LECTURA PARA GENTE GRANDE: FARSA EN LA HAYA. Desde la guerra de Bosnia hasta hoy, cada vez se evidencia con mayor claridad el designio de islamizar y africanizar Europa por parte de los poderes económicos que dirigen la política mundial

En la foto: Slobodan Praljak

Por, SERTORIO-El Manifiesto-España

Lo que se vio el otro día en la autodenominada Corte Penal Internacional supera a los procesos de Moscú en cuanto a vistosidad y efectismo. El chupito de cianuro que se atizó Slobodan Praljak proveyó de una fabulosa exclusiva mundial a todos los buitres mediáticos, siempre ávidos de este tipo de sucesos. Gracias a este lingotazo también nos hemos enterado de que existe un tribunal internacional que se dedica a hacer justicia con genocidas, criminales de guerra y los demás monstruos que atenten contra esa entelequia llamada Humanidad y en donde a los acusados, en vez de botellas de agua mineral, se les permite llevar a la sala una buena frasca de ponzoña. De una forma sólo un poco más discreta se les “murió” Milosevic en ese mismo foro.

El show o chou, como dirán nuestras folklóricas, hizo que me dedicase a curiosear en la historia de esta interminable serie de juicios que pretenden ajustar las cuentas de la guerra de Bosnia. Uno de los datos que más llama la atención es que la inmensa mayoría de los encausados por la ONU son cristianos serbios y croatas, mientras que muy pocos bosnios musulmanes han comparecido delante del tribunal. De éstos, sólo uno: Hazim Delic, jefe del campo de concentración de Celebic –lager donde se torturó, violó y asesinó a serbios de ambos sexos–, sufrió una condena de diez años. Los otros reos no llegaron a más de tres años de prisión. ¿Son los musulmanes bosnios criaturas angelicales, las víctimas que la propaganda de Izetbegovic canonizó entre los goytisolos de Occidente, los indefensos civiles víctimas de la islamofobia cristiana? Esa es la versión oficial que recoge la ONU, parte y juez en este proceso. Si no fuera así, toda su intervención armada en Bosnia carecería de base moral y política, por no hablar del nefasto efecto propagandístico para la imagen de este tribunal de vencedores.

Por eso, Abd al Kader al Mojtari no ha sido molestado, pese a que fue el jefe de los muyajidines afganos, marroquíes y árabes que lucharon defendiendo al gobierno de Izetbegovic. Estos yijadistas fueron claves en la defensa del islam bosnio y son responsables, entre otras, de las matanzas de Bikosi y Bobasi. Se cuenta de Al Mojtari que tuvo el bonito detalle de regalarle una cesta con veintiocho cabezas serbias a su gran amigo, el presidente Izetbegovic. Nadie importunó a este sujeto, que murió pacíficamente en Orán hace dos años. Su obra persiste en Bosnia con la Juventud Activista Islámica, cuya prédica salafí parece no llamar la atención de los servicios de seguridad europeos. El responsable último de la matanza de croatas en Bikoci, Amir Kubura, fue incluso declarado “no culpable” por este Tribunal de La Haya, tan implacable cuando los reos son cristianos.

Sin embargo, los angélicos musulmanes bosnios cometieron una serie de matanzas que los jueces de la ONU han tratado al desgaire, con negligencia y abandono, quizás porque su misión no consiste hacer justicia, sino en dar un espectáculo político y mediático que justifique las políticas mundialistas de la institución que les paga y les prestigia. Y está claro que, para la ONU, las vidas de los cristianos, sobre todo si son europeos, no valen lo mismo que las de un buen musulmán. Las hordas de Izetbegovic ejecutaron las matanzas de serbios de Sijekovac, de la columna de Tuzla, de Bradina, de Cermerno, de Musala, de Stara Rijeka, de Kravica, de Skelani, de Doljani y de Mrkonjic Grad, sin contar centenares de desapariciones, de mujeres violadas y de torturas. Todo un museo de los horrores que los juristas de la ONU han pasaportado con un displicente papirotazo. Para dar una impresión de “neutralidad” se ha “juzgado” a una ínfima cantidad de bosnios musulmanes y se les han impuestos unas penas mínimas, que contrastan con la dureza de las condenas a croatas y serbios.

No es nuevo: en los años sesenta la ONU asistió indiferente a las matanzas de franceses por el FLN y a la de los blancos que fueron tan ingenuos como para permanecer en el Congo después de la independencia. Si los muertos son europeos y cristianos, la ONU no se da por aludida. Y si además los cristianos viven en tierra del islam, entonces se les puede hacer picadillo, como pasa con los asirios, los caldeos y los maronitas.

Los bosnios musulmanes son un peón de la santa alianza entre Washington y Ryad, por eso son intocables. A ningún funcionario de la ONU se le ocurre sacrificar sus privilegios y su vida regalada ofendiendo a los saudíes, esos demócratas que, según Naciones Unidas, han hecho grandes avances en los derechos humanos, como así lo reconoce esta organización al darle un puesto a este país en la Comisión de la Condición Jurídica y Social de la Mujer. Igual que nadie en este tribunal le ha pedido explicaciones al personal de la OTAN que bombardeó objetivos civiles en Belgrado en 1999, bajo las órdenes del “socialista” Javier Solana. Tampoco nada saldrá a la luz de lo que ha pasado en Iraq, Libia, Somalia, Yemen o el Afganistán ocupado por los americanos. No puede ser porque, entre otras cosas, los Estados Unidos no reconocen la autoridad de este tribunal ni aceptan los códigos de conducta que la ONU exige a los demás Estados. ¿Para qué? Son los buenos.

Slobodan Praljaka no era un angelito, pero su gesto desesperado ante el tribunal sirve para denunciar y dejar en evidencia unas instituciones que obedecen a poderes e intereses que nadie ha votado, que se arrogan una autoridad soberana que sólo corresponde a los Estados y no a organizaciones internacionales que carecen de todo tipo de control externo. Porque otra pregunta que debemos hacernos y que resultaría muy difícil de responder es quién paga la ONU, quién le otorga donaciones multimillonarias para condicionar sus políticas y subvencionar el altísimo nivel de vida de sus secuaces. No es baladí, porque la legislación de la ONU prevalece sobre la de sus naciones vasallas y sus políticas son de obligado cumplimiento para los gobiernos que acatan el mundialismo: España, por ejemplo.

Una élite irresponsable de funcionarios sin patria, de gorrones de alto standing, condiciona nuestras leyes, nuestras políticas, nuestra sexualidad, nuestras costumbres y hasta nuestra reproducción. Una gente a la que nadie vota, pero que se proclama paladín de la democracia y potencia suprasoberana por encima de los únicos entes que deberían existir en la vida diplomática: los Estados, que representan una soberanía real y responsable ante sus pueblos, porque recordemos que la rendición de cuentas en la Unión Europea es irrelevante –la Comisión hace mangas y capirotes sin que nadie la frene– y en la ONU es, sencillamente, inexistente por protocolaria. Y eso que no entramos en detalles sobre la legitimidad democrática (incluso desde el punto de vista del mundialismo) de sus socios, como Arabia Saudí, Corea del Norte, Cuba o las satrapías del Golfo.

Vista desde la distancia y perspectiva de los años, la guerra de Bosnia fue, como la de Argelia, otra más de las derrotas de Europa frente al islam. Al penoso y estúpido espectáculo de una discordia entre hermanos se añadió la intervención armada del mundialismo en defensa del dogma de la multiculturalidad. Desde entonces hasta el día de hoy, cada vez se evidencia con mayor claridad el designio de islamizar y africanizar Europa por parte de los poderes económicos que dirigen la política mundial. La disolución de las identidades nacionales forma parte de la dinámica del capitalismo global, para el que la cultura, la religión o las tradiciones son elementos a desarraigar dentro de la construcción de un mundo de consumidores automatizados e informatizados. Hacia eso, hacia la deshumanización cosmopolita, nos acercamos a gran velocidad. Europa es la primera fase de un experimento global.

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