OTRAS VOCES: NI NUEVA NI INJUSTA NI TRAIDORA. PRIMERA PARTE. La reciente resolución de las Naciones Unidas que, entre otras cuestiones, se refiere a los asentamientos israelíes en los territorios ocupados, ha provocado una reacción extraordinaria en ambientes políticos y mediáticos.

Por César Vidal

La reciente resolución de las Naciones Unidas que, entre otras cuestiones, se refiere a los asentamientos israelíes en los territorios ocupados, ha provocado una reacción extraordinaria en ambientes políticos y mediáticos.  La razón fundamental es que Estados Unidos, en lugar de vetar la resolución, se abstuvo permitiendo que ésta fuera aprobada por práctica unanimidad.  Las lecturas del hecho han ido de afirmar que Obama ha traicionado a Israel, “nuestro aliado” a señalar que la paz mundial está en peligro pasando por señalar que el mundo está en peligro.  Semejantes afirmaciones son comprensibles según quien las ha emitido, pero se corresponden poco o nada con la realidad ya que la resolución no es ni nueva ni injusta ni traidora.

De entrada, la resolución no ha sido un documento contra Israel aunque así lo ha interpretado el gobierno de Netanyahu, un sector de la opinión pública israelí y judía – ha habido sectores que, por el contrario, lo han contemplado de manera positiva – y diferentes instancias políticas y mediáticas especialmente en Estados Unidos.  De hecho, en sus páginas aparecen referencias muy claras de condena al terrorismo e incluso de aquellas conductas que intentan caldear todavía más el ya bastante tórrido panorama de Oriente Medio.  No es menos cierto que el documento apelaba de manera especial al cumplimiento de la Cuarta convención de Ginebra relativa a la protección de civiles en tiempo de guerra.  Dicha convención, redactada en 1949, es reconocida en la actualidad por 196 naciones y establece en su artículo 49 la prohibición terminante para cualquier potencia que ocupe territorio enemigo de transferir a sus propios civiles al territorio que ocupa.  De manera semejante, el artículo 55 de las regulaciones de la Haya ordena también de manera terminante a los poderes de ocupación que salvaguarden la propiedad de la gente que vive en territorios ocupados y que mantenga el statu quo.  Estas disposiciones persiguen una finalidad de justicia indudable y es evitar que los invasores que ocupan un territorio aprovechen semejante circunstancia para desalojar a sus habitantes, para establecer a sus propios nacionales y para terminar por apoderarse de un territorio sobre el que carecen de derecho.  Semejantes normas son desde 1993 obligatorias para todas las naciones al considerarse que las convenciones de Ginebra ya han pasado al derecho internacional consuetudinario.

En otras palabras, dado que Israel está construyendo asentamientos en territorios ocupados desde 1967, a pesar incluso de las conversaciones de paz, viola de manera sistemática la IV Convención de Ginebra y debe ser advertido de que semejante conducta es intolerable.  No se trata, pues, de una resolución injusta sino escrupulosamente legal de acuerdo con el derecho internacional.  Es más, Estados Unidos ha mantenido esa misma posición desde hace años aunque, en la práctica, no haya hecho nada para obligar a Israel a someterse a la legalidad.  Tampoco lo ha hecho ahora sino que se ha limitado a no utilizar su poder de bloqueo en el Consejo de seguridad de las Naciones Unidas.  Considerar que ese paso es una traición – y más cuando Obama apoyó hace unas semanas una ayuda económica para Israel que supera la cuantía de todo el Plan Marshall – resulta, como mínimo, exagerado. Con todo, resulta obligado ver los antecedentes del problema para intentar colegir cuáles serían las posibles soluciones si es que éstas existen.

En 1878, la población del territorio que convencionalmente conocemos como Palestina y que incluía el actual Israel y los denominados territorios ocupados era de un 96.8 por ciento de árabes, tanto cristianos como musulmanes, y de 3,2 por ciento de judíos.  La situación experimentó un impulso favorable a los sionistas cuando, en 1917, la Declaración Balfour, derivada del gobierno británico, señaló sus deseos de aceptar la creación de un hogar nacional judío en el mandato de Palestina aunque – el matiz es muy relevante – respetando los derechos de la población de la zona.

Gracias a un creciente proceso migratorio, en 1922 el porcentaje de árabes en Palestina era de 87.6 por ciento y el de judíos de un 11 por ciento.  En esa década comenzaron a producirse enfrentamientos entre comunidades al ir adquiriendo los judíos propiedades que, previamente, habían pertenecido a propietarios árabes absentistas.  Apenas una década después – en 1931 – el 81.6 por ciento de la población era árabe y el 16.9 por ciento, judío.  Durante esa década el número de judíos se fue incrementando con sucesivas oleadas de inmigrantes a la vez que los británicos, que desde 1917, controlaban el mandato de Palestina reprimían con especial dureza a la población árabe hasta aniquilar de manera prácticamente total su dirección.

Se trató, por otra parte, de acontecimientos previos al estallido de la Segunda Guerra Mundial y relacionados, fundamentalmente, con el desarrollo colonial del imperio británico.  Aplastar a unos árabes a los que se había prometido la independencia en el curso de la Primera guerra mundial, pero a los que se convirtió en súbditos del imperio era prioritario y, para lograr ese objetivo, no faltó el concurso sionista que, por añadidura, consideraba muy apreciable el entrenamiento que recibió de oficiales británicos como O. Wingate.

Gran Bretaña limitaría ocasionalmente la entrada de judíos por razones de seguridad.  Los sionistas llegaron a un acuerdo con el III Reich – en el mismo tuvo un papel esencial Eichmann – encaminado a enviar a los judíos de los territorios regidos por Hitler a Palestina.  Ha sido un historiador israelí, Tom Segev, el que ha desvelado muchos de los términos del acuerdo – los sionistas, por ejemplo, no deseaban recibir ancianos o enfermos sino hombres robustos – que los británicos vieron, no sin razón, como una vía para que Hitler llenara de espías Oriente Medio.  En términos generales, los sionistas mantuvieron buenas relaciones con los británicos salvo en el caso de grupos terroristas como el que contaba entre sus militantes a Menahem Begin y que no dudó en perpetrar atentados como la explosión del Hotel Rey David.

En 1947, con una Gran Bretaña empobrecida por la Segunda guerra mundial y deseosa de irse desprendiendo de su imperio, la ONU decidió dividir el mandato de Palestina en un estado árabe y otro judío.  Los árabes tenían el 69 por ciento de la población y la propiedad del 92 por ciento de la tierra, pero sólo recibirían el 43 por ciento de la tierra.  Por el contrario, los judíos siendo el 31 por ciento de la población y teniendo menos del 8 por ciento de la tierra iban a recibir el 56 por ciento del territorio.  Por añadidura, la tierra más fértil pasaría a manos de los judíos.  En este reparto – a todas luces discutible – pesó la mala conciencia de las naciones occidentales por el Holocausto.  Sin embargo, no deja de ser llamativo que esa mala conciencia intentaran calmarla con territorio y población situadas fuera de Europa.

Por otro lado, estas circunstancias permiten entender por qué los árabes rechazaron semejante partición – ¿lo hubiera aceptado alguno de los lectores para su nación y en beneficio de recién llegados que apelaban a derechos históricos de milenios atrás? – y porqué los sionistas la recibieron con entusiasmo.   Con entusiasmo, pero también con realismo porque eran conscientes de que se les adjudicaban territorios donde la presencia árabe era total o muy mayoritaria.  Conscientes de ese problema, antes de que se proclamara el estado de Israel, las fuerzas armadas sionistas llevaron a cabo una serie de acciones violentas conocidas como plan Dalet que incluyeron, entre otras conductas, asesinatos masivos y violaciones y cuya finalidad era obligar a los árabes a abandonar sus tierras.  El episodio de la matanza de Deir Yassin es conocido, pero no fue el único.  De esa manera unos 300.000 árabes fueron expulsados de sus propiedades antes de que un solo soldado de un ejército árabe pusiera su pie en territorio del mandato de Palestina en 1948.  En otras palabras, antes del inicio de la guerra de independencia de Israel, centenares de miles de palestinos habían sido expulsados de sus tierras por las fuerzas sionistas.  El mérito historiográfico de haber documentado estos hechos ha correspondido fundamentalmente a historiadores israelíes.  Se puede discutir el que uno de ellos – Ilan Pappé – haya calificado estos hechos como ”limpieza étnica”, pero es innegable que los hechos tuvieron lugar y que pretendían, como se desprende de la documentación israelí, la expulsión de los árabes de sus territorios.

Al término de la guerra de independencia, Israel con una posesión inicial de menos del 8 por ciento de la tierra, se había apoderado del 78 por ciento.  Setecientos mil palestinos fueron a parar a campos de refugiados mientras los pueblos árabes eran arrasados y convertidos en tierra fértil o en asentamientos israelíes.  De hecho, de las 500 poblaciones árabes, cuatrocientas fueron destruidas por las fuerzas israelíes.  Sin duda, la situación era mala y planteaba problemas jurídicos graves como el del derecho de retorno que está reconocido por el derecho internacional, que era aplicable a centenares de miles de palestinos y cuyo bloqueo fue sistemático por parte de Israel.  Con todo, debe reconocerse que la situación aún empeoró más cuando en el curso de la guerra de los seis días en 1967, Israel ocupó militarmente Gaza y Cisjordania y cuatrocientos mil árabes fueron expulsados de sus hogares.  La mitad lo era por segunda vez en menos de veinte años.  De manera inmediata, las autoridades israelíes, en contra de lo establecido en la IV convención de Ginebra, comenzaron a asentar población propia en los territorios ocupados militarmente.  Lo que ya era un problema grave, se iba a convertir en un semillero de conflictos.

Por añadidura, desde el inicio de la ocupación israelí más de cuatrocientos mil palestinos han sido detenidos.  En muchos casos, las detenciones han sido justas y se han relacionado con acciones delictivas e incluso terroristas.  Sin embargo, como se han ocupado de poner de manifiesto organizaciones israelíes de Derechos humanos, no es menos cierto que muchas veces las detenciones se realizaron sin cargos, en condiciones inhumanas y acompañadas de la práctica de la tortura que, en determinadas condiciones, es legal en Israel.(Continuará)

2 comentario sobre “OTRAS VOCES: NI NUEVA NI INJUSTA NI TRAIDORA. PRIMERA PARTE. La reciente resolución de las Naciones Unidas que, entre otras cuestiones, se refiere a los asentamientos israelíes en los territorios ocupados, ha provocado una reacción extraordinaria en ambientes políticos y mediáticos.

  1. Realmente, la hiel que destilan los poros de quienes “opinan” aquí (no argumentan, y meten la pata con errores de bulto garrafales) es tan antigua como su estilo de redacción (con sus faltas). Del año de la patata, o año de la nana, que decimos en algunas partes del mundo: o de Maricastaña (una heroína gallega que se cargó a un obispo que extorsionaba a la feligresía con unas exacciones de dimensiones criminales).
    En países donde la democracia más o menos es cosa de todos, y no de unos iluminados viejunos en cuya cabeza ya solo queda caspa, y donde la justicia no se ejerce fusilando ni siquiera a los mayores criminales, como ustedes sugieren hacer en esta misma web anterior a la primera Glaciación, muchas de las afirmaciones que aquí se vierten llevarían a sus autores a juicio. Por agresiones verbales en todas sus vertientes. Hay quien, como ustedes, se creen que decir lo que les sale del pellejo de su fétida alma cuando les da la gana, es ser valiente o incluso un héroe. Pero miren, todo lo que aquí se lee les define como una escoria rellena de vitriolo y no como unos enardecidos defensores de quién sabe qué causa, pero desde luego, una muy sectaria, seguro. Saben que en este mundo, el real, son ustedes una minoría y que además cada vez queda menos lugar para su grupúsculo de pretenciosos seudopensadores rabiosos, radicales (ustedes sí lo son), filonazis protozoicos, , supremacistas blancurrios descoloridos, metafascistas integristas seudocatólicos y seudocristianos? Saben que en la corteza terrestre cabemos todos -nos llevemos bien, mal o peor- menos ustedes, que en cada latido emiten 5000 gigas de odio, que huelen a distancia como la misma muerte (parca fría, como escribe el “ilustrado” Artalejo en un artículo horroroso que hemos leído hoy en Madrid un grupo de gente y nos ha hecho sentar mal la comida del día de Reyes), que no saben buscar en el diccionario palabras como “perpetrar” ni en una gramática la colocación de las comas? Opinar pueden opinar lo que quieran, pero diferencien sus opiniones de las informaciones, principio básico del periodismo. Les recomiendo que se vayan de vacaciones a La Habana, ahora que va a ser suya, y se alojen en la hostería del Convento de las hermanas Brigidinas (entre Teniente Rey y Muralla), o sea,la Ordine del Santissimo Salvatore di Santa Brigida. Así verán que hay monjas vivas en Cuba. También pueden rezar con los Agustinos, y, ya más próximos a ustedes, alternar con los calculadores señores del Camino Neocatecumenal (los Kikos) que hace años ya sentaron cátedra en La Habana. Todo esto lo digo porque me parece que aunque alardeen y se jacten de ser católicos, les falta muy mucho de piedad, humildad, sentido de la justicia y de la verdad, así que pueden repararse in situ en su amada (¿?) Cuba. Para más información en este campo, les recuerdo o les digo, por si no lo saben, que hay mucho donde elegir, pero entre las órdenes y las congregaciones masculinas con un mayor número de personal consagrado están los jesuitas, salesianos, franciscanos y paúles. Por otra parte, entre las órdenes y congregaciones femeninas con un mayor número de devotas se encuentran las Hermanitas de los Ancianos Desamparados, Carmelitas Descalzas, Dominicas, Hijas de la Caridad, Oblatas Misioneras de María Inmaculada, Siervas de María y Misioneras de la Caridad (madre Teresa de Calcuta).
    Las asociaciones en activo funcionamiento son la Conferencia de Obispos Católicos de Cuba (COCC), la Conferencia Cubana de Religiosos (CONCUR), comisiones episcopales, archidiocesanas, diocesanas y parroquiales, y organizaciones laicas.
    Deberían tranquilizarse un poco. Aplíquense mucha tila, mucha caridad cristiana, mucha información, mucha cultura, y déjense en un quirófano toda esas escamas de animal antediluviano que lastran su comunidad de ególatras salvajes. Son ustedes lo peor.

  2. Sra. Corral, su catilinaria–sí totalmente desfasada y digna de la época del Frente Popular en España–solo nos produce risa.

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