LA OPERACIÓN “WALKIRIA” CONTADA DESDE EL OTRO LADO: EL GOLPE DE ESTADO, POR OTTO SKORZENY, EN SU LIBRO “MISIONES SECRETAS”- PRIMERA PARTE

En la foto: Otto Skorzeny

Entretanto había comenzado el desembarco aliado, al que en Alemania llamábamos la invasión. Al alba del 6 de junio de 1944, pusieron el píe en Normandía los primeros elementos angloamericanos. Durante varias semanas la situación se mantuvo indecisa: luego la brecha de Avranches hizo inclinar la balanza en favor de los aliados. Aquel día casi toda Alemania comprendió que habíamos perdido la guerra. Por mi parte, ya no me hacía ilusiones sobre el resultado final, y si en presencia de mis hombres hacía alarde de un serenidad “de comando”, no intentaba disimular mi pesimismo, cuando discutía con algunos íntimos, como mi fiel Radl o el capitán von Foelkersam.

¿Debía yo de extraer consecuencias prácticas de aquél presentimiento, por no llamarlo certidumbre? A menudo me hacía esa pregunta para llegar siempre al mismo término: A mi parecer, no nos correspondía ni a mí ni a los soldados, ni a los oficiales (incluso a los generales), decidir la continuación o el cese de las hostilidades. La decisión estaba reservada a los grandes jefes políticos y militares. Únicos que poseían una verdadera vista en conjunto y que tenía la posibilidad de influir en el curso de los acontecimientos. Si aquellos hombres mandaban a proseguir la lucha, no podíamos hacer otra cosa que obedecerles.

Sabía yo, además, que en el gran cuartel general del Fuhrer contaba, por un lado, en una evolución favorable de la situación política, y, por otro, en la inmediata disponibilidad de nuevas armas secretas, lo cual, según las informaciones que yo poseía, y por lo que había visto, no estaban completamente desprovisto de fundamento.

En la foto de arriba, soldados rusos examinan equipos ocupados a las tropas alemanas.

No obstante a partir de junio de 1944, la situación se hizo alarmante. En la primera semana de julio, un formidable ataque de los rusos había prácticamente resquebrajado todo el frente del Este. La agrupación de ejércitos del centro, podría decirse que había dejado de existir. Más de treinta divisiones alemanas cayeron prisioneras. A retaguardia nadie podía comprender cómo había podido producirse una capitulación de tan grandes proporciones. ¿Había que atribuir la responsabilidad de la catástrofe al Alto Mando o al cansancio y a la desmoralización de las tropas? Al Oeste los aliados se desbordaban, gracias a su aplastante superioridad material, hacia la frontera alemana. No nos quedaba más que apretar los dientes y batirnos hasta el final.
En realidad no llegamos a creer que estábamos al principio del fin.

El 20 de julio de 1944 me dispuse a salir para Viena, donde pensaba arreglar algunos detalles de la operación proyectada contra Tito. Y entonces estalló, como un trueno, la noticia del atentado, por fortuna frustrado, contra Hitler. Nosotros, mis oficiales y yo, nos quedamos completamente consternados. ¿Cómo era posible una cosa semejante? ¿Es que los destacamentos enemigos habían conseguido entrar en el recinto del Gran cuartel General del Fuhrer? Ni por un instante pensamos que la bomba hubiera podido ser colocada por un alemán. De todas suertes, ya que Hitler estaba vivo, yo no veía ninguna razón para aplazar el viaje.

A las seis de la tarde llegué con Radl a la estación de Anhalt. Nos instalamos en nuestro departamento reservado y nos preparamos para pasar la noche. Pero en la estación Lichtelfeder, último apeadero situado dentro de la “aglomeración berlinesa”, oí gritar ni nombre: “Comandante Skorzeny, Comandante Skorzeny”. Un oficial corría por el andén a lo largo del convoy, chillando a grito pelado. Abrí la ventanilla y le hice señas. Se precipitó hacia mí, atrozmente sofocado- Mi comandante: Tiene Ud. que volver inmediatamente. Orden superior…El atentado contra el Fuhrer era la señal para desencadenar una rebelión…Alcé los hombros incrédulo- Eso es imposible. Alguien ha debido perder la cabeza. Es una locura furiosa. En fin, ¡qué se le va a hacer! Volveré con usted. Radl, usted continuará hasta Viena y entablará conversaciones. Trataré de reunirme mañana con usted.

Durante el trayecto en coche hasta la oficina central de las Waffen SS, el oficial me comunicó las escasas informaciones que había podido reunir. Lo más probable era que estuviésemos en presencia de una sedición tramada por un grupo de oficiales superiores y generales. Parecía que había unidades blindadas a punto de marchar sobre Berlín; nadie conocía las intenciones de los cabecillas. Siempre me resistí a dar crédito a las habladurías. Nuestros jefes militares tenían más que hacer que conspira en tales momentos (Continuará)

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