas. Laclau llama a eso “radicalización de la democracia”. Y en uno de los últimos textos que escribió antes de morir, “Sobre la Razón Populista” (2005), el autor reclama abiertamente el término “populismo”: “El populismo comienza –escribe– allí donde los elementos popular–democráticos son presentados como una opción antagonista contra la ideología del bloque dominante”. El “populismo” es el nombre de la necesaria y esperada “radicalización de la democracia”.

Por qué no es viable una izquierda populista

El análisis de Laclau fue íntegramente recogido en España por el grupo de ultraizquierda Podemos, que vio en ese esquema una excelente herramienta para reconstruir las arruinadas filas de la izquierda real. Una admirable operación: millones de personas que antaño votaron a la derecha, pero hoy arruinadas por la crisis, podrían inclinarse ahora hacia un movimiento de corte transversal. Ahora bien, es muy significativo que la maniobra haya terminado degenerando en lo que hoy es: nada de transversalidad, recuperación íntegra de los viejos tópicos de la izquierda ultramontana, aplastamiento de los rasgos cabalmente populistas bajo el peso de una base militante que sólo quiere ser “roja”. La experiencia de gobierno de Podemos en municipios y regiones da la medida de este fracaso. Y el fracaso puede resumirse así: la izquierda no ha conseguido dejar de ser izquierda.

Hay que insistir en el proceso social y político que nos ha conducido hasta aquí, y quizá la reiteración pueda servir de colofón para el análisis. Así como la derecha ha terminado traicionando a la nación, es decir, al pueblo histórica y políticamente constituido, la izquierda ha olvidado por completo quién es realmente el “pueblo”, qué es la “clase trabajadora”. Porque los que obraron el gran milagro de la transformación socioeconómica en todo Occidente entre 1950 y 1970 no fueron comprometidos activistas LGTB ni apóstoles del mestizaje, sino europeos de cepa (y a mucha honra), de cara blanca (normalmente renegrida en el tajo), heterosexuales con hijos, mayormente cristianos (al menos en el concepto de lo bueno y lo malo) y con una idea muy material, nada ideológica, de la libertad y la prosperidad. Esas generaciones lograron reducir al mínimo la brecha social; fueron la materia sobre la que se ejecutaron las grandes políticas de reconstrucción, lo mismo en la Alemania socialdemócrata que en la España franquista o en la “América de las oportunidades”. Desde un cierto punto de vista, ellos han sido los héroes de la segunda mitad del siglo XX. Y ese ha sido el pueblo. El único pueblo realmente existente.

Ahora bien, desde entonces ese pueblo no ha dejado de recibir golpes de todo género. Los grandes procesos de globalización lo han dejado para el arrastre. La derecha predicaba la supresión de toda barrera al dinero, la izquierda predicaba la supresión de toda barrera humana, y en medio quedaba un pueblo arrasado por los unos y por los otros. La izquierda socialdemócrata colaboró de manera decisiva en el proceso. Sin darse cuenta de que, al hacerlo, estaba quedándose sin sujeto político: la izquierda se quedaba sin pueblo como la derecha se quedaba sin nación.

Esta metamorfosis del sujeto político ha sido uno de los grandes cambios de nuestro tiempo. La izquierda radical quiso gestionarlo por la vía de inventarse un sujeto nuevo: los jóvenes, las mujeres, los homosexuales, los inmigrantes… Pero esa búsqueda de nuevos “agentes revolucionarios”, es decir, de nuevos sectores sociales por redimir, ha conducido a la izquierda a una brutal acumulación de contrasentidos. Todas las transformaciones del discurso de la emancipación han conducido a formas nuevas de disgregación social y, por tanto, de servidumbre. ¿Un ejemplo? Redimamos a las mujeres, dijeron. Y bien, sí, ya se ha consagrado plenamente la lucha de sexos como sustituto de la lucha de clases: la mujer oprimida se rebela contra el macho explotador. Pero el resultado de la operación está siendo una descomposición galopante del tejido social (por la crisis de la familia como institución) y una atomización infinita de la comunidad, lo cual deja a los individuos a merced del poder, porque sin tejido social y sin comunidad no hay resistencia posible.

¿Más ejemplos? Redimamos al homosexual, dijeron. Y bien, sí, ya se han implantado por todas partes legislaciones de protección, normalización e incluso fomento de la homosexualidad. Pero he aquí que esas legislaciones, al cabo, vienen a funcionar como repertorio de privilegios en beneficio de individuos concretos a los que literalmente se les extrae de la sociedad para colocarlos en un pedestal, en perjuicio manifiesto del resto y, una vez más, con el efecto pernicioso de romper la comunidad popular, que ahora se divide bajo un criterio nuevo.

¿Es suficiente? No. El caso de la inmigración debe ser mencionado porque es tal vez la más clara manifestación de cuanto estamos diciendo. El discurso de la izquierda sobre este asunto ha sido unívoco: “Papeles para todos”, “bienvenidos refugiados”, “mestizaje progresista”, “contaminémonos”, etc. Es como si la izquierda hubiera encontrado por fin un pueblo al que redimir. Ahora bien, la llegada masiva de mano de obra poco exigente implica automáticamente una bajada en bloque de los salarios y un aumento inmediato del paro (porque crecen los contratos temporales) y del cupo de población subsidiada, con el consiguiente perjuicio para el conjunto de los trabajadores. La mano de obra inmigrante ha sido un buen negocio para los empresarios de la globalización y para los gestores de subsidios, pero, objetivamente, ha sido una catástrofe para unos trabajadores que en el medio siglo anterior habían logrado reducir la brecha social. “¡Eres un racista!”, grita el ideólogo de izquierda a quien plantea las cosas así, y el anatema recibe el aplauso vehemente del capitalista que sale beneficiado con la operación. El trabajador queda en un rincón, maltratado por el sistema que él mismo ha creado, rechazado por la izquierda que debería representarle y humillado por la máquina económica. Una vez más, la comunidad se rompe.

A la hora de la verdad, la izquierda, que ha entendido el fenómeno, no ha sido capaz de obrar políticamente en consecuencia. Tampoco la derecha, por supuesto, si es que los términos “derecha” e “izquierda” tienen aún algún sentido. Aún más: la realidad electoral de los últimos años demuestra que, a la hora de la verdad, el pueblo se inclina hacia quienes todavía pueden movilizar una cierta idea de la nación histórica, de la singularidad identitaria, quizá porque en esas banderas todavía es posible reconocer a un pueblo capaz de actuar. Lo hemos visto en Francia y en los Estados Unidos. Hay que suponer que lo seguiremos viendo en los próximos años.

Es muy difícil saber qué va a pasar ahora. Las voces que –aún muy minoritarias– claman desde la izquierda por “recuperar” al pueblo se topan con el nada desdeñable obstáculo de que esa operación exigirá un replanteamiento general de realidades que para los progresistas de hoy son territorio tabú: las identidades nacionales, la singularidad irreductible de los factores étnicos y culturales, la necesidad de mantener estructuras sociales naturales, etc. La derecha, por su parte, mira aterrada el fenómeno, como quien descubre súbitamente los efectos de una vieja traición. En cualquier caso, a fecha de hoy, el populismo se ha convertido en mucho más que un espantajo: es una opción real y, para millones de ciudadanos en Occidente, es una esperanza. Quizá por lo que tiene de herético en el camino de la modernidad política. Quizá, precisamente, porque es una herejía.

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