LA OPERACIÓN “WALKIRIA” CONTADA DESDE EL OTRO LADO: EL GOLPE DE ESTADO, POR OTTO SKORZENY, EN SU LIBRO “MISIONES SECRETAS”- CUARTA PARTE Y FINAL

En la foto: Conde Claus von  Stauffenberg.

Todo estaba tranquilo en el inmenso edificio. Schellenberg, que me esperaba en su despacho, me pidió una escolta de diez hombres al mando de un oficial. Acababa de recibir la orden de detener inmediatamente al Almirante Canaris y no quería ejecutar solo una misión tan delicada. Como yo no disponía en total de más de una compañía le “presté” solamente un oficial. Al cabo de una hora Schellenberg estaba de vuelta. La detención se había hecho sin el menor incidente. Por teléfono pude averiguar que los sectores donde estaban las tropas acorazadas de Bolbrinker y los paracaidistas de Student se hallaban igualmente en calma. En realidad, la capital entera parecía tan tranquila, que ya pensaba en volverme a Friedenthal cuando de repente, me llamaron al cuartel general del Fuhrer.

–Orden al comandante Skorzeny para que vaya inmediatamente con todas las tropas de que disponga a la Bendelstrasse con objeto de apoyar la acción del comandante Remer , jefe del batallón de la Guardia “Gran Alemania”, que ya ha comenzado el asedio al ministerio.

A toda prisa reuní mi compañía—lástima no haber mandado venir a todo el batallón—y salimos. Era cerca de la medianoche cuando llegué a la entrada del edificio. Dos grandes coches interceptaban el camino; al bajar del coche y acercarme a píe, completamente solo, reconocí en medio de un animado grupo al jefe de las SS Kaltenbrunnen, que discutía con un general de la Wehrmacht, el general Fromm, comandante en jefe del Ejército del Interior, según me dijo un joven oficial. Escuché que le decía a Kaltenbrunnen: “ahora me vuelvo a mi casa, me encontrará usted en mi departamento a cualquier hora de la noche”. Y subió a su coche que arrancó inmediatamente, abriéndose paso a través de mi columna. Me quedé un poco asombrado de ver que, en semejante momento, el jefe del Ejército del Interior, se volvía a su casa. Pero eso no me afectaba a mí para nada.

Ante la puerta del ministerio encontré al comandante Remer (En la foto de arriba: Comandante Otto Remer). Me presenté y él me indicó que tenía orden de rodear herméticamente toda la manzana de casas. Hice entrar a mi compañía en el patio central y subí por la escalera principal acompañado de von Foelkersam y del cadete Ostafel. En el pasillo del primer piso encontramos a varios oficiales armados de pistolas ametralladoras; aquello casi parecía una fortaleza en pie de guerra. En la antecámara del general Olbricht encontré algunos oficiales de Estado Mayor que había tenido ocasión de conocer anteriormente. También ellos estaban armados y sobre todo, muy agitados. En pocas palabras me pusieron al tanto de los acontecimientos: A última hora de la tarde habían notado algo que “cojeaba” en las órdenes de alerta dada por ciertos servicios. El general Fromm estaba casi continuamente en conferencias, pero solo dos o tres de sus colaboradores estaban autorizados para asistir a ellas. Muy impresionados por esa turbia atmósfera de incertidumbre y angustia habían irrumpido en el despacho del general Fromm para exigirle explicaciones. Ante este requerimiento el general se había visto obligado a confesar que había estallado una insurrección militar, añadiendo que había sido encargado de instruir las primeras diligencias contra los responsables. Unos minutos más tarde el general Beck se había suicidado, mientras que tres oficiales, entre ellos el jefe del Estado Mayor de Fromm, el coronel von Stauffenberg, eran juzgados por un Consejo de Guerra presidido por un general. Condenados a muerte, los conspiradores habían sido ejecutados, aun no hacía media hora, en patio del Ministerio, por un pelotón de suboficiales. Así mismo había habido en el comedor del primer piso un fuego de fusilería de poca importancia…

Ante el despacho del general  Olbricht (general Friedrich Olbricht, en la foto de la izquierda) encontré a dos agentes de la Gestapo. Habían sido enviados, horas antes, por el jefe de la Policía Secreta del Estado para detener al conde von Stauffenberg. Antes de poder ejecutar la orden habían sido encerrados en una habitación por los oficiales de Stauffenberg que acababa de volver del Gran Cuartel general del Fuhrer. Cada vez comprendía menos lo que ocurría: O la Gestado, de ordinario tan bien informada, había sido sorprendida por el complot, o había considerado el conjunto de sucesos como cosa sin importancia. De otro modo, el envío de solo dos hombres para detener al jefe de una conspiración militar era verdaderamente inexplicable.

…Horas después, todos los engranajes del complejo que constituía el ministerio, funcionaban de nuevo. Más de una vez, sin embargo, creí volverme loco antes las graves decisiones que me vi obligado a tomar  en ausencia de los tres jefes más importantes de aquel organismo administrativo: Los generales Fromm y Olbricht y el conde von Stauffenberg.

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