MISTERIO DE INIQUIDAD: DEL NUEVO ORDEN MUNDIAL AL CAOS GLOBAL-TERCERA PARTE Y FINAL. Publicamos el texto del informe realizado por el Prof. Roberto de Mattei el 16 de mayo de 2019 en el Rome Life Forum, que se celebró en la Pontificia Universidad Santo Tomás de Aquino (Angelicum), sobre el tema “City of man vs City of God – Global One World Order vs Christendom”. El congreso fue organizado por la coalición internacional Voice of the Family

La obra seductora del demonio

Por, Roberto de Mattei- Correspondencia Romana

La Revolución es satánica en su esencia, porque tiene como objetivo deshacer la obra de la Creación y de la Redención para construir el Reino social del demonio, un infierno en la tierra que prefigura el de la eternidad, como así también el Reino social de Cristo prefigura el Reino del Paraíso celestial.

Es verdad de fe que los demonios existen, que combaten a los hombres, los tientan y a veces los invaden. La principal actividad de Satanás es la de la tentación. El demonio insinúa, instiga, induce a pecar. En este sentido él es, al menos indirectamente, la causa de nuestros pecados. El mismo Jesucristo tuvo la experiencia de esta acción del tentador, que le dijo: “Haec tibi omnia dabo, si cadens adoraveris me”: “Yo te daré todo esto si postrándote me adoras” (Mt. 4,9)

El Cuerpo Místico de Cristo se fundamenta en dos pilares: su estructura visible, cuyo vértice es el Papa, Vicario de Cristo, y su estructura invisible, compuesta por los santos, de quienes Nuestra Señora representa el modelo y el resumen, al punto de poder ser definida “Vicaria de Cristo”, en virtud de que se refiere a la autoridad no visible, sino invisible, que ejerce sobre sus verdaderos devotos, como corazón de la Iglesia.

La principal obra del demonio es conquistar las cúpulas visibles o invisibles del Cuerpo Místico de Cristo: las autoridades que gobiernan a la Iglesia y los santos que profesan y viven la Verdad.

La tentación para los hombres que representan a la Iglesia visible es el poder. El demonio les sugiere no servir a la Iglesia sino a sus propias ambiciones. Pero las almas que más preocupan al demonio son las llamadas a la santidad. Satanás está sobretodo a la búsqueda de quienes, como él, recibieron más gracias de Dios. La seducción consiste en convencer a estas almas que el bien que hacen es fruto de su propio esfuerzo y de su propio mérito, haciéndoles olvidar que todo aquello que de bueno realizan es obra de Dios. A estas almas el tentador les ofrece la autocomplacencia de los dones que recibieron para transformarlos de humildes en orgullosos y si esto no es posible les ofrece entonces la tentación de no tender al máximo bien, que es la perfección, sino contentarse con el bien menor que, con frecuencia, es un mal, substituyendo el camino pedregoso de la Cruz, por una espiritualidad acomodaticia que renuncia al heroísmo.

Satanás prefiere conquistar, en vez de a laicos, a hombres de la Iglesia, aquellos que tienen la vocación más alta; perder a un alma pura y generosa, perder a un santo, perder a un Obispo, perder a un Papa: esa es la mayor conquista de Satanás. Para eso es necesaria la mayor seducción posible, que consiste en no proponer a su víctima groseros bienes materiales, sino bienes espirituales alternativos apelando al deseo de absoluto del hombre. León XIII, como dejó testimonio en su Exorcismo, vio el trono de la abominación y de la impiedad, puesto incluso “ubi sedes beatissimi Petri et Cathedra veritatis ad lucem gentium constituta est”.

Las puertas del infierno y las puertas del Cielo

En el Apocalipsis San Juan habla del abismo del cual Satanás es el rey (Ap. 9, 11), porque posee las llaves (ib.9, 1); cuando abre las puertas para desencadenar sobre el mundo y sus satélites «subió del pozo una humareda como la de un horno grande, y el sol y el aire se oscurecieron con la humareda del pozo.» (ib. 9, 2).

Demonios y vapores salen del infierno, se difunden en la tierra, penetran en el interior del templo de Dios. La humareda de Satanás anestesia antes de provocar la muerte. Pero las puertas del infierno no prevalecerán, porque también se abren las puertas del Cielo y de ellas salen torrentes de gracias que purifican el aire y despiertan a los durmientes, dándoles la fuerza para combatir. La fuerza de la gracia nos llega a través de los sacramentos, a través de la Santísima Virgen María, y a través de las innumerables gracias que recibimos y a las que correspondemos. A través de las puertas del Cielo, además, afluyen hoy sobre la tierra legiones de ángeles en lucha con los demonios. Si es verdad, como afirma Santo Tomas, que “todas las cosas físicas son gobernadas por los ángeles”, ello significa que todo aquello que nos circunda, todo aquello que sucede, es gobernado por los ángeles, presentes en cada instante y en todo lugar, protagonistas del plan divino, guías en la lucha contra el demonio, el mundo y la carne que llevamos a cabo todos los días.

Las dos ciudades, compuestas por los Ángeles y por los hombres, siempre y dondequiera están confundidas en la tierra y por ello su enfrentamiento es continuo y universal. Entre ellas no hay compromiso posible. Nosotros, hasta que la sangre no corre, creemos estar en paz. En realidad estamos en guerra. Los Ejercicios espirituales de San Ignacio recuerdan la actitud militante del cristiano, llamado a escoger entre dos banderas, que no son otras que las dos ciudades de las que habla San Agustín. San Ignacio y San Agustín no hacen sino explicitar la máxima evangélica según la cual nadie puede servir a dos señores o adherirá a uno o despreciará al otro porque adherirá al uno y odiará al otro” (Mt. 6, 24; Lc.16, 13). Nuestra vida es un momento de esta lucha, que es la historia de una guerra sin cuartel entre los servidores del orden de Dios y los secuaces del caos infernal. Por otra parte, escribe precisamente Santa Ildegarda di Bingen, la racionalidad, que es la más alta prerrogativa de las almas espirituales, “consiste en la posibilidad de elegir entre dos partidos, tomando consigo aquello que escoge y rechazando su opuesto, porque en una elección no se pueden escoger juntas dos cosas discordantes”.

¿Reino del Anticristo o Reino de María?

Hoy la victoria parece sonreír al demonio y podemos preguntarnos si nuestra época coincide con la era del Anticristo, la suprema expresión del mal en historia. Sin embargo, si así fuera, deberíamos concluir que estamos en el fin del mundo y que hemos llegado habiendo conocido el reino social del demonio, pero no el Reino social de Cristo. Los protestantes, los modernistas y sus precursores y secuaces, aún admitiendo a Cristo, niegan a la Iglesia o, no negándola, la consideran invisible, y por tanto niegan su triunfo. Su concepción es la de una Ecclesia spiritualis o invisibilis, reducida a una congregación de predestinados, a una asamblea de santos, destinados a ser perseguidos, sin nunca ser victoriosos en la historia. Ello deriva en una escatología catacumbalista y victimista, que rechaza a la Iglesia constantiniana y al ideal del Reino social de Cristo. Hoy muchos católicos hacen suya esta teología protestante y modernista. La secularización es considerada irreversible y la Iglesia reducida a una minoría de fieles que renuncia a conquistar el espacio público. De ahí la tentación de creerse en el fin del mundo y de deponer las armas, refugiándose en la espera. No se combate el mundo, porque no se cree en el deber de “instaurare omnia in Christo”, de restaurar la Civilización Cristiana sobre las ruinas del mundo moderno, de acuerdo con el gran programa de San Pío X.

Dios sin embargo no coloca en el corazón del hombre deseos irrealizables y la aspiración de tantos católicos devotos al Reino social de Cristo está destinada a realizarse en la historia antes que el fin de los tiempos. Ello significa que no estamos viviendo los tiempos del Anticristo, sino únicamente una época anticristiana, aquella de la cual San Juan dice: “Nunc Antichristi multi facti sunt” (1 Jn. 2, 18). La principal prueba de ello está en la batalla que conducimos contra la Revolución para instaurar el Reino social de Jesús y de María, que no será otro que el triunfo de la Santa Iglesia en la sociedad y en los corazones. Combatimos porque Dios ha puesto en nuestros corazones el amor por la lucha.

El objeto de nuestra esperanza

La nuestra no es una batalla sin esperanza. Quien no espera desiste de la lucha y quien continúa combatiendo lo hace porque está animado por la esperanza. La esperanza es la virtud que ilumina las tinieblas de la noche. En la noche nosotros no vemos y el objeto de nuestra esperanza es propiamente aquello que nuestros sentidos no ven, porque únicamente se ejercita la esperanza cuando no se ve aquello que se espera. Por ello ejercitamos la virtud de la esperanza solo en esta tierra: en el Cielo poseeremos aquello que hoy esperamos. En este sentido, quien espera es semejante a quien ya posee. Esperando, él ya posee en la tierra de manera imperfecta aquello que un día poseerá de manera perfecta en la eternidad.

El Concilio de Trento enseña que la esperanza es un deber del cristiano: “In Dei auxilio firmissimam spem collocare et reponere omnes debent.” Porque, como dicen los teólogos, no se puede esperar sin fe, la mayor virtud de la Iglesia militante es aquella suma de fe y de esperanza que se llama confianza, la cual consiste en creer y esperar los bienes que a nuestros sentidos aparecen más lejanos. San Pablo define la confianza como “gloriam spei (la esperanza de la gloria”) (Hebr. 3, 6) y Santo Tomás de Aquino como “spes roborata ex aliqua opinione”, “la esperanza fortalecida por una sólida convicción”.

La esperanza fortifica nuestras acciones y hace eficaces nuestras oraciones. Es bello luchar en defensa de una Iglesia, de la cual está velada la deslumbrante belleza, pero que amamos, porque creemos y esperamos en ella. Si en el Cielo no habrá esperanza es porque ya se tendrá la posesión del bien esperado, en el infierno se tendrá una eterna desesperación, porque se sufrirá la ausencia del bien en el cual no se ha creído y no se ha esperado. Y aquello en lo cual creemos y esperamos no es otro sino Dios y todos los bienes que a Él nos acercan. Por ello, con San Claudio de la Colombière, repetimos: “Os espero a Vos mismo de Vos mismo ¡oh Creador mío! Para el tiempo y para la eternidad.

Todo podemos perder excepto la confianza. Confiemos no únicamente en obtener el premio de las buenas obras sino también, como dice San Agustín, en la realización, con la ayuda de Dios, de dichas buenas obras. Confiemos en luchar hasta la victoria porque la esperamos y porque el objeto de la esperanza es el mismo Dios, que esperamos no solo poseerlo un día en el Cielo, sino glorificarlo ya en la tierra combatiendo por el Reino social de Jesús y de María, del cual Él nos hace esperar la realización. El Señor enciende la esperanza en los corazones que esperan en Él y quien espera lo hace porque ha recibido el don de la esperanza. Una inmensa confianza, alimentada por la promesa de Fátima, anima nuestra lucha en la batalla en la tierra de la cual el Cielo se complace.

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