LECTURA PARA GENTE GRANDE: EL PRIMER CHOQUE DE CIVILIZACIONES. “EL SUEÑO Y LA TUMBA”, LAS CRUZADAS COMO NADIE LAS HABÍA CONTADO. Ático de los Libros reedita en español el clásico al que el gran historiador inglés Robert Payne dedicó siete años de su vida

El sueño y la tumba’. (Ático)

Por,  Daniel Arjona-  El Confidencial

“Los cruzados partían hacia Tierra Santa por cientos de miles, unos a pie, otros en burro, otros en carros, algunos enfundados en armaduras y a lomos de caballos engualdrapados. Quizá una cuarta parte de ellos moría durante el viaje y otro cuarto en las guerras, y muchos sufrían lo indecible para defender la pequeña franja costera que llamaban reino de Jerusalén, que mantuvieron menos de cien años. (…) Los hacendados abandonaban sus tierras, los campesinos dejaban atrás la tierra donde estaban sus raíces, los príncipes rapiñaban sus riquezas para emprender la peregrinación; y a veces, ya entrados en años, regresaban a Europa con la salud maltrecha después de pasar media vida en las mazmorras de los sarracenos, orgullosos y contentos de haber estado en los santos lugares. (..) La desolación del desierto de Galilea fue como un mazazo para su maltratado ánimo. En ningún lugar de Europa había un yermo así. Tampoco tenían la menor idea de cómo tratar con los sarracenos, sensuales en grado extremo y al mismo tiempo de una dureza increíble, crueles y despiadados“.

Así arranca ‘El sueño y la tumba’, la deliciosa historia de las Cruzadas escrita por esa apisonadora narrativa que fue el historiador inglés Robert Payne (1911-1983), descatalogada desde hace ya demasiados años en nuestro país y que ahora reedita el sello Ático de los Libros: 500 páginas fieramente armadas a las que dedicó siete años de su vida y cuyo trabajo interrumpió la muerte de su autor cuando acababa de darles fin. Editado póstumamente por su viuda, Sheila Lalwani Payne, el libro pronto se alzó al cielo de las historias sobre el extraordinario fenómeno de las Cruzadas, a la altura del estudio clásico de Runciman, quizá no tan exhaustivo pero sí de más excitante y conmovedora lectura.

‘El sueño y la tumba’. O el sueño de ver con los propios ojos el lugar más respetado y venerado de la ciudad santa de Jerusalén: la tumba vacía de Cristo, símbolo vivo y ardiente de la resurrección, clave de bóveda de la fe cristiana. Aquella tumba, sin embargo, redescubierta por los bizantinos en 325 d.C., había desaparecido. Lo que no los hizo vacilar: “Su fe era tan intensa que les permitía creer en la existencia física de una tumba que ya no existía y que, por tanto, no podían ver, la veían con los ojos de la fe. Eran también los ojos de unos hombres que habían viajado a un lugar muy lejano para contemplarla. Se habían abierto paso hasta allí luchando; habían vadeado ríos de sangre, padecido hambre y sufrido heridas para llegar a aquel lugar y su fe estaba teñida de las penurias y los peligros del viaje. Después de tanto sufrimiento, encontraron lo que esperaban encontrar. (…) Entenderemos mejor a los cruzados si caemos en la cuenta de que, para ellos, la tumba no pertenecía a este mundo, sino que era un misterio divino del que ellos eran partícipes”.

Estruendo en Arabia

A 1.300 kilómetros al sur de Jerusalén, en La Meca, existía otra tumba vacía llamada la Kaaba, el lugar en el que según la tradición islámica fueron enterrados Ismael y su madre Hagar, el enclave más santo de la religión fundada por Mahoma con éxito avasallador. En el curso de una generación tras la muerte del profeta en el año 632 d.C., “imperios de larga tradición se desmoronaron estrepitosamente y la mitad del mundo conocido, desde España hasta Persia, cayó en poder de los ejércitos que él había puesto en movimiento”. Escribe Robert Payne que el islam y la cristiandad eran dos religiones con muy poco en común que parecieron desde entonces destinadas a enfrentarse en “una lucha a muerte que solo acabaría con la sumisión de la una a la otra”.

El islam y la cristiandad parecían dos religiones destinadas a enfrentarse en una lucha a muerte que solo acabaría con la sumisión de la una a la otra

Sin embargo, hasta el siglo XI, las relaciones entre cristianos y musulmanes en Tierra Santa fueron razonablemente amigables y los peregrinos accedían a la Jerusalén islámica sin mayores trabas. Todo cambió con la llegada de los belicosos y despiadados turcos selyúcidas. Y entonces el amenazado emperador de Bizancio, Alejo Comneno, envió una carta desesperada de petición de ayuda a Roberto de Flandes y, por añadidura, a toda la cristiandad occidental, una carta por cierto, en la que ofrecía honor a quienes prestaran ayuda pero también algo más: “Y si toda esta gloria no basta, recordad que encontraréis también a las mujeres más bellas de Oriente”. El papa Urbano II leyó aquella misiva y quedó conmovido. También observó una oportunidad para unir a unos cristianos que hasta entonces venían matándose entre sí con desparpajo. El 27 de noviembre llamaría a la movilización en los campos de Clermont ante un auditorio enfervorecido, las Cruzadas estaban a punto de comenzar.

El papa Urbano II llama a la primera cruzada en los campos de Clermont.

Las oleadas arreciaron furiosas durante dos siglos. La primera fue la llamada ‘cruzada de los pobres’, comandada por el misterioso Pedro el Ermitaño, que condujo a sus huestes al extermino completo. El ejército de los príncipes europeos —Hugo el Grande, Roberto de Normandía, Raimundo IV de Tolosa, Godofredo de Bouillon— que llegó poco después a Constantinopla se mostraba mucho más disciplinado y obtuvo una gran victoria, la mayor de toda la serie histórica de las Cruzadas, que le llevó a arrebatar Antioquía, y finalmente, el 15 de julio de 1099, Jerusalén a los turcos. La carnicería posterior, tanto de los sarracenos como de los judíos de la ciudad que fueron quemados vivos en la sinagoga, fue inenarrable.

Cae el hacha

A partir de la caída de Jerusalén, la narración de ‘El sueño y la tumba’ de Payne se despliega y bifurca sin que desfallezca su capacidad seductora por la segunda, tercera y cuarta cruzadas, los reyes que vinieron del extranjero, los que nacieron en Tierra Santa, la pérdida de Jerusalén y el resto de las conquistas cristianas ante el empuje de Saladino, los posteriores arrebatos del rey Ricardo Corazón de León, la historia del legendario Viejo de las Montañas, la apocalíptica destrucción y saqueo de Constantinopla por los cruzados en 1203, la cruzada de los niños, la estrepitosa irrupción en escena de los mongoles…

El Santo Sepulcro estaba irremediablemente perdido. Entre la gente no había ira, solo un vago sentimiento de pérdida

Cuando todo terminó, escribe Robert Payne en las últimas páginas de su estupenda historia, la pena se alió con el alivio. “Tras la caída del reino de Jerusalén en Tierra Santa, la conmoción sacudió toda Europa. Los obispos congregaban a sus fieles para decirles que el Santo Sepulcro estaba irremediablemente perdido. Entre la gente no había ira, solo un vago sentimiento de pérdida. Durante doscientos años habían oído hablar de las cruzadas, de sus triunfos y de sus fracasos, y les quedaba poca compasión para los muertos que yacían enterrados en las ruinas de Acre. Los días de las cruzadas habían pasado y ellos tenían otros asuntos de los que ocuparse. Además, daban gracias de que no se les impusiesen impuestos para pagar las cruzadas”.

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