TRES VECES PIRINDINGO-PRIMERA PARTE-TOMADO DEL LIBRO “CUENTOS JODEOSÓFICOS” DE ALDO ROSADO-TUERO

1- PIRINDINGO

Me pusieron Domingo por el día de la semana en que nací. El primero, según el almanaque o el séptimo según la Biblia. ¡Que ni en eso se acaban de poner de acuerdo los religiosos!. Domingo. Pero mi hermano mayor, que es habicú, con muy mala leche, me encasquetó el nombrete de Pirindingo. Mi padre decía que porque no sabía pronunciar mi nombre, pero cualquiera que tenga dos dedos de frente se puede dar cuenta de que es más fácil decir Domingo que Pirindingo. Por lo que se deduce que hubo dolo y ganas de joderme al endilgarme el nombrecito, que todo el mundo en el pueblo aceptó encantado. Y Pirindingo se me quedó para toda la vida.

Crecí llamándome Pirindingo y llegué a aceptarlo sin problemas. Hasta empecé a firmar los exámenes en el colegio con ese nombre. Hasta que un día, el maestro Chirrín, que tenía muy malas pulgas me puso un cero más grande que la esfera del mapamundi que había en el museo del colegio, a pesar de haber contestado perfectamente todas las preguntas. No más porque había firmado Pirín. Después, durante el bachillerato el único que me permitía esas libertades era el profesor de inglés Mister Mosquido (pronunciación de mosquito) al que llamábamos así por su extrema delgadez. Yo firmaba sus exámenes como Dingo. Tengo la ligera sospecha que, debido a su cegatéz, él creía que yo firmaba Domingo. Cuando me presentaban a alguna jevita yo decía llamarme Pirin y apellidarme Dingo. Ante el asombro de mi nueva conocida yo pasaba a explicarle que mis padres habían emigrado a Cuba desde Demurriña, una región situada en los Montes Urales. Esto aminoraba la risa que solía acometer a todo el que oía por primera vez a mis compañeros llamarme Pirindingo.

Nunca he sido un dechado de belleza masculina, pero todos decían en el pueblo que Dios me había dado una gracia natural para caer bien, seducir, engatusar y salirme con la mía. No sé si por esa sola razón o por otras, lo cierto es que crecí siendo un ferviente creyente en la existencia de un Padre Celestial bueno y magnánimo que me cuida con fervor. Tengo más de una prueba de eso. He salido tan bien librado de tantas tarugadas que he cometido, que solo a la intervención divina se le puede achacar.

Me encantaba trabuscar las cosas. Era y soy un experto en enredar refranes conocidos. Como por ejemplo: No por mucho madrugar….Dios lo ayuda o El que madruga…amanece más temprano. Otra muestra: árbol que nace torcido…buena sombra lo cobija y este otro: El que a buen árbol se arrima…jamás su tronco endereza. Aunque parezca una idiotez, estas cosas me ganaban el favor de las chicas más lindas y apetecibles del colegio, lo que me alentaba a seguir en la confusión del refranero, pues me daba muy buenos resultados. Y además adquirí una fama de singón que ni pa que te cuento.

De todas mis conquistas de esa época las que con más cariño y lujuria recuerdo es la de Chalupa. Una chica con una caderas exageradamente grandes. Como imaginarás debían de ser grandes, para que en mi isla antillana, tierra de mujeres culonas y caderonas, se le considerara exagerada. De ahí el nombrete. Cuando me acostaba sobre ella, me daba la sensación de que estaba sobre un colchón lleno de agua. Y eso que todavía no se habían inventado las camas de agua. Como me arrebataba agarrarla por las anchas caderas para practicar un “mira quien viene”.

La otra era Bijirita. Todo lo opuesto a Chalupa. De ella podía decirse que ” todo en ella encantaba, todo en ella atraía”. Era llena de gracia como el ave lira. Sí. Se me asemejaba a un ave lira. Con su copete de pelo rubio peinado hacia arriba. Sus piernas flaquiticas, precisamente como las de esa ave y sus nalguitas mínimas pero bien empinaditas. Por lo poco que pesaba y la flexibilidad que le daba su delgadez era una maravilla en la cama. Claro que lo de cama es un decir, pues nuestros encuentros eróticos, ocurrían, la mayoría de las veces, en la playa o en lugares apartados. Muy pocas veces en una cómoda cama.

Tenía y sigo teniendo por costumbre confundir a mis interlocutores y sobre todo a mis adversarios en debates verbales con citas estrambóticas sacadas de mi cacumen y atribuidas a personajes célebres. Y lo curioso es que muy pocos son los que se dan cuenta de mis chifladas citas. Cuando cambiaba impresiones con Jorge el Curita sobre las encíclicas papales y él, aprendiz y pichón de cura, comenzaba a disertar sobre las grandes encíclicas sociales de la Iglesia Católica, citando la Divinis Redemptoris y la Quadragessimo Anno, yo inmediatamente y con una cara de piedra del carajo, le daba la razón y agregaba que las encíclicas Annus Partisteis y Annus Cogisteis reafirmaban lo expuesto en las anteriores por él citadas. Y él muy orondo se sentía respaldado en sus tesis, por mi sabiduría escolástica. Otras veces le espetaba a Pedro El Gago, un carretonero más martiano que el carajo, unos estrambóticos pensamientos “martianos” que lo dejaban bizco y gageando más de lo acostumbrado. Algo así como: “El trabajo envilece al caballo que tira del carretón, pero eleva a la quinta esencia del altruismo, de la paternidad responsable, de la piromaniaca alegría de cebarse en el fuego inmortal y redentor, al carretonero que, convertido en guía y acicate dirige al noble bruto por los azarosos caminos de la vida, para poder llevar a su noble y famélica familia el condumio diario tan necesario para llenar el estómago y elevar el alma a los inmarcesibles límites de la felicidad alimentaria”.

Con el que sí no caminó la estrategia fue con el juez municipal Recto Recio. Sucedió que una noche decidimos robarle el chivo, para hacer un chilindrón, a Alberto El Tarrú, aprovechando que se había ido de pesquería y su esposa Lucía salió a pegárselos con Quintilino El Rubio, a quien apodaban -ya imaginarán por qué- “17 pulgadas” y “Quintilino La Tranca”, dejando la casa sola. En compañía de Bebito Trinquete y el negrito Nieve Alba, saltamos por sobre la cerca del patio de Alberto El Tarrú y nos llevamos el chivo que tenía amarrado allí.

Lo conducimos al molino arrocero y allí, ayudados por los obreros del turno de noche, hicimos uno de los más sabrosos chilindrones que yo recuerde en toda mi puñetera vida. Como es costumbre, a la mañana siguiente le llevamos a Lucía, el plato de chilindrón que le habíamos reservado. Cuando Alberto se percató de lo ocurrido con su querido chivo, quería matarnos, pero ante la imposibilidad de hacerlo, a pesar de que le ofrecimos pagarle cinco veces lo que valía el difunto y ya deglutido chivo-.25 pesos- puso una denuncia por hurto de chivo en mi contra.

En el acto del juicio oral de la causa incoada contra Domingo Blanco-Donoso y Sarraceno, más conocido por Pirindingo, por hurto de ganado caprino -léase chivo- con nocturnidad y alevosía, agravada con gula y consumación de opíparo banquete, traté sin conseguirlo de confundir al doctor Recto Recio, Juez Municipal, citando varios artículos de mi muy particular código de Defensa Social. El Juez aguantó entre paciente y divertido un par de citas con sus correspondientes números y articulados, pero cuando le espeté el numero 5054 inciso E, que según le recité, decía textualmente: – ” Cuando se produzca de buena fe y con el solo propósito de organizar una comelata social, sin ánimo de ofender al agraviado y se le invite a compartir el producto resultante de la cocción del cuerpo del delito con otros ingredientes añadidos comprados legalmente… no se considera que haya existido hurto, sino simplemente un sano afán de compartir con amigos y conocidos las delicias de la mesa y la gastronomía criolla, por lo tanto no se califica el delito de hurto, sino de concupiscencia sibarítica; un delito menor, punible con cinco cuotas de cincuenta centavos. Y agregué triunfante:-” y en el inciso K-A se lee: Si antes del juicio oral, el o los perpetradores, ofrecen voluntariamente pagar el precio de la mercancía supuestamente hurtada, se considera la buena fe de los mencionados perpetradores y no hay delito que perseguir”.

No había yo acabado de pronunciar la última sílaba de la palabra, o sea “guir”, el juez propinó un violento mazazo al estrado y casi gritó fuera de sí-” Se condena al acusado a pagar veinticinco cuotas de a peso como multa a este juzgado municipal y diez pesos al dueño del susodicho chivo para resarcirlo por su pérdida”. Y bajando el tono de voz, dirigiéndose a mí con severidad:- “y como usted me le invente un artículo más al Código lo meto en la cárcel por treinta días”. Y luego socarronamente y yo diría que hasta divertido agregó:-” se le olvidó a usted el más importante de los artículos. El 7. Chivo que rompe tambor, con su pellejo lo paga”.

Como todos los chiquillos, rapaces, chamacos, chamos, pibes, chavos y cuanto nombre se le aplica en nuestra lengua a la edad en que el joven varón de la raza humana se dedica a mataperrear, yo también pertenecí a una pandilla. Aunque es bueno aclarar, que las pandillas de antes, no se parecían en nada a las pandillas juveniles que hoy pululan y en las que sus miembros fuman, usan y trafican con toda clase de estupefacientes, joden las paredes y lugares públicos con grafittis y se matan unos a otros con una alegría digna de mejor causa. Nosotros no. Lo nuestro era mas bien una especie de deporte. Las peleas se parecían a las guerras anunciadas del cómico español Gila. “Prepárense, que esta noche les vamos a atacar a pedradas en el parque de la Güira” o “Espérennos en la explanada de la arrocera para fajarnos a los piñazos”. Después de una de aquellas épicas batallas, nos íbamos tranquilamente al cine, todos juntos a disfrutar de una película de Charles Starret o una de espadachines o corsarios de Douglas Fairbank Jr

Nuestra pandilla era conocida por “la de la arrrocera” y nuestros archi rivales eran los de la pandilla de “la loma”. Con el tiempo, cuando me fui destacando en los lances y poco a poco me fui convirtiendo en el jefe indiscutido del grupo, éste fue cambiando de nombre. Primeramente empezaron a llamarnos “La pandilla de Pirindingo”. Y finalmente se nos quedó “Los Pirindingos”. Los integrantes más destacados de Los Pirindingos eran: Félix Guayabita, que como era tremendo pitcher en los juegos de béisbol, nos resultaba muy útil a la hora de las pedradas. Lanzaba las piedras con velocidad y además era muy certero. Bagazio Góndola, Periquito el mocoso, los jimaguas Pedro y Jesús Güiro, y su hermano mayor Quico el Güiro, Benito Cebollita, Puchulungo el Escachao, Pecosín López, el negrito Nieve Alba, Monguito el Bija o el Colorao, y he dejado para último a nuestro as en los juegos de los encantados: Bernardo Escandel. Benny era más prieto que el ébano. Su cuerpo parecía haber sido todo untado de betún negro. Yo siempre lo quería en mi bando en los juegos de los “encantados”. Con él, cuando el juego se tornaba difícil para mi bando, siempre teníamos el triunfo asegurado. La estrategia consistía primeramente en caerle a pedradas a la bombilla eléctrica que alumbraba el área, desde lo alto del poste de la electricidad situado detrás del Molino Arrocero, que constituía la “base”, que había que tocar para obtener el triunfo. Una vez oscurecida el área, hacíamos desnudar totalmente al morenito Bernardo al que escondíamos entre los matorrales que existían al pasar la línea de ferrocarril, al lado de la cerca del Asilo de Ancianos. Los demás pretendíamos que atacábamos la “base” para distraer a sus defensores y cuando los teníamos mas entretenidos con nuestros amagos y carreras, Benny, siguiendo fielmente mis instrucciones medía bien la distancia y la dirección del “poste-base” cerraba los ojos, apretaba los labios y se lanzaba como un bólido. Y en el noventa por ciento de los casos, sorprendía a los defensores de la susodicha base, ganando el juego para nosotros. Y es que Bernardo era tan prieto, que en una noche sin luna, en la oscuridad y desnudo, lo único que se le veía eran los dientes y el blanco de sus ojos. De ahí lo de correr con los ojos y la boca cerrados.

Todavía me meo de la risa cada vez que recuerdo la estampa de Benny corriendo desnudo con sus vergüenzas al aire la noche en que lo iluminó un automóvil, que en mala hora, se le ocurrió a pasar por la calle Playa; y los momentos de alegría, en que una vez obtenido el triunfo, después de tocar el poste, abría los ojos y exhibía su amplia sonrisa. En medio de aquélla impenetrable oscuridad, su dentadura y sus ojos parecían flotar en el aire. Tantos triunfos obtuvo para su bando en el juego de los encantados el negrito Benny, que llegó a aprobarse como regla del juego, la condición de que no se valía el triunfo si Bernardo corría desnudo.(Continuará)

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