LECTURA PARA GENTE GRANDE: EVOLA, Función y significado de la idea orgánica-II. LA IDEA ORGÁNICA forma parte de aquellas que, mientras en toda civilización normal en las civilizaciones que nosotros acostumbramos a llamar “tradicionales”- presentan un carácter real constitutivo, en toda civilización anormal y en crisis tienen, en cambio, solamente un carácter ideal-normativo. No en último término, en este segundo caso su significado principal es el de fijar una medida y una distancia: la distancia entre “ser” y “deber ser”, entre “ser” y “valor”, que en tales civilizaciones es cada vez más grande.

Fuente: Revista Ciudad de los Césares

“EN EL LLAMADO TOTALITARISMO SE DEBE VER LA INVERSIÓN Y LA CONTRAHECHURA DE UN SISTEMA ORGÁNICO”

En efecto, el individuo es necesariamente un punto de equilibrio inestable porque ésta es también la condición, en general, del ser humano. El hombre se encuentra situado interiormente entre aquello que es suprahumano y supraindividual, y aquello que es subhumano y subindividual; es ésta una verdad que ha sido siempre reconocida por toda doctrina tradicional. Cuando el individuo se aparta de lo que es superior a él, cuando rescinde todos aquellos lazos que no lo limitaban, sino que lo sostenían y lo protegían, puede sólo ilusionarse de poder vivir por sí, de modo autónomo y libre; en breve, en cambio, de un modo u otro, sucumbirá al poder de aquello que es inferior a él, es decir, de lo subpersonal, de lo colectivo y de lo sub-racional. Y éste es, precisamente, el espectáculo ofrecido por los tiempos más recientes, en los que el mundo del Tercer Estado está por ser tumbado y sustituido por el del Cuarto Estado; no es ya del caso hablar de individualismo, sino de fuerzas colectivas y elementales que, teniendo como centro de cristalización “mitos” varios, arrastran los individuos y los grupos y conducen catastróficamente hacia las situaciones y las formas con las cuales probablemente, a menos que intervengan hechos hoy del todo imprevisibles, se cerrará un ciclo.

Quien tenga una tal visión de los nexos históricos no puede dejar de reconocer la dificultad del problema de asumir la sociedad y la humanidad contemporánea como una “materia” susceptible de recibir como sea una “forma” en una dirección que lleve hacia una nueva manifestación de la idea orgánica y tradicional. Allí donde el “progreso”, en las sociedades de hoy, ha alcanzado las formas límite ya indicadas, esta tarea debe declararse absolutamente imposible. Para quien sea todavía capaz de reconocer las ideas tradicionales, éstas, como hemos dicho al comienzo, pueden servir solamente como medida; dan un medio de evaluar con exactitud el caos, el desorden y la subversión que se esconden al interior de la civilización última, que está podrida precisamente en el apogeo de su aparente grandeza.

Acaso todavía es concebible una acción en las áreas aún no embestidas por las variedades del demonio de lo colectivo. Para poder alcanzar algo sólido, aquí es necesario seres capaces de un coraje intelectual y buscar un cuadro del todo especial para la forma posible de un nuevo ordenamiento. El problema por enfrentar, antes de cualquier otro, es el de los residuos. Especialmente en el área occidental europea subsisten usanzas, instituciones, formas de la costumbre, valores del mundo de ayer, vale decir del mundo burgués, que demuestran todavía una cierta persistencia. En general, cuando hoy se habla de crisis, la mayor parte de los autores toma como referencia efectiva justamente el mundo burgués; son las bases y los ídolos de la civilización y de la sociedad burguesa los que sufren esta crisis, los que están amenazados de disolución. No es el mundo que hemos llamado de la Tradición: un mundo, por lo demás, del cual esos escritores no tienen en general ninguna idea, o sólo una idea distorsionada e incompleta. Social, política y culturalmente está derrumbándose el mundo que ha tomado forma a partir de la revolución del Tercer Estado y de la primera revolución industrial, aunque con ellos estén todavía mezclados, a veces, algunos restos de un orden más antiguo, pero ahora debilitados en su contenido vital originario.

Todo aquello que es burgués debe considerarse, por consiguiente, como surgido a la vida a través de procesos que han tenido un carácter negativo y subversivo, y en muchos casos en los fenómenos actuales de crisis debe verse una especie de Némesis, de acción de rebote: son precisamente las fuerzas puestas en acción contra la precedente sociedad tradicional y aristocrática europea las que se vuelven contra aquellos que las habían evocado, culpables a su vez, y que tienden a llevar más allá, hacia una fase ulterior más aguda, el proceso general de desencadenamiento. En el campo económico-social, por ejemplo, esto aparece de modo clarísimo, mediante las evidentes relaciones que corren entre la revolución burguesa del Tercer Estado y los sucesivos movimientos socialistas y marxistas, entre liberalismo y democracia de un lado y socialismo del otro. Los primeros han hecho de simples pavimentadores del camino a los segundos, y éstos, en un segundo momento, después de haber dejado que asumieran tal función y minasen los ordenamientos previos, aspiran sólo a eliminarlos. Pero la misma dialéctica se puede reencontrar en otros terrenos, y a este respecto hay que reconocer que los ideólogos marxistas tienen una visión bastante más adherida a la realidad que sus adversarios, los cuales continúan meciéndose en ilusiones y no tiene ninguna idea de la fuerza que rige todo el proceso.

Si así están las cosas, una solución hay que descartar sin más: la que consiste en apoyarse en todo lo que sobreviva del mundo de la burguesía, en defenderlo y en emplearlo de base contra las corrientes más agudas de la disolución, eventualmente después de haber buscado reforzar y reanimar estos restos con algunos valores más altos, esto es, tradicionales. Dada la situación general actual, ello significaría de hecho ilusionarse sobre ias posibilidades existentes. Las transformaciones sobrevenidas son demasiado profundas para ser reversibles. Las fuerzas pasadas o en vías de pasar al estado libre hoy son tales, que no pueden ser reconducidas a las estructuras del mundo de ayer. Además, precisamente el hecho de que sólo a esas estructuras se refieren las tentativas de reacción y de defensa, y que ellas están privadas de toda legitimidad superior, ha dado particular fuerza a una crítica destructiva. Si en muchos sectores del mundo contemporáneo se ha llegado a un punto cero  de los valores y del nihilismo, ello se debe precisamente al hecho de que los valores de los cuales se trataba eran los del mundo de la burguesía, entrado en decadencia. Así, reconocer de cualquier modo validez a aquellos restos, ligar a ellos valores de un orden mas alto, es decir valores tradicionales, significaría crear un equívoco tan inadmisible idealmente como peligroso tácticamente. Repitámoslo: los valores tradicionales no son los valores de la época burguesa. Dada esta naturaleza de aquello que ha entrado en crisis, hay, por consiguiente, que preguntarse hasta que punto tal crisis representa, en sentido hegeliano, una “negación de la negación”. El problema entonces es el de establecer si después de esta “negación de la negación” resta la pura nada, o bien un espacio libre para una nueva construcción. El signo precedente a un necesario coraje espiritual se relaciona con este punto. (Continuará)

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