LA IGLESIA EN CRISIS: EL ACTO FINAL DEL CONCILIO VATICANO II- TERCERA PARTE Y FINAL. Conferencia pronunciada por el profesor Roberto de Mattei en Pittsburg el 3 de noviembrre de 2018

Por, Roberto de Mattei- Adelante la Fe

Es más, la Revolución, como el mal, carece de naturaleza propia, y sólo existe como privación y defecto del bien. «El ser del mal –explica Santo Tomás– consiste precisamente en ser la privación del bien».[11] El mal, que es la privación del ser, puede propagarse como las tinieblas de la noche que suceden a la luz del día. Pero las tinieblas no tienen en sí fuerzas para derrotar definitivamente la luz, ya que también derivan su propia existencia de la luz. Existe la luz infinita, que es Dios. «Dios es luz, y en Él no hay tiniebla alguna», dice San Juan (1Jn. 1,5). No existen las tinieblas absolutas, porque no puede existir la nada radical. Nuestra existencia es la negación viva de la nada. El mal avanza cuando retrocede el bien. El error sólo echa raíces donde se extingue la verdad. La Revolución sólo triunfa cuando desiste la Tradición. Todas las revoluciones de la historia se han producido cuando les ha faltado verdadera oposición. Por eso, toda abdicación constituye una rendición y una huida.

Ahora bien, si hay una dinámica del mal, también hay una dinámica del bien. Un resto de luz, por pequeño que sea, no se puede extinguir, y ese resto tiene en sí la fuerza incontenible del amanecer, es en potencia el nuevo día soleado que surge. Y el drama del mal es éste: que no puede extinguir el último reducto de bien que sobrevive; está destinado a ser derrotado por él. El mal no resiste el más mínimo bien que sobrevive, porque en ese bien que resiste vislumbra su derrota. El dinamismo del mal está destinado a hacerse pedazos estrellándose contra lo que se mantiene, lo que queda de sólido en medio de la licuefacción social. La última etapa del proceso autodisolución, que en la actualidad corroe la roca sobre la que se funda la Iglesia, está destinado por tanto a presenciar la muerte de la Revolución y el retoñar de un principio contrario de vida: un itinerario obligado de restauración de la fe, la moral, la verdad y el orden social que le corresponde. Y ese principio es la Contrarrevolución católica.

La filosofía social tiene algunas leyes que conviene recordar. La oposición entre élites y populismo tan extendida en la actualidad me parece engañosa. La historia jamás es dirigida por el pueblo, sino siempre por minorías, que lo mismo pueden ser buenas que malas. En el primer caso, es apropiado emplear el término positivo de élite, o si se prefiere el clásico de aristocracia; en el segundo, es preferible hablar de oligarquías o de conciliábulos del mal. Sea como sea, la historia siempre es construida por minorías que luchan por establecer una obra, un ideal, por justo o deformado que sea. La fuerza de esas minorías es proporcional a la fuerza de sus pasiones, que pueden estar ordenadas al bien o ser desenfrenadas, pero poseen una tremenda fuerza propulsora porque mueven las ideas, las ponen en acto. La fuerza de un soldados es proporcional a la amplitud e intensidad de su amor. Y no hay amor más elevado que el que se pueda albergar por la Iglesia y la sociedad cristiana, el amor que impulsa la más noble de las empresas históricas: la epopeya de las Cruzadas. En este dramático momento de la historia tenemos necesidad de redescubrir el espíritu perenne de las Cruzadas, no el de las catacumbas.

El espíritu de cruzada

En sentido lato, las Cruzadas se pueden entender como emprendimientos armados en defensa de la Fe y de la Civilización cristianas. En este sentido, se cuentan entre las Cruzadas, por una parte, la Reconquista española contra los moros y, por otra, en los siglos sucesivos, las batallas de Lepanto, de Viena y de Budapest contra los turcos.

En un sentido más estricto, entendemos por el nombre de Cruzadas las expediciones militares emprendidas por el Papado para la liberación del Santo Sepulcro entre los siglos XI y XIII. En Tierra Santa, el fin principal de las Cruzadas no fue jamás político ni económico, sino siempre eminentemente religioso: la reconquista de los Santos Lugares o, dependiendo del momento histórico, la conservación del reino cristiano de Jerusalén, fruto de la primera Cruzada. El profesor Jonathan Ridley-Smith, figura destacada en el estudio de las Cruzadas, en un ensayo aparecido en 1979 con el título de Crusading as an Act of Love, evoca la bula Quantum predecessores del 1º de diciembre de 1145, en la que el papa Eugenio III afirma que los que habían respondido al llamamiento a la Primera Cruzada estaban «inflamados por el ardor de la la caridad», y que es la caridad, el amor de Dios, lo que suscita la profunda motivación para las empresas importantes.[12]

No es de sorprender que las Cruzadas inflamaran el corazón varonil de mujeres como Santa Teresita del Niño Jesús, que el año de su muerte, el 4 de agosto, susurra a su superiora: «Ay, madre mía, cómo me habría alegrado de vivir, por ejemplo, en tiempos de las Cruzadas, combatiendo contra los adversarios de la Fe».[13]

Y el 2 de agosto, en el lecho de muerte, escribe esta poesía: «Soldado de Cristo, dame tus armas. Quiero aquí en la Tierra luchar, padecer, derramar la sangre y las lágrimas por los pecadores. Sostenme el brazo. Defiéndeme. Que, siempre en guerra, quiero tomar por asalto  para ellos el Reino de Dios. Porque el Señor no trajo a la Tierra la paz, sino el fuego y la espada».

Y varios días después, el 9 de agosto, escribe: «No soy un soldado que ha combatido con armas terrenas, sino con la espada del espíritu, que es la Palabra de Dios. Por eso la enfermedad no ha podido conmigo, y ayer tarde sin ir más lejos he hecho uso de la espada con una novicia: (…) Le he dicho que moriré empuñando las armas».

El camino de la infancia espiritual de Santa Teresa del Niño Jesús no tiene nada de sentimental ni de pueril. Es el camino de la lucha cristiana en la vida diaria con las armas de la oración, la penitencia, la palabra y el ejemplo: una pequeña pero verdadera cruzada.

Tras canonizar a Santa Teresita, Pío XI dirigió estas palabras obispo de Bayeux, donde se alza el monasterio de Lisieux: «Diga y haga correr la voz de que la espiritualidad de la Santita se ha presentado de una forma un tanto ñoña. Todo lo contrario: ¡cuán varonil era! Santa Teresa del Niño Jesús, cuya doctrina predica en su totalidad la renuncia, fue un gran hombre».

Santa Teresa del Niño Jesús vivió y murió empuñando las armas, con el espíritu de un cruzado, pero asimismo espíritu de profunda confianza y supremo abandono a la voluntad de la Divina Providencia. El camino de Santa Teresita se opone acertadamente a la opción benedictina de Rod Dreher y, podríamos añadir, de Benedicto XVI. Nos evoca la misión de las minorías que han combatido a lo largo de la historia.

Balduino el rey leproso

Nuestra evocación de las minorías combatientes no es una exhortación a una lucha cruenta, sino a un espíritu combativo motivado por la convicción de que la lucha es parte de la naturaleza humana y de que la gracia divina ayuda a quien no abandona y deserta.

Necesitamos modelos, y entre tantos modelos como nos presenta la historia, hay uno que me resulta más entrañable porque me parece que se adapta mejor a nuestra situación.

Entre las figuras más destacadas de las Cruzadas, hay una que la fea película de Ridley Scott no ha sabido comprender: la del joven monarca Balduino IV de Jerusalén, el rey leproso. Subió al trono de Jerusalén con 13 años y falleció con tan sólo 24 en 1186. Su historia nos la cuenta un testigo directo, su preceptor y futuro arzobispo Guillermo de Tiro.[14] Guillermo fue uno de los primeros en observar los primeros síntomas de la dolencia que había infectado al jovencísimo soberano, mientras lo veía jugar con otros muchachos. Durante el juego los muchachos se hacían heridas en los brazos y las manos, pero Balduino parecía insensible a las heridas. Eran los primeros síntomas de la lepra, mal que comenzaba afectando el rostro y las extremidades para avanzar después inexorable agarrotando los miembros y haciendo que más tarde se cayeran a pedazos. La enfermedad prosiguió hasta manifestarse en toda su destructiva realidad. Balduino, a pesar de su terrible dolencia, no renunció a gobernar, y sobre todo no renunció a la lucha. Dirigía personalmente a las tropas en la batalla; lo subían al caballo mientras sus condiciones de salud se lo permitieron, y más tarde se hacía llevar al campo de batalla en una camilla. Le faltaba todo lo que aparentemente necesita un soldado: fuerzas físicas. En lo físico, era un hombre destruido, paralizado y doliente, pero tenía el ánimo de un león.

La Divina Providencia premió su heroísmo en numerosas ocasiones. El episodio más extraordinario fue la batalla de Montgisard el 25 de noviembre de 1177. Baulduino IV tenía dieciséis años y había salido de Jerusalén para acudir en defensa de la ciudad de Ascalón, asediada por los musulmanes. Cuando los cruzados llegaron a las colinas que  había a la entrada de la ciudad, se presentó ante sus ojos un inmenso ejército de 30.000 hombres capitaneados por el mismísimo Saladino, el temible sultán de Siria y Egipto. Balduino no disponía de más de 500 caballeros y unos pocos millares de soldados de infantería, pero no optó por la retirada. Su reacción ha quedado inmortalizada en un cuadro célebre, La batalla de Ascalón, del pintor del siglo XIX Larivière, que se conserva en el palacio de Versalles. El joven soberano, corroído por la lepra, pidió al obispo de Jerusalén que le llevase la reliquia de la Vera Cruz, y arrodillándose, oró largas horas vertiendo lágrimas, tras lo cual, puesto en pie, ordenó atacar a vida o muerte contra las superiores fuerzas enemigas.

Los cruzados cargaron con tal ímpetu que el ejército del Sultán huyó a la desbandada desorientado y aterrorizado dispersándose por la inmensa llanura. A duras penas se salvó Saladino a lomos de un camello de carreras y perdiendo en la retirada el noventa por ciento de sus tropas. Un cronista árabe narra en breves y amargas palabras la mayor de las derrotas militares sufridas por el gran Saladino: «De repente, aparecen los caballeros francos veloces como lobos y ladrando como perros. Descendieron como relámpagos para luchar cuerpo a cuerpo, y los hijos de Mahoma se replegaron».

«Ladrando como perros.» No olvidamos esta imagen. En la carga de los cruzados, en primera fila, iban ochenta templarios, los monjes caballeros que habían hecho voto de morir antes que retroceder en la batalla, y junto a ellos, treinta muertos en vida: los caballeros de la Orden de San Lázaro, que con el rostro desfigurado por la lepra combatían desprovistos de yelmo a fin de infundir terror a sus adversarios. Cientos de hombres así valían por un ejército.

Cuentan los testigos que junto a los cruzados luchaba San Jorge en persona y un ángel exterminador mientras la luz de la Vera Cruz iluminaba el campo de batalla.

El joven Balduino IV estaba convencido de que la victoria se debió a la intervención divina, y en acción de gracias mandó construir en aquel lugar un monasterio benedictino dedicado a Santa Catalina de Alejandría, cuya festividad se conmemoraba en aquella jornada, el 25 de noviembre. No eran los tiempos de las catacumbas; eran tiempos en que los cruzados levantaban monasterios y los monjes rezaban por la victoria de los que combatían.

Nosotros somos también pocos hoy en día. Estamos desprovistos de los medios materiales que proporcionan los poderes políticos, económicos y mediáticos. Estamos cubiertos de heridas infligidas por nuestros pecados. Se nos aísla y nos trata como a leprosos por nuestra fidelidad a la Tradición. No obstante, si tenemos valor para resistir, para no retroceder, para atacar al enemigo que avanza, como los perros ladradores de los que habla el cronista medieval, la victoria será nuestra, porque nuestro amor a la Iglesia y la Civilización Cristiana es más fuerte que la muerte. Y como dice el Cantar de los Cantares, «no valen las muchas aguas para apagar el amor ni los ríos pueden ahogarlo» (Cant.8, 6-7).

Por eso, no queremos volver a las catacumbas. Hoy en día, el lábaro de Constantino, como los estandartes de las Cruzadas y de Lepanto, no es el pabellón de una guerra armada, sino el símbolo de una actitud espiritual. Es la disposición de ánimo de quien está convencido de que, como dice San Pío X, «La civilización del mundo es civilización cristiana: tanto es más verdadera, durable y fecunda en preciosos frutos, cuanto es más genuinamente cristiana»[15]. Es el estado de ánimo de quien tiene el convencimiento de que la civilización cristiana no es un sueño que pasó a la historia, sino la solución a la crisis de un mundo en descomposición; es el reinado de Jesús y de María en las almas y en la sociedad, que anunció Nuestra Señora en Fátima y por el cual seguimos luchando cada día con confianza y valentía.

(Traducido por Bruno de la Inmaculada/Adelante la Fe. Artículo original)

[1] S. Pío X, Enc. E supremi apostolato , October 4, 1903.

[2] Rod Dreher, La opción benedictina: una estrategia para los cristianos en una sociedad postcristiana, Ediciones Encuentro, 2018

[3] http://www.ilgiornale.it/news/cronache/states-si-allontanano-papa-rod-dreher-svela-perch-1587804.html

[4] Pío XII, Sermon Exultent hodie , September 18, 1947.

[5] Pío XII, Enc. Summi pontificatus, October 20, 1939, AAS, 31(1939), pp. 413-453.

[6] Ibid., pp. 421-424, 446.

[7] Brunero Gherardini, Sta la Regina alla tua destra. Saggio storico-teologico sulla Regalità di Maria, Edizioni Viverein, Roma 2002, p. 145.

[8] M. D. Chenu (1895-1990), La fin de l’ère costantinienne, en Un Concile pour notre temps, Les Editions du Cerf, Paris 1961, pp. 59-87

[9] M.D. Chenu, La fin de l’ère costantinienne, cit., pp. 70-73.

[10] Roger T. Calmel o.p., Breve apologia della chiesa di sempre, Editrice Ichtys, Albano Laziale 2007, pp. 10-11

[11] Summa Theologiae, I, q. 14, a. 10, resp..

[12] Jonathan Riley-Smith Crusading as an act of love,“History. The Journal of Historical Association”, vol. 65, n. 213 (febrero 1980), pp. 177-191.

[13] Santa Teresa del Niño Jesús, Obras completas, Libreria Editrice Vaticana, Ciudad del Vaticano 1997, pp. 1054-1055.

[14] Willemi Tyrensis Archiepiscopi Chronicon, ed. R. B. C. Huygens. 2 vols. Corpus Christianorum Continuatio Medievalis, vols. 38 y 38a. Turnholt: Brepols, 1986. Texto latino con iintroducción y notas en francés.

[15] S. Pío X,, Encíclica Il fermo proposito, 11 de junio de 1905.

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