PARA LECTORES INTELIGENTES: CATEDRA DE POLÍTICA E HISTORIA- MUNDO NACIONAL-SINDICALISTA- Rescatamos la ponencia de Miguel Argaya Roca: Los falangistas y el franquismo en diez asaltos (IV)

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José Luis de Arrese, rodeado de jerarquías falangistas

MIGUELARGAYAROCATexto original de Miguel Argaya Roca (en la foto de la izquierda) publicado en El Municipio, España. (Ilustraciones agregadas por Nuevo Acción)

En octubre de 1940, Serrano Suñer sustituye en el Ministerio de Exteriores al aliadófilo Beigbeder. Reúne así el cuñado de Franco en su persona dos carteras ministeriales, a las que suma la Delegación Nacional de Prensa y Propaganda y el control que ejerce sobre el Partido de forma directa a través de Gamero. Su poder es, por tanto, inmenso. Controla la ideología del régimen, la política exterior española y el orden público, que cede interinamente a Lorente Sanz, otro de sus hombres de confianza. Frente a él, los falangistas legitimistas no poseen más que migajas inconsistentes del pastel político y carecen de medios de fuerza que les permitan enfrentarse al serranismo usurpador. La estrategia posibilista de éstos, desde luego, ha fracasado. Es la hora, acaso, de los grupos clandestinos, que desde noviembre de 1940 vuelven a moverse. Uno de ellos -recordemos- es la “Junta Política Clandestina” de Canales, cuyos componentes, sin posibilidad de aunar más voluntades que las propias, se deciden a proyectar en esos días un atentado contra Serrano Suñer. Se fija incluso una fecha, el 11 de enero de 1941. Los rumores sin embargo, terminan por llegar a oídos de los servicios de seguridad del Estado, y Canales y los suyos son detenidos, aunque posteriormente liberados por falta de pruebas. Una reunión posterior de los conspiradores disuelve la organización, no sin antes plantear -y desechar de inmediato- la posibilidad de atentar contra el propio Franco. A excepción de un Eduardo Ezquer cada vez más enloquecido, no habrá ya más falangismo clandestino, al menos hasta la década de los cincuenta.

Lo que sí que hay es una guerra europea en marcha, y sus compases modifican al albur los de la propia sinfonía española. Se habla de planes de Inglaterra para ocupar Tánger o desembarcar en Portugal. Se habla también de planes alemanes para impedirlo (“Operación Isabella”), pero Hitler sabe que ello implicaría la necesidad de ocupar militarmente la Península Ibérica, un esfuerzo demasiado grande en vísperas de entrar en Rusia. Mejor contar con el beneplácito del régimen español. Pero éste no se produce. Más aún: en abril de 1941, Franco firma un tratado comercial muy ventajoso con el gobierno británico. Los servicios de Inteligencia de Hitler culpan de ello a Serrano, y creen ver en el estamento militar español una creciente desafección hacia el poderoso ministro de Exteriores y Gobernación.

Con ánimo de tranquilizar a Hitler, Franco mueve ficha y destituye al serranista Lorente de la cartera de Gobernación. Es el momento que la facción legitimista esperaba para hacerse con el preciado Ministerio. Sin embargo, Franco prefiere para el cargo a un militar declaradamente antifalangista, el coronel Galarza. Y, por primera vez, desde hace años, los dos sectores falangistas confluyen en la misma crítica. El grupo legitimista lo hace a su estilo, poniendo sobre la mesa de Franco una serie de dimisiones que encabezan Miguel Primo de Rivera, hermano del fundador falangista, y José Luis Arrese. Los serranistas lo hacen publicando en la prensa falangista un duro artículo contra Galarza.

El dictador comprende entonces que su cuñado, más que una ayuda, ha pasado a ser un problema. De entrada, ya no le sirve para controlar y manipular a los falangistas, cada vez más díscolos y protestones. No es, pues, la persona que necesita. En un golpe de efecto, cesa a Ridruejo y Tovar de sus cargos en Prensa y Propaganda, lo que deja a Serrano sin el segundo de sus peones. En mayo de 1941 remodela además el gabinete, introduciendo en él a varios legitimistas: Arrese como Secretario General de la FET, a Girón como ministro de Trabajo y al propio Miguel Primo de Rivera en Agricultura.

El momento elegido, desde luego, es crítico, porque sólo un mes después, en junio, Alemania pone en marcha la “Operación Barbarroja” y entra en Rusia. Para Franco, es la gran oportunidad de aceptar por fin un cierto compromiso bélico que, sin ser una entrega total, tranquilice a Hitler y evite la temida invasión de la Península Ibérica. Para Serrano, es la ocasión de recuperar el prestigio entre los falangistas de base, que piden la entrada de España en la guerra contra Rusia, y relanzar su menoscabada carrera dentro del régimen. Para los falangistas legitimistas, la posibilidad de dar un golpe de efecto y posicionarse en el liderazgo falangista aprovechando la pérdida de poder de Serrano. A todos, en fin, se aparece la campaña alemana de Rusia como una beneficiosa necesidad. De ahí la escalada retórica germanófila de esos días.

El 24 de junio de 1941, la Falange legitimista toma la iniciativa y organiza una importante manifestación que se presenta ante la Secretaría General de la FET cuyo titular es Arrese. No es éste, sin embargo, quien se dirige a la multitud, sino Serrano, que atento a la jugada no ha querido quedar descolocado y ha acudido con urgencia al edificio de la calle Alcalá. Una vez allí, se adelanta al propio secretario general y pronuncia la famosa frase “¡Rusia es culpable!”, que inaugura la aventura de la popularmente conocida como División Azul.

También la recluta de voluntarios es asumida, en un primer momento, por la FET, que abre banderines de enganche desde el 26 de junio. Pero también aquí la Falange legitimista ve cómo se le roba el ansiado protagonismo: al día siguiente, es el propio Gobierno el que por Decreto se hace cargo oficialmente de esa responsabilidad. Es una verdadera carrera contra el tiempo en la que nadie quiere quedar descolocado. Por lo mismo, y a toque de cornetín, los mandos de una y otra facción falangista se ofrecen como voluntarios. Aznar es el más señalado entre los legitimistas; Ridruejo, entre los serranistas.

Pero la aventura no será tal. En la campaña rusa no sólo no hay victorias sonadas que apuntarse; es que las derrotas se suceden. Y crece el descontento entre la base falangista. Súmese a todo ello el que Franco está empezando a virar políticamente hacia posiciones anglófilas y monárquicas que los legitimistas no saben o no pueden contrarrestar, y que en agosto de 1942 el general aliadófilo Esteban-Infantes se hace cargo de la División Azul con la misión expresa de finiquitarla y repatriarla, y ya tenemos fijada la estructura del drama. Los serranistas culpan a los legitimistas por su inacción, pero sobre todo a Franco y al grupo de militares que le asesoran directamente, en especial al tradicionalista Varela.

DIONISIORIDRUEJOOTRAFOTOEl 7 de julio de 1942, un desencantado Ridruejo (Foto) escribe temerariamente a Franco a su regreso del frente ruso: “Mi general (…), cuando llegué a España tras una ausencia larga e ilusionada, tuve, en mi choque con la realidad, una impresión penosa”. Franco se molesta, pero otra vez el paraguas de Serrano protege al poeta falangista. Un paraguas, por cierto, al que le queda poca lona.

El punto que hace estallar la crisis es la decisiva batalla de Stalingrado, que empieza en agosto y marca el principio del fin del poderío miltar alemán. Ese mismo mes de agosto, durante una celebración tradicionalista en el Santuario de Begoña, en Bilbao, un grupo de falangistas serranistas repatriados de la División Azul lanza una bomba que causa un centenar de heridos. Juan José Domínguez, histórico de la Falange de preguerra y conspicuo serranista, es detenido, juzgado y posteriormente fusilado. Con él, obviamente, cae también Serrano, a quien Franco destituye fulminantemente de la cartera de Exteriores en septiembre de 1942. Inopinadamente, el campo queda libre para los legitimistas.

Sexto asalto, septiembre de 1942-julio de 1945: Victoria y fiasco de la Falange legitimista

Desde el último trimestre de 1942, la facción legitimista, encabezada por Arrese, se lanza a una ardua tarea institucionalizadora. Su idea es consolidar un régimen verdaderamente orgánico que sirva como base a la ansiada revolución social. Ésta la están llevando a cabo Girón desde el Ministerio de Trabajo y Pilar Primo de Rivera desde la Sección Femenina. Al primero debe España en esos años el Seguro Obligatorio de Enfermedad y una dura legislación contra el despido libre. A la segunda, las cátedras ambulantes para la formación de la mujer rural. Se trata, en todo caso, de meros parches sociales, útiles tan sólo para tapar las vergüenzas de un régimen que no es nacionalsindicalista -ni lo ha sido nunca- sino puro capitalismo protegido según el modelo bismarckiano.

La misma tarea institucionalizadora de Arrese choca con la dura realidad. En marzo de 1943 se forman las primeras Cortes franquistas, dentro del programa institucionalizador del secretario general de FET. No son, sin embargo, verdadero cauce de representación democrática de las Corporaciones, primero porque éstas tampoco lo son en origen, pero sobre todo porque son designadas directamente por el dictador. El dedo de Franco las hace nacer además empapadas de monárquicos y reaccionarios antes que de verdaderos falangistas. Tan es así, que a mediados de ese año todo el mundo sospecha que el programa revolucionario de los legitimistas es un fiasco. Se acerca, además, el más que previsible fin de la contienda mundial, y Franco toma nota: acaso ya no le sean tan útiles los falangistas; acaso empiezan ya a ser un lastre político para el régimen. De hecho, falangistas y carlistas, las dos fuerzas que supuestamente habían constituido el régimen, se encuentran en este momento bastante desprestigiadas. Su lugar -con su camisa azul y su boina roja- lo ocuparán a partir de ahora otras dos, enfrentadas a su vez entre sí:

Uno, el grupo de monárquicos tradicionales, ideológicamente afines a Maeztu y la revista de preguerra Razón Española, y cercanos ahora a una fuerza religiosa emergente, el Opus Dei, que obtiene autorización para instalarse en España desde 1941. Se trata de monárquicos “juanistas” (partidarios de Juan de Borbón), que de tiempo atrás vienen queriendo hacerse con parcelas de poder. Sabemos, por ejemplo, de la cercanía que a la obra de Escrivá de Balaguer tiene José Ibáñez Martín, un antiguo diputado de la CEDA y titular del Ministerio de Educación desde agosto de 1939. A su abrigo se crea, en 1940, el Centro Superior de Invesigaciones Científicas, verdadero centro neurálgico de esta nueva tendencia política. Su ideario está fuertemente marcado por el tradicionalismo filosófico.
El otro es el grupo de antiguos propagandistas católicos, adscritos ideológicamente a diario de preguerra El Debate, cuyo fundador, Ángel Herrera Oria, regresa a España -ya como sacerdote- en 1943. No son específicamente monárquicos, sino más bien posibilistas de la política desde una postura mixta entre lo reaccionario y lo social. Su ideario plantea la posibilidad de abrir el régimen a cierta liberalización cultural.

JOSEANTONIOGIRONEn julio de 1945 Franco remodela su gobierno, destituye a Arrese y da entrada al “propagandismo católico” de Herrera Oria en la persona de Alberto Martín-Artajo, que se hace cargo de la cartera de Exteriores. Ibáñez Martín, entre tanto, repite en Educación, y con él, el Opus Dei. De los falangistas, todavía seguirá en activo como ministro de Trabajo la imponente figura de José Antonio  Girón (foto). Es verdad que regresa al Gobierno el falangista Fernández Cuesta, que se ocupa de Justicia y de la Secretaría General de FET, pero está claro que la gran ocasión histórica de los legitimistas se ha perdido. Girón, por ejemplo, se ha apartado casi totalmente de ellos y hace la guerra por su cuenta con una lealtad personal inquebrantable al dictador. Y Fernández Cuesta, casi cincuentón, vuelve de sus embajadas muy desprestigiado y con un aire notablememente acomodaticio y blando. Podemos decir que Arrese se lleva del gobierno lo poco de combativo que pudiera quedarle al legitimismo falangista. (Continuará)

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