LECTURA PARA GENTE GRANDE: ARTE Y PUEBLO-PRIMERA PARTE. Este opúsculo fue compuesto a pedido del grupo de amigos de La Musaranga, en lunfardo hacer gestos y guiños que solo el otro, como compañero, conoce y comparte

Por Alberto Buela (*)

Enoi, oios essi . Llega a ser, lo que eres                                                                       

Así, sobre la base de textos escritos en diversas épocas y otros para la ocasión, los intentamos hilvanar con el hilo conductor de: arte y pueblo. Para hilvanar ideas de aquí y de allá hay que repensar el conjunto y ello es tarea muy ardua, toda vez que uno piensa o da por supuesto que ya todos saben lo que hemos venido pensando todos estos años. Y la dura realidad nos muestra que no es así. Son pocos los que nos conocen y muy pocos los que nos han leído.

La idea de arte y pueblo exige de entrada aclarar qué se entiende por cultura, luego qué se entiende por arte y, por último, que se entiende por pueblo.

Una vez realizada esta tarea previa, en una especie de propedéutica al asunto propuesto: la relación entre arte y pueblo. Entonces sí, estaremos en condiciones de intentar esbozar una respuesta o una sugerencia a la propuesta hecha por los amigos de La Musaranga.

I-  El círculo hermenéutico de la idea de cultura

Cada vez que escuchamos hablar de cultura o de gente culta, asociamos la idea con la gente que sabe mucho, que tiene títulos, que es léida, como decían nuestros padres, allá lejos y hace tiempo. Es por eso que ha hecho fama, a pesar de su demonización política, la frase de Goebbels: Cada vez que me hablan de cultura llevo la mano a mi revólver. Porque sintetiza mejor que nadie, en un brevísimo juicio, el rechazo del hombre común, del hombre del pueblo llano, al monopolio de la cultura que desde la época del Iluminismo para acá poseen y ejercen los ilustrados y sus academias.

CULTIVO

En cambio para nosotros cultura es el hombre manifestándose. Es todo aquello que él hace sobre la naturaleza para que ésta le otorgue lo que de suyo y espontáneamente no le da. Es por ello que el fundamento último de lo que es cultura, como su nombre lo indica, es el cultivo.

Cultura es tanto la obra del escultor sobre la piedra amorfa, como la obra del tornero sobre el hierro bruto o como la de la madre sobre la manualidad del niño, cuando le enseña a tomar el cubierto.

Vemos de entrada nomás, como esta concepción es diametralmente opuesta a esa noción libresca y académica que mencionamos al comienzo.

Suele recomendarse en filosofía, así lo han hecho, entre otros, Heidegger, Zubiri, Bollnow, Wagner de Reyna, que la primera aproximación al objeto de estudio sea a través de un acercamiento etimológico. Porque, “el lenguaje empieza y termina por hacernos señas de la esencia de una cosa”[1]. Así comprobamos que cultura proviene del verbo latino colo/cultum que significa cultivar.

Para el padre de los poetas latinos Virgilio la cultura está vinculada al genius loci (lo nacido de la tierra en un lugar determinado) y él le otorgaba tres rasgos fundamentales: clima, suelo y paisaje.

Caracterizado así el genius loci de un pueblo, éste  podía compartir con otros el clima y el paisaje pero no el suelo. Así como nosotros los argentinos compartimos el clima y paisaje con nuestros vecinos pero no compartimos el suelo. Y ello no sólo porque sea éste último donde se asienta el Estado-Nación sino, desde la perspectiva de Virgilio el suelo es para ser cultivado por el pueblo que sobre el se asienta para conservar y reproducir su propia vida y producir su propia cultura.

Enraizamiento

Pero para que un cultivo fructifique, éste debe echar buenas raíces, profundas y vigorosas que den savia a lo plantado. Toda cultura genuina exige un arraigo como lo exige toda planta para crecer lozana y fuerte, y en este sentido recordemos aquí a Simone Weil, la más original filósofa del siglo XX, cuando en su libro L´Enracinement  nos dice: el reconocimiento de la humanidad del otro, este compromiso con el otro, sólo se hace efectivo si se tienen “raíces”, sentimiento de cohesión que arraiga a las personas a una comunidad[2]“. La filósofa ha dado un paso más, pues, pasó del mero echar raíces al arraigo que siempre indica una pertenencia a una comunidad en un lugar determinado. El arraigo supone un tiempo mayor de enraizamiento.

Y a diferencia del terruño que es el trozo de tierra natal, el arraigo abarca la totalidad de las referencias de la vida que nos son familiares y habituales.

Fruto

Luego de haber arado, rastreado, sembrado, regado y esperado, aparece lo mejor que da el suelo: el fruto, que cuando es acabado, cuando está maduro, es decir perfecto, decimos que el fruto expresa plenamente la labor y entonces, nos gusta.

Sabor

Y aquí aparece una de esas paradojas del lenguaje que nos dejan pensando acerca del intrincado maridaje entre las palabras y las cosas. Nosotros aun usamos para expresar el gusto o el placer que nos produce un fruto o una comida una vieja expresión en castellano: el fruto  nos “sabe bien”. Y saber proviene del latín sapio, y sapio  significa sabor. De modo tal que podemos concluir que hombre culto no es aquel que sabe muchas cosas sino el que saborea las cosas de la vida.

Sapiente

Existe para expresar este saber un término que es el de sapiente, que nos indica, no sólo al hombre sabio, sino a aquel que une en sí mismo sabiduría más  experiencia por el conocimiento de sus raíces y la pertenencia a su medio[3]. Los antiguos griegos tenían una palabra para expresar este concepto: (phrónesis)

Vemos, entonces, como la cultura no es algo exterior sino que es un hacerse y un manifestarse uno mismo. Por otra parte la cultura, para nosotros argentinos, tiene que americanizarse, pero esto no se entiende si se concibe la cultura como algo exterior. Como una simple imitación de lo que viene de afuera, del extranjero.

No hay que olvidar que detrás de toda cultura auténtica está siempre el suelo. Que como decía nuestro maestro y amigo el filósofo Rodolfo Kusch: “El simboliza el margen de arraigo que toda cultura debe tener. Es por eso que uno pertenece a una cultura y recurre a ella en los momentos críticos para arraigarse y sentir que está con una parte de su ser prendido al suelo” [4].

Cultura y dialéctica

Es sabido desde Hegel para acá, que el concepto, que en el filósofo de Berlín es “lo que existe haciéndose”, encuentra su expresión acabada en la dialéctica, que tiene tres momentos: el suprimir, el conservar y el superar. Hemos visto hasta ahora como la cultura pone fin, hace cesar la insondable oquedad de la naturaleza prístina con el cultivo, la piedra o el campo bruto, por ejemplo, y en un segundo momento conserva y retiene para sí el sabor y el saber de sus frutos, vgr.: las obras de arte. Falta aún describir el tercero de los momentos de esta Aufhebung  o dialéctica[5].

Si bien podemos entender la cultura como el hombre manifestándose, “la cultura no es sólo la expresión del hombre manifestándose, sino que también involucra la transformación del hombre a través de su propia manifestación”[6](6).

El hombre no sólo se expresa a través de sus obras sino que sus obras, finalmente, lo transforman a él mismo. Así en la medida que pasa el tiempo el campesino se mimetiza con su medio, el obrero con su trabajo, el artista con su obra.

Esta es la razón última, en nuestra opinión, por la cual el trabajo debe ser expresión de la persona humana, porque de lo contrario el trabajador pierde su ser en la cosas. El trabajo deviene trabajo enajenado. Y es por esto, por un problema eminentemente cultural, que los gobiernos deben privilegiar y defender como primera meta y objetivo: el trabajo digno.

Esta imbricación entre el hombre y sus productos en donde en un primer momento aquél quita lo que sobra de la piedra dura o el hierro amorfo para darle la forma preconcebida o si se quiere, para desocultar la forma, y, en un segundo momento se goza en su producto, para, finalmente, ser transformado, él mismo, como consecuencia de esa delectación, de ese sabor que es, como hemos visto, un saber. Ese saber gozado, experimentado es el que crea la cultura genuina.

Así la secuencia cultura, cultivo, enraizamiento, fruto, sabor,  sapiencia y cultura describe ese círculo hermenéutico que nos propusimos como objeto de este trabajo.

Círculo que se alimenta dialécticamente en este hacerse permanente que es la vida, en donde comprendemos lo más evidente cuando llegamos a barruntar lo más profundo: que el ser es lo que es, más lo que puede ser.

II- Notas sobre estética

Rasgos de la obra de arte

Es sabido que el hombre en la vida práctica (práxis) cuando actúa puede orientarse: tanto hacia un bien propio de él, algo que tiene que ver con la conducta, con el obrar, dominios de la política y la ética; como hacia la creación o fabricación de cosas, lo que tiene que ver con la producción, con el hacer, dominio del arte. A esto último los griegos denominaban póiesis, de donde viene acción poética o creadora.

El origen de la obra de arte está, entonces, en la práxis del hombre y dentro de ésta, en la póiesis, en el hacer. De ahí que la responsabilidad del artista es saber hacer bien las cosas que hace, debe poseer la capacidad y el hábito conducente a la perfección, al acabamiento de las cosas que hace.

Desde hace veinticinco siglos y atribuida a Platón se viene repitiendo en la tradición filosófica de Occidente que la belleza es el esplendor de la verdad (splendor veri) . Esta frase encierra dos términos splendor  y veritas. El esplendor no es un resplandor difuso sino un fulgor de luz que emana de la cosa bella y la verdad es lo que brilla. La obra de arte es entonces aquello a través del cual brilla la verdad. Y para los griegos la verdad alétheia, que significa desocultamiento, develar, correr el velo que cubre la esencia de las cosas. Y es este des-ocultar, que produce la obra de arte, el que le hace afirmar a Heidegger: “En la obra de arte se ha puesto en operación la verdad del ente. La obra de arte abre a su modo el ser del ente” [7].

Pero ¿cómo es, cómo se produce este enraizamiento de la obra de arte con la verdad?. Esta es la cuestión del millón, y acá, cada maestro con su librito.

En nuestra opinión, la obra de arte expresa la verdad en forma simbólica, esto quiere decir que remite a algo que está más allá de lo que presenta. La obra de arte re-presenta algo, presenta de otra manera las cosas tal como se dan a la mirada vulgar, la trasciende. Incluso el arte no figurativo, no representativo a pesar de la intención de sus cultores también representa. Al menos intenta ser la representación de la no representación. Y dado que el arte como todo símbolo es un signo arbitrario (cada pintor pinta lo mismo pero distinto), que se distingue de la señal que es un signo natural, vgr. la nube es señal de lluvia. Y como la captación del símbolo sólo es posible por analogía, de igual forma, el acceso a la obra de arte se realiza por el mismo medio, de modo indirecto.

Debido a su carácter simbólico es que la obra de arte vincula lo singular con lo universal, lo contingente con lo necesario. Es en la conocida definición de Hegel  “expresión sensible de la Idea”, presenta en lo sensible lo suprasensible.

Entonces, en la obra de arte no se trata de la reproducción de los entes singulares existentes, sino al contrario de la representación de la esencia general de las cosas” nos viene a decir, a su vez,  Heidegger.[8]

Y en la tarea de comprender la obra de arte como símbolo, en su decodificación interviene la hermenéutica, la ciencia de la interpretación, donde se destaca el agudo filósofo mejicano Mauricio Beuchot: “Si la hermenéutica ha tenido como labor acercar y casi conjuntar la comprensión y la explicación aplicada a las obras del arte, hace que ellas nos den una comprensión (un sentido) pero también una explicación (una referencia). Ponen ante nuestro intelecto algo que nos da un sentido y una referencia a ciertos aspectos humanos que son universales” [9] .

Así cuando ante la obra de arte, que por bella place a los sentidos, sobre todo la vista y el oído, podremos gozarnos comprendiéndola sin perder la referencia, llegamos a la representación plena, al unir en un solo acto comprensión y explicación.

Existe además de acceso intelectual a la obra de arte, una aproximación emocional que se ubica en el observador. El splendor, se aprecia sobre todo en las grandes obras de arte, se traduce en conmoción del observador. La obra de arte lo saca a uno de la trivialidad, de la cotidianeidad, nos transporta otro mundo, más trascendente o más profundo. Esto lo llamó Aristóteles catharsis. Claro está, que él le dio una connotación moral como expurgación de las pasiones. Pero el hecho cierto es que una obra de arte se valora por su mayor o menor conmoción. Pensemos en los efectos de la Antígona de Sófocles que muere en desafío al poder político por ser fiel a la ley divina y a la piedad fraterna. Cómo nos conmueve una sinfonía, un cuadro, una escultura, un film, una danza bien bailada y las cientos de expresiones estéticas cuando están acabadas.

(Continuará)

[1] Heidegger, Martín: Poéticamente habita el hombre, Rosario, ed. E.L.V., 1980, p. 20

[2] Weil, Simone: Echar Raíces, Barcelona, Trotta, 1996, p. 123

[3] Buela, Alberto: Traducción y comentario del Protréptico de Aristóteles, Bs.As., Ed. Cultura et labor, 1984, pp. 9 y 21. “Hemos optado por traducir phronimós por sapiente y phrónesis por sapiencia, por dos motivos. Primero porque nuestra menospreciada lengua castellana es la única de las lenguas modernas que, sin forzarla, así lo permite. Y, segundo, porque dado que la noción de phrónesis implica la identidad entre el conocimiento teórico y la conducta práctica, el traducirla por “sabiduría” a secas, tal como se ha hecho habitualmente, es mutilar parte de la noción, teniendo en cuenta que la sabiduría implica antes que nada un conocimiento teórico”.

[4] Kusch, Rodolfo: Geocultura del hombre americano, Bs.As. ed. F.G.C., 1976, p.74

[5] Buela, Alberto: Hegel: Derecho, moral y Estado, Bs.As. Ed. Cultura et Labor- Depalma, 1985, p. 61 “En una sucinta aproximación podemos decir que Hegel expresa el concepto de dialéctica a través del término alemán Aufhebung o Aufheben sein que significa tanto suprimir, conservar como superar. La palabra tiene en alemán un doble sentido: significa tanto la idea de conservar, mantener como al mismo tiempo la de hacer cesar, poner fin. Claro está, que estos dos sentidos implican un tercero que es el resultado de la interacción de ambos, cual es el de superar o elevar. De ahí que la fórmula común y escolástica para explicar la dialéctica sea la de: negación de la negación”.

[6] Buela, Alberto: Aportes al pensamiento nacional, Bs.As., ed. Cultura et labor, 1987, p.44

[7] Heidegger, M.: Arte y poesía,  México, FCE, 1978, p.68

[8] Heidegger, M. Op. cit, p.64

[9] Beuchot, M.: Estética y hermenéutica analógica, en Logos N°88, México, enero-abril, 2002

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