LECTURA PARA GENTE GRANDE: ARTE Y PUEBLO-TERCERA PARTE. Este opúsculo fue compuesto a pedido del grupo de amigos de La Musaranga, en lunfardo hacer gestos y guiños que solo el otro, como compañero, conoce y comparte

Por Alberto Buela (*)

III- Diferentes sentidos de pueblo

  1. Como terruño

Antes que nada mi pueblo es el lugar de mis afectos comunes con otros que son mis vecinos. Es el lugar del arraigo y de ese pasado que no pasa pues está inscripto en forma indeleble en mi memoria. Mi pueblo está constituido por “esas cosas comunes” que tenemos entre pocos. Son modismos, usos, costumbres que nos distinguen de los otros pueblos. Aquellos rasgos casi imperceptibles que nos identifican entre nosotros. Luego está los apellidos, nombre y sobrenombres, apodos y chanzas.

Mi pueblo está representado en ese sentimiento de pertenencia que siento al recorrer sus calles y volver a contemplar sus casas y sus árboles. Es aquel lugar que me hace formar parte del mundo de una manera distinta a “los otros”. Es el sitio en esta vida al que siempre estoy volviendo, sea luego de unos días o de largos años. Porque es el lugar donde estoy arraigado, donde están mis raíces y la de mis antepasados. Pero también puede ser una elección, cuando alguien elige ser de “un pueblo”.

Mi pueblo es siempre el lugar de excelencia porque prefiero estar en él y pospongo estar en otro lado, pues él me formó en la preferencia de los valores comunitarios por sobre el individualismo de mercado. La ayuda, la solidaridad, la compasión, el aguante, todo esto nace de la vida de mi pueblo.

Mi pueblo no forma parte de la postmodernidad “líquida”, del imperio de lo efímero sin lealtades ni vínculos permanentes que caracteriza a la sociedad opulenta sino de la “solidez” que hace a mi identidad, que me define por lo que soy y no por  “la de todos por igual”. Y donde si no hay algo, se sabe soportar su carencia sin la compulsión al consumo. Este es mi pueblito.

  1. enfrentado a la cultura vulgar o el pueblo como plebe

Afirmaba ese gran literato español de principios de siglo, Antonio de Roxas, que: “Cuando se acentúa el funesto divorcio entre el arte y la cultura popular y la erudita, sucede fatalmente que lo popular degenera en vulgar; y la erudición en pedantería.[1]

Esta escisión se ha ido incrementando paso a paso con la homogeneización del mundo producida por la simbiosis entre el desarrollo exponencial de la técnica (segunda mitad del siglo XX) y el modelo político de one world lanzado por George Bush en 1991.

En Nuestra América la cultura popular produjo durante los siglos XVI y XVII el barroco americano, durante el siglo XVIII y XIX la imaginería hispano-criolla y durante el siglo XX la poesía y la novela  hispanoamericana de un Darío, un Carpentier, un Lugones, un Gallegos entre tantos otros. Si nos limitamos a la Argentina, al ámbito musical, donde el tango fue la creación artística popular más genuina del siglo XX.[2] Hoy nuestro país hoy termina produciendo en su reemplazo “la bailanta”, vulgar expresión que no es ni cumbia colombiana, ni murga uruguaya, ni chevere portoriqueño. Una bazofia que extraña a todos con todos y que concluye regularmente tomando vino en cajita mezclado con coca-cola. ¡Lamentable! Esta sedicente vulgaridad musical, tiene su correlato literario en la televisión basura y el periodismo amarillo y sanguinolento. Lo grave es que todo ello ocupa el 90% del espacio mental de los argentinos.

Por otro lado está el saber científico y académico que durante este siglo nos dio tres premios Nobel, en el caso que esto sirviera de pauta para juzgar la cultura erudita de un pueblo, pero los premios son irreversibles. Están ahí. Son al menos una pauta cultural.

Hemos tenido durante este siglo literatos como Angel Batisttesa, filósofos como Alberto.Rougés o Nimio de Anquín, sin embargo el siglo termina con la estéril pedantería filosófica de un Guariglia y de pseudos científicos como Klimosky y Nudler. 

La nefasta escisión entre cultura popular y cultura erudita que concluye como bien afirmara Antonio Roxas en la vulgaridad cultural y el eruditismo estéril plantea, entonces, la pregunta de Lenín: ¿Qué hacer? Difícil respuesta, porque no es ni una, ni unívoca.

Si de música hablamos retomar la enseñanza de nuestra música y danzas populares, folklore y tango, en los colegios secundarios. En cuanto a filosofía y ciencia es menester comenzar enseñando sus respectivas historias, privilegiando la Argentina y americana. Pues, sólo se ama lo que se conoce y hoy por hoy, el desconocimiento de lo nuestro, por parte de nosotros mismos, es casi ofensivo.

Es harto concebible que la Universidad de Buenos Aires hoy día no tenga casi alumnos en filosofía pues no tienen ningún maestro. No sólo no existe ningún filósofo sino, lo que es peor aún, no existe ningún ejemplo a imitar. A lo más que llegan es a ser eruditos de lo mínimo. Buscadores de un gato negro en una pieza oscura y, para colmo, el gato no existe, según la vieja metáfora de Kant cuando se refería a los metafísicos de escuela.

La filosofía tiene en toda Nuestra América, como es sabido, tres manifestaciones básicas: la filosofía analítica, los universalistas y los americanistas. A los primeros puede aplicárseles hoy idéntico juicio al que Coriolano Alberini (1886-1960) aplicara al positivismo argentino: “careció de espíritu filosófico, de potencia analítica y de erudición crítica.”[3] Los segundos hoy siguen transmitiendo opiniones ajenas-europeas y yanquis- y elaborando un pensamiento desarraigado de su medio. Finalmente los sedicentes americanistas, producen una literatura ensayística que se limita a proclamar sus preferencias ideológicas. Políticamente hablando los primeros tienden a ser liberales, los segundos socialdemócratas, mientras que los terceros también lo son pero…con chiripá.

El divorcio entre cultura erudita y popular alcanza en el aspecto político su más marcada escisión, pues no hay ningún americanista-filósofo o artista- que hipotéticamente tendrían que ser los más allegados a la cultura popular,  que sea nacionalista- de Patria grande, se entiende-. A eso agreguemos que la cultura popular, devenida en cultura vulgar, no tiene ningún nivel de exigencia para con los contenidos híbridos que a diario se le presentan.

El extrañamiento de la cultura popular en cultura vulgar se ve hasta en las pocas movilizaciones políticas que hoy se convocan: gente en curda, carteristas por doquier, altoparlantes a todo volumen con animadores insustanciales. Mensajes simplemente declamativos sin contenido político meditado.

El extrañamiento de la cultura popular en cultura vulgar se ve en las denominadas fiestas populares: gauchos con lazos pintados de aluminio, con tenazas cromadas atadas a los tientos, con pompones en las botas y sombreros extravagantes, afeitados los pichicos de los matungos y la cola cortada al maslo. Una payasada grotesca.

El extrañamiento de la cultura popular en cultura vulgar se ve en esos bailarines de tango acrobático. En el sinnúmero de cantores de tango melodramáticos y lacrimógenos. En los tantos conjuntos folklóricos disfrazados de indios y en las letras vanas y de tonos gritones. (Aquel que canta a los gritos no escucha su propio canto: A.Yupanqui).

El extrañamiento de la cultura popular en cultura vulgar se ve en la falta de conciencia nacional de esta última. Lo popular cuando es genuino expresa el fondo telúrico de los pueblos. El ethos nacional. Si es espurio, cuando se transforma en cultura vulgar o de masas, sirve a intereses antinacionales como lo acaba de hacer notar el historiador Roberto Ferrero[4] (3).Esta cultura bastarda está manejada por la inducción del consumo, en general de cosas vanas

El extrañamiento de la cultura popular en cultura vulgar se ve en la pérdida de nuestros usos y prácticas elementales como el saber amasar el pan o las pastas, el saber qué hacer con un lechón o un cordero. El saber hacer los dulces y algún vino patero. El hecho elemental de saber prender fuego sin dañar el medio o  el de producir una pequeña huerta.

La vigencia de un pensamiento único se ve en la uniformidad de la cultura vulgar – se visten de igual manera,  escuchan la misma música y al mismo volumen, comen lo mismo, ambicionan lo idéntico- en contraposición a la cultura popular que siempre es expresión de lo diverso, de lo distinto, de lo propio.

No pretendemos un retorno a la vida bucólica, sólo queremos llamar la atención en que esto no lo saben hacer las jóvenes generaciones. Ni siquiera se intenta. Y ello es gravísimo porque el acto de preferir está al inicio de cualquier valoración. Pues solo se prefiere lo que se valora, y para valorar antes hay que conocer. 

Existe un principio filosófico que dice “nadie puede dar lo que no tiene”. Y esto se aplica a los jóvenes padres que no pueden enseñar estas cosas, y otras muchas, a sus hijos,  porque ellos no las han aprendido.

Argentina ha sufrido un corte, un quiebre en lo que Joaquín V. González llamó su tradición nacional. Y este corte lo queremos restaurar con libros, con películas y la restauración no es ni libresca ni mediática. La restauración tiene que ser vivencial. Pues son las vivencias y sólo ellas la que incorporan los valores al hombre, a la conciencia del hombre. Así estos valores, intentados muchas veces, terminan formando el carácter, que es como decir “creando o recreando un nuevo hombre”, por aquello de Heráclito ethos anthropos daimon (el hombre es su carácter). (Continuará)

[1] de Roxas, Antonio,P.: La Literatura española comparada con la extranjera, Madrid, 1928, p.14

[2] Afirmó el  gran Macedonio, el primer filósofo gauchi-político argentino, maestro de Borges y de tantos otros: el tango es lo único que Buenos Aires no tomó prestado de Europa. (Macedonio Fernández 1874-1952)

[3] Alberini, Coriolano: Problemas de la historia de las ideas filosóficas en la Argentina, La Plata, Ed. Univ. La Plata, 1966, p. 237

[4] Roberto Ferrero: ¿Cultura nacional o Cultura popular?, en Cauce Latinoamericano, Nro.7, Buenos Aires, invierno 2000

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