MISTERIO DE INIQUIDAD: DEL NUEVO ORDEN MUNDIAL AL CAOS GLOBAL-PRIMERA PARTE. Publicamos el texto del informe realizado por el Prof. Roberto de Mattei el 16 de mayo de 2019 en el Rome Life Forum, que se celebró en la Pontificia Universidad Santo Tomás de Aquino (Angelicum), sobre el tema “City of man vs City of God – Global One World Order vs Christendom”. El congreso fue organizado por la coalición internacional Voice of the Family

Por, Roberto de Mattei- Correspondencia Romana

El Mysterium iniquitatis según León XIII

Para intentar hacer un poco de luz sobre el mysterium iniquitatis, es necesario volver al primer momento de la historia universal.

En su Encíclica Humanum genus del 20 de abril de 1884 contra la masonería León XIII afirma:

El género humano, después que, por ´por la envidia de Lucifer´ se rebeló desafortunadamente contra Dios, creador y dador de dones sobrenaturales, se dividió en dos campos contrarios y enemigos uno del otro, de los cuales uno combate sin descanso por el triunfo de la verdad y la virtud, y el otro lucha por el triunfo del mal y del error. El primero es el reino de Dios en la tierra, es decir, la verdadera Iglesia de Jesucristo. Los que quieren pertenecer a ésta de corazón con sincero afecto y como conviene para su salvación, deben entregarse al servicio de Dios y de su Unigénito Hijo con todo su entendimiento y toda su voluntad. El segundo es el reino de Satanás. Bajo su jurisdicción y poder se encuentran todos quienes, siguiendo los funestos ejemplos de su caudillo y de nuestros primeros padres, se niegan a obedecer la ley divina y eterna y emprenden multitud de obras prescindiendo de Dios o combatiendo contra Dios

El Papa León XIII enseña entonces que la humanidad está dividida en dos campos que se combaten sin tregua: el reino de Dios, constituido por la Iglesia de Cristo, y el reino de Satanás, constituido por los secuaces del demonio. Esta lucha no es un episodio en la historia, sino que se remonta al primer momento de la creación del universo y durará hasta el fin de los tiempos.

Los Ángeles fueron creados al mismo tiempo que la luz, pero después que Dios separó la luz de las tinieblas, algunos Ángeles se separaron de la luz, que es Dios, para sumergirse en las tinieblas. Ello se repite en la historia y constituye propiamente el mysterium iniquitatis: un misterio en sí mismo impenetrable, porque nuestra inteligencia es incapaz de comprender ni siquiera la íntima esencia del Sumo Bien, ni la naturaleza profunda del Mal, del cual Dios permite la existencia, sin quererlo. Es “una luz inaccesible” (1Tm. 6, 16), donde Dios habita, pero también existe una tiniebla inaccesible que la luz divina no ilumina. Por esto decimos que Satanás obra en el misterio. Como todo misterio, también el del mal es superior a la comprensión de la razón, pero no la contradice. Con la razón iluminada por la fe podemos recoger algún reflejo de luz en este misterio que, como nos conforta San Pablo, a su debido tiempo será revelado (Tes. 2, 6-8). Solo “Dios es luz y en él no hay nada de oscuridad” (1 Jn. 2, 5).

Para explicar este misterio de iniquidad, León XIII se remite a las dos citas que, en su obra maestra La Ciudad de Dios, San Agustín describe con estas palabras: “Una es la sociedad de los hombres devotos, la otra la de los rebeldes, cada una con los ángeles que le pertenecen, en que de un lado es superior el amor de Dios y en el otro el amor de sí mismo”.

La fuerza de atracción y de cohesión que la genera y la mantiene es el amor. “Dos amores fundaron dos ciudades: la terrena, el amor propio hasta llegar a menospreciar a Dios, la celestial, el amor a Dios hasta llegar al desprecio de sí mismo”. La elección radical es entre Dios, al cual se une íntimamente la humildad de corazón, y el demonio, al cual se vincula el orgullo y el amor de sí mismo. La esencia de este enfrentamiento es moral y se arraiga en la libertad humana: hay que elegir según el rumbo que el amor imprime a nuestra vida.

El “Cuerpo místico de Satanás”

La Ciudad de Dios es la Iglesia en sus tres estados: militante, sufriente y triunfante. Un vínculo espiritual une en un único Cuerpo Místico a los fieles que luchan en la tierra, a las almas que sufren en el Purgatorio y a los beatos que se alegran en el Cielo. El hombre, de hecho, es un ser social no solo en el orden natural, sino también en el sobrenatural. La comunicación vital de los bienes sobrenaturales entre los miembros de las tres iglesias es la Comunión de los Santos.

Una íntima solidaridad existe entre los Hijos de la tinieblas. El vínculo que los une es el odio. Ellos se odian y se detestan uno al otro, pero se unen en la lucha contra el Bien, como dice el Salmo: “convenerunt in unum adversus Dominum et adversus Christum eius” (Sl. 2, 2).

El P. Sebastiano Tromp, un teólogo jesuita que colaboró en la redacción de la Encíclica Mystici Corporis de Pío XII y que en el Concilio Vaticano II fue consultor del Cardenal Ottaviani, dedica un apéndice de su tratado Corpus Christi quod est ecclesia al De corpore diaboli, mostrando, fundamentándose en citas de las Escrituras y patrísticas, que la ciudad de Satanás forma una especie de cuerpo místico del demonio.

San Gregorio Magno, en su libro Moralium habla con frecuencia del corpus diabuli, constituido por el diablo y sus secuaces. “Como los santos son miembros de Cristo, así los impíos sin fe son miembros del diablo”; “El diablo es el padre de todos los inicuos y todos los impíos son los miembros de este jefe.

La Civitas diabuli no es únicamente un conjunto de errores o de perversiones morales, sino que tiene una estructura organizada. Tiene sus dogmas, ritos, jerarquías, porque constituye una falsificación de la verdadera Iglesia. Es una contra-Iglesia, que el Apocalipsis define como “sinagoga de Satanás” (Apoc. 2, 9; 3, 9). Tertuliano describe los rituales que eran utilizados en el siglo II, revelando que ya en aquella época existía una parodia diabólica de los misterios cristianos. San Irineo habla de los Cainitas que exaltaban como liberadores a los grandes rebeldes contra Dios: Caín, Esaú, Judas. Los siete gnósticos medievales, al igual que los cátaros, consideraban a Caín, a los constructores de la torre de Babel y a los habitantes de la ciudad de Sodoma como sus precursores. La masonería, que hereda la fe y las costumbres del gnosticismo, constituye el motor de propulsión visible de la civitas diabuli después del siglo XVIII. Ninguna otra secta recibió tantas condenas por parte de la Iglesia en los últimos tres siglos y la Encíclica Humanum genus de León XIII constituye una suerte de compendio.

El Cuerpo Místico de Cristo y el Corpus diabuli son dos reinos que se oponen en la historia como la vida y la muerte, el bien y el mal, la luz y las tinieblas: su finalidad es el de aniquilarse uno al otro. La lucha entre los dos ejércitos es perpetua e implacable y se resume en estas palabras: “Yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella.» (San Mateo, 16,18-19). Por una parte, la Iglesia, que es el Reino de Cristo, por otra parte un enemigo que es mencionado como “las puertas del infierno” y que en vano empeñará todos sus esfuerzos para prevalecer sobre la Iglesia.

El demonio y el infierno

Es importante destacar que no se puede hablar del demonio sin hablar del infierno. La tierra, el purgatorio, el paraíso son los lugares habitados por las almas que forman la Civitas Dei. Pero también los miembros de la Civitas diabuli habitan en lugares -la tierra y el infierno- porque para ellos no hay purgatorio. El infierno, de acuerdo con la doctrina católica, designa no solo el estado de los condenados, sino también el lugar donde son eternamente castigados los ángeles rebeldes y los hombres que murieron en pecado mortal.

¿Por qué los miembros de la Civitas diabuli hablan frecuentemente del demonio, pero no hablan del infierno sino para negarlo? Porque quien ama a una persona tiende a hablar siempre de ella, bien o mal, y del demonio se puede hablar de forma seductora, presentándolo como víctima, como ángel decaído que conserva una belleza siniestra, allanando así el camino a su culto. Hablar del infierno significa, en cambio, describir un lugar de eternos tormentos, en sí mismo horrible y repugnante, significa evocar la justicia de un Dios que juzga infaliblemente y condena de manera inapelable. Por ello los operadores del mal ignoran el infierno y si hablan es solo para negarlo o para afirmar que está vacío.

El P. Garrigou-Lagrange afirma que, al negar el infierno, la masonería da una prueba de su existencia. Los frutos, de hecho, revelan la existencia del árbol. Quien odia a Dios no solo admite su existencia -pues si no la admitiera no lo combatiría- sino que también prueba, con la misma perversidad satánica, la existencia del infierno. ¿Qué otra cosa son las profanaciones de la Eucaristía, las liturgias tenebrosas que culminan en la blasfemia contra todo aquello que es divino sino manifestaciones de un odio que tiene su origen en el infierno y en el demonio?

El pecado original

La lucha de las dos ciudades se explica no solo con la actuación de Satanás, sino también con el pecado original transmitido por Adán a sus descendientes. El pecado es una enfermedad hereditaria. Todos, después de Adán, nacen en pecado, en todo tiempo y en todo lugar. La humanidad está por lo tanto enferma, pero no está muerta, porque el pecado inclina la naturaleza del hombre hacia el mal, pero no la corrompe enteramente. La naturaleza está enferma, pero el mal no constituye la esencia de la naturaleza.

El pecado original hirió el alma y el cuerpo del hombre, produciendo un desorden moral que culminó en el pecado y en un desorden físico que culminó en la muerte. La consecuencia más grave del pecado de Adán no fue, sin embargo, la introducción de la muerte del cuerpo, sino la introducción de la muerte en el alma, la ruptura de la sublime relación que estrechaba a Dios con la criatura racional. Muerte, enfermedades, sufrimientos, angustias, errores, dudas, conflictos: todo esto es debido al pecado original. Escribe Donoso Cortés: “El pecado cubrió el cielo de luto, el infierno de llamas y la tierra de matorrales; llevó al mundo la enfermedad y la pestilencia, el hambre y la muerte; cavó la tumba a las ciudades más ilustres y pobladas, presidió las exequias de Babilonia, la ciudad de los suntuosos jardines, y de Nínive, la soberbia, de Persepoli hija del sol, de Menfi de los profundos misterios, de Sodoma la lasciva, de Atenas cuna del arte, de Jerusalén la ingrata, de Roma la grande; Dios de hecho sí ha querido estas cosas, las ha querido únicamente como castigo y remedio del pecado. El pecado es responsable de los gemidos que salen del pecho de los hombres y de las lágrimas que, gota a gota, brotan de los ojos de los hombres. Pero el aspecto aún más grave del pecado, que ningún intelecto puede concebir y ninguna palabra puede expresar, es que ello ha podido arrancar lágrimas de los santísimos ojos del Hijo de Dios, suave cordero que subió a la cruz cargado de los pecados del mundo”. En el Huerto de los Olivos “conoció tristeza y turbación, y el horror del pecado era la causa de aquella insólita turbación y de aquella inusual tristeza. Su frente sudó sangre, y el espectro del pecado era la causa de aquel extraño sudor. Fue clavado sobre una madera y fue el pecado el que lo crucificó, fue el pecado el que le provocó la agonía, el pecado el que le provocó la muerte”.

El mysterium iniquitatis no tiene sin embargo su origen en el pecado de Adán y Eva sino en el de Lucifer. La desobediencia de Adán y Eva sufrió de hecho la influencia de Satanás, pero nadie influenció a Satanás, cuyo pecado no mereció el perdón de Dios, a diferencia del de nuestros progenitores, porque fue causa del mismo. Por ello, si Cristo, nuevo Adán, es el jefe de la Ciudad de Dios, no es Adán sino Lucifer el jefe de la Civitas diabuli.(Continuará)

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