LAS NUEVAS FRONTERAS: Jean-François Revel escribió hace ya algunos años «Le grande parade», considerado el ensayo socio-político más leído en Francia. Luego la obra apreció en castellano bajo el título «La gran mascarada».

Por Vicente P. Escobal

El libro tiene como punto de partida una paradoja: a pesar de que el comunismo no se aplica en ninguna parte, se le condena cada vez menos.  A pesar de que es condenado casi universalmente, el liberalismo se aplica en casi todas partes.

Revel intenta explicar la paradoja a partir de una interesante reflexión: Entre 1917 y 1991 el mundo conoció el llamado “socialismo real”, el que se vivía en los países comunistas. Pero la historia demostró que aquel sistema no era bueno. Cientos de millones de personas lo rechazaron y expulsaron de sus países. Entonces la llamada “izquierda no comunista” se veía obligada a reconocer los errores y aun los horrores de aquel sistema: los campos de concentración, los destierros internos, los fusilamientos masivos, los desastres económicos, las masacres en China, el genocidio de Kampuchea. Pero el “socialismo real” desapareció y al verse liberados de aquella “incómoda realidad”, políticos e intelectuales de izquierda pudieron regresar plácidamente a un socialismo que intenta recuperar sus ancestrales utopías. Y la utopía es imposible de objetar.

De manera que las hermosas intenciones y las ideas generosas de equidad social se enfrentan con extraordinaria ventaja al “infame liberalismo, plagado de defectos”.

¿Puede alguien cuestionar la idea de un mundo lleno de oportunidades para todos? ¿Cómo censurar las tesis que proclaman universalizar la enseñanza, los servicios de salud, eliminar la pobreza y toda forma de exclusión y marginación?

Pero, curiosamente, en todo el mundo se privatiza la economía, se acepta la apertura del mercado internacional, se potencializa la globalización, incluso de la cultura, y se promueve la democracia participativa a través de elecciones multipartidistas. Es una evolución internacional, como en su momento lo fueron los viajes de descubrimiento de nuevos mundos.

China, inmersa en una filosofía político-económica difícil de explicar racionalmente, quiere comprar y vender en Estados Unidos y en Europa. Vietnam ha abierto sus fronteras a un mercado mundial en expansión. Corea se esfuerza por poner en el mercado sus productos a precios y calidad competitivos. Nadie quiere encerrarse en sus propias fronteras. De manera que la globalización es un hecho históricamente irreversible.

Ciertas voces en el mundo se alzan para plantear que la globalización solamente sirve a los intereses de los grandes empresarios y que contribuye a sumir a los llamados países del Tercer Mundo en la miseria y la injusticia.

Entonces las preguntas se hacen inevitables: ¿Está usted a favor de cerrar las fronteras? ¿Quiere usted la colectivización de los medios de producción, con su secuela de improductividad, escasez e ineficiencia? ¿Está usted en contra de la libertad comercial y la libre circulación de las personas? Las respuestas son también inevitables.

Es justo reconocer que los más encumbrados representantes de la izquierda no comunista tuvieron una formación marxista. Filosóficamente se formaron en la idea de que debía acabarse con el capitalismo, fuente de todas las injusticias. De manera que para esa izquierda encumbrada el peligro supremo sigue siendo la economía de mercado, aunque no exista ya otro modelo con que reemplazarlo. Esta sigue siendo la filosofía de muchos. Pero la propia evolución de las ideas los ha hecho dispersarse y desorganizarse intelectualmente. Ahora se conforman con incendiar latones de basura, lanzar piedras contra los McDonald’s o enfrentarse a la policía en las calles de Paris. ¿Y que han conseguido con ello? Es incuestionable que el “pensamiento dialéctico” de la nueva izquierda ha caído demasiado bajo.

Y acuñan nuevos términos para dar rienda suelta a sus rencores y sus nostalgias. Y presentan al neoliberalismo como la expresión de lo que disfrutan llamar “un capitalismo salvaje”. A despecho de esas ideas las políticas liberales se extienden y entienden en todo el mundo y, al mismo tiempo, en el plano ideológico la insurrección contra el liberalismo se hace más intensa.

Es cierto que en un sistema liberal puede encontrarse toda suerte de defectos, de injusticias, de desigualdades, justamente porque no parte de una construcción ideológica, sino de un manejo de la compleja realidad universal.

Las ideologías, como elaboraciones teóricas, son perfectas. La realidad nunca lo es. Adam Smith, por ejemplo, no formuló una teoría, simplemente observó los fenómenos que habían permitido a unas sociedades volverse más prósperas que otras y extrajo las correspondientes explicaciones. Y son, por cierto, las sociedades liberales las que establecieron los grandes sistemas sociales. A estas sociedades pertenecen las indemnizaciones por desempleo, la seguridad social, los subsidios familiares y otras sustanciales prestaciones sociales.

Para lograr estas ventajas no hay otro camino que el de crear riqueza. Y la riqueza se crea dejando trabajar a la empresa privada y no asfixiándola. No se puede proteger a los pobres con una economía deficiente.

Digámoslo más claramente: no hay otra alternativa. La que existía, al margen del capitalismo, era el comunismo y éste fracasó. Hoy día lo que existe son diferencias conciliables sobre el modo de aplicar el capitalismo, sobre la forma de estructurar la economía de mercado con más o menos impuestos o con uno u otro método de redistribución.

Pero como las teorías políticas y sociales hacen un juego desmesurado con los calificativos, ahora se habla del neoliberalismo o del ultraliberalismo, identificándolos con la derecha o la extrema derecha. Se trata, en esencia, de lo que pudiera llamarse el método totalitario de descalificación que los nostálgicos del marxismo lanzan contra los partidarios de la libertad económica. Con estos “teóricos” no se puede establecer un dialogo serio y constructivo.

¿Cómo explicar que Fidel Castro, un teórico delirante de la geometría política, enfrascado en delinear nuevas fronteras, aún después de muerto, sea admirado por la izquierda de muchos países?

Política y económicamente ya nadie cree que la Cuba dejada por Castro sea un ejemplo de nada. Pero juega en su favor, al menos para la izquierda, su antiamericanismo. Y luego existe esa especie de mito, de superstición en torno al concepto mismo de revolución. La culpa de ello la tiene, desde mi punto de vista, la revolución francesa. Revolución es un concepto sacralizado, algo siempre noble y desinteresado. Tiene una connotación romántica y mítica. Todo lo que se haga en su nombre tiende a ser justificado, incluso si se cometen las más grandes atrocidades.

Viajeros procedentes de Cuba emiten declaraciones sobre lo que allí encontraron. Unos ven pobreza generalizada y miedo. Y hay quienes, al contrario, no ven nada de estas cosas. O le encuentran explicaciones razonables. Porque existe la mentira, porque la mentira aun gobierna en muchas partes del mundo. Mucha gente fue a la Unión Soviética en los años treinta del pasado siglo y advirtieron las mismas cosas que André Gide o Eudocio Ravines habían visto, pero pintaron otro cuadro y ofrecieron una versión de aquella dramática realidad. Otros iban a la China de Mao o a la Corea de Kim y regresaban diciendo que todo era maravilloso, pero sabían que era mentira. Al lado de ellos había obreros alemanes, franceses, ingleses e italianos que iban a trabajar a la URSS y a su regreso narraban las cosas que habían visto. Era una versión mucho más exacta y real. Pero no eran intelectuales, no escribían en Le Monde ni en Les Temps Modernes.

«La gran mascarada» de Jean François Revel, quebró un tabú al comparar el comunismo con el nazismo. Muchas voces se alzaron y dijeron que la comparación no es justa porque el comunismo, después de todo, representó para la clase obrera una esperanza. Pero, curiosamente, no es Revel el primero en decirlo. Lo dijo Gide en su libro «Regreso de la URSS» y lo dijo el más venerado de los dirigentes marxistas de Francia, Leon Blum. Lo dijeron escritores de la izquierda no estalinista. Incluso hay historiadores de gran prestigio que aceptan la tesis de Revel.

La estructura del comunismo y el nazismo es similar. Incluso en la Alemania nazi había una gran admiración por la restauración del Estado hecha por Lenin. Antes del pacto germano-soviético de 1939 funcionarios nazis viajaron a la URSS para conocer el funcionamiento de los campos de concentración.

Pero la gran diferencia es que la ideología nazi era directa. Hitler dijo públicamente todo lo que se proponía hacer. Creó el mito de la superioridad racial y defenestró a los judíos. La ideología comunista, en cambio, está matizada por la utopía. Es engañosa porque no ofrece cosas muy nobles y atrayentes. Y mucha gente de buena fe creyó y sigue creyendo que la felicidad y la igualdad vendrían de la mano del socialismo. Y en vez de prosperidad encontraron pobreza, en vez de libertad encontraron la cárcel o los campos de concentración.

Las ideas totalitarias, independientemente de la geometría política que utilicen, construyen siempre una ideología que da la dispensa de matar, de exterminar al adversario en nombre de “los nobles ideales” que las sustentan.

Los comunistas creen que son poseedores de la verdad absoluta y, consecuentemente, tienen el derecho al poder absoluto. Si no se les concede ese poder entonces tienen el derecho de exterminar a quienes no estén de acuerdo con sus propuestas. No importa si esas fuerzas totalitarias se encuentran en una democracia donde hay elecciones y libertad de expresión, o en una sociedad regida por los dogmas y la exclusión. La violencia de la izquierda ha sido históricamente la más cabal reafirmación de su condición minoritaria. La violencia ha sido el sustituto de los votos que no tienen.

¿Dónde está hoy la frontera entre izquierda y derecha? En la lógica de la evolución económica, en la lógica de la globalización y su irreversibilidad. Por eso los partidos socialistas de hoy solo tienen de socialismo el nombre.

Tal como se concibió en el siglo XIX y trató de aplicarse en el XX con la apropiación por el Estado de los medios de producción, el socialismo ha muerto. Sobrevive sólo como utopía y la utopía no puede servir de antídoto para los males, reales o ficticios, que genera el capitalismo. La corrección de tales males solamente podrá venir del liberalismo. No hay alternativas.

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