LECTURA PARA GENTE GRANDE: EN LA MUERTE DE JUAN GOYTISOLO. En abril de 2015 Jesús Laínz publicaba este texto a raíz de la concesión del Premio Cervantes al Juan Goytisolo. Nos complace sacarlo hoy con ocasión de la muerte del escritor.

En la foto: Goytisolo recibe el premio Cervantes de manos del  actual  rey Felipe

Fuente: El Manifiesto-España

“Por mí la patria puede irse a la mierda cuando se está hablando de literatura.” Éste fue el contundente argumento con el que el muy monárquico y muy reaccionario León Daudet respondió a sus colegas de la Academia Goncourt que se opusieron a premiar en 1932 el Viaje al fin de la noche del joven Louis-Ferdinand Céline por considerarlo antimilitarista, pacifista, nihilista, grosero y, textualmente, por sus “ataques abominables contra la patria”.

Hermoso ejemplo, el de Daudet, lamentablemente poco seguido. Por ejemplo, hace algunos años se editó una recopilación de relatos de Kipling, el autor de cuya introducción no pudo evitar el juicio moral que inevitablemente surge de la superioridad. Para resumir: si bien Kipling es admirable desde el punto de vista literario, desde el moral es reprobable debido a su imperialismo y su supremacismo blanco. Y lamentaba el comentarista que a principios del siglo XX hubiera que ser “muy de derechas” para poder ser premiado con el Nobel de Literatura. En el caso de que fuese cierto, lo cual no parece encajar del todo con, entre otros, Anatole France, Romain Rolland o Bernard Shaw, habría sido efectivamente lamentable, pero eso no elimina el hecho de que algunas décadas después para recibir dicho premio quizá haya que ser muy de izquierdas. Un solo ejemplo: el escasamente católico Graham Greene se quedó sin el Nobel por ser considerado demasiado católico por parte de los miembros del jurado. Ambas posturas, desde la izquierda o desde la derecha, no son más que la torpeza ideológica que menosprecia la valía literaria de un autor a causa de sus opiniones políticas, cuando la política no debería tener nada que ver con la literatura, ni para bien ni para mal. Bien claro lo tuvo León Daudet, el ogro reaccionario. Por el contrario, por aquellos mismos años el comunista inglés Edward Upward sentenciaba que “la crítica literaria que aspira a ser marxista debe proclamar a los cuatro vientos que ningún libro escrito en la actualidad puede ser bueno a menos que esté escrito desde un punto de vista marxista o cercano al marxismo”.

Ésta es la clave de la cuestión. ¿Qué tiene que ver el marxismo –o el capitalismo, o el fascismo, o el liberalismo– con lo literario? Evidentemente nada, sobre todo cuando se trata de novela o poesía. Otra cosa sucede cuando se trata del género ensayístico, evidentemente destinado a saltar los lindes literarios para entrar en el dominio delo ideológico y lo político.

Y aquí es donde se ubica el problema de la concesión del Premio Cervantes a Juan Goytisolo. Sobre su dimensión literaria, doctores tiene la Iglesia. Por el contrario, es su dimensión ideológica la que parece que tendría que encajar mal con un premio otorgado, al menos indirectamente, por el gobierno de la nación. Y por un gobierno no precisamente de la hispanófoba y separatófila izquierda que padecemos, tirando por lo bajo, desde la posguerra, sino de eso que se supone –discúlpenme la carcajada– que es la derecha, esa derecha siempre dispuesta a cualquier indignidad para hacerse perdonar sus pecados, reales o ficticios. Aunque lo que consiga con ello de los guardianes de la ortodoxia progresista no sea su aprobación, sino el aumento de su desprecio.

Porque la obra de Goytisolo probablemente sea el más depurado ejemplo de hispanofobia de toda la literatura española, y en ella no falta ninguno de los tópicos negrolegendarios que proclaman que la historia de España es un horror sin fin y su realidad actual, la lamentable consecuencia. Su Reivindicación del conde Don Julián quizá sea el mejor compendio de auto-odio jamás salido de la pluma de un escritor español, con permiso de su compañero de viaje ideológico izquierdista e islamófilo Antonio Gala, quien tampoco ha ahorrado maldiciones, tanto en sus escritos como en sus declaraciones, a la patria que le ha tocado en suerte.

Pero las opiniones son libres, e incluso dignas de admiración, aun cuando no se compartan, si están gallardamente expresadas. Por eso el principal reproche que quizá debiera hacerse a Goytisolo es su incoherencia, pues no ha quedado demasiado elegante que, después de haber proclamado estar dispuesto a firmar ante notario su decisión de no aceptar nunca el premio Cervantes ni ningún otro premio nacional, haya accedido a ser condecorado por el rey de su odiada España y, por supuesto, a embolsarse la jugosa remuneración.

Quienes, por el contrario, no han pecado de incoherentes han sido los gobernantes que han concedido el premio que lleva el nombre del manco de Lepanto al autor de estas palabras puestas en boca del traidor Don Julián: “A mí, guerreros del Islam, beduinos del desierto, árabes instintivos y bruscos: os ofrezco mi país, entrad en sus campos, sus ciudades, sus tesoros, sus vírgenes os pertenecen…”. Etcétera.

Porque ni en sus medidas inmigratorias, ni en las culturales, ni en las educativas, ni en las de natalidad, ni en las de fronteras, ni en las de política exterior, ni en las policiales, ni en las militares, ni en campo alguno de eso que, con minúscula o con mayúscula, se llama política, este gobierno ha dado la menor señal de enterarse de lo que le espera a España, al igual que al resto de Europa, en el inmediato futuro. Como una imagen vale más que mil palabras, recuérdese simplemente a esos infortunados cristianos arrojados al mar por sus compañeros musulmanes de patera. Pues sólo éstos tienen derecho a heredar Europa, tanto por su virilidad como por nuestra impotencia.

¡Merecido premio, el de Goytisolo, vive Alá! Por heraldo del mañana.

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