POR LOS FRENTES DE IBEROAMÉRICA: VIDRIOS PARTIDOS. Le había hecho una promesa a mi familia, no volver a escribir columnas de opinión. A ellos les preocupa que en Santander de Quilichao todo aquel que exponga públicamente sus ideas en contra de la corrupción, y sobre ciertos temas políticos, se convierta en objetivo militar y de estigma.

Por Guido Germán Hurtado Vera Historiador y Politólogo colombiano

De hecho, en este momento tengo una demanda en la Fiscalía del ex acalde Luis Eduardo Grijalba Muñoz por injuria y calumnia (leer artículo “Un punto de vista sobre las elecciones locales”, en https://www.proclamadelcauca.com/un-punto-de-vista-sobre-las-elecciones-locales/). Asistí, junto a mi abogado doctor Jorge Medina Abella, a la audiencia de conciliación. El señor Grijalba Muñoz nunca se hizo presente (como siempre evadiendo la discusión pública) y envió a su abogada. No concilié, el proceso sigue.

Desobedeceré a mi familia. Mi naturaleza de hombre crítico no me lo permite y seguiré escribiendo sobre los asuntos públicos. El cuento ahora viene a lo siguiente.

En 1969, Philip Zimbardo (psicólogo y profesor de las Universidades de Yale, Columbia y Stanford conocido por el famoso experimento de la cárcel de Stanford) abandonó dos vehículos gemelos, de la misma marca, modelo y color, en la calle. Uno en el Bronx, en la actualidad es el distrito más populoso de Nueva York y con la mayor diversidad étnica de todo los Estados Unidos, y el otro en Palo Alto, zona rica y plácida de California. Dos vehículos gemelos, dos barrios con poblaciones muy disímiles y un grupo investigando las conductas de la gente en cada sitio.

El vehículo abandonado en el Bronx comenzó a ser desvalijado. En minutos: se le robaron las llantas, el motor, los espejos, el radio, entre otros. Todo lo utilizable y comercializable. Lo que no lo era, fue roto y abandonado. Al contrario, el vehículo dejado en Palo Alto se mantuvo ileso.

Es habitual acusar a la pobreza de las causas del delito. Ahora bien, la experiencia no finiquitó allí. Cuando el vehículo abandonado en el Bronx ya estaba saqueado y el de Palo Alto llevaba una semana en perfecto estado, los investigadores resolvieron quebrar un vidrio del vehículo abandonado en de Palo Alto. La consecuencia fue que se repitió lo mismo que en el Bronx. La rapiña, el hurto y el vandalismo acabaron por dejar el vehículo totalmente desvalijado.

Va mi reflexión y espero entonces que el actual Alcalde o uno de sus funcionarios, incluso, anteriores administradores públicos, no me vayan a demandar por injuria y calumnia.

Si una ciudad como Santander de Quilichao presenta señales de deterioro físico y espiritual, y esta situación no le importa a nadie (en particular al actual burgomaestre y sus funcionarios), allí se instaurará el delito, la corrupción, la criminalidad y la violencia.

Mostraré, al menos, dos ejemplos para argumentar la anterior afirmación. Hay más pero por espacio no puedo escribirlas.

La primera. Si “algunos” de quienes conducen motos exceden los límites de velocidad, no utilizan casco, no pagan los impuestos, falsifican el Soat, transitan en las noches sin luz, estacionan en lugares prohibidos y no respetan una luz roja y si estos comportamientos no son sancionados por las autoridades de tránsito y de policía, comenzarán a desarrollarse faltas mayores.

La segunda. Si es permanente el lamento de muchos ciudadanos que algunos de los funcionarios públicos son corruptos porque en la mayoría de los casos los dineros públicos (que en esencia son sagrados) se los roban en contratos leoninos y si estos comportamientos no son sancionados ejemplarmente por los jueces que los juzgan, comenzarán a desarrollarse faltas mayores y muchos ciudadanos harán eco a la idea que robar sí vale la pena y que él que no lo hace es un idiota.

Los dos anteriores ejemplos (el no respeto a las leyes y normas y la corrupción en instancias públicas y privadas) pueden ser una hipótesis para explicar la putrefacción de la sociedad quilichagüeña. Algo así como, un Quilichao con muchas vidrios rotos (así se llamó el experimento que narre) y nadie parece estar preparado a arreglarlos.

Una salida a este mayúsculo problema no la tengo. Pero les cuento algo, he iniciado a arreglar los vidrios rotos de mi casa.

Les he pedido a los miembros de la familia que como siempre lo hemos hecho, sigamos respetando las normas y leyes (en este caso si transitamos en moto o en automóvil). También, hemos acordado que si alguna vez llegamos administrar recursos públicos o privados, los consideraremos sagrados. Es decir, no los robaremos y lo invertiremos, como dice la ley moral, en las necesidades colectivas.

De la misma manera hemos acordado aceptar las consecuencias de nuestros actos con valor y responsabilidad, pero, sobre todo, seguir insistiendo en que la educación formal e informal deberá estar presente en la vida de nuestras hijas.

Por eso el llamado es a arreglar, inicialmente, los vidrios partidos de nuestra casa para luego seguir con los de Santander de Quilichao y evitar que siga creciendo el delito, la corrupción, la criminalidad y la violencia.

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