LECTURA PARA GENTE GRANDE: CHILE, NACIONALISMO, TRADICIONALISMO, CONSERVANTISMO. SEGUNDA PARTE DE UNA SERIE. Notas sobre El Pensamiento Conservador en Chile, de Cristi y Ruíz. Renato Cristi y Carlos Ruíz han dedicado un conjunto de “ensayos” a mostrar la existencia y la consistencia de una corriente de pensamiento que no había recibido los honores de un estudio de conjunto, hasta ahora. Incluso más, se puede afirmar que esta corriente ha sido, en general, ignorada por la historia constitucional, por la historia de los partidos políticos o por el estudio de las ideas políticas en nuestro país.

Publicada en Ciudad de los Césares

Catolicismo y  corporativismo en Jaime Eyzaguirre

R se ocupa también de Jaime Eyzaguirre (foto grande de arriba), comenzando por destacar su papel de intelectual, aglutinador de otros intelectuales en la revista Estudios (entre ellos, Julio Philippi, Osvaldo Lira, Armando Roa, Clarence Finlayson), historiador y maestro universitario. Con posterioridad a la publicación de este ensayo en su forma original (1979), Gonzalo Vial vino a discutir la caracterización de Eyzaguirre como “conservador”, en un artículo en que lo mostraba, por el contrario, como un pensador “avanzado” e “innovador”. En su respuesta, R. insiste en que, siendo Eyzaguirre reconocidamente corporativista, se sigue de allí en forma necesaria que era conservador. Pero, admite, “hoy matizaría más (…) la relación entre la obra de un intelectual y los grupos sociales cuya experiencia estimula y esclarece al llevarla a la palabra y al discurso” (pp. 100-102). Será importante tenerlo presente.

Es justo, sin duda, que Eyzaguirre sea caracterizado en primer lugar como intelectual católico. Como tal, buscaba en la “doctrina social de la Iglesia”, expresada principalmente en las célebres encíclicas Rerum Novarum, de León XIII, y Quadragesimo Anno, de Pío XI, fundamentos para una “política católica integral” (p. 69). R. destaca la adhesión de Eyzaguirre al milenarismo, lo que potencialmente lo ponía en conflicto con la jerarquía eclesiástica –aunque su ortodoxia no parezca haber sido puesta en duda-; resulta forzado, sin embargo, relacionar esta doctrina escatológica con el sentimiento de declinación política de la clase de grandes propietarios agrarios (pp. 70-71). En todo caso, de la conciencia religiosa de Eyzaguirre se desprende no sólo su visión de la Historia, en la que la Edad Media aparece como el paradigma de “una forma de vida comunitaria integralmente cristiana, es decir, una articulación íntima de naturaleza humana y sobrenaturaleza” –dice R.-, sino también una crítica descarnada al capitalismo: “… sustituyó la caridad por el afán de lucro y sacrificó la dignidad humana… a la codicia ilimitada, de raíz demoníaca”. Textos como éste son problemáticos para R.: ¿como explicar una tendencia anticapitalista tan clara? “El movimiento obrero y popular” ‒debe reconocer con cierta ingenuidad- “no parece constituir aquí ese enemigo fundamental” (del proyecto autoritario que Eyzaguirre encarnaría) (p. 72).

No obstante, el autor cree poder aclarar que la crítica social de Eyzaguirre está “al servicio de una demanda… de replanteamiento y reformulación de las perspectivas de los grupos oligárquicos” (p. 73); y puesto que en él la caridad, en sentido cristiano, tiene que ser la primera respuesta al problema social, concluye que su énfasis anticapitalista y antioligárquico se reduce a la “exhibición de la propia belleza de alma” (pp. 73-74). Mas, a continuación, R. muestra las ideas de Eyzaguirre sobre economía dirigida y organización corporativa de la sociedad –lo cual, evidentemente, requiere algo más que virtudes morales privadas-: “estructuración social jerárquica”, del individuo al Estado a través de las organizaciones profesionales (ampliamente entendidas, por lo demás); las corporaciones como “organismos libres” que fijan la política de su respectiva actividad profesional; y el Estado con  el “control y la coordinación general de toda la vida económica” (pp. 76-77).

Se trata, en suma –nos dice R.-, de una “variante del proyecto fascista de organización de la sociedad”, encarnado en los regímenes de Oliveira Salazar y de Franco. Pues, prosigue nuestro autor, la primera característica general del modelo corporativista es la oposición “a toda forma liberal y democrática de participación política”; la segunda, la idea de “subsidariedad”, por la cual se reconoce a las sociedades naturales intermedias (familia, municipio, gremio, profesión, etc.) un grado de autonomía frente a la acción del Estado (p. 79). De acuerdo a la tesis que ya conocemos, si el corporativismo contiene posiciones antioligárquicas y anticapitalistas, es para interesar a las clases medias; frente a los trabajadores, en cambio, el proyecto corporativo aspira a “desintegrar sus organizaciones autónomas en una institucionalización que les hace perder toda su fuerza” (p. 82). El hecho de que Eyzaguirre postule un Consejo Nacional de las Corporaciones como órgano regulador superior de la actividad económica, lleva a R. a concluir que la organización corporativa significa devolver el poder a los grupos dominantes, a través de las organizaciones profesionales (p. 84).

El problema para nuestro autor es que ve en el corporativismo una variante del fascismo; y éste, que representa una alianza entre “el capital monopolista, la gran propiedad agraria y sectores medios atemorizados” (p. 83), no puede ser sino conservador y, más aún, reaccionario. Tal interpretación, que puede decirse la interpretación “típica” del fascismo en los medios de izquierda, debe considerarse hoy superada (cf. más arriba). En cuanto al corporativismo, es también claro que no constituye una mera “variante” del fascismo. Hubo en la época entre las dos guerras mundiales un corporativismo fascista, desde luego; mas hubo también un corporativismo católico, inspirado en las encíclicas papeles y en la obra de pensadores católicos del s. XIX (La Tour du Pin, el conde Mun, etc.). Es curioso que R. olvide mencionar que profesaba igualmente este corporativismo, en la misma época de Estudios, la Falange Nacional, o sea, la Juventud Conservadora, devenida más adelante Partido Demócrata Cristiano. En fin, había también corrientes corporativistas “de izquierda”, así como otras preconizadas por algunos sectores patronales, como, en Chile, la que inspiró al Partido Agrario y también a la Sociedad de Fomento Fabril de los industriales, de acuerdo a los textos citados por R. (pp. 95-96). Habría que saber que los tratadistas corporativos distinguían entre corporativismo “subordinado” y corporativismo “autónomo”, según el grado de sujeción a la autoridad estatal. Para ninguno de estos autores, que sepamos, la corporación se limitaba a una “corporación empresarial”, sino que incluía a los representantes laborales, en paridad con los patronales.

Por eso resulta poco relevante que R. nos diga que, según Eyzaguirre, sería el Consejo de las Corporaciones el que controlaría la economía; debería indicar cómo, en la concepción de Eyzaguirre, iba a estar constituída cada corporación, y cuál sería su representación exacta en el dicho Consejo. Por otra parte, está igualmente claro que los regímenes de Salazar y de Franco no eran fascistas: el segundo de éstos adoptó por un tiempo formas exteriores “fascistas”, pero en la alianza con el Ejército, la Iglesia y los partidos conservadores, el componente fascista (la Falange) fue el más débil. En cualquier caso, las simpatías de Estudios por estos regímenes –y en particular por el franquista, en la época de la guerra civil- fueron más matizadas de lo que podría creerse.

La suerte de las armas en la II Guerra Mundial determinó, según R., que desaparecieran de Estudios las alusiones al corporativismo y en general a “toda posición o modelo político explícito”. Eyzaguirre pone el acento en el hispanismo, vale decir, en la recuperación de los valores tradicionales hispánicos y en la valorización de la obra de España en América; y en este sentido orienta la parte principal de su obra historiográfica. Aún hoy es visto fundamentalmente como historiador, observa R., pero esto no obedece más que a la “coyuntura de repliegue” a que se ven enfrentados los grupos sociales representados por aquél (p. 92). R. pasa ligeramente por la oposición del director de Estudios (y también del historiador) al imperialismo norteamericano y al “panamericanismo”: una oposición sólo aparente, nos advierte, “en la medida en que… silencia otros imperialismos de la época: el alemán especialmente…” (p. 93). ¿No era razonable que Eyzaguirre dedicara su hostilidad principal al imperialismo de Washington, que era ya un enemigo inmediato o, por lo menos, una amenaza real en Hispanoamérica, en tanto que el imperialismo alemán se encontraba débilmente representado? Pero, no hay caso: si Eyzaguirre habla de parcelar los latifundios, no es más que para “reformular” el poder de los latifundistas (p. 80); si es declaradamente antiimperialista, es porque en realidad es proimperialista…

Los autores mencionan rápidamente a Jorge Prat (en la foto encima de estos renglones) y a su revista Estanquero, la que recoge “sobre todo” las tendencias nacionalistas de Edwards y de Encina, aunque también recibe las influencias corporativistas e hispanistas de Estudios. Por cierto, el nombre de la publicación, que es aquél con que fue conocido el grupo político del ministro Diego Portales, es ya todo un programa. Un programa, resume R., “nacionalista, autoritario, radicalmente anticomunista y anti-partidos, que culmina amalgamándose a las alternativas populistas de Ibáñez y Perón” (p. 103).

Habría que reparar, con todo, en la evolución que experimenta Estanquero, y en las tendencias internas no enteramente homogéneas que alberga la revista. Pero no es exacto que el gobierno de Ibáñez y el de su sucesor Jorge Alessandri representen un “triunfo… del ideario conservador”; ni siquiera “parcial”, como asegura C. (p. 124). A Ibáñez es preferible definirlo como “populista”, como hace R. (contó inicialmente con el apoyo, no sólo de los nacionalistas, sino también de la mayor parte de los votantes de izquierda); y si Alessandri fue, sin duda, “conservador” en el sentido más general del término, no lo fue en el sentido especifico que se  viene considerando aquí.

  1. encuentra en los años 60 un auge de las ideas nacionalistas y corporativistas. Prat contribuye a formar el Partido Nacional, fusionando su propio partido con los partidos Liberal y Conservador…; pero R. no nos informa que al poco tiempo se retiró del nuevo partido. En todo caso, “la incorporación del ideario nacionalista a la organización política más importante de la derecha chilena” quedó solamente en la intención de Prat, si la tuvo; la derecha chilena siguió siendo básicamente liberal; ¡y que los “observadores de la época” hayan encontrado “fundadas asociaciones” entre este partido Nacional y el fascismo (p. 105), sólo significa que tales observadores andaban muy desorientados! En cambio, es más significativa la formación del “Movimiento Gremialista” de la Universidad Católica, que inicialmente “revitaliza” las ideas corporativas de Estudios (pp. 105 y 125-126).
  2. Paralelamente, en 1969, un grupo de “ideólogos nacionalistas vinculados al hispanismo y al Opus Dei”, encabezados por Gonzalo Vial, fundan la revista Portada. A ellos se agregan algunos economistas neoliberales que tenían antes su propia publicación. Portada reivindicará el nacionalismo, pero en un tono más moderado, más “cauto”, mientras que el corporativismo se halla diluído en alusiones a la importancia de los gremios. Por esto resulta un tanto desmedido sostener que el pensamiento de esta revista es “rupturista” en relación con la democracia liberal (pp. 106 y Ss.). Más relevante es notar que todos los personeros de esta corriente van deslizándose hacia posiciones próximas al neoliberalismo de Hayek y de la “escuela de Chicago” (p. 126).
    1. apunta diferencias fundamentales entre ambas corrientes de pensamiento, en torno, p.ej., al entonces tan invocado concepto de “subsidariedad”. Para el tradicionalismo católico, explica, “la idea de subsidariedad del Estado se funda en una concepción de la política como fenómeno natural”. Entendida la societas como una floración natural de cuerpos intermedios –la Iglesia, las Universidades, las corporaciones, las regiones, las asociaciones vecinales, etc-, el poder político no debe intervenir en ella sino “en subsidio” de esos cuerpos, esto es, en caso de debilidad o incapacidad, ya que cada uno de ellos tiene fines propios que cumplir. Para el neoliberalismo, por su parte, la subsidariedad “quiere decir fundamentalmente una sola cosa, mucho más prosaica, el fin de la intervención del Estado en la economía y su reemplazo por un ‘Estado mínimo’”. Sorprendentemente, R. termina: “a pesar de esto, me parece que hay relaciones y lazos bastantes más profundos entre neoliberalismo y corporativismo” (p. 120, subrayado nuestro). ¿A qué exponer las diferencias, entonces, si la conclusión es que ellas no cuentan? Más adelante subraya “el carácter conservador del discurso neoliberal” (p. 121): de acuerdo; pero si se ha definido el “conservantismo” por su carácter nacionalista, corporativista, antiliberal, autoritario y jerárquico, y se sigue hablando de “conservantismo” cuando pasamos a un discurso individualista, liberal, que no reconoce más autoridad ni más jerarquía que las del mercado, “centrado en una visión contractualista de la sociedad, en un universalismo abstracto, trascendente a los límites nacionales y en un proyecto de paz universal…” –R., sobre la teoría democrática clásica (p. 54)-; si es así, sólo se puede lamentar el malabarismo verbal en que incurre el autor.odos estos grupos celebran con entusiasmo el golpe militar de 1973. R. destaca la condición privilegiada de revistas como Portada y Qué Pasa –del mismo equipo de la anterior-, junto al diario El Mercurio: bajo censura oficial, receso de los partidos y silenciamiento de la discusión política pública, “este nuevo estilo de hacer política, a través de medios aparentemente apartidistas, pero en definitiva estrictamente doctrinarios, rinde sus mejores frutos” (p. 116). Ahora bien, tales grupos y publicaciones son, por entonces, abiertamente neoliberales. Las razones de esta “mutación ideológica”, nos dice R., son, por un lado, el “radicalismo antidemocrático” del corporativismo, que encuentra dificultades para imponerse en una sociedad de tradiciones democráticas: “el neoliberalismo tiene menos tensiones –por lo menos en el nivel del discurso- con esa tradición”. Por otro lado, la adopción global de una política económica neoliberal por parte del régimen no deja ningún espacio para el desarrollo de asociaciones profesionales, sindicales, etc., en que se hubiera sustentado un movimiento corporativo (p. 120). Sin duda fue así; mas, ¿por qué hablar de que el corporativismo se dividió en dos tendencias? Simplemente triunfó otra tendencia, el neoliberalismo. Ni tampoco los neoliberales adoptaron “un discurso antidemocrático cuyo origen… (era) el corporativismo”; tenían y tienen su propio discurso. En realidad, como se ha reconocido más arriba, el neoliberalismo es más fácilmente compatible con la “tradición democrática”.

    Con más sentido de los matices, C. explica la “confluencia” que percibe entre corporativismo y neoliberalismo, especialmente en los años del gobierno de Allende, cuando el Movimiento Gremialista tomó “el liderazgo de la lucha ideológica” contra ese gobierno. Es interesante la razón de que haya sido así: “no resulta plausible (sic) una oposición que se centre en el tema nacionalista en tanto que el programa de la Unidad Popular incorpora… una concepción de un Estado productor activo que no está muy alejada de las propuestas de Encina”. ¿De manera que el nacionalismo de Encina, después de todo, no era tan conservador? Pero prosigue C.: el gremialismo, en cambio, “devalúa la acción partidista, enfatiza el papel de las asociaciones intermedias y le entrega al Estado una función puramente subsidiaria”. Es esta noción de Estado subsidiario lo que genera el acercamiento del gremialismo a las tesis neoliberales; y también la oposición al constructivismo –es decir, “la injerencia planificada del Estado en las actividades de la sociedad civil” (p. 126). Muestra C. que el anticonstructivismo de Hayek reposa en una tesis epistemológica, según la cual el conocimiento humano “práctico” se limita a las circunstancias particulares de cada individuo; de aquí que la planificación central –que supone una “elevación omnisciente”- sea imposible. Hay que aceptar, pues, el orden espontáneo que surge de la interacción de individuos libres en el mercado. Más aún, en el pensamiento hayekiano “la sociedad como tal no puede existir realmente, (e) igualmente la noción de justicia social o distributiva carece de fundamento en la realidad”.

    No escapa a C. las profundas diferencias que separan esta concepción del corporativismo católico tradicional. El anticontructivismo de éste cuenta, se ha visto, con el Estado y con las sociedades intermedias. El corporativismo “es comunitario”; sus teóricos como Eyzaguirre y Philippi “reconocen al ser humano, en conformidad con el pensamiento aristotélico-tomista, una naturaleza social. Así, los individuos derivan su entidad de organizaciones sociales anteriores a ellos mismos”. En tanto que el “orden natural” del neoliberalismo es individualista: “el mercado, no la familia o las organizaciones naturales intermedias, es el paradigma social por excelencia” (pp. 127-128).

    Mayor dificultad presenta, para C., la inclusión del nacionalismo dentro de la “síntesis  conservadora de los años 70”. En verdad, da la impresión de que aquél se ha dejado llevar un poco por la contraposición entre thèse royaliste y thèse nobiliaire, porque autores ya de los años 30, como Guillermo Izquierdo Araya (foto de la izquierda), no habían tenido dificultad para hacer la síntesis de nacionalismo y corporativismo. Según nuestro autor, ésta es la obra del sacerdote Osvaldo Lira, quien intenta “la fundación filosófica del tradicionalismo chileno”. En su Nostalgia de Vásquez de Mella (1942), Lira distinguía la “soberanía política” –correspondiente al Estado- de la “soberanía social”, que expresa los derechos de los cuerpos sociales. Mientras que para el liberalismo clásico la separación entre Estado y sociedad buscaba la protección de la sociedad frente a los abusos estatales, para Lira “la noción de soberanía política representa al Estado como principio de unidad nacional”. Sólo un Estado fuerte puede regular con autonomía las actividades nacionales, evitando los particularismos locales o sectoriales; pero, al mismo tiempo, no puede el Estado invadir el ámbito de las asociaciones menores (p. 133). Lira saludó con satisfacción el advenimiento del régimen militar en 1973, en el que creía ver recogidas sus propias ideas; pero de ahí no se sigue que haya sido el “vínculo” entre el pensamiento conservador y la junta militar chilena (p. 134) (Continuará)

Un Comentario sobre “LECTURA PARA GENTE GRANDE: CHILE, NACIONALISMO, TRADICIONALISMO, CONSERVANTISMO. SEGUNDA PARTE DE UNA SERIE. Notas sobre El Pensamiento Conservador en Chile, de Cristi y Ruíz. Renato Cristi y Carlos Ruíz han dedicado un conjunto de “ensayos” a mostrar la existencia y la consistencia de una corriente de pensamiento que no había recibido los honores de un estudio de conjunto, hasta ahora. Incluso más, se puede afirmar que esta corriente ha sido, en general, ignorada por la historia constitucional, por la historia de los partidos políticos o por el estudio de las ideas políticas en nuestro país.

  1. Espero la tercera parte para ver si sigo creciendo..!!!

    saludos

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