LECTURA PARA GENTE GRANDE: ARTE Y PUEBLO-QUINTA PARTE Y FINAL. Este opúsculo fue compuesto a pedido del grupo de amigos de La Musaranga, en lunfardo hacer gestos y guiños que solo el otro, como compañero, conoce y comparte

Por Alberto Buela (*)

d)  la relación con el pasado

Nuestra relación personal con el pasado se da a través de la memoria, que es aquella capacidad por la cual recordamos lo sucedido desde nuestra subjetividad.

La otra relación con el pasado, la científica. Nos la brinda la ciencia de la historia, que a través de testimonios y documentos intenta una interpretación objetiva de dicho pasado. Quien dice ciencia, dice conocimiento sistemático.

Así memoria e historia son formas distintas de entender el pasado. En un Estado de derecho  aquello que forma al ciudadano es la historia, al contrario de lo que sucede hoy en nuestros Estados democráticos postmodernos de corte político socialdemócratas, donde la exaltación de la memoria prima por sobre la historia.

Cabe distinguir acá que la memoria a la que criticamos no es la memoria popular, la memoria de todo un pueblo encarnada en sus tradiciones y valores permanentes, sino la memoria parcial e interesada de los lobbies que buscan poner la historia a su servicio[1].

Así la memoria se mantiene mediante conmemoraciones, actos, homenajes, mientras que la historia exige investigación, trabajo de atenerse a los hechos, esfuerzo constante y la más de las veces tedioso.

La historia y su método pasan por distintas etapas: a) heurística, que es la búsqueda de los testimonios. b) la crítica, que realiza el análisis de las fuentes. c) la síntesis, que pone en orden lo recabado, y d) la exposición, que debe ser clara, sencilla y acompañada del aparato erudito.

El historiador tiene que realizar todo el esfuerzo posible por desvincular sus juicios de sus prejuicios, e intentar superar la subjetividad. De ahí que sea sumamente importante la idea aportada por la fenomenología de verificación intersubjetiva según la cual se puede hablar de objetividad sólo cuando sobre un mismo hecho (lo sucedido=res gestae) se produce una coincidencia mínima del juicio de los pares, (conocimiento de ese suceder= rerum gestarum) que en el caso de la historia es el juicio de los historiadores.

Cuando la relación con el pasado, sostiene Alain de Benoist (foto de la izquierda), avanza por el camino de la memoria, nada le importa la verdad histórica. Le basta con decir: ¡Acuérdate!”[2]

Con el recurso a la memoria se trata de que el pasado esté siempre presente, que el pasado no pase sino que esté siempre vivo, siempre ahí.

Como cuenta muy bien Javier Esparza recordando la denominada polémica de los historiadores entre Jürgen Habermas y Ernest Nolte, donde éste último quería tomar distancia y así poder historiar la segunda guerra mundial y aquél primero sostenía que el nazismo estuviera siempre presente. Fue así que Nolte deploró “ese pasado que no pasa” como un daño al logro de la unidad alemana.

Uno de los rasgos de la postmodernidad es el reemplazo cada vez más de la historia por la memoria. Es que ésta es más atractiva y aquella más ardua, pues la memoria tiene el condimento de la imaginación. Además la memoria privilegia la visión de la víctima. Y en una sociedad como la de hoy en donde los Estados otorgan a los ciudadanos infinitos “derechos incumplibles”, el recurso a la memoria les ofrece el simulacro de la reparación. Los ejemplos son tantos y tan recientes que se los dejamos a elección del lector.

En esta parodia de felicidad postmoderna en donde lo único que se nos prohíbe es ser infelices, como bien denunció Fray Beto respecto de la nueva constitución del Brasil, la aliada es la vieja idea romana de damnatio memoriae, la condena y destrucción del pasado. Donde se condena el recuerdo de un hombre público prohibiendo pronunciar su nombre, como ocurrió con Perón en el Golpe del 55, borrando su nombre o retirando sus estatuas, como acaban de hacer en España con Franco o descolgando cuadros, como sucedió aquí hace muy poco.

La damnatio memoriae es otro de los simulacros políticos más utilizados últimamente y de menor eficacia real, pues si funcionara no nos tendríamos que acordar de aquellos que se pretende borrar de la memoria. Pero….“conforma a la gilada” como diría un reo.

La Historia como magistra vitae según la definiera Cicerón (a la izquierda), como la formadora del hombre y sobre todo del ciudadano, pues sólo ella le muestra su pertenencia real, ha dejado paso cada vez más a la memoria, en donde el ciudadano ha sido transformado en “público consumidor”. Consume y compra no sólo alimentos sino relatos interesados de “las memorias” que terminan alienando su espíritu.

De modo tal que como la memoria está siempre escrita a favor del narrador, ella transforma muchas veces al victimario en víctima según sea quien la narre. Así los judíos con el mitema por antonomasia del siglo XX, se presentan siempre como los perseguidos por todos; el indigenismo presentará a nuestros pampas como angelicales perseguidos por el opresor blanco; los ingleses del carnicero general Kimberley persiguiendo a los boers para liberar a Suráfrica;  los turcos persiguiendo a los bárbaros de los cristianos armenios; las madres de la plaza de Mayo monopolizando el sufrimiento de todos los argentinos y desde hace un siglo, los yanquis sacrificándose por todo el mundo para hacer, por la guerra, “la democracia a palos”.

A los poderes mundiales, a los poderes indirectos que gobiernan este mundo a piacere, más allá de los parlamentos nacionales y de los grandilocuentes gestos de algún gobernante infatuado, les es funcional la categoría de memoria político-cultural porque ella al estar más allá de cualquier examen crítico permite una recreación permanente de relatos míticos, los cuales no sólo oscurecen los hechos reales y tal como han sucedido,(revelación reservada a la historia) sino que “estas memorias” logran desviar a los pueblos(entreteniéndolos con debates culturales) de su verdadero objetivo: La construcción de un poder nacional o regional autónomo y soberano. El asunto es lograr que nuestras comunidades, nuestros pueblos, no se pregunten por la naturaleza del poder, cómo se construye y cómo se conquista, ni cuestionen a quienes lo ejercen.

No al ñudo un marxista lúcido como el esloveno S. Zizek pudo afirmar que en nuestra época el discurso sobre el poder ha sido reemplazado por el discurso cultural, con lo cual los que ostentan el poder siguen haciendo lo que quieren a espaldas y a costillas de los pueblos sometidos a sus designios.

En este mismo sentido otro marxista de origen argentino pero yanqui por adopción y primerizo estudioso de Perón, el sociólogo Mark Falcoff acaba de afirmar: La repentina resurrección de la izquierda en la región (Suramérica) es un evento más cultural que estrictamente político”.

IV- La relación arte y pueblo

Esbozada las ideas de cultura, arte y pueblo, pasamos ahora a intentar mostrar cual tendría que ser la relación entre ambos conceptos para terminar logrando una acabada expresión cultural lo más genuina posible.

La categoría de relación es uno de los grandes conceptos que se usan en filosofía desde siempre y que junto con las de sustancia, cualidad, cantidad, acción, pasión, nos ayudan a explicar lo que es y existe.

La relación indica el traslado o referencia de una cosa o concepto a otro. Es la más inasible de todas las grandes categorías y que los griegos la decían ta pros ti=lo que se refiere a otro. Se usó esta categoría para explicar la Trinidad Divina, pero ahora, desacralizado el mundo, la utiliza la sociología para explicar los fenómenos sociales. Si nosotros relacionamos arte y pueblo ya estamos sosteniendo de entrada que son conceptos relativos uno a otro. Como lo son padre de hijo, alto de bajo o izquierda de derecha. De modo que aceptamos de entrada que no puede haber arte sin pueblo ni pueblo sin arte.

En lo que va de la historia del hombre en la tierra hubo períodos que se caracterizaron por una imbricación de arte y pueblo y otros que no. Así por ejemplo, en América durante los siglos XVI y XVII lució el barroco americano que fue expresión de nuestra propia índole como pueblo original que apareció en el mundo. El término  barroco deriva del vocablo portugués que indica  una perla no perfectamente esférica, significando por lo tanto algo irregular y diferente de lo común.

Nuestro ethos fue fijado de una vez y para siempre por el ethos barroco, que posee otra racionalidad y otra sensibilidad que procede del mestizaje indo ibérico, que nos determinó en lo que somos. Y afirmamos “de una vez y para siempre” porque la conciencia católico-barroca descubridora, en mixtura con la originariedad de América, selló desde el momento mismo del descubrimiento y durante tres siglos sin interferencias ajenas a ella, la originalidad iberoamericana. El hecho es irreductible, salvo que se produjera un extrañamiento u alienación total ella.

El barroco se opone a la concepción mecánica de la naturaleza, a la idea individualista de la sociedad y al racionalismo y la Ilustración. Él nos da una pauta de los senderos que debe recorre el arte para llegar a ser arte popular. Nos indica que, como la perla no del todo perfecta, así es probable que deba de ser nuestro arte. A lo mejor dejando de lado un poco la perfección y el acabamiento pero no la búsqueda del esplendor. A la criolla como se dice habitualmente, sin buscar el perfeccionismo absoluto pero haciendo la obra. Es un arte que trabaja sobre lo verosímil y no sobre lo exacto. Que privilegia el esplendor por sobre las reglas de construcción.

El arte debe buscar la recuperación del pluralismo en contra de la mentalidad homogeneizadora, uniformadora, totalitaria e intolerante de la pedagogía jacobina que dramatiza lo perfectamente normal. Al mismo tiempo que insistir en la búsqueda del bien común frente al individualismo de corte liberal.

El pensamiento barroco reúne razón y pasión, magia y ciencia, sagrado y profano, español e indígena, catolicismo y heterodoxia. Todo ello es la base última del pensamiento popular hispanoamericano que se volcó luego en múltiples formas de acción y construcción política, que van desde la experiencia del obispo Vasco de Quiroga con sus pueblos hospitales y la  jesuítica de las misiones hasta las últimas formas de organización política como lo fue la comunidad organizada de Perón.

El artista popular como un nuevo Danton debe afirmar: moi, je suis le peuple et le peuple est avec moi= yo, si yo soy el pueblo, y el pueblo está conmigo. Él está obligado a entender al pueblo como demos=poder y dejar de lado la visión interesada de entender al pueblo como plebe=rebaño. Toda su tarea debe de estar dirigida a expresar lo mejor del pueblo y no sus bajezas. El artista popular debe autoconstituirse en el mayor enemigo de la vulgaridad, de lo soez, caracteres tan explotados por los grandes mass media para extrañar de sí a los pueblos y entonces poder dominarlos.

Él debe de realizar un doble esfuerzo, que el común de los mortales no puede hacer en su interpretación del pueblo y de él como pueblo. Primero, comprender el sentido que el pueblo le da a las cosas y segundo, encontrar las referencias que le permitan explicar eso que hace. Así, comprensión y referencia, búsqueda del sentido y explicación son las tareas específicas de la hermenéutica de un artista popular.

En el fondo, él debe practicar un pensamiento de ruptura que rompa con la opinión publicada, practicando una forma de disenso a través del cual pueda ofrecer “otra opinión”, una opinión alternativa a la dada. Ya sea por los mass media, por el poder del dinero o la corrupta dirigencia partidocrática. Si un artista se libera de estos tres grandes condicionamientos que utiliza con éxito la sociedad de consumo, terminará transformándose en un agente de liberación de los padecimientos habituales de su pueblo.

Lejos está el artista popular de ser un intelectual iluminado que perora sobre la necesidades del pueblo, así como lejos del artista moralizante, sino que él recoge vivencias suyas y de los otros (el pueblo) que puede plasmar en la obra. Ese opus=obra objetivada que es también, en su caso, un labor=obra subjetiva, esplende, en definitiva, la verdad en la apariencia que es la representación artística. Es que la apariencia en el arte no está reñida con la verdad, pues lo que aparece: opus-labor, cuando lo hace con esplendor está desocultando la verdad. De ahí que el carácter de espléndida sea el último fundamento de la  genuinidad de la obra de arte.

Llegamos así a la frase del poeta griego Píndaro (518-438 a C.): enoi, oios essi que figura en su poema Pythia II v.73 dedicada a los deportistas griegos de las olimpíadas que se superan cada día logrando triunfar porque antes que nada se superan a sí mismos. Al artista popular le aconsejamos lo mismo: Hazte lo que eres.

(*) arkegueta, aprendiz constante

[1] El profesor Alfredo Mason en carta comentando el presente artículo desnuda un mecanismo perverso de la memoria en su utilización político-cultural: “Fijate una cosa, si la preocupación es mantener viva la memoria de los compañeros que por sus ideales fueron perseguidos y desaparecidos ¿por qué recordarlos por lo que nunca quisieron ser? Pues recordarlos por desaparecidos y no hacerlo como compañeros peronistas que se entregaron a la causa del pueblo hasta el final, es negar la esencia misma de la cuestión”.

[2] de Benoist, Alain: Enfrentarse con la historia, revista El manifiesto N° 3, Barcelona, 2005

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