MISTERIO DE INIQUIDAD: DEL NUEVO ORDEN MUNDIAL AL CAOS GLOBAL-SEGUNDA PARTE. Publicamos el texto del informe realizado por el Prof. Roberto de Mattei el 16 de mayo de 2019 en el Rome Life Forum, que se celebró en la Pontificia Universidad Santo Tomás de Aquino (Angelicum), sobre el tema “City of man vs City of God – Global One World Order vs Christendom”. El congreso fue organizado por la coalición internacional Voice of the Family

Revolución y Contra-Revolución

Por, Roberto de Mattei- Correspondencia Romana

Si San Agustín es el águila del pensamiento que, con inigualable profundidad describe la antítesis entre las dos ciudades, nadie mejor que Plinio Corrêa de Oliveira, en su obra Revolución y Contra-Revolución, describió la historia de la lucha entre la Civitas dei y Civitas diabuli en los últimos siglos.

Para el pensador brasileño existe un proceso revolucionario que tuvo su origen entre los siglos XIV y XV cuando en Europa se produce un cambio profundo de los espíritus. La filosofía del placer del humanismo generó la Revolución religiosa protestante que, más allá de las aparentes divergencias, forma un solo bloque coherente con la humanística. La Revolución Francesa recibió las tendencias liberales e igualitarias del humanismo y del protestantismo, llevándolas al plano político y social. La Revolución comunista extendió al mundo y llevó a las últimas consecuencias el odio igualitario de la Revolución francesa.

Una nueva civilización planetaria habría de substituir a la Civilización Cristiana. Durante la Revolución Francesa, el 17 de junio de 1790, un revolucionario prusiano, Anacharsis Clootz (1755-1794), se presentó ante la Asamblea como “el orador del género humano”, a la cabeza de una delegación de personajes de diferentes lenguas y nacionalidades, anunciando la construcción de una República universal que abarcaría a todos los pueblos de la tierra. Otro protagonista de la Revolución, el Abbé Henri Grégoire (1750-1831), exigió, en nombre de la igualdad universal, la abolición de la “aristocracia de la piel”. El 4 de junio de 1793 fue organizada una mascarada y desfiló hasta la Convención una representación de hombres y mujeres negras, precedidas por una bandera sobre la cual estaban pintados un mulato y un negro, armados con una pica, que llevaban un gorro frigio, símbolo de la Revolución. “Ciudadanos –anunció Grégoire, en medio del entusiasmo de los diputados de la Convención– existe aún una aristocracia: la de la piel. Ustedes la harán desaparecer”.

La utopía del mestizaje viene por lo tanto de lejos y es la expresión del panteismo igualitario de la Revolución francesa que pretendía destruir toda desigualdad, no solo social, sino también de naturaleza, para construir la contrafacción de la República cristiana medieval. Fue solo después de la caída del Imperio hasburgo, en 1918, que la utopía pareció realizarse, con el advenimiento, prácticamente contemporáneo, de la dictadura del proletariado comunista, del Tercer Reich nacional-socialista y de la Sociedad de las Naciones, después transformada en la Organización de las Naciones Unidas. Todos estos proyectos, sin embargo, fracasaron estrepitosamente. El sueño de la construcción del “novus ordo saeculorum”, que había abierto el siglo XX, fue substituido por un sueño de destrucción de signo opuesto: el reino del Caos. El Nuevo Orden Mundial es, en realidad, el caos mundial, que hoy tiene los colores del Amazonas, el paraíso feliz en el cual los pueblos indígenas se transmitieron la sabiduría del culto de la naturaleza y la Carta de la Tierra substituye la Declaración de los derechos del hombre, ahora superada por la fase tribal de la cuarta y de la quinta Revolución. El Amazonas, de territorio físico surge como lugar teológico, objeto por excelencia de la geolatría, el culto ofrecido a la Madre Tierra que absorbe en su vientre a todas las criaturas inanimadas, vientre donde todo coexiste y nada es, porque una vez anulada toda desigualdad la nada se revela el último secreto del universo. La metafísica de la nada es el corazón de la nueva religión.

Pero también este sueño nihilista viene de lejos. En los últimos días en los cuales Clootz y Grégoire exponían sus propias utopías, el Marqués de Sade (1740-1814), secretario de la tristemente célebre sección jacobina de las Picas, revelaba el verdadero objetivo de la Revolución en su planfeto Français, encore un effort si vous voulez être républicains (Franceses, un esfuerzo más si quieren ser republicanos) en el cual celebraba la apoteosis del delito y la disolución de todas las normas morales.

Antes que Sade, teórico de esta metafísica de la disolución, fue el P. Léger-Marie Deschamps (1716-1774), un monje benedictino ateo, quien influenció secretamente a Diderot y a los enciclopedistas franceses. Sus manuscritos fueron reencontrados casi un siglo después de su muerte y publicados por primera vez en la Rusia bolchevique, en 1930. El estudioso ruso Igor Safarevic y el académico polaco Bronislaw Baczko colocaron en evidencia el significado de estos escritos que deificaban el mal. Deschamps proclama la igualdad general en la cual el todo coincide con la nada: “Todos los seres fluyen y confluyen uno en el otro y todos no son sino aspectos diversos de un único género universal”. El panteísmo coincide con el nihilismo, porque todo es nada y todo debe hacerse nada. La nada es la única antítesis rigurosa al ser. El anticosmismo, que es la negación y la aniquilación de toda realidad, se manifiesta a través de la disolución de toda ética, de todo derecho, de toda sociedad, de toda familia, de toda propiedad.

Aplicando a nuestros días una célebre página de Mons. Jean-Jacques Gaume (1802-1879), podríamos decir “Si, arrancando la máscara a la Revolución, le preguntáramos: ¿Quién eres?, ella os dirá: Yo no soy lo que se cree. Muchos hablan de mí y poquísimos me conocen. Yo no soy ni la oligarquía financiera, ni el mundialismo norteamericano, ni el Moloch ruso, ni el dragón chino. No soy los inmigrantes islámicos que invaden Europa para conquistarla, ni los sodomitas que se manifiestan contra la familia para destruirla Yo no soy ni Marco Pannella ni Emma Bonino. No soy Obama ni Soros. Estos hombres son mis hijos, no son yo. Estas cosas son mis obras, no son yo. Estos hombres y estas cosas son hechos pasajeros y yo soy un estado permanente.

Yo soy el odio a todo orden religioso y social que el hombre no ha establecido y en el cual él no es rey y Dios conjuntamente. Yo soy la proclamación de los derechos del hombre contra los derechos de Dios. Yo soy la filosofía de la rebelión, la política de la rebelión, la religión de la rebelión: yo soy la negación armada (nihil armatum); soy la fundación del estado religioso y social ¡según la voluntad del hombre en lugar de la voluntad de Dios! En una palabra, soy la anarquía, porque soy Dios destronado y el hombre en su lugar. Es por ello que me llamo Revolución, es decir, derrocamiento”.

Nihil armatum: esta definición recoge la esencia de la Revolución, que no es la nada, porque si fuese la nada no existiría. Pero es una marcha organizada, una marcha armada hacia la nada, bajo el poder de aquel poder de las tinieblas del que muchas veces habla San Pablo en sus Epístolas. (Ef. 6 12; Col. 1, 13; Lc. 22, 53).

El suicidio de la Revolución

Al Señor, que de sí mismo dijo “Yo soy Aquel que es” (Éxodo, 3, 14), Satanás, jefe y alma de la Revolución, le grita: “Nada es fuera de mí y yo me odio porque soy”. El demonio querría precipitar la creación en la nada y precipitarse a sí mismo en la nada. El mysterium iniquitatis es el misterio de la tensión del mal rumbo a la nada, sin poder alcanzar esta meta. Si este suicidio total pudiese ser ejecutado, la Revolución habría prevalecido sobre Dios, una vez que el aniquilamiento -supremo acto de dominio- solo le es posible a Dios, pero también porque el mal solo existe como privación del bien y sin el bien no puede existir, como así también la enfermedad no puede existir sin el cuerpo del enfermo al que agrede. La muerte significa el fin no solo del enfermo sino también de la enfermedad que agrede. La muerte significa el fin no solo del enfermo, sino también de la enfermedad.

Es la razón por la cual el itinerario de la Revolución hacia la nada no puede alcanzar su finalidad, que es la destrucción radical y definitiva de la Iglesia y de la Civilización Cristiana. Ese bien que queda y del cual la Revolución tiene necesidad para sobrevivir es el germen de su derrota. Observamos este principio en la historia, en la cual Dios siempre se sirve de un pequeño resto íntegramente fiel para operar el gran retorno de la verdad y del bien. Un eminente biblista, Mons. Salvatore Garofalo dedicó un profundo estudio a La noción profética del Resto de Israel”, en el cual muestra como este concepto es una bisagra de la tradición profética. El principio se expresa en la fórmula residuum revertetur (un resto volverá). De hecho, Dios quiere servirse de los débiles y de los pequeños delante de los hombres para confundirlos y vencer a los poderosos.

La marcha auto-destructiva de la Revolución está destinada hacerse añicos contra un resto de verdad y de bien que constituye el principio y el presupuesto de su derrota. Donde hay una vela que arde, una luz brilla, más o menos intensamente, según la llama de amor que la consuma. Este resto, aunque sea mínima la luz que brilla en la noche, tiene en sí la fuerza irresistible del amanecer, la fuerza del nuevo día de sol que comienza. La luz penetra, ilumina, calienta, vivifica, como el bien que por su naturaleza es comunicable, fecundo, difusivo. El mal, por su naturaleza, es estéril e infecundo. Este es el drama del mal: no es capaz de extinguir el último resto de bien que sobrevive. Aunque también el mal, ciertamente, se puede difundir. Su fuerza, sin embargo, no es intrínseca sino extrínseca. Se difunde a través de las acciones de los malvados, hombres y demonios, y se impone con la astucia y con la violencia, no con la fuerza pacífica y conquistadora de la verdad y del bien. En este sentido es un “nihil armatum”.

Jesús dijo “Yo soy la luz del mundo; el que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida.” (Jn. 8, 12). El demonio quiere apagar la luz del mundo, quiere sumergir al mundo en las tinieblas, a imagen de su reino. Pero las tinieblas no tienen en sí mismo la fuerza para derrotar total y definitivamente a la luz, porque es de la luz que también ellas obtienen la propia existencia.

El mundo infernal es el mundo del caos tenebroso, expresado por las criaturas deformes esculpidas en el exterior de las catedrales medievales y en las figuras grotescas de los cuadros de Hieronymus Bosch.

La imagen del Cielo no puede ser representada en una pintura. Tal vez solo una catedral gótica o románica pueda dar un lejano reflejo. Y si una catedral se incendia quiere decir que el infierno penetró en la misma, porque el lenguaje de los símbolos tampoco pierde su fuerza expresiva en el siglo XXI (Continuará)

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