TRES VECES PIRINDINGO-CUARTA PARTE-TOMADO DEL LIBRO “CUENTOS JODEOSÓFICOS” DE ALDO ROSADO-TUERO

“Barriguilla” el gato de la abuela paterna de Pirindingo

2- EL VECINO

Por mucho que les diga de el Pirindingo y su grado de maldad siempre me voy a quedar corto ante la realidad. Y es que Pirindingo tiene mente nada más que para el mal y para tratar de joder al prójimo. Desde muy chico comenzó por codearse con la hez del pueblo: liberales, librepensadores, herejes y cómicos de la legua. De ellos heredó las malas mañas que habrían de acompañarlo por el resto de su resingada vida.

Todavía a pesar de los años transcurridos, aún se comenta en el pueblo el miserable atentado que le hizo a una de las figuras intelectuales más distinguidas que hayan vivido nunca en nuestro pueblo: El Dr Miguel Azaña Caballero, destacado intelectual español, exiliado desde la terminación de la guerra civil española y que podía haberse radicado en la capital de la Nación o en cualquier país donde existían fuertes núcleos de españoles desterrados por el franquismo, pero que prefirió, para nuestro orgullo, asentarse en nuestra humilde Villa, la que prestigió con su sola presencia.

Pero el Pirindingo, como era su degenerada costumbre, la cogió con el insigne huésped y después de insultarlo y tratarlo de agredir físicamente en una tabaquería, impulsó a su pandilla de facinerosos para hacerle la vida imposible a Don Miguelete. Por meses no le dieron tregua y donde quiera que el renombrado caballero español y destacado luchador anti-fascista iba, allí estaban los jodidos Pirindingos, insultándolo, tirándole piedras y haciéndole burlas. El pobre hombre ya no tenía vida y lo tenían hecho un manojo de nervios y a punto de perder la razón.

De nada valieron las quejas presentadas ante las Autoridades competentes, pues por esa época el pueblo estaba gobernados por fascistas y pro franquistas y el jefe de la Policía, el ” Capitán Jorocón” era un nazi en potencia, que lejos de castigar a Pirindingo lo alentaba, y en pago por sus “servicios” le consiguió una “botella” en el ayuntamiento, de “Inspector Municipal de Espectáculos Públicos”, lo que le permitía al miserable apapipio obtener entrada gratis en los cines, peleas de boxeo, juegos de beisbol y sobre todo, en los circos ambulantes que periódicamente visitaban el pueblo.

Y el muy cabrón, parece ser que por dinero pagado por la embajada franquista, consumó la canallada más grande de la historia de nuestra comunidad, cuando en un desfile del Día de los Obreros, atacó con la ayuda de su maldita gavilla de precoces asesinos, al mentado doctor de la forma más infamante y bochornosa para un hombre de honor. Lo insultaron y calumniaron públicamente y lo llenaron de huevos cluecos en frente de toda la población de La Villa. Fue tal la humillación sufrida por el fino intelectual que sus amigos de la República Española en el exilio, lo mandaron a buscar y se lo llevaron definitivamente para Méjico, dejando un hueco muy grande en nuestro pueblo, al que Miguelete le daba lustre y brillo.

Si alguien me pidiera que olvidando todas las miles de razones que tengo para odiar a ese engendro del demonio que se hace llamar Pirindingo, mencionara una sola, por la que le odiaría por siempre, yo contestaría sin titubear, que por el “fusilamiento” a huevazos del Dr. Azaña Caballero.

3-PIRINDINGO

Yo siempre, desde chiquito, tuve buen ojo para los negocios o para ver más allá que la mayoría de la familia. Por eso cuando al pueblo llegó, recién nombrado como Jefe de la Policía, el Capitán Miguel Vital, al que todos llamaban “Jorocón” y este empezó por empeñarse en “meter por el aro” a los jóvenes de La Villa, iniciando “campañas” mediante las cuales recorría el parque “La Libertad” deteniendo a los imberbes que lucían los “pantalones corte-tubo”, tan populares en la la época de mi pubertad, y se los cortaba con una tijera o pelaba al rape a los que lucían melenas o pelos más largos que los que el particular “reglamento” de Jorocón permitía, comencé a aconsejar a mi papá que se hiciera amigo del Capitán, pensando previsoriamente, que tal vez algún día esa amistad pudiera salvarme de una paliza policial o de algún otro inconveniente con la muy particular ley implantada por Jorocón.

Así fue como, siguiendo mis consejos, El Viejo se acercó a al mentado Jorocón y le comenzó a hacer buenos regalos, entre los que no faltaba semanalmente un buen mazo de los mejores tabacos existentes en el mercado. Lo cierto es que o por los tabacos o por la amistad del viejo con el Capitán de la policía, de alguna manera, por unos años yo tuve patente de corzo, para filibusterear y joder por toda la geografía municipal, donde imperaba “la ley Joroconal”.

Pero, como siempre, mi vecino, el calumniador Crispín no perdió tiempo para regar otras de sus mal intencionadas mentiras respecto a mí. Y a todo el que lo quería oír, me acusaba de chivato de la policía y de ” botellero”4. Juro por mi honor, que jamás he sido ni seré chivato. No está en mi naturaleza. Lo de la “botella” es una media verdad, convertida en calumnia. Es cierto que acepté una “botellita” de Inspector Municipal de Espectáculos Públicos, pero eso nada tuvo que ver con Jorocón, ni la policía.

Yo creo poseer el récord (empatado con Guillermo Cabrera Infante) de ser la persona que más películas ha visto en mi país. Yo iba al cine todos los días y aunque los precios eran irrisorios, si los comparamos con los actuales, lo cierto que mi desmedida afición, ya hacía mella en los bolsillos de mi padre. Si además, a eso le agregamos que no me quería perder una velada boxística o un juego de beisbol, ya se imaginarán. Pero lo que le puso la tapa al pomo fue el hecho de que cuando nos visitaban los circos ambulantes que hacían gira por toda la geografía insular, yo hacía hasta lo imposible por no perderme una función, ya fuera el Circo La Rosa, el Razzore o cualquier otro timbiriche con carpa que hiciera escala en La Villa . Y como yo iba a las dos funciones diarias, mi padre se negó rotundamente a seguir pagando “mi vicio” y como yo estaba bastante enclenque para meterme a “tarugo”5, me las ingenié para que los dueños de los circos, me dieran la entrada gratis, por llevarle un gato con que alimentar a sus famélicos y hambrientos felinos.

Y entonces ocurrió que para la temporada circense empezaron a perderse y escasear los gatos en el pueblo. Los Pirindingos, con el beneplácito del italiano Emilio Razzore o del señor La Rosa, nos dedicábamos a la caza despiadada de los felinos domésticos para usarlos como condumio de sus primos salvajes, los que nos aseguraba un puesto en la función a una nutrida representación de Los Pirindingos, que nos divertíamos como enanos.

Sucedió que ya la escazes gatuna era tan visible debido a nuestras “razzias”, que empezamos a experimentar dificultades en la consecución de nuestros “pasaportes felinos” para obtener entradas gratis al circo. Y una tarde, cerca de las cinco (la función comenzaba a las 7 de la noche) yo ya desesperaba, pues por mucho que había buscado por los patios y las calles, no había podido hacerme de un jodido gato. Y allí mismo se me enciende el bombillo, y la idea malsana pero gratificante de resolver mi entrada a costa de la vida de “Barriguilla” el gato adorado de mi queridísima abuela paterna, se apoderó de mi cerebro. Y como dicen los refranes :”del dicho al hecho se hace camino” y ” no hay mucho trecho al andar”, Barriguilla terminó en la barrigota de un león. Y yo gocé de la actuación de los payasos, los trapecistas, las bailarinas y del “espectáculo” grotesco de un tipo con smoking, sombrero de copa y unos bigotes más grandes que los del Kaiser de Alemania, azotando ruidosamente a unos leones famélicos y a un tigre que parecía una radiografía andante, ya que se le podían contar todas las costillas, de una sola ojeada, y que cada vez que oía restallar el látigo, se le salían unos pedos apestosos que ahogaban a los ocupantes de los palcos, y que a mi se me antojaban que olían a gato podrido. Contrastes de la vida: una noche perfecta de diversión para mí; y una velada enmarcada por la tristeza y las lágrimas de mi pobre abuela, apesadumbrada por la irreparable pérdida de su inseparable y ronroneador “Barriguilla”.

Mi tío, secretario del Municipio o del Consistorio Local, como todo político profesional, muy avispado para los triquiñuelas y trampas, cayó enseguida en cuenta de quien había sido el perpetrador de tan inmundo gaticidio. Después de sonarme dos pescozones que me dejaron los oídos pitando como las locomotoras de vapor y de endilgarme un discurso más propio para los habitantes de Barrio Tercero de Punta Brava, cuando aspiraba a Concejal, que a un regaño por un gato sacrificado en aras de las artes, pareció conmoverse con mis argumentos explicativos sobre mi desmedida afición por los espectáculos, me ofreció la solución perfecta: usando sus influencias en la Alcaldía me convirtió de la noche a la mañana, en Inspector Municipal (honorario) de Espectáculos Públicos, sin importar que yo tuviese nada más que 12 años de edad. Pero eso no tenía ninguna importancia en la demogracia (escribí “demogracia”, no democracia) que nos gastábamos. En la nómina también estaba el mono de la familia del alcalde como “cuidador del parque infantil”, mi tia política que era “enfermera” del Dispensario Médico (inexistente) en el barrio de Tesico, cuyo suelo nunca holló con sus tacones y alguien más de la familia, cuyo nombre no recuerdo que era relojero del Reloj Municipal con un sueldo de 35 pesos mensuales. El único reloj “municipal” que yo recuerdo estaba en la torre de la Iglesia Católica y quien le deba cuerda regularmente era la negra Paulita, perteneciente a la congregación de” Las Esclavas de María”, que nunca pudo llegar a las filas de”Las Hijas de María”, yo creo que por ser prieta y con el pelo ensortijado formando unas pasitas6, que hacían que su cabeza asemejara a un fosforito apagado.

Esa es la verdadera historia de mi “botella”. Las demás son versiones interesadas, falsas y calumniosas, inventadas por mis detractores gratuitos. Debo decir a mi favor, que cuando crecí un poco y adquirí conciencia cívica renuncié irrevocablemente. Pero lo cierto es que en el ínterin, aunque no cobraba ningún sueldo, le saqué el jugo al nombramiento.

3- LA MADRE

Yo no me canso de admirar, ponderar y contar, los múltiples talentos que adornan a mi hijo Domingo. De todas sus habilidades, puedo jactarme y sentirme orgullosa, de que fui la primera que advirtió la destreza de mi Pirindingo para los negocios. Esas habilidades de comerciante desplegadas en su niñez y juventud, no eran más que el lado visible del iceberg. Un adelanto de los triunfos por venir. A él, desde chamaco, no le gustó nunca el trabajo corporal duro. Su padre lo llamaba flojo y su hermano mayor lo calificaba de “haragán”. Los dos, sin razón ninguna. Simplemente, mi hijo menor, había nacido dotado extraordinariamente para los negocios. De ahí que se negara a embrutecerse haciendo trabajos, que no estaban a la altura de su intelecto comercial.

Desde muy pequeño, mientras su hermano y sus primos, se conformaban cuando visitaban la finca de mis padres, con bañarse en el río, pescar, comer caña de azúcar y chivar la pava, Piri hacía todo eso, pero antes de volver al pueblo, se aseguraba de llevarse cestos llenos de huevos de las gallinas ponedoras de la finca y sacos de limones, para venderlos en el pueblo, de puerta en puerta, acompañado por sus inseparables “Pirindingos”. Con eso, se buscaba sus centavitos, y ayudaba a la economía del barrio, repartiendo el dinero obtenido (que era todo ganancias) con sus compañeros de juegos y de empresa. Por eso no me sorprendí cuando mi adorado vástago llegó a donde llegó.

(foto: Pirin vendiendo naranjas)

Otro negocio” redondo” en el que se distinguió mi pequeño genio fue en el de la venta de las naranjas más dulces y hermosas de la comarca . Sus naranjas no tenían rival y según me aseguraba muy seriamente, pidiéndome tener confianza en él, no le costaban un sólo centavo y tenía la exclusividad de su distribución. Algunas gentes comenzaron a levantarle falsos testimonios, afirmando tendenciosamente que las robaba. Cuando yo le reclamé alarmada, él, poniéndose la mano sobre el corazón, me juró solemnemente que no las robaba, y que yo tenía que creerle, pues si se revelaba de donde las sacaba se le terminaba el negocio, que le estaba produciendo bastante plata tanto a él, como a los de su grupo. Y yo, con esa corazonada que tienen las madres cuando conocen bien a sus hijos, le creí y nunca más le interrogué al respecto.

Para dolor y rabia de mi vecino Crispín, fue de ahí, de cosas como esas, de las que mi Dominguito, obtuvo la experiencia necesaria para llegar a lo que llegó, para asombro, y estupefacción de sus detractores. (Continuará)

Para leer  la tercera parte, pinche el siguiente enlace:

http://nuevoaccion.com/noticias/tres-veces-pirindingo-tercera-parte-tomado-del-libro-cuentos-jodeosoficos-de-aldo-rosado-tuero/

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