NOVEDAD EDITORIAL: CUATRO AÑOS CON FRANCISCO, LA MEDIDA ESTA COLMADA-II Continuación de la obra del mismo autor: TRES AÑOS CON FRANCISCO – La impostura bergogliana, publicada en marzo de 2016.

Por, Alejandro Sosa Laprida

Introducción

  1. El homosexualismo no es condenado sino « integrado »
  1. El laicismo va en el sentido de la « Historia »
  1. Iglesia y Sinagoga, una misma dignidad
  1. Herejías caracterizadas
  1. Destrucción del matrimonio y abolición del pecado por la falsa misericordia
  1. El mundialismo, la ecología y la encíclica Laudato Si’
  1. Blasfemias espeluznantes
  1. Apoyo al islam y a la inmigración musulmana en Europa
  1. Francisco, Teilhard de Chardin y el panteísmo
  1. Francisco, paroxismo del ecumenismo conciliar
  1. La cuestión de la pena de muerte
  1. Hacia un gobierno mundial

Conclusión

« Los más astutos enemigos han llenado de amargura a la Iglesia, esposa del Cordero Inmaculado »[2]

  Introducción

Hablar de Francisco podría resultar no sólo un ejercicio desagradable sino, sobre todo, peligroso, y esto por una doble razón, concerniente al pasado y al futuro. En lo relativo al pasado, existe el riesgo de concentrarse excesivamente en la persona de Bergoglio y de olvidar, por ello, de dónde proviene la crisis actual, que, en lo esencial, no es asunto de Bergoglio, ya que él no hizo sino exacerbarla y llevarla hasta sus últimas consecuencias. En lo referente al futuro, el riesgo es el de perder de vista el sentido de esta crisis espantosa, quedando de alguna manera prisioneros de la presente pesadilla y olvidando que, si Dios la permite, es para hacer mejor resplandecer la gloria de Nuestro Señor cuando Él se digne intervenir para castigar a los malvados, recompensar a los justos y restaurar todas las cosas.

El primer riesgo consiste entonces en perder de vista la perspectiva global y en sobreestimar a una persona en detrimento de un sistema del cual ella no es sino una pieza intercambiable. El segundo, más grave aún, reside en el debilitamiento de la virtud teologal de la esperanza, olvidando que Nuestro Señor ya ha vencido el mal y que nosotros tendremos parte en su victoria, por la gracia de Dios, si permanecemos fieles a Él.

He aquí porqué me esforzaré primeramente en demostrar, en referencia al pasado, que la raíz de los errores bergoglianos toman su origen en el Concilio Vaticano II. En segundo lugar, en referencia al futuro, y para no ser presa del desaliento, trataré de destacar el aspecto escatológico de la crisis actual, recordando, al decir de San Pablo, que « Dios dispone todas las cosas para bien de los que lo aman » (Rm. 8, 28). Y que el pleno desenvolvimiento del misterio de iniquidad, incluso « en el lugar santo » (Mt. 24, 15), es permitido por Dios para hacer brillar aún más su triunfo al tiempo del Juicio de las Naciones, el glorioso Dies Irae en el que será destruido el imperio del mal.

Corruptio optimi pessima, la corrupción de lo mejor es lo peor que pueda darse. La mayor autoridad moral de la tierra puesta al servicio del mal y de la mentira resulta necesariamente el principal factor de acción revolucionaria en el mundo. Como lo dije antes, esta obra de iniquidad no es exclusivamente fruto de Francisco, ya que él abreva en la fuente envenenada de Vaticano II, de la cual es el más reciente de los propagadores. Pero es cierto que, con él, la revolución en la Iglesia ha alcanzado un nivel inédito, ha efectuado un auténtico salto cualitativo, haciéndose  omnipresentes el error y la mentira, la blasfemia y el sacrilegio, los que se manifiestan ya con tal desvergonzado impudor y con un tan frenético recrudecimiento, que vuelven irrespirable la atmósfera espiritual.

A cuatro años de pontificado, la obra de devastación perpetrada por Francisco supera lo imaginable: necesidad de una conversión ecológica; pedido de perdón a los « gays » por haber sido « discriminados » por la Iglesia; construir una « nueva humanidad » a través de la « cultura del encuentro »; la Iglesia y la Sinagoga poseen la « misma dignidad »; María y la Iglesia tienen « defectos »; Lutero no se equivocó con la doctrina de la justificación; los Estados católicos son incompatibles con el sentido de la « Historia »; los musulmanes son « hijos de Dios »; la pena de muerte para los criminales es « inadmisible »; la especie humana « se extinguirá » algún día; no existe un Dios católico; la multiplicación de los panes no tuvo lugar; Dios se sirve de la evolución y no hace « magia »; el matrimonio cristiano no es más que un « ideal »; transmitir la fe en el lenguaje de los luteranos o de los católicos es « lo mismo »; la Iglesia en el pasado tuvo « comportamientos inhumanos » pero gracias al CVII aprendió el « respeto » hacia las otras religiones… La lista es interminable[3].

Este estudio no se propone ser exhaustivo (pero, ¿cómo podría serlo, sin adquirir proporciones enciclopédicas?): sólo tiene el modesto objetivo de pasar someramente revista a las principales aberraciones y estragos consumados por este hombre idolatrado por los medios de comunicación del sistema y adulado por todos los enemigos de la Iglesia. Las iniquidades de este pontificado son de una tal amplitud e indecencia que no puede uno impedirse el decir con el salmista: « ¡Levántate, Juez de la tierra! ¡Da a los soberbios el pago de sus obras! ¿Hasta cuándo, Señor? ¿Hasta cuándo triunfarán los malvados? ¿Hasta cuándo hablarán con arrogancia y se jactarán los malhechores? » (Sal. 94, 2-4) Atención, Francisco: la medida está colmada…

“Dejate misericordiar”

Federico Mihura Seeber

Entre las múltiples herejías y blasfemias de “Papa Francisco”, se destaca la profanación de una de las más excelsas verdades del cristianismo: la de la infinita Misericordia de Dios para con el hombre pecador. Ello constituye una prueba en ejercicio de su apostasía. Porque se ha pasado al Enemigo, llevándole, para su beneficio, esta verdad, inmensamente consoladora para el fiel, corrompiéndola.

Lo digo, en efecto, con plena convicción: la infinita Misericordia de Dios para con el hombre pecador ha sido profanada en boca -y en gestos- del actual pseudo-Papa Bergoglio. Pro-fanada: vertida según el gusto y los parámetros del Mundo Moderno. Ha arrojado esta maravillosa “perla” del Mensaje cristiano, “a los cerdos”, a sabiendas de que los cerdos la embarrarían hasta hacerla irreconocible.

Y es que, ciertamente, la Misericordia de Dios es infinita. Pero si ello es así es porque la gravedad del Pecado es infinita. Así lo enseñó siempre la Santa Iglesia. Que el pecado tiene una dimensión infinita, no sin duda porque el agente del Pecado sea infinito, sino porque Dios, el destinatario de la Ofensa, es infinito. Para hacerlo más claro: es el Amor infinito de Dios, el Ofendido por el Pecado. Ya que es el Amor infinito de Dios el que, gratuitamente, nos ha creado: nos ha traído de la nada al ser. Contra ese Padre, infinitamente amante de la criatura, es la Ofensa del Pecado, de cualquier pecado (“Contra Ti, contra Ti solo pequé, haciendo lo que es malo a Tus ojos” Sal. 51,6).

De modo tal que, si el Pecado es de gravedad infinita, la Misericordia de Dios al perdonarlo, es también una Misericordia infinita. La Misericordia es Amor. Y así, es el mismo Amor infinito que nos ha creado, el que nos perdona el Pecado. El mismo Amor que, en cierto modo, nos vuelve a crear. La Misericordia es Amor. Sólo que Amor dolido. Dios “se duele” infinitamente por la suerte en que ha quedado el pecador, después del pecado. Porque ha quedado en mucho peor “situación” a la que “tenía” antes de ser creado: cuando aún no era (Sin duda, es un modo de decir: porque no hay situación alguna para quien no es). Infinita es, pues, la conmiseración del Creador para con su creatura pecadora.

Misericordia infinita de Dios… El Amor de Dios penetra hasta el último hondón, infinito, del Pecado. Es evidente, entonces: sólo Dios puede perdonar el Pecado. Sabemos a qué precio. Sabemos a qué “costo” para Él: ofreciéndose Él mismo, en su Hijo encarnado, como víctima propiciatoria. Esta es la “perla”, la perla más insigne del Mensaje cristiano. Esta es la Buena Nueva: que el Pecado, esta tremenda carga de la Humanidad, que es mucho peor que no haber sido, es perdonado, por los méritos y la fe en Jesucristo. Lo cual es, en lo cual consiste, esencialmente, la Salvación (Porque no consiste, en esencia, la salvación, en otra cosa: no en la liberación del dolor y de la muerte, no en la liberación de la enfermedad, ni de la guerra, sino sólo en esto: en la liberación de la Culpa Infinita).

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