UNA JOYA LITERARIA COMO EPITAFIO PARA UN VIVIDOR REVOLUCIONARIO: OSCAR FERNÁNDEZ MELL(Colón, 1931 – La Habana, 2019) Primera parte

Oscar Fernández Mell | Foto © Prensa Latina

Por Carlos Ferrera-Ciber Cuba

Por fin partiste Oscarito, como tantos otros de tu quinta, sin pagar la fiesta. Y te has llevado contigo el “know how” de cómo se goza la revolución desde dentro.

Tú sí que supiste desde el principio por dónde le entraba el agua al coco, doctor. Ya lo sabías mientras los otros delincuentes de tu banda aún estaban en pañales, en lo que a recholatear la revolución se refiere. En el futuro, ni los ladrones de GAESA te pondrían “un pie alante” en la ardua labor de vacilar el comunismo con dinero robado a Liborio. Le llevabas a todos medio siglo de ventaja. Imposible competir con eso.

¿Qué te podían enseñar las nuevas generaciones de sátrapas cubanos, de lo que era vivir como una Carmelina revolucionaria? La partiste desde el primer día de la revolución, compañero. Te lo comiste todo y te llevaste la receta.

LA INFANCIA: GALICIA SANTA

Naciste en Colón, matancero de cepa, pero tus papis gallegos te llevaron a su tierra natal junto a tus cuatro hermanos cuando tenías un año. Pasaste siete en Lugo, a caballo entre la parroquia de Bretoña, de donde eran tus viejos, y Mondoñedo, donde fuiste a la escuela. “Era una situación muy difícil, fue un viaje muy complicado, por la guerra, del que solo recuerdo que pasamos por A Coruña y Lisboa, y que en los dos sitios me perdí..”, comentabas de aquella España republicana y subdesarrollada.

Pero tiempo al tiempo, Oscarito. 70 años más tarde se te arreglaría el GPS, y encontrarías de nuevo el camino a Lugo, para disfrutar de un retiro de lujo, vetado al resto de tus paisanos. Adoptaste esa ciudadanía española tan preciada, que te pertenecía por sangre, y no la soltaste nunca más, ni bajo tortura. Lo tenías todo arreglado desde chama; a previsor nunca te ganó nadie.

LA SIERRA NECESARIA, SIN ANESTESIA

Volviste a Cuba a los 8 años, en el 39, porque la Isla ya era un país fantástico para vivir, mientras Lugo era una mierda provinciana atrasada e infumable. Lo tuyo era estar donde se estaba mejor. Sana costumbre de comunista con posibles, que nunca perdiste.

Terminaste la educación media en Colón y te fuiste a La Habana a hacerte un hombre. Médico, que era una profesión noble y bien retribuida. Esa fue tu carta de triunfo, la llave que te abrió las puertas del vacilón comunista posterior.

Nadie podía sospechar lo que serías después, cuando te graduaste de médico en el 56. Eras guapo, popular y mujeriego, como debe ser todo líder revolucionario que se precie. No ha habido un médico adscrito a la dictadura que le haya sacado más partido al título que tú. Ni siquiera tu examigo René Vallejo, galeno personal, cirujano y asesor espiritual privado del dinosaurio en polvo.

Ahora se miente mucho sobre tu alzamiento en pro de engrandecer tu nombre post mortem. He leído varias veces en los libelos de la dictadura que “eras un traumatólogo y ortopeda de cierto prestigio, que atendías de modo semiclandestino a dos chicos rotos por el estallido de las bombas que llevaban encima, y esa doble asistencia profesional te puso en el punto de mira de la policía de Batista”. Falso. En realidad, eras un jovenzuelo e inexperto médico recién graduado, con cero repercusión profesional y ningún prestigio formado todavía. Te fuiste a La Sierra en el 58; tampoco es que te tiraras mucho tiempo luchando por la Patria. Lo justito para trascender, y en la retaguardia con los enfermos y los heridos. Buen sitio para sobrevivir.

Llegaste a Niquero, y te destinaron a la Columna 8, al mando de Crescendo Pérez, donde había un hospital de campaña que dirigían tus colegas René Vallejo y Piti Fajardo. Pero caíste de pie en las lomas de Oriente. No tenías experiencia en tu oficio, pero ya estabas pegado al poder como una lapa.

Dime con quién andabas, Oscarito, y te diré quién fuiste, porque tú sí que supiste andar por la sombra. Y te guareciste bajo la mejor sombra de todos los árboles verde olivos disponibles: Ernesto, asmático crónico y asesino inolvidable, el mejor amigo del dueño de los caballitos. Y tu mejor amigo. “El Ché me enseñó a combatir la gonorrea en el Congo”, solías decir orgulloso. ¿La tuya o la de otros, doctor? Te fuiste sin dejarlo claro. Pero aprendiste con el mejor de los peores, y eso para un revolucionario, ya es un grado.

Lo conociste cuando te montó en un jeep para llevarte a Platanito, “Para que me veas allí a unos enfermos”, te dijo. Te sentaste en el asiento del copiloto, y él se lanzó a conducir de forma temeraria por los desfiladeros peligrosos de montaña, hasta las Minas de Bueyecito. Ya viste tú que manejaba mal. Después supiste por él mismo que era la primera vez en su vida que cogía el timón. Y en Bueyecito estaba Sergio del Valle, médico titular y sacamuelas. También era un improvisado, porque había aprendido el oficio del Ché, que a su vez lo aprendió malamente en Buenos Aires. Pero Sergio se iba con Camilo Cienfuegos para el llano, así que te dejaron a ti con Ramiro, para que te encargaras de los enfermos y de los heridos. Ramiro… tú siempre escogiendo la mejor compañía, doctor.

PRACTICANDO CARPINTERÍA CON DOLOR

Al principio todos los alzados te tenían terror. “Cuida’o con éste, que todavía está aprendiendo”. Nadie quería ser herido o caer enfermo en tus manos. Y era cierto en rigor; tu salón de prácticas fue la manigua y tus primeros pacientes, tus compañeros heridos de guerra. Cualquiera se animaba a servirte de conejillo de Indias.

Anécdotas médicas de campaña, viviste muchas y variopintas. Tus primeras víctimas: Guillermo García Frías, cuando aun no había visto un avestruz, y Vitalio Acuña, guajiro analfabeto de La Conchita. Los dos con flemones, pero reacios a dejarse sacar una muela por ti. Y lo tenían fatal, porque nadie más podía resolverles la extracción de sus piezas: o se las sacabas tú, o se las sacabas tú. Y poquita anestesia, que en La Sierra había que ahorrarla. Los gritos de Guillermo se oyeron en todo Bueyecito. Pero se las sacaste a los dos, ya vendría más tarde la revolución generosa que les pondría un puente para tapar el hueco.

Después te fuiste con Ramiro a Jigüe, a los Cocos, a amputarle una pierna al teniente Puentes. Con un serrucho, como debe ser. Eso sí, lavaste el serrucho con jabón y alcohol. Y ris ras ris ras, le serruchaste la pata como si fuera la de una mesa. Puentes quedó de fábula, unipiérnico, pero vivo. También te trajeron al capitán Meriño, herido de bala en el abdomen cinco días atrás. Le pediste ayuda a Juan Almeida, porque necesitabas a otro médico como anestesista. Almeida te trajo a Piti -que tenía más dientes que una cabeza de ajo- y volvió Vallejo, con su brujería. Entre los tres salvaron a Meriño de una neumotórax, pero en Aguarrevés se te murieron el Coronel Rodríguez y Carlitos Más. También se te fue al otro mundo en Providencia, Daniel Ramos Latour, que estaba herido de muerte, pero fue porque llegaste tarde. No se podía tener todo. Ni a todos.

Allí en Aguarrevés descubriste también la extraña dolencia de Ramiro Valdés, que cojeaba de la pierna derecha, sin recordar por qué. Tú lo adivinaste. No se acordaba el Asesino de Artemisa de que le habían metido una bala en el pie años atrás, cuando el descalabro del Moncada.Y ahí estaba aun la bala escondida. Se la sacaste con un alicate de cortar alambradas de púas, sin anestesia, por supuesto. Ramiro te amó para siempre. Y tú a él.

En Las Villas, Güinía de Miranda, salvaste a Silva y a Mcintosh, a este último, de un tiro en la cabeza. Pero se te murieron Cabrales y Amengual. Hacías lo que podías con tu serrucho. Entre el Ché y tú, operaron a Darcio Rodríguez del hígado y el intestino, destrozado por un morterazo. Otra vez sin anestesia, entre los dos le sacaron un pedazo de hígado. Darcio no se enteró, porque perdió el sentido. Tampoco quedó bien, pero quedó vivo. Males menores de la Sierra.

Pero ibas progresando, Oscarito. Tu intensa labor sanitaria te sirvió para salir de la anodina Columna No. 8, y caer, otra vez de pie, en III Frente Mario Muñoz, donde sí había figuras ilustres del Movimiento. Se te estimaba. Es que eras cercano y bonachón, para qué negarlo. Y los alzados te querían, las cosas como son. Había que estar en buena con el médico, que era en última instancia, el salvador. Te empezabas a hacer imprescindible.

EL TRIUNFO. TU TRIUNFO

Llegó el 1 de enero del 59 y tú ya te codeabas con la plana mayor, ahí, donde se batía el cobre de la revolución. En el lugar correcto. Ya eras el mejor y más cercano amigo de Guevara; el más fiel y el de mayor confianza. Fuiste tú quien le presentó a Aleida March, la que sería después su segunda mujer, y la primera más o menos mona. La anterior había sido Hilda Gadea, que era un mariachi peruano con bigote; lo más parecido que tuvo el comandante a una relación homosexual. Le hiciste un gran favor al asesino. Tú siempre tan solícito con tus superiores, doctor.

Pocos los recuerdan, pero viviste con el Ché en su misma casa al principio de la revolución; lo compartían casi todo. Y enseguida dieron frutos tus desvelos para con el monstruo rosarino. Él premió tus esfuerzos médicos en La Sierra; te hizo presidente del Colegio Médico de Cuba, y director del Hospital Frank País, así por tu cara linda, habiendo mil médicos más y mejor preparados que tú para el cargo. Eran tiempos en que te encontrabas a un barbudo iletrado al frente de cualquier institución o ministerio, aunque del ramo no supiera ni papa. Así que tu caso no era el más clamoroso. Era un procedimiento que estaba en el manual no escrito de la revolución, y hoy sigue siendo así.

Pero eras un hombre agradecido, doctor. Por eso en el 60 le correspondiste el gesto al Ché viajando a Chile, cuando el terremoto, para llevarle un millón de pesos a los pobres andinos, de parte de Liborio. (Continuará)

3 comentario sobre “UNA JOYA LITERARIA COMO EPITAFIO PARA UN VIVIDOR REVOLUCIONARIO: OSCAR FERNÁNDEZ MELL(Colón, 1931 – La Habana, 2019) Primera parte

  1. Y este HP esta vivo,casado con Odalys Fuentes actriz de la TV. Yo conozco una historieta de él, que vivia en el Nuevo Vedado,siendo Presidente del Poder Popular en la Habana manipulaba a las jovenes que querian pasear en los carnavales antes que los suspendieran. Y la gente que recogía la basura en los camiones de aquella época hacían mucho ruido y lo despertaron y él salió echo un leon a comerse a los trabajadores de la recogida de basura, diciendo “Yo soy el Cte Fernandez Mell y presidente del Poder Popular y los puedo mandar a botar; y los insultó…y para no hacer muy larga esta historieta, uno de los trabajadores–un negro de 6 pies–le metio un latón de la tapa del contener y le sonó rompiéndole la cabeza.Bien por los trabajadores. Se metió a su casa y listo y Odalis verenos no sé si continuó con él

  2. Por favor digame si puedo recibir notificaciones a mi correo o como yo puedo entrar a su pagina saludos para Aldo.Gracias

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