LA IGLESIA EN CRISIS: EL ACTO FINAL DEL CONCILIO VATICANO II- SEGUNDA PARTE. Conferencia pronunciada por el profesor Roberto de Mattei en Pittsburg el 3 de noviembre de 2018

Por, Roberto de Mattei- Adelante la Fe

El cambio constantiniano y el Reinado social de Cristo

Tal vez no se haya dado un momento más trágico en la historia de la Iglesia desde los albores del siglo IV, un amanecer rojo de sangre cuando la época de las persecuciones alcanzó su cenit bajo el imperio de Diocleciano.

De un extremo a otro del Imperio Romano, a excepción de la Britania gobernada por Constancio Cloro, los cristianos eran desgarrados por las fieras, crucificados y decapitados. Había que extirpar el cristianismo de sobre la faz de la Tierra. No se veía futuro para la Iglesia. Los cristianos estaban indefensos; no tenían más que la fuerza de su fe y la ayuda del Espíritu Santo que los fortalecía. ¿Quién iba a suponer que la hora de la resurrección, sólo conocida por Dios, estaba tan próxima? ¿Quién podía imaginar que la sangre de los mártires se transformaría en la púrpura del imperio cristiano de Constantino? Y sin embargo, eso fue lo que sucedió.

El 28 de octubre del año 312 la historia del Imperio Romano y de la Iglesia toda dieron un vuelco. Constantino, un joven caudillo que se disputa con Majencio el trono de Roma, tiene una visión. Aparece en el cielo una cruz resplandeciente con la leyenda In ho Signo vinces: con esta señal, en nombre de esta señal –la Cruz– vencerás. Y más tarde, según relatan Eusebio y Lactancio, el Señor se le apareció en la noche a Constantino y lo exhortó a inscribir esa Cruz en los lábaros de sus legiones. Bajo el signo de la Cruz, Constantino se enfrentó a Majencio y en el Puente Milvio, a las puertas de Roma, derrotó al ejército enemigo y ascendió al trono imperial. Esta fecha supuso un giro radical en la historia que algunos han llamado cambio constantiniano.

No hay historiador que niegue el alcance de este acontecimiento. Significó el nacimiento, al cabo de tres siglos de cristianismo, de la civilización cristiana. Una civilización que nació del sacrificio del Calvario, de la gracia de Pentecostés y de la misión que confió Jesucristo a sus discípulos: la de no limitarse a convertir a las almas individuales, sino también los pueblos, las naciones, las gentes. Pero esta Civilización, este triunfo de la Iglesia visible, tiene su origen en una batalla en la que se enfrentaron cara a cara dos ejércitos. Uno de ellos enarbola los símbolos del paganismo, mientras que el otro combate en nombre de la Cruz de Cristo. Esta transformación obedece a una victoria: la de Saxa Rubra, el 28 de octubre del año 312. Fecha que alteró el curso de la historia.

Podemos afirmar que en toda la historia de la humanidad no se ha producido una metamorfosis social más profunda, amplia y vertiginosa que la determinada por la victoria del Puente Milvio. Una transformación radical, porque el paganismo, o sea un concepto politeísta de la religión que desde hacía milenios dominaba la humanidad, fue condenado inexorablemente a muerte para que de sus ruina surgiese una nueva civilización, fruto social del cristianismo.

Y fue también una transformación sin precedentes históricos por la celeridad con que tuvo lugar. Los edictos de Diocleciano habían ordenado la aniquilación total de los cristianos y todos sus símbolos de culto, y a pesar de ello, diez años más tarde el paganismo había pasado a la historia mientras el cristianismo afirmaba públicamente su vitalidad y su fuerza en todo el Imperio Romano.

Esta transformación se obró gracias a una batalla que puede considerarse la primera guerra santa de la era cristiana. Guerra combatida por Cristo y en nombre de Cristo, y la promesa de victoria está vinculada a este carácter cristiano de la guerra. El lema In hoc Signo vinces une el símbolo de la Cruz a la victoria: ya no se trata sólo de una victoria interior sobre las pasiones desordenadas y el pecado, sino de una victoria histórica que confirma que el cristianismo ha recibido de Cristo la misión de plantar la Cruz en el espacio público; de no contentarse con conquistar las almas, sino igualmente la sociedad con sus instituciones y costumbres, creando de ese modo la Cristiandad.

A partir del siglo IV la Iglesia se vuelve visible, alza su bandera, que es el estandarte de la Cruz. Emprende una marcha triunfal en la historia, y a partir de ese momento, el objetivo es el Reinado Social de Cristo, que prefigura su reinado eterno en el Cielo. Ese reinado sólo se actualizó parcialmente en la Edad Media. Todavía tiene que cumplirse su realización en la historia, porque la Iglesia vive en la historia, y combate y vence en la historia. El reinado social de Cristo supondrá una transformación radical. El mal, aunque no desaparezca, dado que está destinado a acompañar la historia de la Iglesia hasta los últimos tiempos del Anticristo, quedará reducido a la situación en la que hoy se encuentra el bien: aislado y objeto de acusaciones y anatemas.

En la encíclica Summi Pontificatus[5] del 20 de octubre de 1939, en la que traza las líneas directrices de su pontificado, Pío XII afirma que solamente el reconocimiento de la realeza social de Cristo podría restituir al hombre al grado de civilización que alcanzó la Europa cristiana medieval[6]. «El reconocimiento de los derechos de su regia potestad [de Cristo] y el procurar la vuelta de los particulares y de toda la sociedad humana a la ley de su verdad y de su amor, son los únicos medios que pueden hacer volver a los hombres al camino de la salvación». El Papa dirige, por tanto, su saludo paterno, su sentido agradecimiento y su confiada esperanza a los «Grupos fervorosos de hombres y mujeres, de jóvenes de ambos sexos» que «se consagran con todo el ardor de su espíritu a las obras del  apostolado, para devolver a Cristo las masas populares, que, por desgracia, se habían alejado de Él. (…) Ellos, que siguen con amor la bandera de Cristo Rey y le han consagrado su persona, su vida y su obra, pueden apropiarse justamente las palabras del salmista: “Yo consagro mis obras al Rey” (Sal 44,1); y no sólo con la oración, sino también con las obras procuran realizar la venida del reino de Dios».

El Reino de Cristo no puede ser otro que el de su divina Madre María, porque, como recuerdan los teólogos, por ser Madre de Dios, María ha sido asociada a la obra del Divino Redentor. La realeza de los dos se apoya en un mismo cimiento aunque en Él y en Ella no se expresen de un modo unívoco. «Cristo es Rey desde la eternidad, y María se convirtió en Reina en el instante en que concibió al Hijo unigénito del Padre. Cristo es Rey porque es Dios y hombre-Dios, María es Reina porque es la Madre y está asociada a Él».[7]

La teofanía mariana de los dos últimos siglos, desde la Rue du Bac a Lourdes y Fátima, da testimonio de la función que debe ejercer Nuestra Señora en la instauración del Reino Social de Cristo, que es también el reino social de María, el triunfo de la Iglesia sobre la Revolución que la asalta.

Una Iglesia líquida en una sociedad líquida

Los modernistas rechazan el reinado social de Cristo, acusando al cambio constantiniano de traición a los ideales evangélicos y avenencia de los cristianos con el poder establecido. Esa mitología anticonstantiana se desarrolla en el ala radical de la Reforma, entre anabaptistas y teósofos, situados a la izquierda de Lutero. Veían en el vínculo constantiniano entre Iglesia y Estado una unión sacrílega que debía ser destruida y sustituida por el principio de la libertad religiosa, entendida como el derecho a profesar toda religión que se considere verdadera.

Las ideas de los reformadores radicales se establecieron con más firmeza en la Holanda del siglo XVII, desde donde saltaron a Inglaterra y constituyeron uno de los pilares fundamentales de la Masonería, que nació con las Instituciones de la Gran Logia de Inglaterra en 1717. La Masonería preparó la Revolución Francesa, que tenía por objeto deshacer el vínculo constantiniano entre el Trono y el Altar en nombre de los ideales supremos de libertad, igualdad y fraternidad absolutas. En el siglo XIX, el liberalismo negó la función pública de la Iglesia en la sociedad, y trató de confinar la presencia cristiana a la estrecha libertad de conciencia de los individuos, y mandarlo a las catacumbas. Estas tesis fueron objeto de reiteradas condenas por el Magisterio pontificio, pero la mitología anticonstantiniana ha penetrado en la Iglesia Católica por medio del modernismo.

El fin de la era constantiniana[8] fue anunciado por uno de los padres de la Nouvelle théologie, el dominico Marie-Dominique Chenu, en una célebre conferencia que pronunció en 1961. Chenu pretendía emancipar la Iglesia de los tres factores que consideraba decisivos en su transigencia con el poder: la primacía del derecho romano, el logos grecorromano y el latín como lengua litúrgica[9]. La Iglesia ya no debía plantearse el problema de evangelizar el mundo, sino aceptar el desarrollo secularista rompiendo toda atadura con la Tradición y renovar su doctrina mediante la praxis.

Los modernistas niegan el Reinado Social de Cristo porque niegan la dimensión visible de la Iglesia. Quieren licuar la estructura de la Iglesia, quieren una Iglesia líquida en una sociedad líquida, como un río que fluye incesante. Según el P. Roger-Thomas Calmel, «la doctrina, los ritos y la vida interior se someten a un proceso de licuefacción tan radical y perfeccionado que no permiten distinguir entre católicos y no católicos. Al considerar superados el sí y el no, lo concreto y lo definitivo, uno se pregunta qué impide a las religiones no cristianas ser parte integral de la nueva iglesia universal continuamente actualizada por las interpretaciones ecuménicas».[10]

Una Iglesia líquida pide católicos líquidos, sin identidad, sin una misión que cumplir e incapaces de combatir, porque combatir significa resistir, resistir a su vez significa permanecer, y permanecer significa ser. No es otra la Tradición que el Ser que se contrapone al devenir que fluye hacia el mar de la nada. La Tradición es aquello que es estable en el continuo devenir de las cosas, lo inmutable en un mundo cambiante, y lo es porque tiene en sí un reflejo de la eternidad.

El corazón de la Tradición está en el propio Dios, el Ser por esencia, que es inmutable y eterno. En Él y sólo en Él, y en Aquella que es reflejo perfecto de Él, la Santísima Virgen María, pueden los defensores de la Fe y de la Tradición encontrar las fuerzas sobrenaturales que necesitan para afrontar los tiempos de crisis que atravesamos.

La Revolución anticristiana que atraviesa la historia detesta al Ser en todas sus expresiones y contrapone al Ser la negación de lo que es en la realidad estable, permanente y objetivo, empezando por la naturaleza humana, disuelta en la ideología de género.

Así pues, el horizonte ruinoso que tenemos por delante es la expresión de ese proceso revolucionario, y fruto de una labor de licuefacción de la sociedad y de la Iglesia elaborado por los agentes del caos, por las sociedades de pensamiento que aspiran a crear de nuevo o destruir el mundo. Este itinerario conduce, no obstante, a una inevitable derrota de la Revolución.(Continuará)

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