LECTURA PARA GENTE GRANDE: ARTE Y PUEBLO-CUARTA PARTE. Este opúsculo fue compuesto a pedido del grupo de amigos de La Musaranga, en lunfardo hacer gestos y guiños que solo el otro, como compañero, conoce y comparte

Por Alberto Buela (*)

  1. c) como obstáculo= katéjon

Permítaseme una lectura totalmente distinta, diferente y atemporal sobre el pueblo, habida cuenta que sobre más de lo mismo ya se han escrito toneladas de papel.

En nuestro criterio, en esta elección (la francesa sobre la Constitución Europea de Maastricht)  aparece de nuevo la idea de katéchon como el obstáculo mencionado en las cartas de los apóstoles. Como el impedimento a la llegada y entronización del mal, o mejor, los males.

La segunda carta paulina a los tesalonicenses  da a entender que el katéchon es el obstáculo que debe ser retirado del medio para la llegada del Anticristo.

El breve y enigmático texto de San Pablo habla en dos breves versículos, 6 y 7,  seguidos y continuos sobre: lo que detiene (to katéchon) y el que detiene (ho katéchon). Estas expresiones han desvelado a las mejores cabezas de Occidente, así San Agustín pudo afirmar: “no entiendo lo que quiso decir”[1].

La tradición occidental afirma, mutatis mutandi, que lo que detiene la llegada del Anticristo, entendido metapolíticamente como los males, no es ya el Imperio romano de la época de San Agustín, que ya no existe, sino la vigencia, aunque leve y desteñida del orden romano, que la paradójica Constitución europea niega en todo y en sus partes.  Aquello poco que queda de la romanitas resulta ser aún el mejor y más fuerte obstáculo al reinado de los males sobre el hombre y su vida en sociedad.

La romanitas quiso significar la manera de pensar y actuar de los romanos que en un proceso romanizador del imperio se extendió a todos sus confines.

El concepto de romanitas, indica un principio de identidad y un valor determinante de universalidad, significa sentirse formando parte de una cultura, la europea, con valor universal.

Es por ello que el filósofo Martín Heidegger (1889-1976), en su Carta sobre el humanismo va a resaltar la  equiparación entre romanitas et humanitas afirmando: “En Roma encontramos nosotros el primer humanismo. De ahí que éste sea un fenómeno específicamente romano, surgido del encuentro de la romanitas con la cultura helénica”.[2]

A su vez la romanitas  al incorporar la  paidéia griega (todo aquello que hace a la formación del hombre) constituye lo específico del humanismo. Esta categoría de humanitas se hizo equivalente, en gran medida, a la categoría de christianitas cuando el cielo y la tierra del orbe pagano se transforman en mundo con el cristianismo.

Así la secuencia paideia, romanitas, humanitas, christianitas termina de configurar, definitivamente, la idea de Europa.

Esto es lo que no expresó taxativa y claramente la Constitución europea, básicamente por la influencia determinante de un masón agnóstico convicto y confeso como Valery Giscard d´Estaing, presidente de la comisión redactora.

Pero nos resta aún el segundo aspecto del katéchon. El que detiene, el que impide, el ho katéchon.

Y ¿quién ha sido el que impidió, en este caso? El pueblo francés.

El fue quien hizo las veces de katéchon,  que psicológicamente puede explicarse como un mecanismo de autodefensa para preservar su ser.

Lo mismo sucede hoy a 17.000 km. de distancia con el pueblo boliviano, que como katéchon americano impide y obstaculiza la entrega de sus riquezas y su extrañamiento como nación.

Visto esto, ¿qué lectura metapolítica podemos hacer del katéchon  en la actualidad? Que son los pueblos hoy los que detienen, los que hacen las veces de ho katéchon, o mejor aún de katéjones,  de ta katécha, para decirlo en correcto griego.

Los pueblos y su protagonismo han reemplazado como, el que detiene, a los grandes príncipes como Federico II u Otón el Grande. Los pueblos organizados y en espontánea acclamatio  se han transformado en el ocaso de la democracia procedimental con su falsa representatividad en los que detienen.

 Estamos asistiendo al fin de una época, al entierro de la modernidad con todas las secuelas que implican las pérdidas y los duelos, pero al mismo tiempo estamos observando el nacimiento de nuevas formas de organización y participación. Como sostiene Luis María Bandieri en un artículo imperdible: “A la democracia se le ha perdido el pueblo y no acierta a recobrarlo”.[3]   

  1. como realidad “allí estante”: nuestra originalidad.,

Uno de los rasgos del discurso político cultural de hoy día es su contenido homogéneo. Lo denominado políticamente correcto se vuelca en un discurso que exaltando las diferencias homogeniza todo y a todos. Este discurso está compuesto de grandes categorías de pensamiento entre las que se destacan para Nuestra América la de latinoamericano, multiculturalismo, pueblos originarios, etc.

Mucho hemos escrito sobre el falso concepto de latinoamericano para definirnos a nosotros los hispanoamericanos, iberoamericanos, indo ibéricos o americanos a secas. Detenernos nuevamente a explicar que el origen del concepto es espurio pues nace de la idea de Chevallier, asesor de Napoleón III para intervenir en Nuestra América y ponerse al frente de “los pueblos latinos o la latinité”, sería redundante. Pero insistimos en que su instrumentación es ideológica y falsa pues ni los canadienses son considerados latinoamericanos, siendo gran parte de ellos de origen francés, ni los rumanos son considerados latinos, cuando hablan un idioma derivado directamente del latín. Y es falsa su instrumentación porque el concepto es falso, ya que latinos son solo los habitantes del Lacio en Italia. Ningún italiano se va de denominar latino sino es de la región del Lacio.

Tampoco nos vamos a detener en el concepto de multiculturalismo pues como ya lo  hemos desarrollado en varios lugares es un concepto ideológico de dominación y extrañamiento pues nosotros los iberoamericanos no somos muchas culturas separadas sino muchas culturas juntas, somos una “intercultura” o cultura de síntesis. El concepto de multiculturalismo fue creado por los antropólogos culturales norteamericanos. En un reciente reportaje hemos afirmado: “La teoría del multiculturalismo como Ud. observa es una creación del think tank estadounidense en donde bajo la mascarada de respetar a las minorías lo que se hace es « otorgar derecho a las minorías por el solo hecho de ser minorías y no por el valor intrínseco que ellas representen ».

Es una falsa teoría pues por un lado dice respetar la identidad del otro pero lo encierra en su particularismo y por otro es un engaño que despolitiza el debate político (niega pensar en términos de Estado-nación) y se limita a las cuestiones sociales, raciales, económicas y de género.

Nosotros proponemos la teoría del interculturalismo que nos enseña que en los hispano-criollos habitan varias culturas que conforman un sujeto simbiótico, esta cultura de síntesis de la que hablamos, que somos nosotros mismos.”[4]

Nos vamos a ocupar ahora de la falsa interpretación y posterior instrumentación del concepto de pueblos originarios. El primero del que tenemos conocimiento que llamó la atención sobre este asunto fue el historiador chileno perteneciente a la izquierda nacional, Pedro Godoy, cuando afirmó: El pueblo originario de Chile es el pueblo chileno real y concreto que conocemos en las calles, los estadios y las fiestas.[5]

 Y esto se aplica a toda Nuestra América donde el pueblo originario es el pueblo criollo que se ha dado arquetipos en todos los países: huaso, gaucho, cholo, pila, montubio, ladino, llanero, jíbaro, charro, etc. Si bien ya no vamos más vestidos así, pues lo tiempos cambian, lo criollo es la valoración como lo más genuino de estos arquetipos.

Vayamos por parte.

Los indios, mal llamados aborígenes= ab ovo, que significa “desde el huevo”, son también inmigrantes porque llegaron a América como lo ha hecho todo el mundo. A América se llega y americano se hace. Por eso podemos definir a América como “lo hóspito”, pues recibe a todo hombre que viene de lo inhóspito.  Y la diferencia con la inmigración europea que nace con Colón es que no cambiaron sus hábitos ni fecundaron a América, se quedaron pegados a la naturaleza que les ofreció este grandioso continente. Mientras que, españoles y portugueses, cambiaron hábitos, usos y costumbres al mixturarse con los indios y creando una cultura de síntesis o intercultura.

América se incorpora con rasgos propios a la historia del mundo cuando comienzan a nacer y a producir con rasgos distintivos los criollos americanos, que  son, como dijera Bolivar: ni tan español ni tan indio.

Los indios son poblaciones preexistentes al concepto o la idea de América. El pueblo que da origen a América es España y en menor medida Portugal. Ahora bien, el carácter de originario nos lo da la mixtura o simbiosis, puesta de manifiesto en esos arquetipos que nombramos antes, y que resumimos en lo criollo.

Los indios como siglos después los vikingos, antes de Colón, han “hallado” un continente, pero no lo “descubrieron”. Pues hallar es toparse con algo sin hacerse cargo de lo que es, mientas que descubrir implica una conciencia y una voluntad de hacer  manifiesto algo que estaba oculto.

El descubrir revela la originariedad de América como un mundo que estaba oculto, que era mudo pues nada le dijo a la conciencia india o vikinga, pero sí a Colón y los posteriores descubridores. A partir de allí nace la originalidad “en el sentido de lo que emerge y se sostiene y crece desde sí mismo”[6]

Vemos como la originariedad está ahí, muda como las plantas autóctonas, mientras que la originalidad es algo nuevo, es algo diferente. Así la originariedad puede existir sin descubrimiento, pero no puede haber originalidad sin originariedad.

Y esto último exige que  nuestro pensamiento sea arraigado, que pensemos siempre desde América si queremos ser genuinos y auténticos. Debemos rechazar por falso el concepto de pueblos originarios limitado a los pueblos indígenas, los pueblos originarios de América somos nosotros los criollos bajo sus distintas denominaciones. Además los pueblos indígenas no son tales pues la mayoría está mestizado. ¿O Evo Morales es indio por más que se disfrace de tal?  Y al mismo tiempo debemos rechazar la copia y peor aun el remedo, pues ser americanos es un esfuerzo, es un trabajo, es una decisión. No somos genuinamente americanos por el simple hecho de nacer, comer y dormir en América sino que tenemos, de alguna manera, que hacer fecunda a América, como la fecundaron los mejores de nuestros antepasados.

Baste esto, dicho brevemente, para comenzar a desarmar otra categoría de dominación del pensamiento único y políticamente correcto, y que los “progre” utilizan a diestra y siniestra.

  1. como principal sujeto de la realidad política o el pueblo como demos

Pero cómo, no cantábamos nosotros “si este no es el pueblo, el pueblo a donde está”?. Y este no es el pueblo, el pueblo no está, no aparece, pues, y ésta es nuestra tesis: la categoría de pueblo se ha licuado en la categoría de público consumidor, de gente.

¿Y el pueblo argentino? El kirchnerismo ha intoxicado al pueblo argentino de tal forma y a tal grado que salvo una catástrofe y la pedagogía que ella encierra, no barruntamos que pueda salir fácil y rápidamente de tamaña intoxicación. Envenenó la convivencia y a falta de ideología propia tergiversó la historia reciente reemplazándola por la memoria, siempre subjetiva y personal. Trabajó sobre el resentimiento, entendido como rencor retenido, e hizo de él factor de coherencia interna y propaganda política, lo que terminó por envilecer a la propia justicia.

El principal sujeto de la realidad política para nosotros es el pueblo, pero el kirchnerismo  “armó una realidad” falsa y aparente, para usarla ellos y para la gilada, (la oposición) y el sujeto de “esa realidad” es una pura apariencia. Hoy no existe el pueblo.

El gran mérito del gobierno de los KK es que lograron trastocar la categoría de pueblo por la de “público consumidor”, sumándose a la tendencia mundial sobre este asunto. Los votos que logró no son del pueblo peronista  sino del “público consumidor” en forma de subsidios, prebendas y canonjías. Y de una aceitada maquinaria de corrupción desde los más altos cargos del Estado.

El gobierno posterior de Macri continua con el concepto tergiversado de pueblo como gente o público consumidor con el agravante, por su fuera poco, de la búsqueda del envilecimiento moral con la promoción del aborto. Aduciendo que son las “mujeres del pueblo” las que padecen a las aborteras clandestinas, cuando las que abortan son, en general, mujeres de clase media y que buscan en él evitar la sanción judicial y moral,  y la comodidad de no criar un hijo.

A pesar de todo el pueblo conserva la capacidad de decir: no. Como lo demostró en Maastricht, con el rechazo al Brexit, en Colombia con las Farc, en Estado Unidos votando contra el imperialismo internacional del dinero de Wall Street y su candidata H. Clinton y en cien ocasiones más.

Hay algo que el gobierno mundial actual, esto es la unión del imperialismo internacional del dinero y el de los grandes masmedia no puede hacer a pesar de contar con todos el dinero y la propaganda posible, y es anular o captar el corazón de los pueblos y sus movimientos de autodefensa y preservación en su ser. Ya Perón advirtió: cuando los pueblos agotan su paciencia hacen tronar el escarmiento.

El pueblo genuino funda su identidad en el ethos nacional, expresado en los valores patrios, aquellos representados por el himno completo- y no el tarareo vulgar de las canchas- y la bandera. Y en el pensamiento nacional, aquel que nos viene desde Martín del Barco Centenera (1535-1605) y su poema La Argentina y llega hasta nuestros días y que logró expresar a través de un medio centenar de autores, lo más profundo del ser argentino en la historia del mundo.

El concepto de pueblo=populus que viene de puber=joven, significa conjunto de seres humanos que constituyen una comunidad en función de un ethos común.  Ya sean estos valores, religión, lengua, cultura, usos, modos y costumbres.

Cuando un pueblo se da a sí mismo un destino específico dentro de la historia del mundo a partir su ethos histórico, crea una nación. Y cuando ésta se organiza jurídicamente termina creando un Estado.

Hay pueblos que no llegaron a ser naciones, por ej. los diaguitas en Argentina o los araucanos en Chile. Otros pueblos llegaron a naciones pero no a Estados como los kurdos en Irán, Siria e Irak. Otros, como los judíos, que llegaron a constituir un Estado pero siguen funcionando entre ellos como un único pueblo repartido por todo el mundo.

Dicho esto, la vinculación de arte y pueblo hay que buscarla en la relación del artista con su ethos. Su genius loci como decía Virgilio; con su clima, suelo y paisaje. Un artista popular es un artista no ilustrado, que prefiere las alpargatas a los libros, aun cuando tenga veleidades de sobaco ilustrado. Vanitas vanitatum omnia vanitas.

La unidad del pueblo está dada por su ethos común y su consecuencia política es la democracia en tanto que la muchedumbre, multitud o gentío posee una naturaleza múltiple y carece del sentido de la unidad. Su consecuencia política es la oclocracia o gobierno espurio.(Continuará)

[1] San Agustín: La ciudad de Dios, 20,19

[2] Heidegger, Martín: Carta sobre el humanismo, Madrid, ed. Taurus, 1966, p.15.-

[3] Bandieri, Luis: ¿Dónde está el pueblo?, correos de internet, mayo 2005.

[4] En la revista parisina Nouvelle Revue d’Histoire, nº 65, marzo-abril 2013.

[5] Es interesante notar, que en los muy buenos pensadores chilenos, encontramos las mejores meditaciones sobre qué sea lo de pueblos originarios, por ejemplo Pedro Godoy o Petras Petrus. Seguramente, por los inconvenientes que presentan los partidarios de la República Pseudos mapuche para el sur de Chile con sede en Londres.

[6] Caturelli, Alberto: El nuevo mundo, Ed.Edamex, México, 1991, p. 54

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