SANTOS PACTÓ CREAR NUEVO ORGANISMO REPRESIVO CONTRA LA OPOSICIÓN. Las Farc desde el comienzo le temen más a los opositores civiles de la línea Santos que a las Bacrim. Por eso han hecho atentados sangrientos contra ellos y por eso los encarcelan, amenazan, insultan y hasta los llaman “criminales”

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Santos y Timochenko acuerdan cese al fuego bilateral

EDUARDOMCKENZIEPor Eduardo Mackenzie-Periodismo sin fronteras

Los idiotas útiles que ayudan a las Farc y a Santos nunca habían sido tan idiotas como en estos días. Han tragado, una vez más, el cuento de que ayer Santos y la mayor banda narcoterrorista del continente han firmado la paz en La Habana. Cuatro años de mentiras, de anuncios falsos, de desmentidos, de escamoteos y amenazas, no les ha bastado. No han aprendido nada esos señores. Ellos no ven, absolutamente, la capitulación cobarde de Santos ante la violencia en nombre de “la paz”.

Uno de los principales idiotas útiles de Santos, el líder socialista Felipe González, publicó en un diario madrileño un texto donde exclama: “Mi alegría es inmensa”. ¿Por qué? Porque “por fin se acaba, dice él, el conflicto más antiguo de América Latina”.

La perspicacia del ex mandatario español está al nivel de sus tobillos. Es evidente que lo que firmaron ayer será funesto para la paz y la prosperidad de Colombia. En La Habana no se pactó paz alguna. Pese al bombo desplegado por Santos y la dictadura castrista, y a la ayuda de las crédulas agencias de prensa, el acto de ayer no fue más que un trato entre compinches y a espaldas de la nación colombiana.

Fue un pacto para paralizar aún más las fuerzas de defensa de Colombia y para dotar de legitimidad a las huestes criminales que dirige Timochenko. No podía culminar de otra manera el ciclo abierto por Santos con sus amenazas descaradas de una guerra urbana, y por supuesto rural –pues lo uno no va sin lo otro–, y de aumentos espoliadores de impuestos. Lo pactado ayer es tan grave para Colombia que él tenía que ablandar previamente a la opinión pública con amenazas insoportables.
“Hemos puesto un punto final al conflicto armado con las Farc”, dijo el presidente Juan Manuel Santos. Eso es anticiparse mucho. Es abusar de la credulidad ajena.

El papel firmado ayer, según cuenta la prensa, consta de tres puntos: “Cese al fuego y de hostilidades bilateral y definitivo y dejación de armas”, “garantías de seguridad y lucha contra las organizaciones criminales (…) que amenacen la implementación de los acuerdos y la construcción de la paz” y “refrendación”.

Lo que pactaron ayer fue, en primer lugar, la creación de unas extrañas unidades armadas integradas por miembros del Ejército y las Farc. Esas unidades armadas combinadas (fuerza pública y Farc), estarán encargadas del “monitoreo y verificación del fin del conflicto” y harán esa labor con la ayuda de un “componente internacional con observadores no armados de la ONU”. Las Farc quedan, así pues, gracias a una frase que puede pasar desapercibida, investidas de un carácter nuevo: de “socio del Estado”, como muy bien lo definió el ex presidente y senador Álvaro Uribe.

Algo nunca visto en ninguna parte del mundo, si se tiene en cuenta que uno de los componentes de esa nueva fuerza combinada es un cuerpo depredador no arrepentido. Las Farc son un movimiento armado subversivo (es decir que pretende destruir el régimen político actual, objetivo al que no ha renunciado, a pesar de las negociaciones de paz) diseñado para atacar a la fuerza pública y a los civiles, para traficar con drogas, que no renuncia a tener niños-soldados, que usa escudos humanos y que dispone de la ayuda material y política de tres o más países bajo dictaduras comunistas. Con ese socio criminal Santos pretende fundir una parte de la fuerza pública colombiana en un nuevo organismo oficial armado y tratará de empujar a su antojo, con ese nuevo organismo armado, todo lo que tiene que ver con su circo de la paz.

Ese “monitoreo y verificación” del fin del conflicto, a cargo de una nueva unidad armada estrafalaria (fuerza pública y las Farc), será altamente parcial. El grupo de “observadores no armados de la ONU” no dará garantía alguna de neutralidad, pues él será organizado, nada menos, que por gente de la Celac (Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños), un organismo donde Cuba manda, hace y deshace. La Celac fue creada por la diplomacia cubana y venezolana en 2010 para aislar a los Estados Unidos del continente y destruir la idea del panamericanismo. Es un organismo donde los que llevan la voz cantante son los cubanos. Los demás países siguen como borregos. Luego el llamado “componente de la ONU” serán tropas variopintas bajo la dirección de Cuba. En otras palabras: Santos deja en manos de Raúl Castro el monitoreo y verificación del fin del conflicto en Colombia.

Pactaron, además, la creación de 23 repúblicas independientes o territorios “liberados”, llamados en ese papel “zonas de concentración”, donde las huestes farianas estarán armadas y sin control alguno respecto del poder central colombiano. El papel dice que esas veredas, y los 8 campamentos, quedarán “sin civiles ni miembros de la Fuerza Pública”. Tal innovación deshace la soberanía nacional y la unidad territorial de Colombia. La única línea que habla de guerrilleros “sin armas y en civil” concierne únicamente una etapa ulterior, lejana, sin fecha, la de la “reintegración a la vida civil” de esos guerrilleros. Mientras tanto, los guerrilleros de las Farc seguirán armados y en zonas protegidas.

Sobre el punto crucial del desarme de las Farc, hicieron, de nuevo, un pacto hechizo: en lugar de entrega de armas siguieron con el cuento de la “dejación de armas”, y aún en eso hubo un aplazamiento. Prometen elaborar “una hoja de ruta” que comenzaría a dar las recetas de esa “dejación” solo seis meses más tarde, luego de que Santos y las Farc hayan firmado el papel de “acuerdo final”. Luego, durante seis meses, por lo menos, tras la firma de la paz, las Farc seguirán siendo un partido armado, trabajando dentro de organismos del Estado, incluido el ministerio de Defensa. En esos 180 días, decenas de activistas de las Farc podrán recorrer el país, muy bien protegidos por ellos mismos y por la policía nacional, para llevar su propaganda totalitaria a las ciudades.

Un punto no menos peligroso para la República, pero que pone directamente ante riesgos enormes a la sociedad civil y a la oposición al santismo, es el que habla de la “lucha contra las organizaciones criminales (…) que amenacen la implementación de los acuerdos y la construcción de la paz y la refrendación”. Según lo de ayer, esa lucha será adelantada, óigase bien, por el nuevo engendro militar (fuerza pública y Farc). En otros términos, las Farc adquirieron, por la firma del 23 de junio en La Habana, que el santismo aplaude como un paso “definitivo” hacia la paz, la posibilidad de reprimir física y judicialmente a la oposición parlamentaria, a los críticos del falso proceso de paz, a los patriotas que luchan por la destitución de Santos, por traición, a los que escriben y hablan contra la entrega del país a las Farc. No se crea que el nuevo engendro militar combinado será para ir a combatir a las Bacrin, o a los otros residuos armados y narcotraficantes.

COLOMBIAPAZSINIMPUNIDADEl pueblo colombiano quiere una paz sin impunidad

Las Farc desde el comienzo le temen más a los opositores civiles de la línea Santos que a las Bacrim. Por eso han hecho atentados sangrientos contra ellos y por eso los encarcelan, amenazan, insultan y hasta los llaman “criminales”. Las Farc estiman que ellos “amenazan la implementación de los acuerdos y la construcción de la paz”. El nuevo organismo represivo pactado en Cuba tendrá toda la latitud para exigir que la oposición sea reprimida, censurada, encarcelada y hasta abatida por estar “amenazando la implementación de los acuerdos y la construcción de la paz”. La recogida de firmas que está llevando a cabo el Centro Democrático es, para el Farc-santismo, una amenaza. ¿Quién protegerá ahora a tales activistas?

Empeñado en galopar solo y desconociendo los llamados de atención del pueblo colombiano, Santos firmó todo eso, muy consciente de las consecuencias, y anuncia que los “diálogos de paz” podrían concluir el 20 de julio próximo. Sin embargo, Timochenko no ve las cosas así y reitera que ese asunto tomará más tiempo, pues él tiene en su bolsillo todavía otras exigencias que no han sido acordadas en estos “cuatro años de debate” y otras venganzas por ejecutar.

Lo ocurrido ayer en La Habana dará más argumentos a quienes impulsan la campaña de firmas contra las concesiones a las Farc, para quienes están dispuestos a votar NO en un eventual plebiscito, para quienes saldrán a las calles en nuevas manifestaciones contra la entrega del país, para quienes respaldan la demanda de destitución de Juan Manuel Santos por traición a la Patria, formulada ante la Cámara de Representantes por tres eminentes personalidades conservadoras –Enrique Gómez Hurtado, Mariano Ospina Hernández e Ignacio Valencia López–. La resistencia civil contra la patraña santista está más vigente de nunca.

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