LA VERDAD SOBRE LENIN (2-C): LOS RIOS BOLCHEVIQUES DE COLOR PÚRPURA. Ante el espanto y los escalofríos que seguramente provocarán los hechos de la «Revolución de octubre» que se van a narrar seguidamente, confieso que me dan ganas de advertir al lector de que su contenido puede herir la sensibilidad, como sucede con aquellos documentales que previenen al espectador de que van a presenciar imágenes «duras», «fuertes».

Lenin y Stalin

Por Laureano Benítez Grande-Caballero

En su libro, Lina describe con rigor crímenes espeluznantes, corroborados por testigos e investigadores: «Varias fuentes cuentan cómo los chekistas en Kharkov pusieron a las víctimas en una fila y clavaron sus manos a una mesa, hacían un corte en las muñecas con un cuchillo, vertían agua hirviente sobre las manos y tiraban de la piel. Esto era llamado “sacar el guante”. En otros lugares, la cabeza de la víctima era puesta sobre un yunque y era lentamente aplastada con una prensa a vapor. Aquellos que deberían sufrir el mismo castigo al día siguiente eran obligados a mirar.

Hubo chekistas que acostumbraban a abrir el abdomen de sus víctimas, seguido de lo cual, cortaban un trozo de su intestino delgado sacando una pequeña porción y esta la clavaban a un poste del telégrafo y, con un látigo, forzaban a la desafortunada víctima a caminar en círculos alrededor del poste hasta que todo el intestino había sido desenredado y la víctima moría.

Otro chekistas aplastaban las cabezas de sus víctimas con destornilladores especiales, o los taladraban usando herramientas dentales. La parte superior del cráneo era aserrada y el más cercano en la línea era obligado a comer cerebro, siguiendo el procedimiento hasta el fin de la fila.

Los chekistas arrestaban a menudo a familias enteras y torturaban a los niños delante de los ojos de sus padres, y a las esposas delante de sus maridos».

Mikhail Voslensky, un ex funcionario soviético, describió algunos de los crueles métodos usados por los chekistas en su libro «Nomenklatura»: “En Kharkov, las personas eran escalpadas; en Voronezh, las víctimas de torturas fueron puestas en barriles en los que se martillaron clavos para que dañaran a quien estaba en el interior y luego hacían rodar los barriles. Con una estrella de 5 puntas (normalmente usada anteriormente en la magia) al rojo “marcaban” las frentes de las víctimas; en Tsaritsyn y Kamyshin, se amputaron las manos de víctimas con una sierra; en Poltava y Kremenchug, las víctimas fueron empaladas; en Odessa, les asaron vivos en hornos o les rompieron a pedazos; en Kiev, las víctimas fueron puestos en ataúdes con un cuerpo descompuesto y enterrados vivos, sólo para ser sacados nuevamente después de media hora».

Otras terroríficas prácticas demuestran que el sanguinario terror leninista no escatimaba crueldad para sus víctimas: atar los presos a tablas, y poco a poco introducirlos en hornos o tanques de agua hirviendo; quitar la piel de las manos para producir guantes; la mina la gente desnuda alrededor de barriles tachonados con clavos internos; justificación y aplicación; empalamiento de miembros del clero y enterramiento de campesinos vivos; derramar agua fría sobre los prisioneros desnudos, y obligarnos a caminar por las calles invernales hasta que se congelaban; en Kiev, el regimiento chino del ejército rojo colocaban ratas en tubos de hierro cerrados en un extremo con tela metálica y el otro colocado junto al cuerpo de un prisionero, los tubos se calentaban hasta que las ratas roían las entrañas de la víctima en un esfuerzo por escapar.

El jesuita Jorge Fernández Pradel afirma en su obra «La URSS» (1932), guiando por fuentes estadísticas soviéticas, que el «Terror Leninista» produjo, entre los años 1917-1921, 1.670.738 víctimas, repartidas de la siguiente forma: 890 mil campesinos; 268 mil soldados y marinos; 56 mil Oficiales; 196 mil obreros; 8.800 médicos; 6775 profesores y maestros, y 212.263 intelectuales y empleados, sin contar los obispos y sacerdotes. Como es obvio, ningún rabino o sinagoga fue tocada durante el régimen soviético.

Pero hay autores, como Voslensky, que afirman que Lenin fue personalmente responsable de los asesinatos de 13 millones de personas.

Aparte de los «kulaks» y los supuestos opositores al régimen, las víctimas predilectas del chekismo fueron los sacerdotes: antes de que los bolcheviques tomaran el poder había 360.000 sacerdotes en Rusia. Solo en el año 1918, se estima que fueron masacrados 3000 religiosos. Al final de 1919 sólo 40.000 permanecían vivos.

Esta apocalíptica persecución fue perfectamente explicada por un tal Gus Hall, secretario general del Partido Comunista de Estados Unidos: «Los cristianos siempre están cantando sobre la sangre. ¡Déjenos darles suficiente! ¡Vamos a cortarles la garganta y arrastrarlos sobre el altar! ¡Y que se ahoguen en su propia sangre! Sueño con el día en que el último sacerdote es estrangulado en las tripas del último predicador».

Realmente tremendo, pero superado por la realidad, ya que los miembros del clero fueron víctimas de un terror realmente brutal. Documentos aportados por la «Comisión presidencial para la rehabilitación de las víctimas de la represión política», demuestran que muchos religiosos fueron crucificados, arrojados a calderos con alquitrán hirviente, estrangulados, obligados a comulgar con plomo fundido, ahogados en agujeros en la nieve… Los ojos de dignatarios de la iglesia eran arrancados fuera de sus orbitas, sus lenguas eran cortadas y los enterraban vivos. El obispo de Voronezh fue hervido vivo en una olla grande, después de esto se obligó a los monjes, con revólveres apuntados a sus cabezas, a que bebieran esta sopa.

En su documental «La Rusia que Nosotros Perdimos», el director Stanislav Govorukhin cuenta cómo el sacerdote en Kherson fue crucificado. El arzobispo Andronnikov en Perm fue torturado: sus ojos fueron sacados, sus orejas y nariz fueron cortadas. En Kharkov, el sacerdote Dmitri fue desnudado. Cuando él intentó hacer la señal de la cruz, un chekista le cortó su mano derecha.

Ante la magnitud apocalíptica de este holocausto inenarrable, posiblemente haya quien pueda pensar que este terror de sangre que produjo el golpe bolchevique se haya exagerado, pues no es posible que una mente humana pueda conferir y ejecutar una masacre tan luciferina.

Pero ésa era la mente de Lenin, producto de un cerebro degenerado y enfermo ―conservado en formaldehido, es uno de los más estudiados de la historia―, del que oficialmente se decía que había sido afectado por el intento de asesinato de que había sido objeto el tirano. Sin embargo, en junio de 1992 se reconoció oficialmente en Moscú que Lenin murió de sífilis ―algo que ya había afirmado el mismo Trotsky en su tiempo― contraída en los burdeles de París en 1902, enfermedad que le causaba crisis de furia controlada, insomnio y dolores de cabeza. Obsesionado por el sexo, no le bastaba ni con su mujer ni con las dos amantes que tenía.

Gulag soviético.

En la Navidad de 1923, sólo unas semanas antes de su muerte, Lenin estaba sentado en su balcón y aullaba a la luna llena como un lobo. Por cierto su hermano, otro asesino, murió sumido en la locura. Al parecer, eran un estigma de la familia las alteraciones cerebrales.

Su genio y su figura le acompañaron hasta la fecha, ya que el arquitecto Alexei Shchusev diseñó el mausoleo de Lenin según el modelo del altar central del Templo Satánico en Pérgamo.

El periódico «SN» escribió el 14 de mayo de 1981, que el Altar Central de los Satánicos estaba en el mausoleo de Lenin.

Estos ríos de color púrpura que se desbordaron en Rusia nos son bien conocidos a los españoles, que sufrimos el horror parecido de la República luciferina.

Pero esto no fue todo, ya que después vino el carnicero georgiano, el zar de los piolets, que desencadenó un océano púrpura donde desembocaron los ríos leninistas: Stalin.

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