LECTURA PARA GENTE GRANDE: CHILE, NACIONALISMO, TRADICIONALISMO, CONSERVANTISMO. TERCERA Y ÚLTIMA PARTE DE UNA SERIE. Notas sobre El Pensamiento Conservador en Chile, de Cristi y Ruíz. Renato Cristi y Carlos Ruíz han dedicado un conjunto de “ensayos” a mostrar la existencia y la consistencia de una corriente de pensamiento que no había recibido los honores de un estudio de conjunto, hasta ahora. Incluso más, se puede afirmar que esta corriente ha sido, en general, ignorada por la historia constitucional, por la historia de los partidos políticos o por el estudio de las ideas políticas en nuestro país.

Publicada en Ciudad de los Césares

Son notables las páginas que C. dedica al análisis de la Declaración de Principios del Gobierno de Chile (1974), documento que quería ser la norma doctrinal del régimen militar. En él ve el autor una “matriz conceptual” determinada por el principio de subsidariedad y la distinción entre soberanía política y soberanía social, sobre la cual se han “injertado” propuestas neo- liberales que imprimen al texto “un sello característico” (p. 136). Piensa C. que la teoría de la soberanía social es “el puente que une a los gremialistas con los liberales hayekianos”. En efecto, la autonomía de las organizaciones sociales ensamblaría con la noción hayekiana de un “dominio protegido” para la iniciativa privada, mientras que el concepto de subsidariedad se ampliaría para incluir la esfera económica privada en cuanto tal; no a las sociedades intermedias, como en la teoría original, sino, simplemente, a los individuos (pp.138-139).

El nacionalismo, en la Declaración, tiene por función “desplazar y deslegitimar otras visiones totalizadoras”. No era posible, se nos explica, negar el “momento totalizante del Estado” en tanto que monopolizador de la política. “Al identificarse como nación, sin embargo, el Estado alcanza una existencia política independiente, no fundada en la voluntad popular”. Por su parte, el corporativismo da cuenta, en la misma Declaración, de la “despolitización de la sociedad” (p. 139). Lo primero es verdad; sólo que la identificación entre Nación y Estado es un hecho de los últimos siglos, y no necesariamente ha prescindido de la voluntad popular. En cuanto a lo segundo, el objetivo central de todas las formulaciones corporativistas no ha sido la despolitización de la sociedad, sino una nueva y –supuestamente- más real participación ciudadana; sin la interferencia de los partidos, es cierto, y a menudo reemplazando la noción de “ciudadano” por la de “productor”. Pero esto es lo que C. olvida; que, en consonancia con el neoliberalismo dominante, el régimen prescindió de toda participación, movilización u organización ciudadana, aunque hubiese sido por cauces gremiales. Esto nunca fue lo que pretendió el corporativismo.

Así, la Declaración justificó el “pleno desarrollo de la moderna sociedad de mercado” (p. 139). Este fue el resultado de todo el proceso, está claro; mas dicho documento, en sí mismo admitía otras “lecturas”. Y tanto era así que, a la larga, en la medida en que el neoliberalismo se impuso del todo, el régimen olvidó su propia declaración de principios, la que está completamente ausente de la discusión pública de los años 80.

Tradicionalismo y nacionalismo en Mario Góngora (EN LA FOTO DE ARRIBA)

El neoliberalismo, pues, ha triunfado plenamente en la lucha ideológica que se ha librado en la sociedad chilena. Antiguos colaboradores y discípulos de Jaime Eyzaguirre o de Osvaldo Lira se han desembarazado de cualquier escrúpulo corporativista y se han plegado sin más al sistema de ideas dominante. En este contexto Mario Góngora publica su Ensayo histórico sobre la noción de Estado en Chile en los siglos XIX y XX (1981), a cuyo análisis C. va a dedicar la última parte de esta obra. Góngora ha sido, ante todo, un historiador, pero C. pone de relieve un pensamiento político inspirado en Burke, De Maistre, los románticos alemanes Justus Möser, Novalis y Adam Müller; Burckhardt y Nietzsche, Spengler y Carl Schmitt y, entre los chilenos, Alberto Edwards. De este modo, Góngora viene a ser como la síntesis de todo el “pensamiento conservador” tratado aquí. C. lo trata con especial respeto; hay que decirlo porque, si bien Góngora sigue siendo respetado como historiador, después de su muerte en 1985 parece haberse tendido a silenciar o “recuperar” sus ideas políticas. Así, al publicarse el Ensayo, se levantaron voces de alarma en la intelligentsia neoliberal, que llegaron a afirmar que las tesis que contenía eran “peligrosas”; tales comentarios fueron incluídos en la segunda edición (póstuma) de la obra, quizás a modo de relativizarla, dándole el matiz bien pensante.

La tesis de Góngora es que es el Estado el que ha formado la nacionalidad chilena, en un país caracterizado tempranamente como “tierra de guerra”. En este siglo, sin embargo, se observa la “pérdida del sentido vivo y orgánico del Estado”, con el auge correlativo de la noción de “sociedad” como “complejo de intereses particulares” contrapuestos a aquél. Hasta culminar en las “planificaciones globales” que pretenden la reestructuración general de la sociedad, la economía y el Estado: Frei, Allende, Pinochet… Empero (observa C.), Góngora habla con aprobación de la reforma agraria y del comienzo de la nacionalización del cobre, en tiempos de Frei; aun del gobierno socialista de Allende valora la mantención relativa de la “idea de Estado”. En cambio, el movimiento militar, que representó la posibilidad de “reanudación de la idea de Estado Nacional”, con una Declaración de Principios de “indudable” inspiración tradicionalista, derivó finalmente en una “revolución desde arriba” de signo antiestatal (C., p.144 y ss.)

Según C., Góngora intenta fundamentar una “auténtica tradición conservadora” en la historia de Chile, de modo de poder, legítimamente, descalificar al liberalismo como un fruto ajeno; y no obstante estar consciente de que el conservantismo chileno ha sido siempre liberal. Tal intento es su mérito principal, opina nuestro autor (p. 148). Como el tradicionalismo “presupone el haber pasado por la crisis revolucionaria, el haber detectado a fondo ese fenómeno y su profundidad abismal, para actuar en su contra” (Góngora), C. verifica en la vivencia en Chile de la Revolución rusa de 1917, y en la época de cambios que comienza con Arturo Alessandri, la condición para la constitución de un “frente contrarrevolucionario”: “a la revolución mesocrática alessandrista responde el impulso contrarrevolucionario ibañista” (pp. 155-156). Pero aquí el pensamiento de C. se hace mecánico y desfigura la realidad histórica. Aceptando que el primer gobierno de Alessandri haya sido revolucionario, esta revolución más bien se prolonga y consolida en la dictadura de Ibáñez. El ascenso de las clases medias, la política de protección a los trabajadores, la modernización del Estado y el reforzamiento del poder presidencial, son aspectos que unen a los dos caudillos, no obstante enfrentados entre sí.

Evidentemente, el pensamiento de Góngora no se reconoce en tal esquema. ¿Realmente pretende él fundamentar un pensamiento conservador, o simplemente, a fuer de historiador, muestra el pasado? En cualquier caso, Góngora estima que la sociedad chilena de buena parte del s. XIX puede llamarse “tradicional” porque no ha pasado por una verdadera revolución liberal burguesa, pese a la ideología liberal que profesa parte de la aristocracia dirigente. En el s. XX se llegará, en cambio, a una “democracia de masas”, “democracia plebiscitaria” (M. Weber) que, con todo, dará al “polo monárquico-presidencial” del Estado chileno un contenido más fuerte de caudillaje. La repercusión, no sólo de la revolución bolchevique, sino también de “las formas nacionales nacidas durante y en contra de la revolución del siglo XX” (Góngora alude a la Acción Francesa, al fascismo, nacional-socialismo, falangismo), estimula el redescubrimiento de las tradiciones nacionales en Hispanoamérica, en actitud de ruptura con el s. XIX. Salvando la distancia que hay entre estas tradiciones y las europeas, más viejas y firmes, Góngora muestra el hispanismo (que mira al pasado colonial en forma análoga a cómo romanticismo y tradicionalismo europeos miraron la Edad Media), el corporativismo, las figuras simbólicas capaces de inspirar un nuevo nacionalismo (Portales, Rosas). Así, el sinarquismo en México, el integralismo brasileño, el nacionalismo y el “primer peronismo” en Argentina; en Chile, los movimientos juveniles católicos y los diversos nacionalismos. Todas sus ideas y consignas “eran naturalmente extrañas a la Derecha política oficialy mucho más a la Derecha económica”.

Vale la pena aclarar aun lo que significan para Góngora posiciones “tradicionalistas” o “contrarrevolucionarias” En el tradicionalismo romántico encuentra una “oposición bastante radical” al capitalismo, un punto que C. pasa por alto, aunque ya K. Mannheim –de quen el autor toma la noción de “pensamiento conservador”- señalaba que la crítica del capitalismo había comenzado en la “oposición de derechas” antes de ser adoptada por las izquierdas. Agrega Góngora “difiero de la opinión de que estos movimientos (románticos y tradicionalistas) tienen que ver algo con el conservantismo actual”. ¿En qué medida, entonces –se pregunta- tales movimientos pueden ser llamados “conservadores”? Y recuerda la famosa sentencia de De Maistre: “la contrarrevolución no será una revolución contraria, sino lo contrario de una revolución”; quiere decir –interpreta Góngora- que no será una revolución desde arriba, que anule la obra de la revolución, sino “una evolución…, un absorber todo lo que hubiera de positivo, de valioso en la misma revolución”. En tal sentido, hay que observar, los nacionalismos de tipo fascista no podrían ser llamados contrarrevolucionarios, sino decisionistas. Como Donoso Cortés (tocado por Góngora), pero en otro sentido.

  1. está dispuesto a reconocer el valor de las críticas que en su momento hizo Góngora al gobierno militar neoliberal; sin embargo agrega, como para que el lector desprevenido no caiga en una trampa: “Pero ello en ningún caso debe ocultar el que su argumento esté determinado por un profundo ánimo reaccionario y que su conservantismo no es en ningún caso liberal sino contrarrevolucionario” (p. 156). Esta resulta ser la tónica de toda la obra, como ya se habrá observado: cuando se admite que Encina, o Eyzaguirre, o Góngora, sostienen posiciones “avanzadas”, hay que explicar la intención profunda tras esas posiciones, de modo que éstas sean absorbidas al interior de una concepción general “conservadora”, “reaccionaria”, “contrarrevolucionaria”…; esto es –suponemos- que marcha contra el sentido de la Historia. ¡Por lo menos las vueltas recientes de este “sentido de la Historia”, la pérdida de significación de términos como “reacción” y “revolución”, podrían haber llamado a prudencia a los autores!

Como conclusión, C. cree observar que el tradicionalismo inspira aún el trabajo de una serie de intelectuales chilenos –lo que ha sido desmentido al menos por uno de ellos-; pero nos dice tranquilizadoramente, “al interior del movimiento conservador actual prima una actitud más modernizadora y menos escéptica frente al progreso, tal como se manifiesta en la revista Estudios Públicos (p. 156). No vamos a discutir el carácter conservador de esta publicación, si C. lo afirma; es, en todo caso, neoliberal, de modo que, una vez más, estamos hablando de corrientes diferentes confundidas bajo una denominación común.

Esa es, en síntesis, la debilidad principal de la obra: descansa en un cierto “nominalismo”. El “pensamiento conservador” parte liberal, con Edwards; se hace biologista con Encina, católico y corporativista con Eyzaguirre, nacionalista con Góngora…; para volverse neoliberal y decididamente “moderno”, sin dejar de ser el mismo ente –antropomórfico, se diría. Y sin embargo, queda claro que ninguno de los autores examinados fue propiamente “conservador” en relación con su medio y su época. Por una parte, C. y R. sienten predilección por arrinconar lo que llaman “conservantismo” –entendamos: nacionalismo y tradicionalismo- junto al liberalismo, como expresiones de un mismo pensamiento reaccionario; por otra parte, es evidente que la perspectiva en la que se sitúan es la liberal. Y al final, saludan como más afín a la propia posición, más “moderna” y “progresista”, a una manifestación del neoliberalismo.

Ciertamente, un gran mérito de la obra comentada es el dar a conocer una corriente de pensamiento que, pese a la alta calidad de sus representantes, permanecía silenciada. Son de particular interés las páginas que C. dedica a examinar la posibilidad de un tradicionalismo en América. De esa corriente habría que recoger las tesis más radicalmente antiliberales y antiburguesas, a fin de apoyar en ellas una revolución… “conservadora”, llamémosla, para complacer a C. y R.

GUILLERMO ANDRADE*

  1. CRISTI/ C. RUIZ: El Pensamiento Conservador en Chile. Seis Ensayos. Ed. Universitaria, Santiago, 1992.

Cf. S. PAYNE, El Fascismo, Alianza Ed. Madrid, 1992; P. GOTTFRIED, “La Izquierda y el Fascismo”, en Ciudad de los Césares 27.

Cf. Gruppo di Ar, Totalitá sociale e comunitá organica, Ed. di Ar, Padua (Italia), 1982.

EDWARDS, La Fronda Aristocrática, 1928; Ed. Universitaria, 12a ed, 1991, en esp. pp. 277 y ss.

  1. GODOY, “El pensamiento nacionalista en Chile a comienzos del siglo XX”, Dilemas N° 9, dic. 1973, Santiago (también en E. CAMPOS MENENDEZ, Pensamiento Nacionalista, Ed. Nacional G. Mistral, Santiago, 1974).

Cf. GOTTFRIED, art. cit.

ENCINA, Nuestra Inferioridad Económica, Santiago, 19I2, pp. 56-64, 298, 325.

Cf. H. GODOY, “El ensayo social”, Anales de la Universidad de Chile N° 120, 1960; P. GODOY, “Apunte para una crítica de la educación secundaria”, Revista de Educación N° 32-33, Santiago, 1971.

Cf. E. ROBERTSON, Ideas Nacionalistas Chilenas, Santiago, 1978 (mecanogr.), pp. 60 y ss.; GODOY, art. cit. (n. 5).

  1. VIAL, “El pensamiento social de Jaime Eyzaguirre”, Dimensión Histórica de Chile, N° 3, Santiago, 1986, pp. 99 y ss.

Cf. M. MANOILESCO, El Siglo del Corporatismo, Santiago, 1941; J. A. VASQUEZ M., “Del ‘Orden Natural’ a la ‘Auto-organización’ o la vigencia de idea Orgánica”, C.C. 12; G. FERNANDEZ DE LA MORA, Los teóricos izquierdistas de la Democracia Orgánica, 1985.

Cf. Vial, n. 10.

Ver ROBERTSON, pp. 225  y ss.

Idem, pp. 150 y ss.

Cf. GONGORA, Ensayo Histórico sobre la Noción de Estado en Chile en los siglos XIX y XX, 2 ed., Universitaria, 1986

GONGORA, Ensayo, ed. La Ciudad, Santiago, 1981, en esp. pp. 126 y 55.

Cf. respuesta de Góngora a uno de sus críticos, publicada en Economía y Sociedad, 2ª época, p. 3, julio1982, Santiago (también en Ensayo, 2a ed.): “Un historiador no tiene porqué adscribirse taxativamente a una ideología, ni a una Filosofía política… Sus convicciones se manifiestan más concretamente en lo que relata, describe o analiza. Ni tampoco puede dar recetas para reconstruir un país”.

GONGORA, “Reflexiones sobrela Tradición y el Tradicionalismo en la Historia de Chile”, en Civilización de Masas y Esperanza, Ed. Vivaria, Santiago, 1987; pp. 185-191.

  1. MANNHEIM, “El Pensamiento Conservador” en Ensayos sobre Sociología y Psicología social, FCE, México, l963; p. 102.

GONGORA, “Romanticismo y Tradicionalismo” en Civilización de Masas, pp. 65-66.

VIAL, “Alrededor de los sucesos de 1973”, Dim. Hist. de Chile N° 3, pp. 241 y ss.

Un Comentario sobre “LECTURA PARA GENTE GRANDE: CHILE, NACIONALISMO, TRADICIONALISMO, CONSERVANTISMO. TERCERA Y ÚLTIMA PARTE DE UNA SERIE. Notas sobre El Pensamiento Conservador en Chile, de Cristi y Ruíz. Renato Cristi y Carlos Ruíz han dedicado un conjunto de “ensayos” a mostrar la existencia y la consistencia de una corriente de pensamiento que no había recibido los honores de un estudio de conjunto, hasta ahora. Incluso más, se puede afirmar que esta corriente ha sido, en general, ignorada por la historia constitucional, por la historia de los partidos políticos o por el estudio de las ideas políticas en nuestro país.

  1. Aunque las tres partes estan bien cargadas de info creo que Chile se ha mantenido dentro de lo que se le puede llamar “centro-izquierda-derecha” por la mayor parte del siglo pasado y el comienzo del actual, bastante estable para ser un pais latinoamericano, con algunas “subidas y bajadas” breves como era de esperar.

    Aprovecho para elogiar al Capitan General Augusto Pinochet el cual salvo a Chile de convertirse en otra Cuba e hizo de Chile la economia mas envidiada en Latinoamerica.

    saludos

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