PARA LECTORES INTELIGENTES: CATEDRA DE POLÍTICA E HISTORIA- MUNDO NACIONAL-SINDICALISTA- Rescatamos la ponencia de Miguel Argaya Roca: Los falangistas y el franquismo en diez asaltos (V)

FRENTEDEJUVENTUDESDEFALANGECAMPAMENTOMIGUELARGAYAROCAFoto: Campamento del Frente de Juventudes

Texto original de Miguel Argaya Roca (en la foto de la izquierda) publicado en El Municipio, España. (Ilustraciones agregadas por Nuevo Acción)

Séptimo asalto, julio de 1945-julio de 1951: Constatación del fiasco revolucionario y contestación de las jóvenes generaciones falangistas a sus mayores

De 1945 a 1951, poco hay que decir de la actividad política de los falangistas legitimistas, sino que duermen la siesta. Los años no han pasado en balde, y con ellos los ardores revolucionarios juveniles. Desde el propio Ministerio de Trabajo se promulgan leyes que dan por sentado que la relación de trabajo ha de ser contractual. Queda así definitivamente anulada en España cualquier posibilidad de instalar un relacionismo laboral. En este sentido, la política económica de los legitimistas acaba siendo tan reaccionaria como la serranista, pero con doble culpa. En el proceso de la revolución nacionalsindicalista, Serrano había sido un falangista espurio, culpable, desde luego, de usurpación, pero no se le puede achacar que no cumpliese un ideario en el que no creía. Los falangistas legitimistas, en cambio, son claramente culpables de desidia.

El mismo régimen se consolida en esos años en medio del desinterés internacional, lo que permite a Franco controlar sin problemas a todas las “familias” o sectores ideológicos que apoyaron el Alzamiento. Azuzado por el creciente poderío de la facción “opusdeísta”, el 31 de marzo de 1947 publica la Ley de Sucesión a la Jefatura del Estado, donde anuncia que España se constituye como reino. Se reserva, en todo caso, la administración vitalicia de dicho “reino”, lo que no acaba de gustar al pretendiente Juan de Borbón. Por supuesto, tampoco gusta a otras facciones del régimen. Por ejemplo, a los arresistas, que ven desvanecerse de un plumazo su soñada “república nacionalsindicalista”. El propio Arrese, en unas declaraciones de 1948 al periódico del SEU, Juventud, declara que “el falangista medio ha llegado a sospechar que se le utiliza sólo como jenízaro de la política”. Pero su queja no encuentra apoyo en Girón, que está cada vez más volcado hacia Franco, ni tampoco en Fernández Cuesta, de quien nadie espera ya nada. De nuevo, la desunión esterilizadora.

Mayor capacidad de crítica demuestran al respecto los “propagandistas”, que desde ese mismo año de 1947 (en que Herrera Oria alcanza la dignidad episcopal) publican la revista Alférez, verdadera plataforma de despegue de sus postulados. Forman su núcleo algunas figuras jóvenes que luego darán mucho juego, como Torcuato Fernández Miranda, el Padre José María de Llanos y José Fraga, hermano de Manuel Fraga Iribarne, aunque alrededor de ella se mueven también los antiguos serranistas (Laín, Tovar, Ridruejo), que esperan encontrar en la publicación un respaldo a sus postergadas ambiciones.

La oportunidad la encuentran en 1948. A finales de ese año, un joven formado en el Frente de Juventudes llamado Jaime Suárez se hace cargo de La Hora, la revista oficialista del SEU. Desde ahí, y aprovechando al mismo tiempo la dejadez proverbial de Fernández Cuesta y la ingenuidad de las juventudes falangistas, los serranistas y sus nuevos aliados políticos toman posiciones en uno de los núcleos más sensibles de la FET. Y lo hacen de nuevo espuriamente enfundados en la camisa azul. Las páginas de La Hora abanderarán, desde ese momento, la postura liberalizadora del sector “propagandista” -se abren, de hecho, a jóvenes artistas e intelectuales de izquierdas (Bardem, Berlanga, Miguel Sánchez-Mazas…)-, y tienen la virtud de entusiasmar a toda una segunda generación de falangistas, los nacidos a partir de 1922 y educados en el seno del Frente de Juventudes franquista. Lo cierro es que nada puede resultar más atractivo para esas juventudes que no habían hecho la Guerra que abanderar la reconciliación de España bajo la bandera de la Falange. La presencia en las filas reformistas de Tovar, Laín y Ridruejo sirve además para certificar el autoengaño.

Precisamente el enfrentamiento directo entre las dos tendencias católicas -la opusdeísta y la de los propagandistas católicos teñidos de azul- lo protagoniza Laín Entralgo al publicar en 1949 su libro España como problema, donde se acepta la tesis de que la guerra civil es el resultado de la colisión de las “dos Españas”. Carga así contra la línea de flotación del régimen: su pretensión de legitimidad histórica, implícita en la tesis oficial de la guerra civil como una lucha entre España y “la antiespaña”. Y como para dejar constancia de que la línea ideológica del franquismo no está en ese momento ya en los falangistas legitimistas sino en la facción opusdeísta, quien responde a Laín es el opusdeísta Rafael Calvo Serer, director por entonces de Arbor, la revista del CSIC. Y lo hace ese mismo año con un libro de título significativo: España sin problema, que recibe el Premio Nacional de Literatura.

Las posiciones han quedado claras, y Franco, siempre atento, hace con esos mimbres su enésimo cesto. En 1951, designa un nuevo gabinete ministerial en el que concede más cancha a las dos nuevas tendencias en conflicto: Rafael Cavestany, conocido simpatizante del Opus Dei, se ocupa a partir de ahora de Agricultura, y el propagandista Ruiz-Giménez, de Educación. Con el apoyo de este último, el nuevo sector azul que forman los antiguos serranistas, encuentra por fin un resquicio por donde colarse en el organigrama del régimen. Le siguen, hartos de la inacción de los viejos legitimistas, una marea de jóvenes falangistas nacidos bajo los banderines del Frente de Juventudes.

Octavo asalto, julio de 1951-noviembre de 1955: El señuelo democristiano-serranista

El nuevo ministerio de Educación se convierte en breve plazo en el disparadero de los viejos “serranistas”. Bajo ese amparo, Laín Entralgo y Tovar se hacen cargo respectivamente de los Rectorados de Madrid y Salamanca.

Curiosamente, se trata de los dos falangistas menos sinceros de todos aquellos que habían acompañado a Serrano en su falsificación de 1937-1943. Ridruejo, que sí había sido verdadero falangista, queda sin embargo apartado de cualquier prebenda. Su presencia en el grupo será convenientemente utilizada, sin embargo, como certificado de credibilidad nacionalsindicalista. Con esos mimbres y el apoyo numeroso de las juventudes falangistas, se pone en marcha el ambicioso programa de liberalización cultural propuesto desde años antes en las páginas de La Hora.
El proyecto, sin embargo, es enormemente ingenuo, y choca con tres dificultades insalvables:

SINDICATOESPANOLUNIVERSITARIOLOGOPor una parte, la infiltración en el proceso de jóvenes efectivamente educados en el franquismo, miembros “con carné” del SEU, pero ajenos o sólo vagamente leales a las inquietudes de los falangistas. Se trata en muchos casos de minorías previamente encuadradas en grupos de izquierda, a quienes les mueve, de hecho, la idea de acabar directamente y sin componendas con el Estado surgido tras la guerra civil. Su actuación aprovecha además la propia plataforma oficial que el SEU les ofrece, y logra convencer y arrastrar -al menos en un primer momento- a una parte importante de la generación del Frente de Juventudes.

Por otra parte, la actitud poco propicia de los viejos legitimistas, que no tardan en constatar cómo la nueva tendencia apunta sus cañones también contra ellos. Por ejemplo, se les acusa constantemente de estar de año en año más conformes con todo y más apoltronados y se les exige la activación inmediata de la “revolución pendiente”.
Cuenta, además, la falta de unidad real de criterio en el grupo que protagoniza el proyecto: Ruiz Giménez es un propagandista democristiano, es decir, posibilista; Laín y Tovar están ya más cerca de la oposición directa al régimen que de cualquier posibilismo; y los jóvenes cachorros falangistas aspiran a abordar el régimen y desbordarlo con sus proclamas republicanas y anticapitalistas.

Pero cuenta, sobre todo, la propia inconsistencia estratégica de la propuesta, porque promete a las juventudes concesiones democráticas que el grupo promotor no está en disposición de conseguir sin la anuencia de Franco. No ha de extrañar que los procesos de contestación al régimen allí iniciados se conviertan en poco tiempo en verdaderas proclamas revolucionarias. ¿Vale la pena recordar aquí hasta qué punto el intento de Ruiz Giménez de introducir una autonomía universitaria en la “Asamblea de Universidades” de 1953 sólo logra provocar el caos en la Enseñanza Superior?

En todo caso, entre 1953 y 1955, la agitación y el descontento de los falangistas más jóvenes no deja de crecer, convenientemente alentado desde el SEU, es decir, desde el Ministerio de Educación. Para los promotores del proyecto, de lo que se trata es de forzar movilizaciones no traumáticas, pero sí lo bastante agrias como para hacer pensar en cambios en el régimen. Y en ese juego, la juventud falangista, aún numerosa, cumple un feo papel de peón. En enero de 1954, el SEU organiza una manifestación en protesta por la visita de la reina Isabel de Inglaterra a Gibraltar. Para ello, se suspenden oficialmente las clases, lo que no deja duda acerca del apoyo institucional al acto.

FRANCOYMARTINARTAJOCerca de veinticinco mil estudiantes se concentran frente a la sede de Exteriores, donde escuchan una belicosa arenga del ministro titular, a la sazón el democristiano Martín Artajo (en la foto, con Franco). Desde allí, se dirigen hacia la Embajada británica, pero en el camino tropiezan con una durísima carga policial que deja bastantes heridos. Y aflora entonces la queja estudiantil: en las facultades de Derecho y de Ciencias Políticas de Madrid se lanzan gritos contra el Régimen y contra el SEU, al que se acusa con razón de haber incitado a la algarada para después abandonar a los estudiantes a su suerte. Desde luego, es el clan democristiano el que ha provocado la situación, pero el estudiante de a pie no distingue de sutilezas. Para él, el SEU es la Falange, y ésta la representan los viejos falangistas apoltronados, aunque tengan bien poco que ver en lo sucedido.

PEDROLAINENTRIALGOEl momento en que la falta de unidad de criterio en el frente liberalizador queda bien a la vista ocurre poco después. En noviembre de 1955, y al amparo del rector Laín Entralgo, (en la foto) se celebra en Madrid un Congreso de Escritores jóvenes que reúne a un centenar de jóvenes abiertamente izquierdistas, entre ellos algunos que luego serían muy notables, como Tamames, Múgica, Sánchez Dragó o Semprún. Queda obviamente descolgada del proyecto la joven intelectualidad falangista formada en el Frente de Juventudes, que empieza a tomar conciencia de haber sido manipulada como fuerza de choque por los democristianos y los viejos serranistas. Los propios Laín y Tovar empiezan a desmarcarse de toda vinculación azul, y los jóvenes falangistas, que se habían dejado seducir hasta entonces por ese falso maquillaje, comprueban cómo empieza a aflorar la inicial connivencia de éstos con los núcleos de oposición izquierdista al Régimen.

Es el final de la última batalla, el último cartucho de los falangistas -en este caso de los más jóvenes- por hacerse con el régimen. Consumado el fracaso, algunos de ellos se lanzan a fundar mínimas organizaciones falangistas de carácter antifranquista. Otros, los más, se desmarcan de todo y de todos y se refugian en la vida profesional, completamente despolitizados. Un grupo no pequeño opta, en fin, por dar un paso atrás y reagruparse en el entorno arresista. Pero lo hace cargado ya de resabios críticos. Ya no les será posible a los viejos legitimistas mantener su dolce far niente de la última década.

(Continuará)

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