LECTURA PARA GENTE GRANDE: CHILE, NACIONALISMO, TRADICIONALISMO, CONSERVANTISMO. PRIMERA PARTE DE UNA SERIE. Notas sobre El Pensamiento Conservador en Chile, de Cristi y Ruíz. Renato Cristi y Carlos Ruíz han dedicado un conjunto de “ensayos” a mostrar la existencia y la consistencia de una corriente de pensamiento que no había recibido los honores de un estudio de conjunto, hasta ahora. Incluso más, se puede afirmar que esta corriente ha sido, en general, ignorada por la historia constitucional, por la historia de los partidos políticos o por el estudio de las ideas políticas en nuestro país.

Fuente: La Ciudad de los  Césares

Es preciso advertir que en Chile existió, desde mediados del siglo XIX hasta los años 60 del siglo XX, un partido conservador que se jactaba de haber fundado la República y de ser el representante político de la Iglesia: ¡no escasos títulos para una posición conservadora! Sin embargo, este partido fue reconocidamente liberal, tanto en lo político como en lo económico; en consecuencia, y con justicia, C. (Cristi) y R. (Ruiz) no lo consideran en su obra.

Pues de lo que se trata en ella es de esa corriente de ideas suscitada en oposición a la Revolución Francesa y sus secuelas, e ilustrada por los nombres de Edmund Burke, Joseph de Maistre, Louis de Bonald, J. Donoso Cortés, entre otros. El pensamiento conservador, así, es definido como una reacción frente al énfasis que el liberalismo pone “en la agencia de la voluntad humana”. Contra la creencia liberal en la soberanía del individuo y de sus derechos, “anteriores a la sociedad y a la historia”; contra la negación de la legitimidad de la tradición y de cualquier autoridad u obligación que no estén fundadas consensualmente, el conservantismo afirma el carácter comunitario del hombre, viviendo en comunidades que preexisten a su voluntad y, por ende, sujeto de deberes que no son necesariamente consensuales (pp. 148- 50). Más problemática es la continuación que los autores ven a esta corriente en el s. XX (pp. 49-50): Charles Maurras y Ramiro de Maeztu, seguramente sí; quizás Spengler… La noción de “Revolución Conservadora” (A. Mohler) puede más inducir a confusión que aclarar las ideas. ¿El fascismo como especie del género conservantismo? (p. 100). Esta interpretación es hoy insostenible, y resulta más adecuado distinguir, con S. Payne, entre fascismo, derecha radical y derecha conservadora (respectivamente, en el caso alemán, p. ej., el NSDAP, Hugenberg o Papen, e Hindenburg o Brüning; en el caso español, la Falange, el carlismo y la Ceda democristiana). Se han señalado por otra parte, las afinidades de al menos cierto fascismo con la izquierda revolucionaria.

En todo caso, los autores encuentran representada esa corriente en Chile por figuras de la talla de los historiadores Alberto Edwards, Francisco Antonio Encina, Jaime Eyzaguirre y –últimamente- Mario Góngora; del sacerdote y filósofo Osvaldo Lira, o del político Jorge Prat, para mencionar solamente a los de mayor jerarquía. Aquí puede surgir la duda: ¿es el concepto “conservador” el más apropiado para dar cuenta de esta corriente de pensamiento? La circunstancia ya indicada, el haber existido en Chile un partido así denominado, es sólo uno de los factores que se prestan a confusión. Y atendiendo solamente a los pensadores mencionados, ¿no hay entre ellos diferencias importantes? A este respecto, C. va a distinguir entre una línea nacionalista, que favorece un gobierno autoritario y centralizado, y una línea corporativista, que cuenta con la existencia de comunidades menores (familia, gremio, municipio) para moderar el poder político: thèse royaliste y thèse nobiliaire, dirá, por analogía con dos escuelas de pensamiento histórico en la Francia del s. XVIII (pp. 10-11).

La distinción anterior es sugerente, pero la duda subsiste, por otra razón. Se sabe que en el campo político las categorías y denominaciones no son inocentes. En la obra de C. y R., la connotación polémica del concepto “conservantismo” queda de manifiesto cuando se contrapone éste a “progresismo”, a “pensamiento social avanzado”: ¡a estas alturas del siglo resulta divertido oir hablar de “progresismo”, incluyendo liberalismo,  democracia y comunismo! (p.10) El presente es un trabajo académico serio; pero los autores tienen sus preferencia ideológicas y, en ocasiones, éstas se notan; a ratos, el “conservantismo” chileno parece incomodarlos, porque resulta más complejo de lo que se había definido a priori (ver más adelante).

Por fin uno, al menos, de los autores de estos ensayos parece incurrir a veces en el tipo de explicación común en un marxismo vulgar: que son las fuerzas sociales las que determinan las ideas. La “significación, la racionalidad histórica o la peculiar necesidad histórica de un discurso” se hacen inteligibles “cuando se encuentra en la vida social una premisa objetiva (…), respecto de la cual el discurso analizado es una forma activa de conciencia” (p.64). Así, los “discursos” de Encina o de Eyzaguirre no representan más que la “forma activa de conciencia” de los antiguos sectores sociales dirigentes, enfrentados a una situación de crisis (pp. 50,64-65, 68,71, 80); y si por casualidad se encuentra en estos autores alguna tendencia anti-oligárquica, responde a la necesidad que experimentan esos sectores sociales de atraer a los sectores medios a una alianza (pp. 65, 82). Naturalmente, esta interpretación revela una forma mentís muy propia del s. XIX, la explicación por abajo, reduccionista y mecánica. Como se ha señalado en el caso de las interpretaciones marxistas, ellas suponen por lo general en la burguesía, sectores de la gran industria, etc, una inteligencia y una sutileza mayores de las que poseen en realidad.


Edwards: del conservantismo liberal al conservantismo revolucionario

Alberto Edwards (foto de arriba) (1874-1932) es el primero de los autores que jalonan esta historia. C. es quien analiza su aporte, y comienza por reparar en las dificultades de un pensamiento auténticamente conservador –en el sentido ya indicado- en Chile, donde, como en toda América, la legitimidad, la “tradición”, arrancan de la Revolución de la Independencia. Por lo tanto, el antiliberalismo debe partir de un fondo común con el liberalismo; Edwards, entonces, tiene que escoger enfrentarse con el adversario en el “úníco terreno posible”, el de la historia de Chile. Pero no interesa a C. la obra historiográfica de aquél en cuanto tal, sino el proyecto conservador que estaría implícito en ella. Este proyecto consiste, dice, en la “desarticulación del dominio avasallador” de las ideas liberales y democráticas y, específicamente, en el establecimiento de “un Estado autónomo, presidido por un ejecutivo fuerte” (pp. 17-18). Edwards, añade, es el “portavoz y a la vez crítico” de la aristocracia (p.l9).

Con todo, C. distingue en Edwards dos etapas: una primera de “liberal-conservador”, “liberal tory”, bajo la influencia de Burke, Benjamín Constant, Carlyle, Bagehot; en esta etapa querría simplemente corregir el régimen parlamentario. La etapa madura es la de La Fronda Aristocrática y de la colaboración con Ibáñez; Edwards es ahora “conservador-revolucionario”, está marcado por Spengler y profundiza la crítica al liberalismo (pp. 20-21). Sobre todo, la huella spengleriana está patente en su adopción de “una postura puramente política desconectada de una raíz social legitimante”. Agotada la fuerza espiritual que sostenía al antiguo régimen, en una sociedad “espiritualmente desquiciada”, Edwards siente que no hay más opción que la dictadura de la espada o la del gorro frigio; y precisamente valorizará en el Coronel Ibáñez “la reconstrucción radical del hecho de la autoridad”. Sobre el nihilismo espiritual y social, comenta C., “sólo puede alzarse una autoridad fuerte que se presenta fundamentalmente como un hecho, es decir, sin fundamento moral de ninguna especie”. El cesarismo es otro elemento tomado de Spengler: el pronunciamiento militar de 1924 marca para Edwards el fin de la República parlamentaria; llegaba “la hora de César”. Observa C.: “estamos, pues, ante los umbrales del fascismo” (pp. 42-47).

Digamos, por nuestra parte, que no deja de ser curioso que haya que calificar como conservador aun pensador que ya en 1903 tenía como objetivo la “radical reforma política del régimen imperante en Chile” (C., p. 23); el objetivo del poder ejecutivo fuerte fue luego el del “progresista” Arturo Alessandri. Es verdad que las instituciones y los valores apreciados por Edwards son los que suele tenerse por pilares del conservantismo –la familia, la propiedad, el Estado, la autoridad, el orden-; sin duda, es también verdad que él penetra “la esencia del pensamiento conservador” al observar en La Fronda Aristocrática que los cambios acaecidos en los últimos siglos en tales instituciones y valores “denuncian el espíritu pecuniario y contractual de los burgueses” (C., pp. 37, 42-43). Acertadamente C. recuerda la contraposición de H.S. Maine entre sociedad de status y sociedad de contractus: esto es, entre un orden en el que las funciones de estamentos y grupos son estables, determinadas por la tradición, la religión, la comunidad de sangre, etc., y uno en el que las relaciones sociales se entablan entre individuos mediante acuerdos utilitarios (el “contrato” como modelo de organización social). Como puede apreciarse, aquí estamos ya lejos de un mero conservantismo, liberal o burgués.

El papel de Edwards como “portavoz” de la aristocracia, aunque fuera portavoz crítico, tampoco parece muy evidente. Reconociendo las virtudes de esa clase, empero quiere apartarla del poder: la tiene por incapaz de gobernar (pp. 25, 39, cit. La Organización Política de Chile, ensayos de 1913-1914). El mismo C. atribuye a Edwards el ideal de un Estado autónomo; de “un absolutismo superiora la sociedad, y aun a los elementos que le daban fuerza” (p. 19, cit. El Gobierno de don Manuel Montt, 1932), lo que no es precisamente muy aristocratizante. En La Fronda, la historia política de Chile se resume en la constante oposición de la oligarquía (“fronda”) a todo gobierno, y Portales es realzado como constituctor del “estado en forma” –evidentemente, otra noción spengleriana. En las páginas finales, su juicio sobre la aristocracia burguesa es lapidario. Teme, sí, la anarquía, pero considera imposible o inconveniente el restablecimiento del antiguo régimen. El movimiento militar iniciado en 1924, justamente por su carácter militar –es decir, en el fondo, no burgués o antiburgués-, fue “constantemente hostil a toda tentativa de restauración oligárquica y parlamentaria” –agregando Edwards: “lo que, a fin de cuentas, es un gran bien”. La autoridad es un hecho, claro, y un hecho esencial; pero no se levanta en el puro vacío. Es un comienzo: “lo demás nos será dado por añadidura”.

Del movimiento presidido por Ibáñez, “constructivo y nada revolucionario en su esencia íntima”, puede esperarse, entonces, que lleve a la República a buen puerto. El tema del nihilismo y la pura facticidad parece, pues, exagerado en C. ¿Podía esperar Edwards que la dictadura a la cual adhirió llegase a abolir el “régimen de banqueros e industriales” por él despreciado?

El nacionalismo de F.A. Encina

Francisco Antonio Encina  (foto encima de este párrafo) (1874-1965) es ubicado por R., para comenzar, en la “primera  hornada nacionalista” de Chile, en la segunda década del s. XX. Si bien los temas centrales de este nacionalismo están resumidos en las palabras de Hernán Godoy –tendencia antiimperialista y antioligárquica, rasgo populista, énfasis en la industrialización, crítica a los partidos políticos…, temas casi todos ellos poco “conservadores” -, R. ha explicado que, ante la situación de crisis política y social de comienzos de siglo, los antiguos dirigentes –los grandes propietarios agrarios- y los nuevos –los grupos monopólicos industriales o financieros- sólo buscan nuevas bases de apoyo en los sectores medios, mezclando para ellos antiliberalismo, autoritarismo y sensibilidad social (p.50). Ya hemos comentado este tipo de explicación que, desentrañando de una vez por todas el pensamiento de un autor, debería hacer innecesario seguir adelante. Con todo, R. se detiene en Nuestra Inferioridad Económica y La Educación Económica y el Liceo (1912), las obras de Encina en que, junto con la percepción de los factores de debilidad económica del país y la postulación del desarrollo industrial, se halla la proposición de una profunda reforma educacional, orientada contra “el intelectualismo, el desprecio por la industriosidad y el trabajo manual, y la ausencia de sentimientos nacionalistas que caracterizan a la educación chilena” (p. 51). Concede R. que, aparentemente no hay nada en el proyecto educacional de Encina que contradiga una visión política liberal. Pero repara en el sesgo de biologismo darwinista que hay en él –como en toda su época: “en el contacto de las sociedades humanas la lucha por la subsistencia domina con igual energía que en el resto del universo” (Nuestra inf. Econ.)-, y señala que esas ideas poco tienen que ver con la teoría democrática clásica (pp. 53-54). Seguramente; ¿por qué tendría que haber sido de otro modo? Por lo demás, ¿está seguro R. que el sesgo darwinista es tan ajeno a los demócratas?

  1. identifica la crítica de Encina a la imitación de Europa, que era tan notoria en los intelectuales liberales del siglo anterior, con la “desvalorización de los valores liberales ilustrados”, basada ésta en “el rechazo de lo que no es espontáneo”. Hay aquí, pues, un “nuevo rasgo conservador” en Encina, que cuestiona “toda idea de intervención de la deliberación política en una sociedad que evoluciona natural y espontáneamente” (p. 55). Pero, precisamente, es esa evolución natural y espontánea la que preocupa a Encina. La doble herencia española e indígena no estimula las virtudes económica propias de la civilización industrial; las condiciones geográficas de Chile tampoco favorecen un desarrollo fácil de la riqueza colectiva; y luego, la imitación de las ideas liberales, la educación libresca, el deseo de consumir al estilo europeo antes de saber producir en forma semejante, imprimieron al país un rumbo inconveniente, que lo ha llevado a su actual “inferioridad económica”. La educación económica que Encina defiende supone, por cierto, una “deliberación política”; él acentúa la importancia de la voluntad: todo depende de la “voluntad de vencer y ser grande”. Todo esto, para R., muestra sólo la “profunda inconsecuencia del autor (p. 55).

La crítica enciniana del modelo político liberal y del modelo educacional chileno –aunque tuviera “el valor de referirse a problemas que son reales” (!), admite R.-, era en el fondo, “una crítica del grado mínimo de apertura que el sistema de dominación tradicional iba tolerando (…) y que iba a beneficiar sobre todo a los sectores medios y populares de la sociedad” (p.57). Mas, ¿no son estos sectores los que hubiera resultado más beneficiados de una reforma educacional que desarrollase las aptitudes económicas? Las ideas de Encina sobre educación son parte de un debate que se ha mantenido a lo largo del siglo, en el cual el liceo “humanístico” ha sido objeto de fuertes críticas, no siempre de parte de personalidades “conservadoras” o “nacionalistas”. La conclusión de R. es que la única solución que admite el diagnóstico de Encina es “la liquidación del avance democrático, la que coincide con la orientación política fundamental del proyecto del nacionalismo chileno de la época” (p. 57). Pero no es la conclusión de Encina; por el contrario, el proyecto político de éste, que es parte del proyecto del Partido Nacionalista a que contribuyó a dar vida en 1914, se mantenía dentro de las coordenadas del liberalismo democrático. Con su programa de robustecimiento del Ejecutivo, en favor de un gobierno eficiente; de protección a la industria nacional y de nacionalización de ciertas actividades económicas en manos de capital extranjero; de unión económica hispanoamericana y de protección de las clases trabajadoras, ese partido, lejos de ser “conservador” era el más “moderno” y “progresista” de los partidos políticos chilenos.

Es posible que la de Encina fuera una “lectura burguesa” de la idea de Nación – al fin y al cabo, es hijo de un siglo burgués, que ha tenido entre sus preocupaciones fundamentales la economía-; y seguro que su idea de Nación se complementa con la “orientación nacionalista y anti-liberal que imprime a la idea de desarrollo industrial”. Pero cuando R. agrega, inmediatamente a continuación de lo anterior, “… marcado por el tema imperialista de la lucha por la supervivencia internacional” (p. 57), ¡hay que tener en cuenta que lo que Encina pretende es defender a Chile de los imperialismos europeos y norteamericanos, y obviamente no sugiere ningún imperialismo chileno! Probablemente los intelectuales “no conservadores” de la época no veían nada de malo en la absorción de Chile en la economía mundial británica; eran ellos los auténticos voceros de la clase dominante agraria y mercantil que, así, en el análisis de R., se ve elevada ‒contrario sensu- a un papel muy progresista.

  1. vuelve sobre las ideas de Encina la década de 1930. Es el momento del Portales. Aquí R. tiene qué decir especialmente sobre la intuición, como método histórico en Encina, y como rasgo de carácter observado en Diego Portales; también, sobre el tema de las élites –tema del que difícilmente se podía prescindir en una historia política del s. XIX, en verdad. “Innecesario es destacar –comenta- “que élites e intuición, como método de acceso a la verdad y como instancia de poder, son opuestos a las concepciones modernas sobre la racionalidad, como igualmente repartida entre los hombres, y a su corolario político, la soberanía popular” (p.62). Que la racionalidad esté igualmente repartida entre los hombres puede ser un supuesto muy moderno –en el sentido de propio de la Modernidad: es el supuesto, entre otros, del homo oeconomicus de Adam Smith-; pero hubiéramos creído que las ilusiones del racionalismo se habían disipado en el transcurso de los últimos siglos… R. cita los pasajes de Encina en que éste destaca el carácter antioligárquico del régimen de Portales, pero insiste en que las tendencias antioligárquicas del propio Encina –porque, por cierto, la recuperación de la figura de Portales es la “tarea del propio presente” del historiador (p. 60)- no son tan radicales como aquél pretendía. En definitiva, como Encina tiene que ser conservador y, como tal, portavoz de los estratos oligárquicos, R. tiene que desvalorizar en este autor lo que lo aparte de tal caracterización. Viene a ser su método, como veremos en seguida. (Continuará)

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