MEMORIAS DE UN BRIGADISTA: MI PARTICIPACIÓN EN LA BRIGADA 2506- TERCERA PARTE Y FINAL. A pesar de que el Houston no llevaba salvavidas, al ver lo cerca que habíamos estado de una muerte segura, muchos soldados comenzaron a saltar al agua y a tratar de nadar a tierra.

En la foto: El Hosuton encallado y ardiendo en Playa Girón.

Por, Frank de Varona

Sin embargo, al principio yo no quise hacerlo porque había visto tiburones en el agua. Pero al ver que todos a mi alrededor se tiraban al mar entonces decidí hacerlo y salté con un cuchillo en la mano.

Cometí el gran error de dejar mi rifle y la mochila a bordo y me lancé al agua desde una altura de tres pisos con 360 balas y granadas alrededor de mi pecho y en la cintura, cantimplora y comida seca y el uniforme completo incluyendo las botas. Con todo ese peso me hundí y llegué al fondo del mar a más de 25 pies de profundidad. Casi me ahogué nadando desesperadamente a la superficie. Llegué casi sin aire y a punto de respirar agua salada. Con el gran peso que llevaba me hundía al nadar. Con gran esfuerzo descarté todo en el agua, hundiéndome y nadando hacia la superficie varias veces. Al fin me quedé sólo con  los pantalones.

Junto con mi compañero de cuarto de la Universidad de Georgia Tech, en Atlanta, Georgia, y amigo de toda la vida, el camagüeyano  Eduardo Sánchez, comencé a nadar hacia la orilla. Después de más de 53 años todavía recuerdo claramente ese día, como si hubiera ocurrido ayer.

Los aviones enemigos estaban disparando a los que estábamos en el agua, muchos de nuestros soldados gritaban y se ahogaban y algunos estaban siendo devorados por los tiburones. Recuerdo que vi una mancha oscura dentro del agua y pensé que era un tiburón. Entonces di una vuelta y comencé a nadar hacia el Houston. Eduardo me recordó que un tiburón nos podía atacar nadando hacia el barco, por lo tanto era mejor nadar hacia tierra.

Me encontraba extremadamente débil en el agua ya que en Guatemala me había comido una lata de spam que estaba podrida, y a pesar que sólo comí un bocado, me enfermé violentamente por varios días. Ya no habían medicinas en el campamento y estuve varios días sin comer y tirado en el “sleeping bag” en el piso de mi tienda de campaña. Abordo del Houston no comí nada durante los  tres días de travesía.

Como estaba tan cansado que apenas podía nadar tuve que quedarme flotando en el agua frecuentemente, pero con la constante preocupación de ser devorado por un tiburón, pude ver un pequeño bote salvavidas cerca de la playa.

Decidí nadar hacia el bote para descansar y remar después a tierra. Me despedí de Eduardo que decidió seguir nadando a tierra.  Al llegar  escuché a varios brigadistas que estaban llorando tirados en el fondo del bote y en un estado de shock nervioso.  Pedí ayuda para que me ayudaran a subir, pero nadie me dio una mano. Tuve que hacerlo solo y había unos tres pies de altura del mar hacia la cubierta del bote.

Con mucho esfuerzo y después de tratar de subir sin éxito varias veces pude subir y entonces vi que al otro lado del bote estaba un brigadista en el agua pidiendo ayuda para subir y le ayudé a hacerlo. Traté de despertar a los hombres que seguían llorando y rezando y al ver que era inútil  y después de descansar, me tire al agua y nadé rápidamente a tierra

Me tomó cerca de una hora nadar hasta la orilla, ya que tenía que flotar y descansar en el mar varias veces.  Completamente agotado, al fin  llegué a tierra. Me arrodillé, besé la arena y le di gracias a Dios por haberme salvado del naufragio del Houston. Miré a mi alrededor y vi una escena dantesca de desesperados soldados desarmados, pidiendo agua, agobiados y muchos de ellos vistiendo sólo ropa interior con sus cuerpos cubiertos de petróleo.

Más tarde en esa mañana triste, al jefe de nuestro batallón, Ricardo Montero Duque, pidió cuatro voluntarios para remar en un bote salvavidas al Houston para rescatar a los soldados heridos y otros que estaban aún a bordo. Yo me ofrecí de voluntario junto con Mario Cabello, Jorge Marquet y otro soldado. Remamos tan rápido como pudimos al Houston, siempre mirando al cielo por si los aviones enemigos nos atacaban. Los aviones castristas  continuaban disparando contra nosotros de vez en cuando.

Al subir al Houston me encontré con Rinaldo González, a quien en el colegio de los Hermanos Maristas de Camagüey le decíamos  Nanano. Me sorprendió lo tranquilo que estaba y me dijo que estaba esperando un bote para desembarcar. Rescatamos a varios soldados que no sabían nadar y algunos de nuestros heridos. Uno de ellos fue el Dr. René Lamar, un médico que había sido herido en el brazo por una bala de ametralladora de un avión.  Entre los soldados que llevamos a tierra estaban el segundo al mando de nuestro batallón Félix Pérez Tamayo, Luis González Lalondry y Fico Rojas.

Por la tarde caminamos hacia el norte bordeando la playa en dirección a Playa Larga. Por desgracia, había soldados enemigos en una pequeña aldea cercana llamada la Caleta de Buenaventura y sólo un puñado de nosotros teníamos fusiles. Ricardo Montero Duque nos ordenó volver a la zona de la playa frente al Houston que estaba semi hundido y esperar a ser rescatados.

Sin comida ni agua esperé con los demás durante cuatro días. El jueves 18 de abril, aproximadamente a las 5:00 de la tarde, el Padre Tomás Macho  (que años más tarde me casó con mi esposa Haydée) comenzó a ofrecer una misa que se ofrecía en situaciones desesperadas como la nuestra. En ese momento una lancha con seis soldados enemigos desembarcaron cerca de nosotros. Los pocos que tenían fusiles le hicieron una emboscada y abrieron fuego matando o hiriendo a varios de ellos. Después Montero Duque dio la orden de retirarnos del área y tratar de escaparnos ya que nuestra posición había sido descubierta. ¿Pero hacia dónde íbamos a ir? No teníamos mapas ni sabíamos dónde estábamos.

Me encontraba muy débil ya que llevaba dos semanas sin comer y tenía una sed extrema. Con un grupo pequeño, comencé a caminar hacia el sur sin saber a dónde ir. Por la mañana del sábado, 20 de abril, ya no podía hablar debido a la resequedad en la boca y la garganta causada por la sed extrema. A eso del mediodía, fui capturado por un pelotón de milicianos junto con Eduardo Sánchez y otros brigadistas. Pensé que nos fusilarían en ese momento y me encomendé a Dios. El enemigo nos robó el dinero y relojes y nos quitaron las botas, pero nos dieron agua. No quise aceptar comida, sólo tomé agua, pero mientras más agua tomaba, más sed tenía y el agua me sabía a vinagre.

Ernesto Che Guevara

Los milicianos nos trasladaron en un barco al otro lado de la bahía y fuimos encerrados en una casita en Playa Girón. Esa noche nos visitó el asesino Che Guevara que miró detenidamente a nuestro grupo de prisioneros. Como era el más joven se acercó a mí y me preguntó cuantas caballerías tenía mi padre. Le contesté que tenía 100 caballerías y él me dijo, ”Entonces tu viniste a recuperar las fincas que la revolución le quitó a tu padre”. Le contesté “No, hubiera venido yo o no, si hubiéramos triunfado se la hubieran devuelto porque no se las robó a nadie”. El Che me dijo “Se las robó al sudor de los campesinos”,  a lo que le respondí “Esa es la teoría marxista que yo no comparto”.

El Che me preguntó cómo nos habían tratado y le respondí “Muy mal, nos robaron el dinero, relojes y nos quitaron las botas”. A lo que me respondió “Esas cosas le hacen falta a la revolución”. Me quejé que también nos habían confiscados los artículos religiosas que llevábamos. Entonces el Che le dijo a sus hombres “Devuélvanle a los prisioneros todos los artículos religiosos porque eso no le hace falta a la revolución”. Así recuperé mi rosario, medallitas y pequeña estatua de la Virgen María.

Años después escribiría un artículo sobre el asesino en serie que fue Ernesto Che Guevara.  Al triunfo de la revolución, Ernesto Che Guevara ya había asesinado a muchos soldados y campesinos. El 2 de enero de 1959 Fidel Castro lo asignó al mando de la fortaleza de La Cabaña y lo encargó de los fusilamientos y de la campaña de terror de la revolución. Se estima que en sólo los primeros cinco meses de gobierno castrista el Che fusiló unos 2,000 prisioneros en La Cabaña.

Esta cifra fue confirmada por el propio Che. Fidel Castro y el Che no querían repetir el error de Jacobo Arbenz de no haber fusilado suficientes personas. Entonces decidieron implantar el terror en Cuba con el paredón de fusilamiento desde el principio, inclusive desde la Sierra Maestra ya que se mataba a campesinos y soldados.

A los familiares que visitaban a los presos en La Cabaña se les obligaba a caminar por la pared manchada con la sangre de los patriotas que antes de ser fusilados gritaban “¡Viva Cristo Rey! ¡Viva Cuba Libre!” Entre los miles de fusilados se encontraban niños y jóvenes.

Un niño de 14 años fue llevado al paredón por defender a su padre cuando lo fueron a arrestar. Los presos viendo este crimen tan horrible y gritaron por las ventanas “Asesinos” y el Che se volvió y disparó su pistola hiriendo a varios presos. Para poder disfrutar de estos fusilamientos, el Che mandó a quitar la pared de su oficina para poder tener una buena vista del paredón. Al Che le gustaba de vez en cuando dar el tiro de gracia a las víctimas de las ejecuciones.

El gobierno comunista también se convirtió en un gran vampiro . Antes de ser fusilados los presos eran llevados a la enfermería de La Cabaña donde se les extraía cinco pintas de sangre. Algunos presos perdían el conocimiento y a los que no podían caminar los llevaban al paredón en camilla. Esta sangre de cubanos que amaban la libertad de su patria la vendían a $50.00 la pinta a Viet Nam del Norte. Todavía en la Cuba actual se venden pintas de sangre y órganos humanos. Se estima que Cuba comunista recibe $100 millones de dólares al año por estas ventas. El gobierno opresor y sanguinario comunista se ha convertido en una nación Drácula.

Las inhumanas prisiones comunistas

Dos años muy crueles e inhumanos de prisión brutal fue nuestra suerte. Estuvimos en prisiones superpobladas. Al principio estuvimos en el Palacio de los Deportes, seguido por el Hospital Naval y después nos pusieron a todos en la prisión del Castillo del Príncipe. La mayoría dormíamos en el suelo, apretados unos a otros, muertos de hambre y bebiendo agua contaminada. Yo contraje disentería, hepatitis y enfermedades de la piel. Al año de estar preso nos llevaron a juicio y fuimos condenados a 30 años de prisión con trabajo forzado o un rescate de dinero en dólares, como en el tiempo de los piratas.

Los tres líderes de la Brigada, Manuel Artime, José Pérez San Román y Erneido  Oliva,  fueron valorado en  $500,000 cada uno. A los oficiales de la Brigada y los que fuimos ricos nos valoraron en $100,000, los que ellos llamaron clase media valían $50,000 y los obreros $25,000. Mi hermano y yo caímos en el grupo de los $100,000 y éramos 214 prisioneros.

Nuestro grupo fue trasladado al Presidio Modelo en Isla de Pinos. Ese fue el lugar donde peor nos maltrataron. En un pequeño lugar llamado el Pabellón Dos, que tenía espacio para unas 40 personas, nos pusieron a  todos. Estábamos peor que sardinas en lata, todos dormíamos el suelo y teníamos un solo inodoro.

Fuimos incomunicados, sin visitas ni cartas, durante siete meses y varias veces por la madrugada venían los guardias y nos obligaban a desnudarnos contra la pared y nos daban golpes diciéndonos cosas obscenas. Teníamos unas tres duchas y sólo abrían el agua durante 10 minutos al día y la mayoría de nosotros no podíamos bañarnos. Lo más espantoso fue privarnos de jabón, pasta de dientes y papel higiénico durante esos siete meses. Nos trataron realmente peor que a los animales. Mientras permanecí en las prisiones no perdí el tiempo y aprendí francés, alemán, leyes, religión, contabilidad, geografía e historia, además de leer cientos de libros.

La liberación de los brigadistas

En la foto: Los líderes de la Brigada 2506, Artime, San Román y Oliva con Robert Kennedy después de su liberación.

Por fin fuimos liberados el 25 de diciembre de 1962 cuando el gobierno de los Estados Unidos pagó $62,500,000 por los casi 1,200 prisioneros. Mi hermano y yo volamos en el último avión a la base de Homestead Air Force donde nos dieron uniformes de la Fuerza Aérea. Mis padres lloraron cuando nos vieron a mi hermano y a mí al llegar al Dinner Key Auditorium en Miami. Mi peso en el momento de la liberación era de 120 libras.

El naufragio del Houston, la semana que estuve huyendo por la Bahía de Cochinos y el encarcelamiento de casi dos años me hizo apreciar aún más el valor de la libertad y los privilegios de todos los días y las comodidades que damos por sentado, tales como alimentos, agua, vivienda, e higiene.

Conclusión

A pesar de haber perdido nuestra libertad, junto con nuestra bella casa en Camagüey, automóviles, fincas de ganado y cuentas bancarias en Cuba y vivir por debajo del nivel de pobreza en Miami por varios años, yo estaba seguro de que todo eso era una situación transitoria. Yo estaba decidido a obtener una educación y convertirme en un profesional exitoso en los Estados Unidos.

He tenido una gran vida en los Estados Unidos como un educador, periodista y escritor. He escrito 23 libros, sies de ellos sobre el presidente Barack Obama, y cientos de artículos publicados en periódicos, revistas y sitios web. Estoy felizmente casado con Haydée Prado, que tiene un doctorado en psicología clínica y es una excelente mujer. Tengo una hija maravillosa y exitosa representante de una compañía del libro de textos y de software, Irene, que me ha dado un adorable nieto, Daniel  “Danny” Francisco.

2 comentario sobre “MEMORIAS DE UN BRIGADISTA: MI PARTICIPACIÓN EN LA BRIGADA 2506- TERCERA PARTE Y FINAL. A pesar de que el Houston no llevaba salvavidas, al ver lo cerca que habíamos estado de una muerte segura, muchos soldados comenzaron a saltar al agua y a tratar de nadar a tierra.

  1. Se le olvidó una anecdota curiosa, cuando todo se había terminado y el pobre casco del Houston todavía estába humeando, se apareció Fidel arriba de una tanque, con “goggles”, como si fuera Rommel en el desierto y le cayó (el tanque) a cañonazos al pobre casco del Houston. Esa valiente hazaña del Comandante en Jefe fué publicada en el mundo entero como prueba del valor y audacía del Comandante. Fué una acción como si yo me hubiera ido, a la semana, a los escombros de las Torres en New York y les hubiera caído a tiros.

  2. Exorto a Frank De Variona a que publuque todo esto en un libro, aunque sea corto. Todo lo que se pueda documentar y publicar acerca de la 2506, es muy importante para el futuro.

    Frank Resillez

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