LECTURA PARA GENTE GRANDE: LA ELIMINACIÓN DE LA LIBERTAD PERSONAL Y SOCIAL EN LAS DEMOCRACIAS LIBERALES- PRIMERA PARTE. La democracia liberal partitocrática únicamente es una forma de gobierno donde el factor cuantitativo prima siempre sobre lo cualitativo, la masa sobre lo egregio, la mediocridad por encima de lo superior y excelso. Así, la absolutización global de la democracia, conduce a la deriva natural en la dictadura de la mayoría, y a la eliminación de la libertad personal y social.

Por, José Martín Brocos Fernández (R).-

  1. La absolutización de la democracia

En política, la absolutización de la democracia liberal partitocrática como forma de gobierno, y como su consecuencia lógica lo que en época presente se ha dado en llamar la república procedimental, en la que los valores se generan en esferas que escapan al control del pueblo, conlleva la pretensión de extensión a todos los estamentos sociales e instituciones del modelo, las reglas y la praxis democrática, siempre en su vertiente liberal. Las instituciones no regidas por reglas puramente democráticas, son consideradas caducas, propias de tiempos ya periclitados, y deben amoldarse a la democracia como forma de gobierno institucional e universalmente institucionalizada. Esta uniformidad democrática de la sociedad civil e instituciones sociales, culturales y económicas, no es buena para la libertad ya que cuando todo es democracia nos encontramos más cerca de la dictadura que de otra cosa.

De suerte que ampliando la intervención de los políticos o de las reglas de la democracia a la diversidad de instituciones, entendiendo institución como término genérico que agrupa todo el cuerpo asociativo de asociaciones, bien comunidades naturales o asociaciones libres, corporaciones, fundaciones, patronatos, etc., se consigue, por un lado, apropiarse de todo el espectro social, participar de todo el entramado que genera actividad y por otro sofocar la libertad de la propia sociedad civil, dirigiéndola, manipulándola, maniatándola e interviniéndola.

Se ha llegado hasta la identificación mimética de la democracia liberal con el progreso humano y social, y con el bien común integral, inmanente y trascendente, de la persona, la familia y la sociedad. Es más, la democracia liberal forma parte ya de la idiosincrasia del hombre ilustrado y moderno, ergo, es bueno.

Pero la democracia liberal partitocrática únicamente es una forma de gobierno donde el factor cuantitativo prima siempre sobre lo cualitativo, la masa sobre lo egregio, la mediocridad por encima de lo superior y excelso. Así, la absolutización global de la democracia, conduce a la deriva natural en la dictadura de la mayoría, y a la eliminación de la libertad personal y social. Y todo ello por propia dinámica degenerativa de la democracia liberal encamina a la crisis del sistema. Las naturales consecuencias del sistema liberal, siempre disolvente, parecen sucederse en los últimos decenios a un ritmo cada vez más rápido: decadencia moral sin precedentes, quiebra del Estado de Derecho y la disgregación social.

El resquebrajamiento del sistema deriva tanto de la crisis de los partidos, como de las ideologías germinadas tras la revolución francesa, que se diluyen. La partitocracia es el cáncer de la democracia. Asfixia la representatividad popular y se confunde mimetizándose en el propio Estado por la extensa y tupida red de intereses creados. Las crisis de los partidos en la actualidad derivan bien hacia el totalitarismo hegemónico camuflado jurídica, educativa, e informativamente de hiperdemocracia liberal, o bien hacia el indigenismo etnocéntrico populista, que trata de sustituir al mismo sistema, pero que se quedan en meras democracias formales que igualmente degeneran en totalitarismo, y que tiene como rasgos definitorios el chovinismo acrítico extremo, la desvinculación de la cultura occidental y el racismo en su genuina definición racial.

La fe religiosa, antaño forjadora de civilizaciones e Imperios, ha sido globalmente sustituida por una superstición ciega en las posibilidades de sistema democrático. La sacralización de la democracia, números más estadísticas asentadas en la probabilidad y que sirven para el control social, contribuye a desvirtuarla.

La democracia es la nueva religión cívica con visos de universalidad monopolizando lo políticamente correcto, tanto en enjuiciamiento de la realidad que debe pasar el tamiz democrático, siempre en su vertiente liberal, como la globalidad del proyecto y su extensión a todos los campos de la convivencia social, para toda clase de asuntos e instituciones, para todos los pueblos y naciones del mundo, y de manera permanente y definitiva.

  1. El secuestro de la democracia por los mainstream                                                   La opinión pública no existe. Simplemente es creada, conformada y dirigida en cada momento por los medios de comunicación en base a intereses casi siempre inconfesados y no conformes con el bien común. Dentro de los medios de comunicación, la televisión es, sin duda, el instrumento más eficaz para llegar a inculcar reflejos condicionados en la mayoría de la gente (…). Y así se va formando una masa sometida al embrutecimiento cotidiano de los media, acostumbrada a reaccionar pasionalmente, sin el menor espíritu crítico, plenamente sumisa a todo tipo de manipulaciones. Se pretende expresar y seguir la opinión, cuando en realidad ella ha sido fabricada por los media.De ahí la sólida alianza, traducida en estrechas imbricaciones, que el poder político mantiene con los medios de comunicación por medio de un complejo entramado de influencias, dependencias, y mecanismos para asegurarse el apoyo mutuo: publicidad institucional, subvenciones a fondo perdido o concesión de licencias.

    La democracia no existe. Ha sido secuestrada y sustituida por una partitocracia, que es la que nos rige y gobierna. El poder, desequilibrado y sin control, es ejercido por los partidos políticos, dos o tres a lo sumo, máquinas férreas de control al servicio del mantenimiento del establishment, y por los medios de comunicación comprados o silenciados que ejercen un poder omnímodo en la modelación de la masa social; masa integrada por el hombre del siglo XXI, un hombre mayoritariamente débil, inconstante, voluble, superficial, volcado hacia lo exterior, pusilánime y presuntuoso de si mismo y de sus propias fuerzas, lo que le ofusca e impide ser consciente de la espiral hacia una profunda sima en la que se encuentra inmerso, donde no hay más que vacío, desesperación y soledad.

    La libertad de elección en las urnas en democracia no existe. Hace años que asistimos a un monumental y generalizado engaño, nos venden que somos libres y que podemos decidir nuestro destino. El sistema ha engullido la libertad y convertido ésta en una quimera. La plutocracia empresarial-financiera y sus redes tejidas y superpuestas con el poder mediático y el poder político deciden, por lo menos en sus líneas generales y siempre en consonancia con poderosas organizaciones supranacionales, cómo se ha de vivir, qué tenemos que pensar, y cómo debemos actuar. El ciudadano-masa ha perdido su participación y el dominio del sistema. Se ha convertido en su rehén y paradójicamente en su principal defensor, explicable por el lavado de cerebro ideológico a que está siendo sometido a hora y deshora.

    El secuestro de la democracia por los mainstream                                                   La propia democracia liberal es caldo de cultivo de la mediocridad, preteriendo un injusto igualitarismo social sobre la exaltación de lo virtuoso, lo noble y lo excelso. De tal modo que en nuestra sociedad se han ido paulatinamente perdiendo valores como el sentido trascendente de la vida, del honor, de la honra, del espíritu de servicio, del sacrificio y de la disciplina. Ideales como heroísmo, santidad, generosidad, renuncia, compromiso y militancia, antaño transmitidos de generación en generación, hoy yacen arrumbados y semejan como pura utopía.

    Se educa sin sentido del límite, con una inicial tolerancia del mal, en su vertiente ética, que por su propia dinámica, inserta en la naturaleza humana inclinada al mal y siempre tendente a los honores y a los placeres, degenera en permisividad moral y de ahí pronto esa tendencia o comportamiento que constituye intrínsecamente un desorden antinatural es planteada como un derecho exigiéndose su ratificación legal; finalmente acaba viéndose como un derecho, un bien conseguido democráticamente, y objeto de protección jurídica, v.gr. aborto, homosexualidad, divorcio o eutanasia.

    Esta educación permisiva, sin referentes en la defensa del orden natural y sobre la base del mecanicismo y pragmatismo filosófico, y del totalitarismo relativista axiológico, excepto los valores inherentes a la propia democracia liberal que sobre éstos no cabe disenso posible, conduce a una mentalidad hedonista que cifra el placer y bienestar como fin supremo, y a una cultura vital del consumo desaforado. La afectividad y el sentimiento fundamentan las relaciones familiares y matrimoniales por encima del amor sacrificado y gozoso, que se desvanece, al igual que el esfuerzo y la perseverancia de la lista de virtudes que procuramos cultivar.

    La libertad se concibe, y defiende jurídicamente, como la pura autonomía sin ningún tipo de limitación a lo que agrada o se apetece. La libertad propuesta es una libertad alienante, -puesto que la verdadera liberación del hombre es de su miseria moral,- vigilada y encauzada hacia modelos de vida presentados como exitosos por la máquina propagandística y publicitaria de las grandes empresas de la comunicación y del ocio, a la par que imbuidos educativamente desde una ética laica anclada en un pensamiento racionalista y en el naturalismo pedagógico, tendente al laicismo radical; y defendidos y propagados desde un derecho que rota su vinculación con el orden moral objetivo, niega el conocimiento jurídico como saber prestatario de los grandes principios axiológicos de validez universal e inmutable que debe ser el fin último de la ley, e informando socialmente comportamientos negativos moralmente dañinos y destructores de la persona y del bien común. Nos encontramos con la derivación totalitaria de la democracia liberal.

    Configuramos así las sociedades light, donde descuella lo huero, lo fútil, imponiéndose el facilismo. El problema es que este hombre light, dócil, con actitud pasiva e indolente, hijo y engendro de la democracia liberal ilustrada, interesa al poder mundial, de ahí el dominio directo que se pretende ejercer sobre la educación de la persona, violando tanto la libertad de educación como la propia patria potestad, con el adoctrinamiento obligatorio de los menores en un modelo ético-moral enrejado en el relativismo axiológico, axioma éste absolutista, en la moral de situación, y en la permisividad sexual. La intervención estatalizadora de la educación, cada vez más en aumento, es uno de los métodos que los diversos totalitarismos, entre ellos el democrático, emplean para el control de la sociedad y para el desarrollo de sus futuras masas borreguiles y amodorradas, que no pueblo.

    Así las escuelas trasmiten cultura y valores y pueden canalizar a los niños hacia diversos papeles sociales. Contribuyen a mantener el orden social [neutralizando las revoluciones]. Es difícil concebir la eliminación de la escuela en la distribución de papeles sin cambios en la misma estructura económica y social. Las escuelas tienen que ayudar a convencer a los niños o reforzar su creencia de que el sistema es básicamente sano y el papel que les ha asignado [de perpetuar la estructura social,] es el que deben desempeñar. Mediante esa “colonización”, la sociedad evita tener que redistribuir los aumentos del producto nacional y reduce la necesidad de reprimir directamente al populacho (…) reformar las escuelas para que se enseñara a los niños a interiorizar la autoridad externa y convertirse en individuos que seguirían las reglas.

    El Estado fabrica la masa social entrando directamente en competencias, antes exclusivo de los padres, como la formación de la personalidad en planos como el sexual, emocional, moral, espiritual o religioso, cara a una uniformización del ciudadano, siempre manipulable y dócil al poder. Creación de las masas favorecido por la cosmovisión dominante ofrecida por los medios de comunicación, servidores, mantenedores y beneficiarios del sistema, a los cuales sólo importa los criterios empresariales de supervivencia en el tiempo y rentabilidad, y por una concepción laicista de la política, la única que tiene cabida real en una democracia liberal, según la cual tanto el orden social como el derecho son totalmente independientes del orden moral.

    Para la creación de la masa y su embrutecimiento gradual debe destruirse las estructuras que vertebran la sociedad y para ello es necesario demoler los principios que garantizan su cohesión y armonía; debe, por tanto, conquerirse un adoctrinamiento del pensamiento único, una programación educativa radicalmente inmanentista, librepensadora, para borrar del entendimiento toda huella de Dios y minar la prosperidad espiritual y moral del hombre, e implantar en las conciencias ideas tan erróneas y dañinas que degradando al hombre lo alienen de su más profunda realidad, dedicándose tan sólo a satisfacer las primitivas necesidades del hombre animal.

    En el fondo subyace una negativa al propio conocimiento y combate interior que deriva de la ausencia de valores espirituales y la falta de un sentido pleno de propia vida.

    La libertad, el bienestar y la grandeza de un Estado están en razón directa al desarrollo del bien común trascendente, que tiene presente la moral de sus hombres y que “depende del cultivo y exquisitez de la vivencia axiológica. En este sentido el bien común no coincide con el interés general, público o político, dice referencia al bien integral de la persona, de la familia y de la sociedad; y éste exige una firme y sólida instrucción y educación religiosa. (Continuará)  

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