MAS SOBRE “IMPERIUM” Y FRANCIS PARKER YOCKEY. “Imperium” no es citando otra vez al autor un libro, en el sentido de que presenta un argumento. Es profético; es el trabajo de un vidente intuitivo. Por esta razón, no encontrareis bibliografía ni notas de pie de página en “Imperium” a pesar de haber sido obviamente el autor un empedernido lector.

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francisparkeryockeyY es profético no sólo en el amplio sentido histórico pues, ¿pensaba Yockey (foto de la izquierda) en sí mismo y predecía su propio final cuando afirmaba que los profetas de un nuevo tiempo mueren a menudo de muerte no natural? Dos veces nos descubre este pensamiento: primero en el capítulo de “La Articulación de una Cultura”, y luego, en “Genio”.

Otro hecho interesante y misterioso acerca del manuscrito que completó en Brittas Bay y que ahora tenéis en vuestras manos, es que tiene una clave de manera que, si el código secreto puede ser descubierto, se descifra el nombre del autor. De esta manera, la cuestión de la autenticidad que se suscita siempre acerca de una gran obra tras la muerte del autor, no podrá nunca plantearse con “Imperium“.

Es importante buscar los orígenes de la filosofía de Yockey, pues todos estamos obligados a construir basándonos en lo que los que nos precedieron hicieron, y ver claramente que el pasado significa comprender mejor el presente. Con más exageración que precisión Yockey asevera “No hay nada original en el contenido de este libro”.

oswaldspenglerEl conocimiento de Oswald Spengler (foto) es fundamental para comprender a Yockey; de hecho, puede decirse que “Imperium” es en realidad una secuela a la monumental “Decadencia de Occidente” de Spengler. Éste, naturalmente, es “persona non grata” a los “intelectuales” de moda por razones que resultan evidentes a los lectores de Decadencia de manera que esta resurrección de su influencia ‑una resurrección inevitable, añadiría yo‑ tenía que chocar a las tiernas mentes de beatniks, liberales y comunistas que han mamado el seco pezón del conformismo histórico durante tanto tiempo. Estos niños intelectuales están siempre dispuestos a aseguramos que Spengler está “superado”, una de sus armas semánticas favoritas, corrientemente utilizada cuando desean evitar discusiones sobre alternativas y hechos.

Pero Oswald Spengler “el filósofo del Siglo XX”, como le llama Yockey en compañía de Gregor Mendel, Thomas Malthus y Charles Darwin, nos ha mostrado el modelo del mundo de ayer y su perfil en el futuro, para bien o para mal. Cada uno de esos gigantes es fundamental en su propio campo de estudio, y estudiar historia rechazando a Spengler es tan estúpido como estudiar la enfermedad y rechazar la teoría de los gérmenes, o estudiar matemáticas y rechazar los números. Los patéticos nihilistas intelectuales, materialistas, igualitarios y “bienintencionados” pueden ladrar, ladrar a los talones de Spengler hasta quedarse roncos, pero la Historia no puede oírles.

“En este libro se trata, por primera vez, la aventura de predecir la historia  así empieza Spengler “Decadencia”, y continúa con dos densos volúmenes de deliciosas y profundas excursiones en la historia mundial, la guerra, la filosofía, la poesía, la música, el arte, la política, la religión, incluso las matemáticas.

Tal vez la mejor sinopsis de Spengler ‑si tal cosa puede concebirse‑ ha sido hecha por Egon Friedell en su “Una Historia Cultural de la Edad Moderna“, una obra de tres volúmenes de la cual, incidentalmente, Yockey era un profundo admirador. Dice Friedell al mencionar a prominentes pensadores:

ladecadenciadeoccidentedeo-spenglerFinalmente, y con profunda admiración, llegamos al nombre de Oswald Spengler, tal vez el más poderoso e intenso que había de aparecer en el suelo alemán desde Nietzsche. Debemos remontarnos a lo más alto de las cumbres de la literatura mundial para encontrar obras de tan brillante y exuberante talento, tan triunfante visión psicológica y tan personal, sugestiva y rítmica cadencia como su “Decadencia de Occidente “. Lo que Spengler nos da en sus dos volúmenes es el “perfil de una morfología de la historia”. El ve, en lugar del “monótono cuadro de la historia mundial en un concepto lineal” el “fenómeno de una pluralidad de grandes Culturas”. “Cada Cultura tiene sus propias nuevas posibilidades de autoexpresión que crecen, maduran, decaen y nunca vuelven. No hay una escultura, una pintura, una matemática, una física, sino muchas, cada una diferente de las demás en su más profunda esencia, cada una limitada en su duración y auto‑contenida, de la misma manera que cada especie de planta tiene su capullo o fruto particular, su especial clase de crecimiento y muerte.

Estas Culturas, esencias vitales sublimadas, crecen con la misma ausencia de finalidad que las flores en el campo”. Las Culturas son organismos, y la historia cultural es su biografía. Spengler establece nueve de tales Culturas, la Babilónica, la Egipcia, la India, la China, la Clásica, la Árabe, la Mexicana, la Occidental y la Rusa, y arroja la luz sobre cada una de ellas sucesivamente; como es natural, la luz no es igualmente brillante en cada caso, y, por supuesto nuestros informes sobre ellas son muy desiguales. Pero en el curso evolutivo de estas Culturas rigen ciertos paralelismos, y esto conduce a Spengler a presentar la concepción de los fenómenos “contemporáneos” por los que él entiende los hechos históricos que “cada uno en su propia Cultura, se suceden en las mismas posiciones relativas y, por lo tanto, tienen una significación exactamente correspondiente”. “Contemporáneos”, por ejemplo, son el ascenso del Jónico y del Barroco;  Polignoto y Rembrandt, Policleto y Bach, Sócrates y Voltaire son “contemporáneos”. Pero en el interior de la misma Cultura individual, también, existe una congruencia naturalmente completa de todas sus expresiones vitales y en cada una de las etapas de su evolución.

Así por ejemplo, hay una profunda relación de forma entre la Polis clásica y la geometría euclidiana, entre la perspectiva espacial de la pintura al óleo occidental y la conquista del espacio mediante trenes, teléfonos y armas de largo alcance. Mediante tales y parecidos principios, ahora llega Spengler a sus más interesantes y sorprendentes descubrimientos. El “Marrón Protestante” de los pintores holandeses y el ateo “plain air” de la escuela de Manet, el “Camino” como símbolo primitivo del Alma Egipcia y la “Llanura” como leitmotiv del concepto del mundo Ruso, la Cultura “Mágica” de los Árabes y la Cultura “Fáustica” de Occidente, la “segunda religiosidad” en la cual las viejas Culturas reviven las imágenes de su juventud, y el “fellahdom” en el que el hombre vuelve a salir de la Historia, estos, y muchos más como ellos, son resplandores inolvidables del genio que iluminan, por un momento, vastos trechos nocturnos, incomparables descubrimientos y alusiones de un intelecto que posee una visión verdaderamente creativa para las analogías. Que los cimerios de la erudición no hayan opuesto a tal obra más que estolidez y sorda incomprensión no puede sorprender a nadie que conozca las costumbres y mentalidad de la república de la erudición”.

Spengler publicó “Decadencia” en julio de 1918, y todavía nos bañamos en las primeras olas de ese titánico acontecimiento. Pues “La Decadencia de Occidente” fue tan revolucionaria para el estudio de la historia en 1918 como la teoría del helicóptero de Copérnico lo fue para el estudio de la astronomía en 1543.

Podemos preguntarnos: ¿cuál es la causa principal de la resistencia a aceptar Spengler aparte del hecho de que él sea una barrera contra la victoria total del intelectual liberal‑marxista? Las principales dificultades, creo yo, son dos: la necesidad de reconocer la naturaleza esencialmente extraña de cada alma cultural, y la aparente necesidad de reconciliarnos a nosotros mismos con el triste hecho de que nuestro propio organismo occidental debe, también, morir como todos los que existieron anteriormente.

Paradójicamente, el problema fundamental de la segunda objeción reside precisamente en el alma fáustica de Occidente que fue definida por el propio Spengler: “El Alma Fáustica, cuyo primer símbolo es el espacio puro e ilimitado”, dijo; y es verdad, pues necesitamos, en lo más recóndito de nuestro ser, la perpetua tendencia hacia el infinito. La idea del progreso ilimitado fluye de esta realidad espiritual; este es un concepto que se halla profunda e inextricablemente inculcado en todo hombre occidental. Así, el pensamiento de la muerte inevitable provoca un rechace fundamental y es llamado pesimismo.

Por lo que se refiere a la primera objeción, podemos decir que el reconocimiento de la naturaleza esencialmente ajena de cada alma cultural, se deduce que si cada cultura tiene su propia vitalidad interna, no será influenciada por el espíritu de ninguna otra. Esto también se opone a los más íntimos convencimientos del hombre occidental que, desde hace más de quinientos años, ha catequizado a otros hombres de todas partes del mundo en la vana esperanza de hacer que se parezcan a su propia y venerada imagen.

Este bloque psicológico cala muy hondo en Occidente, tan hondo que tal error aparece en todos los estratos filosóficos, y no sólo ciertamente entre los adeptos de la variedad izquierdista. Nómbrese cualquier filosofo, economista o clérigo de la historia occidental, exceptuando a Hegel (1) (sí; incluyendo al propio Spengler) y se puede estar seguro de encontrar un hombre que trató de establecer leyes universales para la conducta humana; alguien que, en otras palabras, no distinguió las diferencias esenciales entre las razas.

Este error tan fundamental es generalmente inconsciente. (¿Qué haría, por ejemplo, Lord Keynes con su teoría “universal” del ahorro extra si trataba de aplicarla en Ghana o en Haití?) La Iglesia Católica Romana es un ejemplo típico. Los occidentales de mente tradicionalista hablan de la Iglesia como un baluarte de Occidente. Por desgracia, el cumplido no es correspondido. La Santa Iglesia Católica Romana no es una Iglesia Universal ‑una Iglesia para todos los hombres‑ que ve a todos los hombres, donde quiera que estén y quienquiera que sean, como almas humanas iguales cuyos cuerpos deber ser llevado al sagrado abrazo de la Ciudad del Vaticano. Ella es la primera en rechazar la impía sugerencia de que debe una radical lealtad a Occidente. Las demostraciones científicas y filosóficas de que los hombres y las culturas son, no obstante, diferentes en muchos aspectos fundamentales y de que es insano ‑antiético‑ mezclarlos pueden estar seguras de que se van a encontrar con la misma inhóspita recepción que la Iglesia dio a Copérnico y a Galileo. En abril de 1962 tres católicos de Nueva Orleans fueron excomulgados por haber osado defender esta herética verdad (2).

Un punto crucial al tratar de este tema es el crecimiento y ahora la total supremacía de la idea occidental de la técnica. El mundo entero de la ciencia es un reflejo del hombre occidental, y hemos visto a la técnica occidental conquistar el mundo. Vemos que nuestra técnica es apropiada en diversos grados y maneras por cualquier simiesca Cultura del planeta que ha logrado sobrepasar su etapa arbórea.

Los ciudadanos negros de la Edad de Piedra que habitan hogaño África, Haití, Nueva Guinea y el Sur de las Filipinas quedan fascinados ante relojes, aparatos de radio e incluso velas. Cuando una municipalidad americana quiere desprenderse de sus viejos tranvías, se los vende al amerindio México. Los semíticos árabes conducen sus Cadillacs y usan rifles fabricados en Bélgica, y Cadillacs y rifles han sido comprados con el oro de los royalties petroleros de Wall Street, Dallas o Londres. Los orientales chinos han aprendido bien y se espera que puedan hacer explotar una bomba atómica de un momento a otro. E incluso los semi‑occidentales rusos, desde los días de Pedro el Grande e incluso Rurik, han construido sus barcos, cañones y cohetes con ingenieros europeos. Pero, ¿acaso la masiva apropiación de las técnicas occidentales produce algún efecto en el alma interna y distintiva de la cultura apropiadora? La respuesta es no, y no debiéramos permitir a nuestro loco orgullo pensar de otra manera.

La otra causa del rechace de Spengler reside en la dificultad de reconciliarnos nosotros mismos con la aparente necesidad de la muerte de Occidente como organismo cultural. Pero no es necesario, en mi opinión, tal reconciliación. Pues aunque una Cultura es un organismo, se trata de un organismo muy peculiar; y aún aceptando la analogía, podemos buscar inteligentemente la posibilidad de prolongar o renovar su vida.

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