LECTURA PARA GENTE GRANDE: CONTRA “OCCIDENTE”-PRIMERA PARTE. Todos sabemos que Occidente existe, al menos como concepto, pero no es fácil definirlo, ni siquiera representarlo como una entidad real, aunque al menos puedan identificarse sus orígenes.

Por, Jesús J. Sebastián.

Todos sabemos que Occidente existe, al menos como concepto, pero no es fácil definirlo, ni siquiera representarlo como una entidad real, aunque al menos puedan identificarse sus orígenes. ¿Qué es exactamente Occidente? Es un término muy usado, pero en tantos sentidos… ¿Es una región? ¿Es Europa? ¿América? ¿Ambas? ¿Una civilización? ¿Un conjunto de países ricos? ¿Una forma de vivir, de sociedad? ¿Una moral o una ética? ¿Una religión, un estado de ánimo? Y sobre todo, ¿existe Occidente? Y si existe, ¿es un imperio del bien o del mal?, ¿es un concepto mundial, universal?, ¿es un ciclo histórico?

La indagación comienza por el significado de la palabra, “Occidens”, del verbo occidere, caer, desaparecer, morir. El lugar por donde se acuesta el Sol. Opuesto a Oriens, Oriente, el lugar del Sol Naciente, el lugar del nacer, del subir. La cuna de la civilización. Por tanto, Occidente es, desde el principio, una civilización decadente, poniente. El ocaso. Una civilización que siempre está muriendo para volver a nacer de nuevo como el “Ave Fénix”, renovada y rejuvenecida. De ahí que Occidente sea una cultura activa, en cambio constante.

Pero de ahí también que Occidente no pueda existir solo: necesita a Oriente, se complementa con él, viene de él. E igualmente de ahí que los conceptos de Oriente y Occidente sean relativos, pues se han definido desde un punto de referencia: desde Atenas y Roma, desde la visión de la Tierra que tenían los antiguos.

A lo largo de la historia, el término Occidente ha ido designando regiones distintas. En la Antigüedad solo incluía a una parte de Europa, excluida Escandinavia (que se decía poblada por unos bárbaros, los “hiperbóreos”) y excluidas también las llanuras de Europa central, los países bálticos, Polonia, Dinamarca y las regiones norteñas de Gran Bretaña (Irlanda, Escocia).

Andando el tiempo, Occidente añadió nuevas regiones; por ejemplo, a fines del siglo V d.C., Roma se dividió en dos imperios: Bizancio y Occidente, de manera que Turquía pasó a formar parte del mundo occidental. Hoy día, Occidente es sobre todo la Europa tecnológica y liberal que encarnan Alemania, Inglaterra y los países escandinavos (es decir, la Europa del Norte que antes estaba excluida), pero también Estados Unidos. Y a medida que nos acercamos a Asia, es decir, a Turquía y Rusia, empiezan los problemas: ¿son estos países occidentales u orientales? ¿Son europeos o asiáticos?

En la Edad Media, Occidente era sobre todo cristiano y católico y Oriente se hizo cristiano ortodoxo. Pero cuando comenzó la expansión árabe y la dominación del Imperio Otomano comenzó la oposición entre un Occidente cristiano y un Oriente musulmán.

Entonces, ¿qué es Occidente? Pues más que un concepto geográfico, es una forma de sociedad, un conjunto de convicciones y actitudes. Los griegos, en los siglos VI y V a.C. inventaron el teatro, la democracia, la ciencia, la filosofía y valores universales como la “virtud” o el “valor”. Llamaban “bárbaros” a los pueblos no griegos, que no eran ciudadanos libres, que eran súbditos de algún emperador o rey o faraón. Pero los griegos se daban a sí mismos las leyes y formaban ciudades autónomas. Creen en la razón más que en los dioses. No reciben nada del más allá (otorgamiento, revelación), sino que lo conquistan por sí mismos (autodeterminación, autonomía). No se someten a Dios, sino que separan la política y la religión. El islam, en el siglo IV d.C., hace justamente lo contrario: la religión es la fuente del derecho, lo político y lo religioso se unen en el Estado. Para los griegos, ser griego es una actitud. Isócrates decía que se llamaba “griegos más a las personas que participan en nuestra educación que a aquellos que comparten nuestro mismo origen”. Solo quedan fuera los “bárbaros”: los que no son –porque no quieren ser– griegos.

Luego, los romanos heredaron la cultura griega y con sus legiones conquistaron el mundo y crearon el Imperio. Ser ciudadano romano era una forma de libertad. Ellos fueron grandes ingenieros, anticiparon la importancia de la ciencia y la tecnología. Comunicaron el mundo conocido: acueductos, vías, puentes, termas, fuentes públicas, urbanismo, almacenes… Lo organizaron: administración provincial, regional, imperial. Crearon la idea de la “doble patria”: cada ciudadano puede tener su patria de nacimiento y ser romano de adopción.

Y al final del Imperio se impuso el cristianismo a las demás religiones antiguas y la Iglesia forjó una nueva identidad para Occidente. Pero hoy día esta identidad entre catolicismo y occidentalidad ya no es tan evidente. En Occidente hay católicos, protestantes, ortodoxos, ateos, paganos, escépticos, agnósticos, musulmanes, budistas…

En la Edad Moderna, con el Renacimiento, Occidente se desarrolló extraordinariamente. Dominó el comercio mundial, el oro y la plata llegados de América. Creó el sistema bancario y el capitalismo mercantil. Realizó los grandes descubrimientos científicos, desarrolló la técnica, el transporte y la industria.

En los siglos XVIII y XIX, con la Revolución francesa y la Revolución industrial, empieza el dominio universal de Occidente. Y desgraciadamente también el racismo: la raza blanca era superior. Y Occidente era blanco. Pero ahora Occidente tendrá que incluir a Estados Unidos, que en el siglo XX se convirtió en el país más poderoso del planeta. Occidente ya no es solo Europa. Tras la Segunda Guerra Mundial, todo cambia, comienza la política de bloques: el occidental (Norteamérica) y el oriental (URSS, China). Occidente se identifica con la OTAN, creada en 1949, y los llamados “países del Oeste”. El bloque soviético se identifica con el Pacto de Varsovia. Son los países del Este. Surge la amenaza nuclear.

En 1989 cae el Muro de Berlín y se derrumba el bloque soviético. Desaparece la URSS, pero China cobra mucha fuerza. Aunque los países asiáticos –la propia China, Japón, Corea del Sur, Taiwán, Hong-Kong, Singapur, Malasia…–  se occidentalizan.

Hoy Occidente se identifica con los países ricos (Estados Unidos y Europa, pero también Canadá y Australia) frente a los pobres (de África y Asia principalmente, y también de América Central y del Sur). Pero   hay   grandes   potencias “regionales” o  emergentes, como India, Sudáfrica y Brasil. ¿Serán occidentales en el futuro próximo, lo son ya? Estos países son competidores comerciales de Estados Unidos y Europa, por un lado, pero también son clientes y socios por otro.

Hoy día, experimentamos la “globalización”, que es también una forma de occidentalización del mundo, de creación de un comercio mundial, de una “aldea global” interconectada e interdependiente. La informática, las redes telemáticas, la televisión, el teléfono, el ordenador, los aviones, pero también la música, el cine, la moda, las multinacionales, los best-seller, están creando una cultura común en el planeta.

Alain de Benoist, en un editorial de la revista Éléments titulado “Olvidar Occidente”, se preguntaba qué es Occidente, recordando cómo «Raymond Abellio observaba que “Europa se fija en el espacio, es decir, en la geografía, a diferencia de Occidente, que es portable”. De hecho, Occidente ha continuado viajando y cambiando de dirección. En un principio este término significaba la tierra donde se pone el sol (Abendland), en oposición a la tierra del sol naciente (Morgenland). Comenzando con el reinado de Diocleciano a finales del siglo III d.C., la oposición entre el Este y el Oeste se redujo a la distinción entre el Imperio Romano de Occidente (cuya capital era Milán y luego Rávena) y el Imperio Romano de Oriente en Constantinopla. El primero de ellos desapareció en el año 476 d.C., con la abdicación de Rómulo Augústulo.

Después, Occidente y Europa se unieron para siempre. Sin embargo, a partir del siglo XVIII, el adjetivo “occidental” salió a la luz en las cartas náuticas que se refieren al Nuevo Mundo, también llamado el “sistema americano”, en oposición al “sistema europeo”, o el “hemisferio oriental” (que luego incluiría Europa, África y Asia).

En el período de entreguerras, Occidente, siempre después de haber sido asociado con Europa, como por ejemplo en la obra de Spengler, fue contrastado con el Oriente, que se convirtió en un objeto de fascinación (René Guénon) o en un espantapájaros (Henri Massis). Durante la Guerra Fría, Occidente –incluida Europa occidental y sus aliados anglosajones como Inglaterra y Estados Unidos–, situó a ambos en ese momento frente a el “bloque del Este”, dominado por la Rusia soviética. Este punto de vista fue lo que permitió a los EE.UU. legitimar su hegemonía, sobreviviendo al colapso del sistema soviético.

Hoy Occidente ha adquirido nuevos significados. A veces puede tener uno puramente económico: “Western” son todos los países modernos desarrollados e industrializados, como Japón, Corea del Sur y Australia, incluidos los países de la antigua “Europa del Este”, América del Norte o América Latina. “Ex Oriente lux, Luxus ex Occidente”, (La luz viene desde el Este; el lujo viene del Oeste), dijo en tono de broma el escritor polaco Stanislaw Jerzy Lec. Occidente está perdiendo su contenido espacial sólo para terminar fusionándose con la noción de modernidad. A nivel mundial y como la última encarnación de resistencia al furor orientalis, a los ojos de los occidentales, Occidente se opone al Islam. En consecuencia, existe una división fundamental que separa el sistema “judeocristiano” occidental del “árabe musulmán” oriental, y algunos no dudan en predecir que la lucha final de “Roma” e “Israel” –la guerra de Gog y Magog– culminará en la era mesiánica.

En realidad, no existe nada que manifieste un unitario “Occidente”, al igual que no hay homogeneidad en el “Oriente”. En cuanto a la noción del “Occidente cristiano”, que ha perdido todo su significado desde que Europa se hundió en la indiferencia y el “materialismo práctico”, y en vista del hecho de que la religión se ha convertido en un asunto privado, Europa y Occidente se han visto completamente desarticulados entre sí –hasta el punto de que la defensa de Europa a menudo significa la lucha contra Occidente–. Ya que no está relacionada con un dominio geográfico, por no hablar del cultural, la palabra “Occidente” se debe olvidar para siempre. Y hablar más bien de Europa.

Dice Alain de Benoist que, repentinamente, Europa quiso acceder a una misión universal, «un deseo que no se encuentra en otras culturas. Jean-François Mattei habla, con razón, acerca de la “visión teórica de lo universal”. Esta idea de lo universal ha degenerado más adelante en el universalismo, que originalmente tenía un carácter religioso y luego un carácter laico (sólo hay tanta distancia entre lo universal y universalismo como la hay entre la libertad y el liberalismo). En su búsqueda de la igualdad, el universalismo se reduce a la ideología de lo mismo, a expensas de la diferencia, es decir, en la afirmación de la primacía de la unidad frente a la multiplicidad. Pero también refleja el etnocentrismo oculto hasta el punto de que, cualquier idea de universal inevitablemente refleja una determinada concepción de lo universal». (Continuará)

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