LECTURA PARA GENTE GRANDE: EL IUS SANGUINIS COMO NÚCLEO DE LOS ESTADOS UNIDOS DE NORTEAMÉRICA-TERCERA PARTE DE UNA SERIE. En el presente artículo, procederemos a analizar una cuestión que en no pocas ocasiones es tratada de manera superficial y completamente errónea por muchos “expertos”, algunos de los cuales no son más que simples peones conscientes o inconscientes, de la siniestra causa mundialista

Por, Sigfrido (R).-Alerta Digital

Esta legislación debe ser puesta en conexión con la Northwest Ordinance, aprobada en 1787, el mismo año en que la Constitución norteamericana fue aprobada. Esta ley declaraba “suelo libre” el territorio noroccidental de la nueva nación, y que actualmente coincidiría con el área en la que se emplaza el estado de Ohio. Por “suelo libre”, se entendía que en dicho territorio no podría haber esclavos. ¿Y cuál fue la razón última de esta decisión legislativa?. Puede decirse que fueron dos. En primer lugar, el desagrado hacia la institución de la esclavitud que compartía la mayor parte de los padres fundadores, exceptuando, como ya hemos señalado anteriormente, a los representantes de Georgia y de Carolina del Sur. En segundo lugar, la voluntad que tenían los legisladores norteamericanos de que Norteamérica fuera un país blanco y predominantemente anglosajón. El tráfico de esclavos, además de inmoral, suponía para ellos una amenaza contra la integridad racial y cultural de los EE.UU, así como contra la armónica convivencia de sus habitantes, sobre todo si se tiene en cuenta que eran conocedores de cuál era la situación de las colonias británicas del Caribe, como Jamaica y Barbados entre otras, donde una minoría de blancos, encabezada por una aristocracia de terratenientes plantadores, dominaba a una mayoría de mulatos y de negros libertos o esclavos. Esa alarma se agravó cuando tras la bestial revolución haitiana que se produjo durante toda la década de los 90, los blancos fueron masacrados por los mulatos y por los negros, que posteriormente se masacraron entre sí.

En la misma Constitución de 1787 se previó expresamente la prohibición de la importación de esclavos a los EE.UU, con una moratoria vigente hasta 1808, fecha a partir de la cual la prohibición entraría en vigor de manera efectiva.

En cuanto a los negros libres que vivían en los EE.UU, que no eran pocos y que en algunos casos eran propietarios de esclavos negros, estos “freedmen” o libertos quedaban excluidos de la nacionalidad norteamericana, como consecuencia de la aprobación de la “naturalization Act”.

Durante los 40 primeros años de su independencia, Norteamérica recibió anualmente a aproximadamente 6.000 inmigrantes. Esto es, a un total de 240.000 inmigrantes, la mayoría de ellos procedentes de las islas británicas. Entre 1820 y 1846, la cifra anual aumentó a 50.000 inmigrantes, también británicos en su mayoría. Así las cosas, durante los 70 primeros años de su historia como nación indepediente, EE.UU recibió aproximadamente a poco más de 1 millón y medio de inmigrantes, mayoritariamente de estirpe anglosajona. Y pese a haber recibido unos flujos migratorios tan bajos, la población inicial de 2 millones de blancos se había convertido en una población de 18 millones de norteamericanos blancos en el año 1846, o lo que es lo mismo, multiplicaba en ocho veces y media la población norteamericana de 1876. Y si no hubiera sido por las bajas resultado de la guerra de la independencia, y por el exilio de aproximadamente 70.000 colonos norteamericanos lealistas o partidarios de Gran Bretaña durante el conflicto, el incremento todavía habría sido mayor.

El aumento demográfico tan considerable observado en las familias norteamericanas desde los lejanos tiempos de los asentamientos de Plymouth y de Jamestown, y que se explicarían por la fecundidad de los colonos, por su religiosidad, y por las buenas condiciones de salubridad y de alimentación que se podían observar en las 13 colonias, convertidas tras la independencia en estados, hizo que ensayistas de la talla de Lothrop Stoddard, Madison Grant o Henry Pratt Fairchild entre otros, observaran con gran agudeza que la ley de Gresham, no sólo era aplicable en el campo de la economía, sino también en el de la demografía. Según esta ley, la moneda “mala” o falsa, desplaza del circuito monetario a la buena, que acaba siendo guardada por sus tenedores o reservada para la exportación. Desde un punto de vista biológico-demográfico, se constata que cuando un país recibe a un número desorbitado de inmigrantes, de manera consciente y sobre todo de manera inconsciente, los autóctonos tienen menos hijos, al comprender que las condiciones de vida y laborales van a perder calidad. Como consecuencia de esto, los autores nombrados llegaron a la conclusión de que si EE.UU no hubiera recibido a la gigante ola migratoria que afectó al país a partir del año 1848, el número de habitantes de EE.UU en 1920 hubiera sido el mismo que si la cifra de inmigrantes admitidos hubiera sido igual a la de los primeros 70 años de independencia americana.

Bosquejo de inmigrantes chinos a bordo del buque de vapor Alaska, con destino a San Francisco.

A finales de la década de los 40 del siglo XIX, comenzó a haber importantes tensiones sociales por mor de la masiva arribada de buques con inmigrantes a los puertos de la costa atlántica, principalmente a los de Nueva York y Boston. Las cifras se dispararon hasta los 400.000 inmigrantes anuales, hasta el año 1857, cuando disminuyeron a 100.000 inmigrantes por año. Estos nuevos inmigrantes procedían mayoritariamente de la Irlanda occidental. Eran personas muy pobres y sin instrucción alguna, que huían de la tristemente conocida como “Fiebre de la patata”. La mayoría de ellos, utilizaban el gaélico como su primer idioma y no hablaban o hablaban muy rudimentariamente el inglés. Además, a diferencia de la mayoría de los inmigrantes anteriores, eran fervientemente católicos, algo que para los incipientes movimientos nativistas norteamericanos conocidos como “Know nothings”, suponía una amenaza, más por motivos políticos que por motivos teológicos, al estar los católicos supeditados a la autoridad papal, y al ser ya en aquellos tiempos Irlanda una tierra de hostilidades abiertas entre la población protestante y la católica. Junto a los inmigrantes irlandeses, llegaron también millones de inmigrantes alemanes. Muchos de estos inmigrantes eran personas con una buena formación, incluso universitaria, que huían de los distintos estados alemanes en los que las revoluciones nacional-liberales de 1848 habían fracasado. Estos inmigrantes se integraron con mucha más facilidad que los irlandeses, aunque el proceso de asimilación de otros alemanes que llegaron en esas oleadas masivas, sin apenas formación alguna, fue ya más complicado.

Si la llegada masiva de irlandeses había supuesto una cierta alarma entre la población nativa, la llegada masiva de inmigrantes chinos a California a comienzos de la década de los 50 del siglo XIX, disparó todas las alarmas. La fiebre del oro desatada en California entre los años 1848 y 1855, supuso la llegada masiva de chinos que venían a trabajar como cocineros o como peones en las obras del ferrocarril o en las minas. Cuando la fiebre del oro comenzó a decrecer y muchos americanos nativos empezaron a tener dificultades para encontrar un trabajo, dado que los “coolies” chinos eran capaces de trabajar con unos salarios mucho más bajos y en unas condiciones de seguridad y salubridad muy inferiores a las de los americanos, comenzó a haber sonadas protestas contra el llamado “peligro amarillo”, que en ocasiones degeneraron en lamentables disturbios, saqueos de tiendas chinas e incluso brutales linchamientos. La consecuencia de esto fue la aprobación por el Congreso de los EE.UU de la “Chinese Exclusion Act”, que prohibió la llegada de trabajadores chinos a las costas americanas sin hacer excepción alguna. Una consecuencia secundaria de la aplicación de esta ley, fue el veto a la inmigración de “coolies” procedentes de la India.

Los únicos grupos de presión que se opusieron a la aprobación de esta ley, fueron los abolicionistas radicales de Nueva Inglaterra, y los empresarios que se beneficiaban de la mano de obra barata china, explotándola inmisericordemente. En el este de los EE.UU, estos dos grupos también se oponían a la restricción de la inmigración masiva procedente de Europa, con excusas “humanitarias”, pese a que la afluencia incontrolada de inmigrantes significaba la aparición de hacinados y miserables suburbios y barrios, que hasta ese momento no habían existido en EE.UU, así como una ostensible disminución de las condiciones laborales de los trabajadores autóctonos, tanto en lo que a salarios como a la estabilidad laboral y a las condiciones de salubridad se refiere. De hecho, los empresarios más honrados y de la vieja escuela, que pensaban en términos de largo plazo y no en el beneficio inmediato, también denunciaron esta situación de precariedad laboral creciente, en la que los trabajos de carácter temporal y mal remunerados comenzaban a ser la regla. La “concurrencia de intereses” de unos lobbies aparentemente tan dispares,como el de la gran empresa (navieros e industriales textiles en aquellos tiempos) y el de los radicales, reaparece ante nuestros ojos hoy en día, tanto en Europa como en los EE.UU.(Continuará)

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