LA IGLESIA EN CRISIS: EL ACTO FINAL DEL CONCILIO VATICANO II- PRIMERA PARTE. Conferencia pronunciada por el profesor Roberto de Mattei en Pittsburg el 3 de noviembrre de 2018

Por, Roberto de Mattei- Adelante la Fe

Aprovechando el contundente llamamiento a los obispos de todo el mundo, no hemos querido dejar pasar la oportunidad de dar a conocer a los lectores el pensamiento y la labor del profesor De Mattei. Reproducimos seguidamente la transcripción del discurso de apertura de la  Catholic Identity Conference que tuvo lugar del 2 al 4 del pasado mes de noviembre junto a Pittsburgh (Pennsylvania). Agradecemos de corazón a don Roberto de Mattei que nos haya concedido su autorización para reproducir su discurso. Todas las ponencias de dicha conferencia [en inglés] estarán disponibles durante un mes más mediante suscripción a través de este enlaceMJM

Una sombra avanza entre las ruinas

Tenemos ante la vista un panorama de ruinas: ruinas morales, políticas, económicas; ruina de la Iglesia, ruina de toda la sociedad.

En medio de este panorama, una sombra silenciosa avanza como un fantasma: Josef Ratzinger, que tras renunciar al pontificado ha deseado conservar el título de papa emérito y el nombre de Benedicto XVI.

Creo que la abdicación de Benedicto el 28 de febrero de 2013 será recordada en la historia como un acto todavía más desastroso que el pontificado de Francisco, al cual dicha abdicación abrió la puerta.

Sin duda alguna, el pontificado de Francisco supone un gran salto adelante en el proceso de autodemolición de la Iglesia posterior al Concilio Vaticano II. Se trata, en todo caso, de una fase –la última– de dicho proceso: podríamos decir que representa su fruto maduro.

La esencia del Concilio ha consistido en el triunfo de la pastoral sobre la doctrina, en la transformación de la pastoral en teología de la praxis, en la aplicación de la filosofía marxista de la praxis a la vida de la Iglesia. Para los comunistas, el verdadero filósofo no es Carlos Marx, teórico de la revolución, sino Lenin, que puso por obra dicha revolución, llevando a la práctica la verdad del pensamiento de Marx. Para los neomodernistas, el verdadero teólogo no es Karl Rahner, principal ideólogo de la revolución en la Iglesia, sino el papa Francisco, que está llevando a cabo esa revolución, traduciendo a la práctica pastoral el pensamiento rahneriano. No hay ruptura alguna entre el Concilio y Francisco, sino continuidad histórica. El papa Francisco es la puesta en práctica del Concilio.

La renuncia de Benedicto al pontificado supone una fractura histórica, pero en otro sentido. Ha sido, ante todo, la primera renuncia al pontificado en la historia que se ha hecho sin razones aparentes, sin motivos válidos. Un acto gratuito, arbitrario, contradictorio por la manera misma en que se ha realizado. La Iglesia se encuentra actualmente en una situación de aparente diarquía y auténtica confusión en la que muchos dudan que el que está sentado en la silla de San Pedro –Francisco– sea  el verdadero papa, y que el que no es papa –Benedicto–  no sea papa. Esto supone una novedad histórica sin precedentes. Y el responsable de ello es Benedicto.

Es más; el gesto de Benedicto tiene un alcance simbólico que hay que entender en su sentido más profundo.

Hay gestos simbólicos que expresan el significado metafísico de un hecho histórico. Un ejemplo de ello fue la humillación de Canosa en enero de 1077. El papa San Gregorio VII se niega a recibir a Enrique IV, teniéndolo durante tres días en la nieve ante el castillo de Canosa. Mediante este gesto afirma la primacía del Papado sobre el poder político, proclama la libertad de la Iglesia frente al mundo y obliga al mundo a plegarse ante la Iglesia. Es un acto valeroso que honra a Dios y a la Iglesia.

El acto de renuncia de Benedicto XVI al pontificado es algo más que una confesión de impotencia: es una rendición. Un acto que expresa el espíritu claudicante del clero de nuestro tiempo, cuyo mayor pecado no es la corrupción moral, sino la cobardía. Lo digo con todo el respeto que merece la figura de Benedicto XVI y no sin cierta compasión por este anciano al que la Providencia ha obligado a ver las consecuencias históricas de su acto. Pero debemos tener el valor de decirlo si no queremos ser cómplices de ese espíritu de claudicación y falta de confianza en la ayuda sobrenatural de la Gracia, tan extendido por desgracia hoy entre tantos católicos ante el avance del proceso revolucionario.

Toda alma tiene una vocación. Todo hombre tiene una misión que cumplir. Y renunciar a cumplir la misión encomendada comporta una grave responsabilidad. Renunciar a ser el Vicario de Cristo significa una responsabilidad tremenda: es renunciar a desempeñar la misión más alta que puede cumplir un hombre en este mundo: gobernar la Iglesia de Cristo. Es la huida ante los lobos de quien, en su primera homilía del 24 de abril de 2005 había dicho: «Rogad por mí, para que, por miedo, no huya de los lobos».

Sin embargo, durante su pontificado Benedicto tuvo un gesto de valentía: otorgar el motu propio Summorum Pontificum del 7 de julio de 2007. Gracias a ese gesto se ha multiplicado en el mundo el número de sacerdotes que celebran la Misa Tradicional, y eso es algo que debemos agradecer a Benedicto XVI. Pero lo importante de dicho motu proprio no es el aspecto de facto, es decir el permiso que concede a todo sacerdote para celebrar la Misa según el Rito Romano antiguo, sino el reconocimiento de iure de que dicho Rito no había sido abrogado ni podría serlo jamás.

Con este acto, Benedicto se inclinó ante la Tradición de la Iglesia, y reconoció que nadie, ni siquiera el Papa, puede alterarla; y que todo el mundo, el Papa incluido, deben someterse a ella.

Actualmente se libra una batalla campal entre dos banderas, la de la Tradición y la de la Revolución. La primera, como recuerda San Ignacio en su meditación sobre las dos banderas, la dirige Cristo, «sumo Capitán y Señor nuestro»; la segunda, es la de «Lucifer, mortal enemigo de nuestra humana natura». La bandera de los que aman la Verdad del Evangelio, reconociendo en Jesucristo al Rey del Cielo y de la Tierra, y la bandera de quienes pretenden transformar a la Iglesia y construir una nueva religión basada en sus propias opiniones.

«Nadie en su sano juicio –afirma San Pío X en su encíclica E supremi apostolato–  puede dudar de cuál es la batalla que está librando la humanidad contra Dios. Se permite ciertamente el hombre, en abuso de su libertad, violar el derecho y el poder del Creador; sin embargo, la victoria siempre está de la parte de Dios; incluso tanto más inminente es la derrota, cuanto con mayor osadía se alza el hombre esperando el triunfo»[1].

Debemos tener confianza en la victoria, pero asimismo debemos estar convencidos de que es imposible vencer sin combatir. Y la batalla actualmente es, ante todo, el combate de la palabra, que rompe el silencio, derrota la mentira, destruye la hipocresía, como ha hecho con su valiente testimonio el arzobispo Carlo Maria Viganò.

La opción benedictina 

El pasado 11 de septiembre de 2018, en la Cámara de los Diputados, se presentó el libro de Rod Dreher La opción benedictina[2]. Entre los presentadores se encontraba monseñor Gänswein, Prefecto de la Casa Pontificia de  Benedicto XVI.

Dreher es un personaje ambiguo, porque se presenta como católico, pero ha abandonado la Iglesia para adherirse a la religión ortodoxa. Y el título de su libro es igualmente ambiguo, porque la opción benedictina a la que se refiere no es la de San Benito, sino la de Benedicto XVI. En entrevista concedida hace poco al periódico Il Giorlane, un periodista le dijo: «Algunos creen que opción benedictina significa opción de Ratzinger». A lo que Dreher repuso: «Bueno, me refiero a San Benito, pero es verdad que Benedicto XVI es el segundo Benedicto de la opción benedictina. A lo largo de los años he aprendido mucho de sus enseñanzas. En 1969, cuando era un simple sacerdote, Ratzinger dijo que la Iglesia atravesaría una terrible crisis que le haría perder su poder, su riqueza y su categoría social. Dijo que muchos caerían y sólo quedarían los verdaderos creyentes. Pero esos verdaderos creyentes, que desean a Cristo más que a ninguna otra cosa, constituirán una señal para un mundo solitario y desesperado y serán semillas de renovación (…) una minoría creativa en este mundo postcristiano. Procuro fomentarlo con la opción benedictina».[3]

Por su parte, monseñor Gänswein, elogió «la maravillosa inspiración del libro», que supondría una confirmación del profetismo de Benedicto XVI. Considero que entre las semillas de renovación y el mundo postmoderno no puede haber coexistencia pacífica, sino lucha, y he calificado de catacumbalista la estrategia escapista de Dreher: la  ilusión de salvarse con arcas de salvación, islas privilegiadas en las que sobrevivir renunciando a combatir el mundo moderno.

La opción benedictina se muestra como un fruto del rechazo al concepto combativo del cristianismo que se ha difundido a raíz del Concilio. Hay que sustituir los muros por puentes, porque ya no hay cosmovisiones contrapuestas, y las diversas confesiones religiosas pueden unirse basadas en un sentimiento genérico de trascendencia. Esta estrategia de huida del mundo moderno es muy distinta de la del verdadero San Benito.

Los monjes benedictinos fueron conquistadores. Dejaron el mundo para conquistarlo. Por eso Pío XII llamó a San Benito padre de Europa, y afirmó que «mientras las hordas de los bárbaros se extendían por las provincias, aquel que fue llamado el último de los romanos, conciliando la romanidad y el Evangelio, trajo la ayuda necesaria para unir los pueblos de Europa bajo el pabellón del auspicio de Cristo y ordenar felizmente la sociedad cristiana. De hecho, desde el Mar del Norte al Mediterráneo y del Atlántico al Báltico se extendieron legiones de benedictinos que con la Cruz, los libros y el arado domesticaron a aquellos pueblos rudos e incultos»[4].

La vocación de los monjes se complementó con la de los caballeros. Monjes y caballeros construyeron la sociedad cristiana medieval. La expresión más alta del Medievo fueron precisamente los monjes caballeros, como los Templarios, cuya regla redactó San Bernardo de Claraval. Hoy en día necesitamos hombres así, y sobre todo de ese espíritu. Por el contrario, diríase que la idea de Dreher es, por el contrario, preparar a los católicos para soportar con paciencia la persecución a la espera de tiempos mejores; volver, en espíritu, a la época de las catacumbas porque no se vislumbra un inminente triunfo de la Iglesia sobre el mundo moderno. Ahora bien, ¿realmente es así? (Continuará)

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