TRES VECES PIRINDINGO-SEXTA PARTE Y FINAL-TOMADO DEL LIBRO “CUENTOS JODEOSÓFICOS” DE ALDO ROSADO-TUERO

4- LA MADRE

Orgullosamente hoy puedo proclamar a los cuatro vientos que no me equivoqué con mi Dominguito. Jamás defraudó la fe que como madre siempre puse en él. Y no fue que me dejara cegar por el cariño maternal. Algo dentro de mí me decía, cada vez que miraba a mi Pirindingo, que había nacido para realizar cosas grandes y llegar muy lejos en la vida. Siempre le creí cuando me decía que algún día sera rico y que entonces me tendría viviendo como una reina. Y así fue. Cumplió con creces todas sus promesas.

Cuando Pirindingo decidió abandonar el país, en busca de nuevos horizontes, sentí una tristeza muy honda y el comprensible temor que experimenta toda madre cuando un hijo marcha por caminos desconocidos y está lejos del regazo materno. A los tres meses de estar en El Norte, Pirindingo comenzó a hacerme llegar dinero, a través del intercambio de los hijos de un rico del pueblo que habían emigrado también, mientras su padre quedaba en la isla, esperando el permiso de salida y aprovechaba para ir trocando los pesos cubanos en dólares americanos, por medio de este trueque que consistía en pagar en dólares en Miami, y en entregar pesos cubanos en La Villa. Después cuando su situación económica lo permitió; y cuando por una orden gubernamental, los “gusanos” se convirtieron en “mariposas”, y la moneda del enemigo se convirtió en imprescindible para sobrevivir, y en algunos casos hasta para medrar, las remesas eran más copiosas y, mediante la Western Union, ya lo recibíamos en dólares contantes y sonantes.

Mientras mi Domingo ascendía la escalera del éxito, seguía constantemente tratando de lograr nuestro permiso de salida. Mientras tanto a nosotros no nos faltó nada allá en La Isla. Con la excepción de mi otro hijo, el mayor, que se volvió “un comecandela revolucionario”, y que no quiso aceptar ni un centavo de Pirindingo, toda la familia, incluyendo hasta los primos, prácticamente vivió gracias a las generosas remesas de mi hijo. Mi viejo pasó los últimos años de su vida, con una buena paca de billetes verdes en el bolsillo, y murió, desgraciadamente sin ver hecho realidad su sueño de venir a este país que ahora nos acoge. Pero Dominguito(no me acostumbro a llamarlo Mr. White, como todo el mundo aquí) puede estar tranquilo, pues le dio a su viejo, en vida, todo lo que más se le podía dar, teniendo en cuenta las penurias y condiciones económicas de la Isla. Poco antes de que me llegara el permiso de salida, mi viejo murió, de una bronquitis crónica que adquirió en un albergue, mientras trabajaba en el campo como condición impuesta por el Gobierno para obtener el permiso de salida del país.

Y al fin llegué yo a Miami. Puedo jurar que me quedé asombrada al ver la residencia en que vivía mi hijo, con su familia. Se casó con una muchacha centroamericana que más que una nuera, ha sido una excelente hija para mí. Con cuanto cariño y ternura me trata. Entre ella, mi Pirindingo y ni nieto Ronald George White me colman de cariño ternura y comodidades. Nunca pude imaginar que yo iba a terminar mis días arrecolchonada en un sofá, mirando televisión en una pantalla, tan grande como la del cine de mi pueblo natal, servida diligentemente hasta en mis menores deseos, y hasta saludada con reverencia por los americanos, a los que no entiendo ni jota, pero que me dicen muy respetuosamente  algo así como” missis juait” o,” ¡Ah, Sondys moder!,” y algunas veces:” ar yu juait güido?

Cuando yo estaba en mi tierra, sabía que Domingo estaba muy bien económicamente hablando, pero nunca me pude imaginar hasta quá grado era rico mi hijo. Es tan rico que a veces da asco, ver tanta riqueza. Uno de sus amigos, más pobre que él, afirma a cada rato, jocosamente, que Domingo le enseñó que hay un mundo mejor, pero que lo jodido es, que es muy caro.

Yo me asombro de ver como mi hijo sale los fines de semana en su tremendo carro, que creo que hasta nombre de mujer le ha puesto. Yo lo he oído llamarlo muchas veces “mi Mercedes”. Pues, como les iba diciendo sale en su tremendo y lujoso carro con unos pantalones de mezclilla raídos y unos zapatos tenis sin medias o calcetines. Cuando yo le he reclamado, diciéndole si no le da vergüenza que lo vean así, él me replica que yo no sé lo sabroso que se siente al andar sin medias y con la ropa raída sin tener necesidad de hacerlo. Son cosas que yo no acabo de entender de los ricos, aunque me codee con ellos. Cuando mi hijo era Pirindingo allá en el pedazo del archipiélago en que le tocó nacer y solo tenía tres pares de medias, siempre estaba pendiente de mí para que se las lavara enseguida, pues por nada del mundo hubiese salido a la calle con unos zapatos puestos sin llevar medias. Y mucho menos habría andado por las calles de La Villa, con unos pantalones raídos o con un roto. Y eso que nunca tuvo más de media docena de pantalones.

En fin, soy sumamente feliz, aunque a veces mi felicidad se empaña un poco al recordar a mi hijo mayor, que sigue tan “come candela” como antes y no acepta nada de su hermano “millonario-capitalista-lobo del hombre” como él lo llama, y pensar como hubiera disfrutado mi difunto viejo de los privilegios que da el dinero y la influencia en este país.

Como ven, les repito que nunca me equivoqué con mi hijo, que jamás me defraudó. Por él pido a Dios fervientemente todos los días. Que guarde a mi Pirindingo, a su familia y a su bendito dinero por los siglos de los siglos, amén.

4- EL VECINO

La verdad es que tengo que confesar que nunca imaginé que mi vecinito Pirindingo llegaría tan lejos en la vida. Y mucho menos, que se convertiría en un hombre acaudalado e importante en la Yuma. Al principio no me lo creía. Había yo conocido de algunos casos de personas residentes allá que empeñaron hasta a la madre que los parió y pidieron relojes y prendas prestadas, para venir a tirar tremendos “farolazos” a esta aldea del quinto mundo en que se ha convertido mi otrora preciosa y próspera Villa. Pensé que lo de Pirindingo era lo mismo: pura mentira inventada. Su padre humilde y bueno me leía y enseñaba las cartas que recibía de él, desde la añorada Yuma, pero yo, francamente me acordaba de lo mentiroso que había sido el muchacho en su niñez, que hasta lástima sentía por el pobre viejo; pero luego con el pasar de los días y ver el dinero que les hacía llegar a sus padres, y más tarde, cuando los fulas llegaban a montones por la Western Union, me fui dando cuenta de lo que era una realidad palpable: ¡El Pirindingo se había hecho rico! Y, coño, la madre se daba tremendo gusto, cuando me restregaba en la cara los fulas verdes que le hacía llegar su adorado retoño desde las tierras del Norte.

La verdad es que entre ese muchachito y yo nunca hubo mucha química, pero en honor a la verdad, siempre le vi madera de triunfador. Era muy emprendedor. Y despierto para todo.Yo era un admirador secreto de su precocidad y de los métodos limpios, pero ingeniosos que usaba para ganarse unos “quilos prietos”. Y sobre todo de su sentido de solidaridad para con sus amigos y compañeros. Si Pirindingo tenía “guano” a sus amigos no le faltaba lo que necesitaren pues Domingo, era capaz de darles la mitad de lo que él tenía. Como todo muchacho inquieto, inteligente y precoz, Pirindingo tenía sus cosas, pero eran, solo eso: cosas de muchachos, que atenuaba con su inquebrantable amistad para con sus compañeros de juegos o de escuela. Y muy buen hijo que era también. Entre su madre y él, existía un vínculo sublime, que los hacía únicos. Madre e hijo eran como uno solo. Hacerle un feo al uno, era hacérselo al otro. Que admirable cariño se han profesado siempre. Ahora oigo que la Señora vive como una reina en la Yuma. Y, se lo merece porque ella siempre mordía por su hijo. Su fidelidad y confianza en ese muchachito iba más allá del amor maternal. Era como si él fuera parte de su ser.

A pesar de lo magnánimo que ha sido Pirin…digo Mr. White, que es como se hace llamar en la Yuma, con los vecinos, amigos y parientes de La Villa, me duele que nunca se haya acordado de que yo existo. Ni un saludo siquiera se ha dignado mandarme en las cartas que de tarde en tarde les manda los vecinos. Últimamente me ha estado dando vueltas en la cabeza la idea de hacerle una carta, para ver si se recuerda de mí, pero siempre he desechado la idea, pues temo un rechazo inmerecido. Como ahora él es un millonario conocido y respetado allá en la meca de una buena parte de los habitantes de este grupo de Islas, Islotes y Cayos que se llama Cuba, y yo un humilde viejo retirado que se tiene que consolar con unos chavitos que me da el gobierno, siento el justificado temor, de un injustificado desprecio. Pero pensándolo mejor, voy a confiar en el buen corazón y en la mala memoria de Pirindingo y le voy a escribir, para ver si logro restaurar esa vieja amistad que debió unirnos desde siempre. Nunca es tarde para comenzar ¿verdad?

Esta es la copia de la carta que voy a poner al correo en unos minutos más.

Mr. Sunday White-Donoso

Miami, Fl. USA

Mi querido y nunca olvidado Domingo:

Espero en Dios que al recibir la presente estés gozando de buena salud y de tus muy merecidos millones, en compañía de tu inolvidable mamá y demás de la familia. Yo por aquí, no puedo decir que bien, pues ya tú sabes como son las cosas en esta ínsula barataria.

Sé que eres un hombre muy ocupado e importante, pero confío en que de vez en cuando te hayas acordado de tu vecino Crispín. De este viejo que si alguna vez tuvo alguna diferencia contigo o te dio un consejo que no te gustó, lo hizo siempre con la mejor de las intenciones, procurando que marcharas siempre por el camino del bien, para que te hicieras un hombre de provecho. Mis berrinches contigo solamente tenían las buenas intenciones de hacerte rectificar cualquier error juvenil que cometieras, por muy insignificante que fuera, ya que por mi cercanía a tu familia y mi hermandad con tu padre, tanto como el respeto y cariño casi filial que le profeso a tu santa madrecita, me obligaban a cuidarte como si verdaderamente hubiese sido tu tío. Creeme, Domingo, que así fue siempre, aunque pareciera otra cosa.

De aquí tengo mucho que contar, pero es una historia de tragedia y miserias y te ahorraré el mal momento, siendo breve y conciso y contándote sólo de mí y de mi familia más cercana. Matilde, mi mujer, falleció unos dos años después que te marchaste. Ahora ha de estar en el cielo, chachareando con tu papá, como lo hacían antes, a través de la cerca del patio que dividía nuestras respectivas casas. Desde allí seguramente te están echando sus bendiciones y cuidando tus bien adquiridas y merecidas riquezas. Sulma, mi sobrina, se casó con un “comecandela” revolucionario, que lo único que le ha dado es eso: candela. El tipo fue por un tiempo Mayimbe y vivía bien, como miembro de la nueva clase, pero a mi Sulmita, no le daba nada. Todo se lo gastaba en francachelas y con otras mujeres. Luego cayó en desgracia y ahora mal viven con los rastrojos que les manda desde La Habana, una hija que se metió a jinetera y que ahora espera casarse con un extranjero para abandonar la isla.

Y yo, mi estimado Domingo, yo ya no soy ni sombra de lo que antes era. ¿Te acuerdas de  aquel vecino? Algunas veces un poco cascarrabias. Que te echaba algunos regaños cariñosos, por tu bien, para que no te desviaras del camino recto. Porque yo, Dominguito sólo deseaba para ti lo mejor. Y mi preocupación principal era que fueras a hacer sufrir a tu santa madre y al buenazo de tu viejo, si por juntarte con algunos mataperros que no estaban a tu altura, hubieras cometido alguna estupidez. Pero el tiempo me fue demostrando, que eras inteligente, tenaz y trabajador, y eso me provocaba una gran felicidad, pues veía como día a día te ibas convirtiendo en un hombre hecho y derecho. Por eso no me sorprendió para nada, cuando supe de tus triunfos en el extranjero y me alegré, como si esos triunfos hubiesen sido míos, pues aunque nunca te lo dije, siempre te miré como a un sobrino.

Querido amigo, perdona mi atrevimiento, pero te agradecería mucho, si pudieras enviarme un paquetico de esos que llegan aquí por Vacuba, conteniendo unas libritas de frijoles, unos paqueticos de arroz y aceite de cocinar. De los que no cuestan mucho, pero que me servirían aquí para resolver por un mes. Y si se te ablanda el corazón y te acuerdas de este pobre viejo que tanto te extraña, podrías hacerlo por lo menos una vez al mes y con ello me salvarás del hambre perenne que me acompaña. Y ya que estamos en este plano familiar, te solicitaré un favor más: Hazme llegar con alguien que venga de visita o por una de las tantas agencias que desde allá medran con el dolor de los cubanos, un trío de pantalones. No tienen que ser de marca. También un par de camisas, unos cuantos calzoncillos, dos pares de medias y unos zapatos de salir, para cualquier emergencia que pueda presentarse o por si me saco la lotería o el bombo para emigrar a la Yuma. Y si en tu magnanimidad te iluminara Dios para que te apiadaras de mí, déjame caer aunque sea trimestralmente un pequeño paquetico de fulas verdes. Te lo agradeceré eternamente.

Bueno Domingo, no te doy más lata. En espera de tu afirmativa respuesta y de tus anhelados envíos, te mando un abrazo y todo mi cariño.

Tu casi Tío

Crispín Mascaró

FIN

Para leer la quinta parte pinche en el siguiente enlace:

TRES VECES PIRINDINGO-QUINTA PARTE-TOMADO DEL LIBRO “CUENTOS JODEOSÓFICOS” DE ALDO ROSADO-TUERO

Un Comentario sobre “TRES VECES PIRINDINGO-SEXTA PARTE Y FINAL-TOMADO DEL LIBRO “CUENTOS JODEOSÓFICOS” DE ALDO ROSADO-TUERO

  1. Magnifico cuento. Estupendo. Me agradó desde la primera entrega, pero preferí esperar al final para dejar mi comentario. Sorprendente y muy original final. Te felicito. Sabes atrapar al lector.

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