LECTURA PARA GENTE GRANDE: CONTRA “OCCIDENTE”-SEGUNDA PARTE Y FINAL. Todos sabemos que Occidente existe, al menos como concepto, pero no es fácil definirlo, ni siquiera representarlo como una entidad real, aunque al menos puedan identificarse sus orígenes.

Por, Jesús J. Sebastián.

Entonces, ¿qué es Occidente, qué representa? ¿El progreso, la razón, la ciencia y la técnica? O, por el contrario, ¿la explotación, la dominación, el exterminio, la hipocresía? Algunos adversarios de Occidente lo reducen al capitalismo y la colonización. Pero no hay que olvidar que algunos de los países más ricos del mundo son los árabes, y su sistema de justicia social es cuando menos cuestionable. Otros ven en Occidente una sociedad sin Dios, libertina y salvaje, insolidaria y vil, atea, hereje y sin respeto por lo humano, deshumanizada y maquinista. Otros han criticado a Occidente por genocida, esclavista, explotador… España, Portugal, Holanda, Francia, Bélgica, Alemania, Italia, Gran Bretaña han masacrado pueblos y culturas, han torturado y matado. En Francia, por ejemplo, la esclavitud no fue oficialmente abolida hasta 1848. En América, la conquista del Oeste conllevó el exterminio de las culturas amerindias.

Lo que está claro, pues, es que Occidente es una representación, escenifica lo mejor y lo peor de la especie humana. Y para que podamos representarlo, debemos constatar la herencia de tres grandes aportaciones: el elemento grecorromano, el elemento judeocristiano y el elemento tecnocientífico.

  • La cultura grecorromana nos da el uso exacto de la lengua, el razonamiento, el debate público, la educación basada en la tradición clásica, los valores fundamentales (virtud, honradez, veracidad, valor…), la idea de ciudadanía y de patria y de “lo bárbaro” (lo extranjero).
  • El elemento judeocristiano es también fundamental y coexiste con el antisemitismo cristiano, muy presente en Occidente (España, Francia, Inglaterra, Rusia, Alemania…). Las ideas de pecado, confesión, arrepentimiento; prohibido matar, robar, adulterar; el respeto a la vida humana; la dignidad de todas las personas; el respeto a los padres, todo eso es judeocristiano. Occidente se hizo cristiano en la Edad Media (a partir del año 1000 más o menos, cuando fueron evangelizados territorios remotos como Irlanda y Escandinavia) frente al Oriente Próximo y Medio, que es musulmán, y el Extremo Oriente, que es taoísta, budista o hinduista. A medida que Occidente se expandió, también lo hizo el cristianismo. Aunque pronto surgen divisiones: la Iglesia de Occidente se hace católica (obedece al Papa de Roma) y la de Oriente, se convierte en ortodoxa (obedece a los popes).
  • Con el Renacimiento, Occidente dejó de ser tan cristiano, comenzó la crítica de los libertinos, los librepensadores y los filósofos. Empiezan las guerras de religión, aparece el protestantismo. Desde el siglo XVIII, con la Ilustración, progresó el ateísmo. Y en el XIX progresó la crítica a la religión, con teorías científicas como el racionalismo, el positivismo, el experimentalismo… Lo cierto es que el Occidente subdesarrollado de la Edad Media se convierte en el Occidente hegemónico a partir del Renacimiento. En la Edad Media, China poseía una gran civilización en ciencia, técnica y arte. También la India cultiva la filosofía y es esplendorosa. Y en los países árabes se desarrollan las matemáticas, la medicina, el saber heredado de los griegos. Pero en Occidente hay una regresión bárbara, disminuyen las ciudades, hay inseguridad en los caminos, desparecen los intercambios comerciales. Todo eso cambia con el Renacimiento y la nueva mentalidad científica. Resurge el optimismo, hay expansión por América, pero también genocidio de culturas (mayas, incas, aztecas). La técnica y el comercio dieron el poder a Occidente. Sevilla, Venecia, Rotterdam, Ámsterdam son plazas comerciales y centros financieros. En el XVIII se crean los bancos centrales y las monedas fiduciarias, que permiten crear dinero con unas escrituras, basándose en un sistema de confianza. La mentalidad científica hace florecer la crítica, el análisis, la verificación, la refutación, la actitud de curiosidad, de indagación permanente, el deseo de libertad, el individualismo, la desconfianza… Hay una lucha titánica entre religión y ciencia, entre política e Iglesia. En 1789 se proclamó la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano. Y en 1948 se proclamó la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

En los siglos XIX y XX Occidente lo domina todo. Y esto también tiene su cara sombría, por supuesto. En el siglo XX, con la Primera y la Segunda Guerra Mundiales, Occidente, por primera vez, se volvió contra sí mismo. Y casi se aniquila. Los monstruos del totalitarismo (fascismo, nazismo, comunismo) lo hicieron cabalgar hacia la destrucción total.

La dificultad de enfrentarse al concepto de Occidente viene de que se trata sólo de una de las civilizaciones existentes, entre otras varias, pero que es también en la que nacieron históricamente muchas de las ideas son patrimonio común de toda la humanidad, es decir, universales. Aportaciones como los derechos humanos, la democracia o la economía de mercado han surgido en el marco occidental, pero se han convertido prácticamente en el denominador común de todas las sociedades humanas, todas imitando el modelo o paradigma occidental. ¿Cuál es pues la especificidad de Occidente? Algunos autores creen que hay que buscarla en el legado de una historia milenaria, otros en la exportación de los llamados “valores universales”, otros, finalmente, consideran que el modelo occidental está hoy representado por los valores angloamericanos a los que hemos hecho referencia (liberalismo, democracia representativa, economía de mercado, religión de los derechos humanos, globalización, etc.). Estos últimos subrayan que la civilización occidental ha supuesto el triunfo del individualismo, del liberalismo, del mercantilismo, del democratismo y del universalismo. Todo lo cual supone la difícil admisión del concepto de que el pluralismo conduce a un orden autoorganizado, en contraposición con el orden natural con el que a veces sueña una cierta derecha y con el orden estatal al que a veces aspira una determinada izquierda. Los defensores de Occidente no cesan de fijar fronteras, limitándolo, por ejemplo, a Europa occidental, Estados Unidos, Canadá, Australia y Nueva Zelanda, excluyendo, aunque sea de manera provisional, a Europa oriental y a Iberoamérica. Y tampoco dejan de preconizar una Unión Occidental Euroatlántica que se opondría a la idea inversa de una Unión Eurasiática. Olvidan los defensores de Occidente que éste, en su versión americanocéntrica, no tiene límites ni conoce fronteras.

A partir de los años setenta del siglo pasado, la Nouvelle Droite atacó el mismo concepto de “Occidente”. La idea general era que este término comprendía algo más que un sentido económico (países occidentales = países desarrollados), y que Europa, como una forma de cultura y civilización, además de unos valores de referencia, tenía también intereses fundamentalmente diferentes de los estadounidenses. En ese momento, que era el de la “guerra fría”, la Nueva Derecha reaccionó contra el mito del “mundo libre”, representado por la oposición de Estados Unidos a la Unión Soviética y materializado abrumadoramente por el “nacional-liberalismo”. La sensación era que Europa debía recuperar las condiciones de su autonomía sin involucrarse ni alinearse con esos bloques. El objetivo era situarse fuera del orden bipolar heredado de Yalta, para escapar de la “pinza” que había enajenado su independencia, una “pinza” no sólo política, sino también metafísica (como Heidegger había visto).

Esta crítica de Occidente tiene también una dimensión histórica. Desde el principio, esta “escuela identitario-diferencialista” se opuso a las doctrinas universalistas, tanto en sus formas religiosas como seculares. El universalismo es un etnocentrismo oculto: se elevan ciertos valores específicos a la categoría de universales –en este caso, los valores occidentales– y se impone su adopción por parte de todas las culturas de la tierra, en detrimento de sus propios valores, como una perspectiva posible, deseable y necesaria. En los dos milenios anteriores, Occidente dejó de ser una tierra de conversos para pasar a imponer esa conversión por todos los medios: las diferentes culturas del mundo

Pero la Nueva Derecha irá más allá de esa denuncia, alertando de la amenaza igualitaria que comenzaba a manifestarse mediante la uniformización del mundo por la extensión del modo de vida norteamericano, identificando al enemigo como el Occidente americanomorfo, atlantista y mundialista. El nuevo pensamiento identitario consideraba que «Europa debe estar unida frente al paradigma de la modernidad decadente, del materialismo y del sepulturero de la tradición, el modelo demoliberal que su agente privilegiado, los Estados Unidos, quiere imponer a todo el planeta».

Se trataba, en definitiva, de una profunda reflexión sobre Europa y sobre la fractura introducida, en las relaciones internacionales, por la llamada línea del “hemisferio occidental”, la línea global de división del mundo introducida por la americanista doctrina Monroe y utilizada «de modo tal que los estados Unidos sean identificados con todo aquello que de moral, civil o político hay en la sustancia de ese hemisferio. Línea, por lo tanto, políticamente antieuropea, trazada para distinguir el reino americano de la moralidad, de la paz y del derecho, del mundo tradicional y belicoso representado por Europa. La preeminencia dada a los factores económicos se incardina en una determinada concepción del mundo en la que domina la inversión de los valores y órdenes del mundo indoeuropeo tradicional, de lo que la gente de la Nueva Derecha llama, remitiéndose a Dumézil, la ideología europea.

La civilización occidental es la civilización planetaria, hija pródiga y bastarda de Europa, dominada por el modelo americano, y encaminada a universalizar la primacía absoluta de la sociedad comercial y del igualitarismo individualista. Por tanto, es muy importante no confundir Occidente con Europa. La civilización occidental no cubre ya ningún valor étnico, sino que se confunde con un proyecto de civilización cosmopolita copiado sobre el modelo americano. Partiendo de Europa, esta civilización occidental se revolvió trágicamente contra ella, imponiéndose como modelo universal. Conviene, pues, oponer la civilización occidental a la civilización europea. La civilización planetario-occidental se caracteriza, en primer lugar, por la primacía absoluta de la economía sobre cualquier otra consideración, sin ninguna preocupación seria de las consideraciones ecológicas, étnicas o sociales. A continuación, por la ignorancia del concepto de pueblo y, obviamente, de patria, planteándose como una sociedad que tiende a minar y reducir toda soberanía y toda voluntad política. Se caracteriza también por no estar ya fundada sobre ninguna espiritualidad, sobre ningún valor trascendente e inmaterial; mucho mejor de lo que lo hizo el comunismo, encontrando además, tanto en la hipócrita religión de los derechos humanos como en el culto de la democracia formal, los simulacros de legitimación espiritual.

La Europa contemporánea es víctima de la ideología que ella misma creó, a partir de la filosofía de la Ilustración del siglo XVIII (Aufklärung) y que se puede denominar “ideología occidental” o también “ideología mundial”. Esta ideología está fundada en las siguientes concepciones: 1) El individualismo absoluto y la búsqueda de la felicidad por el materialismo económico; 2) Una interpretación de la técnica como divinidad capaz de aportar la felicidad y de sustituir a la espiritualidad; 3) La afirmación de la igualdad de todos los seres humanos y, por consiguiente, la negación implícita de la idea de pueblo y comunidad; 4) La negación de lo divino y de la herencia de los antepasados; 5) La creencia en el “desarrollo” económico y en el “progreso” infinitos de la humanidad como forma suprema de felicidad colectiva e individual; 6) La fe absoluta en la “razón” (racionalidad instrumental); y 7) La eliminación de todas las identidades étnicas de Europa.

Se rompía así la presunta unidad occidental. En realidad, el antiamericanismo identitario no se opone tanto a los Estados Unidos como al Occidente americanomorfo: nombrar a Occidente es señalar a Norteamérica, patria del igualitarismo cosmopolita, del imperialismo mercantilista, la democracia de masas, del culto al dólar y del “biblismo”.

La designación de Estados Unidos como “el enemigo americano” y la ruptura de la presunta unidad de la civilización occidental, supuso un auténtico hito en el pensamiento de la derecha, siempre liberal y partidaria del americanismo, más centrada en un defensivo anticomunismo que en una reivindicación del europeísmo matricial. Sin embargo, cierta disidencia neoderechista, crítica con las posiciones antiamericanas, y representada, sobre todo, por el díscolo Guillaume Faye, siguiendo la dialéctica conflictual schmittiana, venían a definir a los Estados Unidos como un competidor y un adversario (inimicus), antes que como un enemigo hostil (hostis). En definitiva, se proponía el retorno a la vieja idea de Occidente de los tiempos de Europe Action, alejándose de las tesis del “cáncer américain” de Robert Aron y Arnaud Dandieu: Europa y Norteamérica proceden de la misma matriz étnica, por lo que era posible pensar en una alianza entre los dos bloques continentales, especialmente contra el “nuevo y diabólico enemigo”, el Islam. Para ellos, considerar el nuevo imperialismo americano, manifestado explícitamente mediante formas tanto militares como tecnoeconómicas, como una ofensiva amenazante y mortífera contra Europa, sería indicio de un antiamericanismo obsesivo e histérico, típico de la mentalidad del “colonizado”, y que resultaría contraproducente para Europa, incapacitándola para reconocer a los verdaderos enemigos de Europa, que ya no provienen del expansionismo yanki o de la imposición del “american way of life”, sino de la invasión islámica procedente del sur y de una quinta columna político-intelectual que justifica y legitima el asentamiento de estos nuevos colonos en territorio europeo

Pero quizás la pregunta fundamental gire en torno a qué civilización podrá surgir de la decadencia occidental y del declive europeo. Alain de Benoist dixit: «La verdadera cuestión es si existe otra cultura que, después de haber abrazado la modernidad, pueda ofrecer al mundo una nueva forma de dominio de lo universal, tanto en la teoría como en la práctica, o para el caso, si la cultura occidental, después de haber llegado a su fase terminal, podría dar a luz a otro tipo de civilización. De hecho, cuando una cultura llega a su fin, otra puede sustituirla. Europa ya ha sido escenario de muchas culturas y, por tanto, no hay ninguna razón por la que no puede volver a ser la patria de una nueva cultura».

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