PARA LECTORES INTELIGENTES: CÁTEDRA DE POLÍTICA E HISTORIA- MUNDO NACIONAL-SINDICALISTA- Rescatamos la ponencia de Miguel Argaya Roca: Los falangistas y el franquismo en diez asaltos (III)

RAIMUNDOFDEZCUESTA

Foto:Raimundo Fernández Cuesta

MIGUELARGAYAROCATexto original de Miguel Argaya Roca (en la foto de la izquierda) publicado en El Municipio, España. (Ilustraciones agregadas por Nuevo Acción)

Cuarto asalto, julio de 1938-agosto de 1939: Serrano se reagrupa y construye “su” Falange

No cabe duda de que la Falange legitimista ha recibido en ese cuarto asalto una nueva derrota en toda regla. En consecuencia, cunde el desánimo. Ya no habrá más movimientos estratégicos hasta el final de la contienda, y Serrano aprovecha la tregua  para componer sus filas. Con la ayuda impagable de Ridruejo, de Martínez de Bedoya y de Sanz-Bachiller, comienza a atraerse a los falangistas menos conformes con la fracasada estrategia de los legitimistas, como José Luna y José Antonio Maravall. Su plan consiste en convertirse en el centro ideológico de la nueva Falange, arrebatandoles la bandera a sus adversarios. Logra arrastrar también al proyecto a algunos de aquellos viejos jonsistas que, recelosos hacia José Antonio Primo de Rivera, no habían querido unirse a la Falange original en 1934, como Souto Vilas, Jesús Ercilla y Montero Díaz.

Con esos mimbres, que se unen al ya citado grupo serranista de falangistas de nuevo cuño (Tovar, Laín Entralgo, Torrente Ballester, Giménez Arnau), Serrano organiza un potente grupo intelectual promotor de un nacionalsindicalismo teñido de totalitarismo pero notablemente gaseoso en lo social. A su abrigo, todos los planteamientos revolucionarios del falangismo original van siendo pospuestos o simplemente descartados. El mismo Fuero del Trabajo, principal arma de las posiciones antiliberales, se convierte en la práctica en “papel mojado”. Sus postulados no acaban de verse reflejados en una legislación concreta, con lo que su vigor revolucionario -ya escaso de por sí- acaba finalmente en nada. Los legitimistas, entre tanto, se conforman con sobrevivir, que no es poco. El susto de junio de 1938 ha sido vacuna para largo tiempo. Miedo y tiempo que Franco utiliza para consolidar su régimen, y Serrano su posición.

En diciembre de 1938, Serrano da un nuevo golpe a las aspiraciones legitimistas: muere Martínez Anido, ministro de Orden Público, y su cartera es subsumida en Gobernación. Cuando acaba la guerra, en abril de 1939, todas las opciones reales que hubiera podido tener la Falange legitimista de hacerse con el control real del régimen han desaparecido. Franco, jugando con las medias verdades, ha asegurado la autoridad falangista de su poder. El 31 de julio de 1939, se promulga además un Decreto aprobatorio de los nuevos estatutos de la FET, en los que Serrano no tiene reparo en crear una espuria “Presidencia de la Junta Política”, de la que espera ser titular y a la que concede notables atribuciones. Fernández Cuesta, descontento, presenta entonces la dimisión como Secretario General de FET. Pero se trata de un error táctico, pues el vacío de poder en el Partido no sólo no acarrea crisis política alguna, sino que refuerza la posición de Serrano y de Franco. La triste realidad es que al sector legitimista no le queda ya demasiada pólvora que quemar.

Quinto asalto, agosto de 1939-mayo de 1941: La segunda batalla contra Serrano

Ya sin Fernández-Cuesta, el 9 de agosto de 1939 Franco forma su segundo Gobierno, el primero de la paz. La FET pasa a manos del general Muñoz Grandes, un general franquista sin más filiación que la lealtad al dictador, pero al que se hace aparecer ante el pueblo como filofalangista. Su vicesecretario general y mano derecha, Pedro Gamero del Castillo, es un serranista confeso, un reaccionario procedente de los Estudiantes Católicos de preguerra. De este modo Serrano, con la cartera de Gobernación y el Partido en la palma de la mano, y presidente ahora, además, de la Junta Política con atribuciones extraordinarias, se instala ya como único y verdadero amo de la Falange oficial.
Parece claro que al tándem Franco/Serrano ya no le asusta la fuerza política del sector legitimista. Sabe, no obstante, que está a punto de estallar una guerra europea en la que llevarán la voz cantante con toda seguridad el régimen fascista italiano y el nacional-socialista alemán, así que no se duerme en los laureles y juega a contentar a la Falange histórica. Lo hace, en todo caso, con actitud cicatera, pues no se trata de devolverle capacidades previamente arrebatadas.

GENERALJUANYAGUEBLANCODe hecho, la compensación se reduce a dos acciones de escaso calado político: la entrega de la Jefatura Provincial de Madrid a Miguel Primo de Rivera y la concesión de sos ministerios a Sánchez Mazas y Yagüe (foto de la izquierda), el primero de ellos, además, sin cartera; es decir, puramente honorífico. Sánchez Mazas y Yagüe son, desde luego, dos falangistas históricos cercanos al anterior secretario general de la FET, aunque también más dóciles a Franco, si cabe. No tienen reparo tampoco Franco y Serrano en negar a Martínez de Bedoya una cartera ministerial que se le había prometido. Como consecuencia, Bedoya dimite de sus cargos y rompe totalmente con Serrano, un hecho que disgusta profundamente al cuñado del caudillo y que recibe su correspondiente represalia: en enero de 1940, la esposa de Bedoya, Mercedes Sanz-Bachiller, es acusada de malversar los fondos del Auxilio Social y obligada a dimitir.

Las concesiones a los legitimistas no son, sin embargo, nada más que fuegos de artificio. Ese mismo mes de agosto de 1939, Franco anuncia la creación de un Frente de Juventudes en sustitución de la vieja Organización Juvenil, que había estado hasta entonces en manos de Sancho Dávila. Es una forma de arrebatar a los legitimistas una de las pocas bazas de fuerza real que les quedaban.

Y estalla la contienda mundial, con todas sus hipotecas y dependencias. Los legitimistas, sabedores de lo que esto podría significarles, organizan para octubre una magna concentración de cerca de cuarenta mil almas en Madrid. Poco después, a principios de 1940, presentan a Serrano un ultimatum revolucionario para instaurar el nacionalsindicalismo sin más trucos ni demoras. Pero el cuñado de Franco, que conoce bien a sus interlocutores, que sabe de sus limitaciones y sus miedos, se limita a dar la callada por respuesta. No sólo eso: el Régimen se desmarca de toda ensoñación revolucionaria.

GENERALMUNOZGRANDES En febrero de 1940, promulga una Ley que restituye a sus antiguos propietarios todas las fincas expropiadas por el republicano Instituto de Reforma Agraria, algo que Fernández Cuesta se había resistido a hacer durante su etapa como ministro de Agricultura. El clan de veterofalangistas comprueba hasta qué punto el futuro se le escapa de las manos. Sin embargo, no rechista. Toda su esperanza la deposita ahora en manos del legitimista Gerardo Salvador Merino, el delegado nacional de Sindicatos, que está llevando a cabo una importante labor social y organizativa con el respaldo -por el momento- de Muñoz Grandes, (en la foto de la izquierda encima de estos renglones) que le deja hacer condescendientemente. El problema surge en enero de 1940, cuando Merino promulga la Ley de Unidad Sindical, que pone en su contra a toda la enemiga reaccionaria del régimen. Y en marzo, Muñoz Grandes se ve forzado a dimitir, con lo que Merino pasa a depender directamente del serranista Gamero. En pocos meses será el propio Merino quien dimitirá, bajo la acusación -al parecer cierta- de haber pertenecido a la masonería. Hasta mediados de 1941, no volverá a producirse movimiento alguno en el entorno legitimista.

Desde finales de 1939 se consolidan, en todo caso, otros movimientos falangistas de carácter estratégico muy diferente. Aparecen, por ejemplo, diversos grupos clandestinos de falangistas descontentos con la actitud de sus jerarquías ante el conservadurismo del régimen. Hablaremos aquí sólo de dos de ellos:

El primero no pasa de ser en ningún momento un mero embrión, pero es interesante por la calidad de sus componentes. Se trata de la constitución de una “Falange Auténtica”, aunque la aventura termina pronto, con la detención de sus dos principales promotores: Narciso Perales y Eduardo Ezquer. El primero, tras ser puesto en libertad, acabará cayendo en las redes del serranismo. El segundo iniciará a su vez, en solitario, una dramática carrera de atentados terroristas contra torretas de alta tensión que le acabará llevando otra vez a la cárcel.

El segundo proyecto tiene mayor calado. Su principal promotor es Patricio González de Canales, recién salido de prisión. A su alrededor se reúne la llamada “Junta Política Clandestina”, formada, además de por el propio Canales, por el coronel Rodríguez Tarduchy, Pérez de Cabo, Luis de Caralt y otros tres o cuatro históricos. Su principal objetivo ideal es reconstruir la Falange original, pero su actividad se reduce realmente a preparar un golpe de Estado. Para ello, tantean hasta abril de 1940 al general Yagüe, y también a Girón, que por entonces capitanea a la Organización de Excombatientes, pero no encuentran respuesta positiva en ningún caso.(Continuará)

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