LA OTRA MEMORIA HISTÓRICA: HOLOCAUSTO CATÓLICO EN ANDALUCÍA-SEGUNDA PARTE Y FINAL. Andalucía, mi Andalucía, paradigma de la España cañí; reserva espiritual de nuestra Patria, que marcha bajo palio tras la Macarena y el Gran Poder; que ejecuta verónicas de alhelí con toros enamorados de nuestras lunas; que se desparrama en zambras y tablaos, con sus quejíos flamencos y sus coplas imperiales…

Por, Laureano Benítez Grande-Caballero

En Málaga exterminaron a la mitad de su crédito. Esta ciudad andaluza fue la más afectada por la persecución religiosa de mayo de 1931, hasta el punto de que gran parte de su patrimonio religioso, artístico, cultural e histórico se destruyó para siempre. El general Gómez García Caminero, gobernador militar de la plaza, envió a Madrid un telegrama en el que decía: «Ha comenzado incendio iglesias. Mañana continuará».

Poco más de seis meses duró el dominio rojo en Málaga, pero ese tiempo bastó pasto para que fuera perseguido la mitad de su clero diocesano, especialmente el clero secular. Durante la noche del 30 al 31 agosto, hubo más de 100 asesinatos.

Un tercio de que el diocesano de Jaén fue exterminado, mientras que en Almería, en el primer semestre de 1936, fueron asesinados 65 sacerdotes de un total de 190. En la noche del 29 al 30 agosto fueron asesinados los obispos de Almería y de Guadix, junto con otros y sacerdotes y seglares.

Católicos asesinados por los comunistas en Jaén.

La virgen del Carmen, de la parroquia de San Sebastián, fue profanada, al igual que otras muchas, antes de ser destruida. Los mozalbetes iban por las calles en grupos, vestidos con ornamentos y parodiando el rito sagrado. En la iglesia de Santa Clara se abrieron las fosas del cementerio y se arrastraron las momias de las monjas fallecidas recientemente. También en la parroquia de San Pedro se expusieron esqueletos en la calle.

Los apartados y lejanos pozos almerienses de Tabernas fueron desde finales de agosto de 1936 el sitio preferido para deshacerse de los presos, que en algunas ocasiones, después de ser fusilados, todavía estaban vivos cuando caían a la cima, por lo cual se les arrojaban encima piedras y cal viva. Por ejemplo, en el pozo de Cantaviejas aparecieron 80 cadáveres.

En Motril, el párroco don Manuel Martín Sierra se negó a huir, prefiriendo quedarse para no abandonar a sus ovejas, y fue muerto a tiros en el atrio de su propia Iglesia, teniendo el crucifijo en las manos, por haberse negado a preferir los gritos blasfemos que exigían los asaltantes.

Un franciscano describía así el horror ocurrido en las cámaras de la cárcel de Azuaga: «De ordinario, las palizas y las propuestas de blasfemia precedían a los fusilamientos. La práctica del tribunal rojo que juzgaba era, antes de condenar, obligar a los reos a que blasfemasen. Como no lo lograrán, seguían luego los martirios más monstruosos».

Entre ellos, el vaciamiento de ojos, fractura de espinas dorsales, extracción de órganos delicados del cuerpo, etc.
Dentro de este holocausto católico que tuvo lugar en Andalucía, brilla con luz propia en martirio del joven de 20 años Antonio Molle Lazo, requeté perteneciente al Tercio de Nuestra Señora de la Merced, hecho prisionero el 10 agosto de 1936 mientras defendía la villa de Peñaflor. Los milicianos les torturaron salvajemente, masacrándole la nariz, cortándole lentamente las orejas, clavándole gruesos clavos en los ojos, rompiéndole huesos, con el fin de obligarle a gritar «¡Viva Rusia!». Sin embargo, Antonio no cesaba de repetir «¡Viva Cristo Rey! ¡Viva España!», grito con el que entregó su vida en martirio. Su cuerpo incorrupto se encuentra en la iglesia del Carmen de Jerez, con fama de haber realizado muchos milagros a través de su intercesión, esperando todavía su beatificación, que ha sido negada porque portaba armas durante su martirio.

En cuanto a Sevilla, 19 establecimientos religiosos fueron destruidos total o parcialmente en los años 1931, 1932 y 1936. Fueron incendiados y saqueados templos parroquiales, iglesias, sedes de hermandades y cofradías, archivos, conventos… Un total de 596 objetos de arte religiosos pudieron ser catalogados como perdidos, y casi un centenar más quedó sin identificar por carecer de documentación o cualquier clase de referencia. Los retablos desaparecidos sumaron cien.

En el monasterio de San Isidoro del Campo, ubicado en Santiponce, localidad a 7 km de la capital sevillana, tuve ocasión de comprobar los destrozos que originó el anticlericalismo violento de otra revolución, calificada nada más y nada menos que como «la Gloriosa», que tuvo lugar en 1868. La Junta Revolucionaria sevillana promovió el derribo de edificios religiosos. Por poner un ejemplo, a las hordas satánicas le dio por borrar los ojos de las pinturas de santos que decoraban el Claustro de los Evangelistas. Menuda «gloria» para una revolución: la creación de satánicos cuervos «sacaojos».

La iglesia de San Román sufrió una completa destrucción en la fatídica noche del 18 julio 1936

La iglesia de San Román sufrió una completa destrucción en la fatídica noche del 18 julio 1936, otro episodio nefasto del apocalipsis sevillano, noche en la que se produjeron incendios devastadores en muchos templos de la ciudad, como San Marcos, Ómnium Sanctórum, San Gil, Santa Marina, San Juan de la Palma, las Salesas, San José, Monte-Sión, Nuestra Señora de la O…

En esta última parroquia trianera ―donde me bauticé―, un grupo de satánicos consiguieron entrar en el templo utilizando las llaves que le habían arrebatado al párroco después de una brutal agresión. Durante el asalto, sacaron las imágenes de la Virgen de la O y de Nuestro Padre Jesús Nazareno a la calle Castilla, y allí les sacaron los ojos ―otra vez los cuervos, qué manía―y fueron salvajemente mutiladas. A esto le llaman revolución. O sea, Gloriosa Pepa, la de los cuervos sacaojos.

En la parroquia de San Bernardo, las hordas quemaron el exterior del templo, y sacaron a la calle las imágenes del Santísimo Cristo de la Salud, María Santísima del Refugio, San Juan y la Magdalena, que fueron quemadas. El horror provocado por estos iconoclastas luciferinos afectó de manera especial al Crucificado de la Salud, que fue arrancado de la cruz y después seccionado en pedazos para que pudiera salir por la puerta de la iglesia.

Más artística fue la destrucción de la parroquia de San Roque, que fue totalmente destruida mientras un trío musical amenizaba la velada.

Milicianos rojos profanando el cadáver de un sacerdote en Sevilla.

La destrucción se cebó también en las cofradías sevillanas, y alcanzó su paroxismo en las violencias contra el clero regular y secular, y contra las religiosas, que sufrieron numerosos fusilamientos, humillaciones y violaciones. Otra noche «gloriosa», noche de vidrieras rotas, cuchillos largos, y siniestra pirotecnia. ¡Gloria a la Pepa!

Haciendo extensivo el ejemplo de Andalucía a todo el territorio nacional, ¿se incluirán también en la memoria histórica los mártires que cayeron arrasados por el holocausto de la República? ¿Tendrán también ellos derecho a que se exhumen sus cadáveres de las fosas, a que se reconozca públicamente su sufrimiento, a que sus descendientes obtengan las debidas compensaciones, y se pidan responsabilidades a sus verdugos? ¿Se exhumarán e identificarán sus restos en las fosas comunes donde yacen muchos de ellos? ¿Subvencionará la memoria histórica la erección de monumentos a la memoria de los mártires católicos más significativos? ¿Se indemnizará de una vez a la Iglesia por tanta destrucción, tanto robo, tanta blasfemia? ¿Pedirán perdón alguna vez los descendientes directos de los verdugos de antaño?

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