LECTURA PARA GENTE GRANDE: EVOLA, Función y significado de la idea orgánica-I. LA IDEA ORGÁNICA forma parte de aquellas que, mientras en toda civilización normal en las civilizaciones que nosotros acostumbramos a llamar “tradicionales”- presentan un carácter real constitutivo, en toda civilización anormal y en crisis tienen, en cambio, solamente un carácter ideal-normativo. No en último término, en este segundo caso su significado principal es el de fijar una medida y una distancia: la distancia entre “ser” y “deber ser”, entre “ser” y “valor”, que en tales civilizaciones es cada vez más grande.

Fuente: Revista Ciudad de los Césares

En general, entonces su principal función es, por lo menos, impedir que los horizontes se restrinjan a la simple realidad de hecho, que un sistema existente dado, que habría que considerar anormal e ilegítimo, no sólo sea aceptado en su realidad empírica impuesta, sino que incluso se le atribuya un valor. La atribución del carácter de “valor” o “deber ser” a lo que tiene el carácter de un mero ser y de algo abrupto, es la característica de las ideologías subversivas de los tiempos crepusculares. A ellas, en el caso de la cultura occidental, sirve con frecuencia de instrumento el uso distorsionado del historicismo y de la famosa fórmula hegeliana de la identidad de lo real y lo racional. El hombre pasivo y deshecho de los últimos tiempos mitologiza en la “Historia” la propia impotencia y el propio decaimiento interior, y en lugar de determinar sobre la base de lo “racional” lo que es “real” en un sentido superior, extrae de aquello que simplemente “es” en cuanto tal, y que se le impone, el criterio de lo que sería “racional” y a lo que se debería atribuir un valor.

La idea orgánica tiene por contraparte la de una fuerza formadora de lo alto, y aquello que nosotros llamamos una civilización “tradicional” es el resultado de esta acción formadora; es el tipo de una civilización en la cual todos los dominios de la actividad humana tienen una orientación desde lo alto y hacia lo alto, expresando en formas varias una influencia única. En ello hay, naturalmente, implícita una tensión, una forma que actúa sobre una materia. Es muy importante tener presente este dualismo, porque él garantiza el carácter normativo y suprahistórico que confiere a la idea tradicional una perenne actualidad. Los principios tradicionales y con ellos, de modo genérico, la idea orgánica no son la creación de una especulación filosófica dada. En una serie de altas civilizaciones y sociedades los encontramos vigentes en la realidad histórica. Pero esta historicidad significa solamente la presencia de la suprahistoria (la forma) en la historia (la materia), de la trascendencia en la inmanencia. Así la contingencia que reviste el segundo término no puede perjudicar el primero, y quien defiende ideas tradicionales puede y debe rechazar del modo más enérgico la acusación de que se base en un “pasado” más o menos “superado”. Las ideas que pueden haber formado en sentido tradicional una u otra realidad del pasado, una u otra “materia”, pueden ser separadas de ésas sus contingentes, más o menos perfectas y duraderas encarnaciones, y concebidas como las que pueden siempre dar lugar a nuevas estructuras existenciales, estructuras diversas pero homólogas a las de otros períodos, sin que se imponga cualquier vínculo histórico directo con el pasado.

Pero si consideramos los tiempos actuales, el problema de encontrar nuevas formas de manifestaciones para las ideas tradicionales es extremadamente difícil, a causa de la “materia” propia de estos tiempos. Esto vale para todo campo, para el del conocimiento no menos que para el espiritual, institucional y político-social.

La idea orgánica hoy no es ya aplicable al dominio del conocimiento y de la ciencia del tipo que ha llegado a predominar exclusivamente en el mundo moderno, sino como un principio simplemente formal y metodológico, y esto a causa de las limitaciones específicas y congénitas de ese conocimiento y de ese tipo de ciencia. Cuando el mundo no es más concebido y vivido como un todo orgánico, como un cosmos en el cual el aspecto sensible es solamente una parte, la parte mas exterior; cuando se abstrae metódicamente -a fin de volverlo mensurable y calculable- de toda dimensión metafísica, es evidente que viene a menos toda posibilidad de construir un sistema orgánico del conocimiento: ello, aun sin considerar el inaudito despedazamiento debido a la especialización de la ciencia profana moderna. Así, en este campo hoy la idea orgánica puede tener a lo mas el solo valor de un principio metodológico que ordena mejor que otros un conocimiento esencialmente inorgánico y mutilado, sin poder integrar tal conocimiento (para el cual precisamente puede aplicarse la expresión de Othmar Spann: “conocimiento de lo que no es digno de ser conocido”) -si no para fines puramente prácticos, en una totalidad supraordinada.

La ontología fenomenólogica de Husserl, en cuanto habla de varias dimensiones posibles y también de varios “contenidos de significado” encubiertos del “mundo vivido”, por descubrir mediante una profundizacion trascendental, después que una epoché radical los ha puesto al desnudo, habría podido indicar una vía a este respecto; una vía que, sin embargo, ni el mismo Husserl ha seguido, porque poco después de la formulación de esta exigencia valida y, en cierto modo, revolucionaria, se ha perdido en una mera especulación filosófica. Y si Walter Heinrich ha indicado de modo exacto la tarea, al hablar de una Schichtenlehre (doctrina de los estados de ser o de la realidad), de hecho, para los ejemplos concretos, ha debido referirse esencialmente a un espacio que no es el del saber y de la ciencia moderna, sino el de las doctrinas tradicionales orientales o premodernas.

Pero las consideraciones que seguirán se referirán sobre todo al campo político-social y a la problemática a él conexa. El paso, en el curso de la historia occidental, de la fase de la Kultur a la de Zivilisation (en el sentido específico dado a estos términos por Spengler), de un mundo de tipo “tradicional” a un mundo de tipo “moderno” (según la terminología y el esquema morfológico de Rene Guénon y de F. Schuon), es un fenómeno tan evidente, como es evidente que tal paso equivale al de lo orgánico a lo inorgánico. Todo verdadero Estado y toda sociedad normal han tenido un carácter orgánico. En su centro había una idea que informaba de sí, de modo eficaz, los varios dominios; han ignorado la escisión y la autonomización de lo particular, y en virtud de la participación jerárquica toda parte, en su relativa autonomía, tenía una funcionalidad y una íntima conexión llena de sentido con el todo. Justamente hay que usar el término “todo” respecto del sistema del que se habla: algo íntegro y espiritualmente unitario que se articula y se despliega, y no una suma de elementos, un agregado y un desordenado interferirse de fuerza y de intereses divergentes. Naturalmente, en el Estado tradicional se une a la idea central un correspondiente principio positivo de soberanía y de autoridad, que constituye el centro natural de gravedad del sistema. De esta manera, casi por espontánea gravitación, hombres y cuerpos sociales se encuentran en “sinergia” y se ordenan en el ejercicio de la función propia a cada uno. Aunque conservan su autonomía, desarrollan actividades que convergen en una única dirección fundamental. Los mismos contrastes tienen una función positiva en la economía del todo, porque en este caso no presentan el carácter de afecciones desorganizadoras, no cuestionan la supraordinada unidad del todo, sino que actúan más bien como un factor dinámico y animador. La espiritualidad de la unidad es el fundamento gracias al cual un sistema orgánico tiene por efecto laintegración de lo particular, no su compresión y restricción. Un relativo pluralismo es un rasgo esencial de todo sistema orgánico, como lo es una amplia descentralización, respecto de la cual el criterio es que ella puede ser tanto más estimulada, cuanto más el centro unificante tiene un carácter espiritual y, en cierto modo, trascendente; cuanto más él ejerce una soberana potencia equilibrante, cuanto más sus exponentes revisten un prestigio natural (son características a este respecto las formulaciones de aquella antigua tradición que habla de un “actuar sin actuar”, esto es, sin intervenir de modo directo y pesante, y de un “vencer sin combatir”).

“UN  RELATIVO  PLURALISMO  ES   UN    RASGO ESENCIAL DE TODO SISTEMA ORGÁNICO”

Puede afirmarse que la crisis del Estado tradicional ha tenido dos causas esenciales y solidarias: de un lado, la crisis de este mismo principio central, de otro, en parte o en el origen como consecuencia, la progresiva regresión y atrofia en los individuos de toda sensibilidad e interés superior, por consiguiente también de aquella fuerza gravitacional de la que recién se ha hablado más arriba y que constituía el invisible e inmaterial elemento vinculativo del conjunto.

Escritores de orientación tradicional han considerado fases precisas del proceso de disolución de las civilizaciones, de las sociedades y de los Estados tradicionales. Han hablado del descenso del poder y del tipo de civilización a lo largo de cuatro niveles a los que correspondían, en el mundo de la Tradición, las cuatro castas principales: los exponentes de una autoridad espiritual, la aristocracia guerrera, la burguesía poseedora, los trabajadores. Se trata de un esquema historiográfico que corresponde en cierta medida al marxista; que, como el marxista, considera los procesos generales y esenciales más allá de los factores contingentes, locales y nacionales, pero que indica como regresión, hundimiento y destrucción aquello que por el marxismo es exaltado como un progreso y como una conquista del hombre. De civilizaciones y Estados al vértice de los cuales había una autoridad espiritual y sacra se ha pasado al ciclo de los Estados regidos por jefes que son representantes sobre todo de la aristocracia guerrera; la tercera fase es el advenimiento y la soberanía de la burguesía capitalista (como consecuencia de la revolución del Tercer Estado), con la correspondiente separación y absolutización del campo de la economía; la última fase es el surgimiento y la pretensión al dominio universal de una civilización que corresponde al nivel, al modo de ser, a los intereses y a los “ideales” de la última clase, del proletariado, de las masas trabajadoras, las que, en fin, son lo simplemente colectivo. Estos son los rasgos esenciales, objetivos y generales del proceso de la disolución del mundo tradicional, por tanto también de toda sociedad orgánica y del verdadero Estado. El vértice desciende cada vez más abajo, hasta disolverse en la simple base de la pirámide[1].

Desde la doctrina de la totalidad se ha indicado repetidamente, y con énfasis, la parte disgregadora que en este proceso ha tenido el individualismo. El individualismo anárquico, efectivamente, está en la base de un momento esencial de la disolución de todo nexo orgánico; su aparición conduce al atomismo social, al reino de la pura cantidad; pero es también (y eso es muy importante subrayarlo) la fase antecedente de formas violentas de organización de lo externo, las que, al fin, buscan frenar el caos a través de una mecánica, opaca reglamentación y centralización. De estas formas, como se sabe, el caso límite es el llamado totalitarismo, en el que se debe ver la inversión y la contrahechura de un sistema orgánico. Pero la polémica anti­individualista encuentra su límite en el hecho de que el proceso involutivo, ya desde un cierto tiempo y en muchas áreas, ha ido decididamente mas allá de la fase del individualismo, el cual está propiamente ligado al humanismo, a la Ilustración y, en general, a las ideologías de la revolución del Tercer Estado. En la fase sucesiva el individualismo está ya, en gran medida, excluido por la fuerza misma de las cosas y por una fatal dialéctica.

(Continuará)

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