LECTURA PARA GENTE GRANDE: EVOLA, Función y significado de la idea orgánica-III Y FINAL. LA IDEA ORGÁNICA forma parte de aquellas que, mientras en toda civilización normal en las civilizaciones que nosotros acostumbramos a llamar “tradicionales”- presentan un carácter real constitutivo, en toda civilización anormal y en crisis tienen, en cambio, solamente un carácter ideal-normativo. No en último término, en este segundo caso su significado principal es el de fijar una medida y una distancia: la distancia entre “ser” y “deber ser”, entre “ser” y “valor”, que en tales civilizaciones es cada vez más grande.

Fuente: Revista Ciudad de los Césares

“UNA SOLUCIÓN HAY QUE DESCARTAR SIN MAS: LA QUE CONSISTE EN APOYARSE EN TODO LO QUE SOBREVIVE DEL MUNDO DE LA BURGUESÍA”

Después de haber fijado todo esto, se puede volver al problema del cuadro en el que, eventualmente, pueda todavía realizarse una idea orgánica. Esta idea, hoy, no puede ya basarse sobre nexos vitales dados. El individuo esta ahora solutusdisuelto; lo que todavía puede unir a los individuos pertenece esencialmente a un régimen de residuos. Esta situación es, en cierta medida, ambivalente. Hay en ella un lado potencialmente positivo, que dice relación con la superación de cualquier naturalismo. Se ha dejado atrás el mundo de la existencia segura ligada a comunidades y unidades del pasado que, casi, eran anteriores al individuo y en las cuales hace ya tiempo que había venido a menos la tensión animadora originaria. A este respecto el desierto crece y crecerá siempre mas; de donde el tema de la angustia y de la soledad existencial en aquellos que han sufrido pasivamente este proceso (la expresión mas drástica de esta situación es la concepción de J.P. Sartre (foto que encabeza esta entrega del artículo) de la libertad como algo “a lo que se esta condenado²). Así la evaluación real no puede ser la de un ingenuo optimismo y la de la historiografía ilustrada y progresista. Se trata, en cambio, de comprobar un proceso general que como se ha dicho, tiene esencialmente un carácter disolutivo. El problema es ver si para un determinado tipo humano ello constituye una prueba, casi un desafío para un núcleo esencial en él, que permanezca intacto y que pueda servir de punto de partida para nuevas formas de orden.

La situación se puede definir también del modo siguiente: en el mundo precedente la totalidad preexistía a lo menos idealmente los individuos (existía ante rem) pero actuaba también en ellos (in re) como elemento directamente determinante, casi como una vis a tergo, tanto como para hacerse transparente o reflejarse de manera inmediata en la realidad histórico-social. En la situación actual, el intervalo entre lo posible y lo real deviene en cambio inmensamente más grande. Prácticamente, el ante rem ha de considerarse inexistente, lo real puede considerarse contingente respecto a lo posible, y el punto de partida es el individuo, la pura libertad del individuo solutus. No existen más nexos verdaderamente vitales, y si se debe alcanzar una nueva formación, su base puede ser sólo una excepcional vocación y una nueva y peligrosa libertad. Por tanto, por el momento un religamiento a lo dado falta en amplia medida. El elemento fundamental es la voluntad pura, y el presupuesto esencial es la medida en que, sobre la base de la voluntad pura y sin apoyos, el individuo tenga la capacidad de una autotrascendencia ascendente, sin apoyos naturalistas, emocionales ni menos eudemonistas, con referencia a la elección de una idea en estado puro. La idea destacada, la pura forma (el elemento “forma” de la dualidad forma-materia en la realidad tradicional), que se presenta como aquello solo que puede unir o dividir: la idea, y ninguna de las instituciones y de las situaciones humanas o existenciales del mundo golpeado por la crisis.

Así, el punto decisivo aquí nos parece ser la capacidad de una especie de ascesis o de catarsis activa y viril, en vista de la  cual podrá ser saludado con júbilo y utilizado mucho de aquello que en la sociedad y en la civilización actuales tiene un carácter destructivo para la gran parte de nuestros contemporáneos. Aun si ello pueda resultar doloroso, sera necesario renunciar a todo aquello que como calor humano, seguridad e intimidad podía ser ofrecido, si no al vértice y en su periodo “heroico”, al menos en los estratos medios, en las pequeñas comunidades y en la vida pacífica de algunas variedades de la civilizaciones orgánicas de ayer.

La exigencia ha sido formulada por Nietzsche cuando ha concebido el nihilismo europeo, presentado como “la extrema conclusión lógica de nuestros grandes valores e ideales”, no como un punto final sino como un punto de partida, como algo que se debe dejar detrás de si (“habiéndolo vivido en la propia alma, tenerlo detras de sí, bajo sí, fuera de sí”) para proceder a una nueva acción creativa (naturalmente, aquí hay que hacer toda clase de reservas sobre lo que Nietzche proponía para esta nueva fase). Tal vez una contribución válida y más actualizada, aunque también en una forma muy poco sistemática, ha sido hecha más recientemente por Ernst Jünger, cuando escribió su libro “Der Arbeiter – Gestalt und Herrschaft” (El Trabajador-figura y señorío). En él la exigencia era justamente la de la creación de nuevas unidades orgánicas sobre base de una impersonalidad y de un “realismo heroico”, con eliminación de todos los mitos y las justificaciones, los ideales y los sentimientos de la época burguesa, más allá tanto del individualismo como del colectivismo. Vuelve, en cuanto principio, algo que era, también propio, en un campo restringido, al llamado principio de las “sociedades de hombres”, pero aquí sobre el fondo harto diverso del mundo moderno, que en tantos de sus aspectos actúa de modo destructivo y desanimante sobre la humanidad última. Nosotros mismos, en un libro bastante reciente, hemos enfrentado y desarrollado la misma problemática[2].

“UNA ESPECIE DE ASCESIS O CATARSIS ACTIVA Y VIRIL, EN VISTA DE LA CUAL PODRA SER HASTA SALUDADO CON JUBILO Y UTILIZADO MUCHO DE AQUELLO QUE TIENE UN CARÁCTER DESTRUCTIVO”

La parte que en las nuevas posibles unidades tiene el momento de la objetividad y de la voluntad pura es de una importancia fundamental, porque a él se puede asociar la orientación más apta para la defensa contra cualquier “autotrascendencia descendente”, es decir, aquella regresión de la personalidad en lo colectivo, en lo elemental-subpersonal y en lo irracional que, bajo el signo de uno y otro mito, de una u otra ideología, es característica, como hemos visto, de las formas ultímales de un mundo en disolución.

No se deben ocultar, con todo, los problemas que esta misma solución presenta, el riesgo de una situación que se asemeja a la de aquellos que han roto los puentes tras de sí o que han quemado las naves. El elemento decisivo para que en el cuadro indicado pueda tomar forma un nuevo ordenamiento orgánico es, el fondo, un hecho metafísico: punto, éste, que los autores citados poco antes han descuidado. Alguien ha usado con justicia, a este propósito, la imagen de una medalla que de un lado esta fuertemente acuñada, pero que por el reverso es informe, y también la de una casa que ha sido repintada o reconstruida, pero donde falta aún el huésped. Es decir, se presenta el problema de un esencial religamiento a los orígenes. Por un lado, a las ideas que hacen de base a las nuevas unidades o, mejor, al acto de elegir tales ideas y de avocarse a su realización superando el límite del individuo, debería poder atribuirse un poder evocatorio: esa espiritualidad, esa trascendencia que, por decirlo así, se ha retirado del mundo pero que, ella sola, puede dar un crisma a las nuevas estructuras, por tal vía debería ser llevada a una nueva manifestación en el mundo oe los hombres y de la historia.

Aquí se presentan problemas que en el cuadro de estas breves consideraciones no pueden ser examinados. Se debe, sin embargo, destacar que la presencia de este momento trascendente es la condición indispensable para la verdadera diferenciación jerárquica, para la articulación de un todo según un rango y no según mera funcionalidad. En efecto, es propiamente éste el carácter distintivo respecto a todo falso tipo de totalidad y de orden: la existencia de cualidades distintas, no reducibles al simple modo de vida ni a sus eventuales potenciamientos en uno u otro sentido. Faltando esto, el círculo permanece cerrado, falta aquella dimensión en profundidad, aquella “metafísica” sin la cual no existe un verdadero sistema orgánico. Toda articulación será contingente, precisamente por la falta de aquel crisma que asegura su inalienable derecho.

No es fácil concebir el modo mediante el cual una consagración pueda conferir una nueva legitimidad a hombres nuevos, que se mueven en el mundo creado por la técnica y la máquina, mundo en larga medida deshumanizado y devastado espiritualmente, pero también invadido por lo elemental. Aquí todo plan y toda previsión deben detenerse, y no nos debemos ilusionar sobre algún curso natural de los acontecimientos y de la historia, como según el ingenuo e incurable optimismo de diversos escritores de hoy. Hay sólo que remitirse a un hecho trascendente, con todo lo que de problemático tal idea comporta.

JULIUS EVOLA*

[1] Todo este proceso ha sido examinado de cerca en la segunda parte de nuestra obra Rivolta contro il Mondo Moderno, Ed. Mediterranee, Roma, 1969, 3a. ed. (Hay edición en castellano).

[2] J. Evola, Cavalcare la Tigre, Scheiwiller, Milán, 1961, 1a. Ed. (Hay edición en castellano).

* “Funzione e significato dell’ idea  organica”,  en Ordine Nuovo N° 4, Roma, diciembre de 1971. Republicado en Quaderni di Testi Evoliani N° 6, Roma. Primera traducción al castellano: Ciudad de los Césares N° 1, mayo-junio de 1988.

Un Comentario sobre “LECTURA PARA GENTE GRANDE: EVOLA, Función y significado de la idea orgánica-III Y FINAL. LA IDEA ORGÁNICA forma parte de aquellas que, mientras en toda civilización normal en las civilizaciones que nosotros acostumbramos a llamar “tradicionales”- presentan un carácter real constitutivo, en toda civilización anormal y en crisis tienen, en cambio, solamente un carácter ideal-normativo. No en último término, en este segundo caso su significado principal es el de fijar una medida y una distancia: la distancia entre “ser” y “deber ser”, entre “ser” y “valor”, que en tales civilizaciones es cada vez más grande.

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